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UNA HISTORIA DE HUMANOS

El camino hacia la paz en Colombia
Laura Rojas
 

Las caras eran diversas, desde afrocolombianos, rasgos indígenas, campesinos, mujeres, jóvenes con distintivos, extranjeros, vascos, con sus letreros de amnistía en el concierto de Skartel. Entre las celebridades: Salud Hernández, Piedad Córdoba, un director de una organización internacional, René Higuita —un futbolista y héroe colombiano según Alejandro, un cineasta y productor que iba como independiente—.

Ya han pasado varios días de celebración, a los periodistas se les acaba la plata y por eso retornan a sus lugares. A pesar de que la comida y el hospedaje fueron generosos, cada vez llegaba más gente al Diamante y se hacía escaso el alimento.

La experiencia que se vivió en el Yarí fue muy importante para ellos, en especial que los periodistas estuvieran presentes y hubieran recibido la invitación. «Se preparó esto bien, la idea era que estuvieran cómodos, bien atendidos, porque somos las FARC, es así como nosotros pensamos y vivimos», dice Miller.

Miller considera fundamental que los pueblos los conozcan, no sólo los colombianos, sino a nivel internacional; según su criterio, los periodistas son responsables de su profesionalidad. Cada uno llevará una parte de lo que son las FARC, de cómo viven, de qué piensan. «Si desvirtúan cosas, pues bien. Aquí hay 400 ó 600 periodistas, alguno tendrá que llevar la verdad, alguno tendrá que decir un comentario bueno», añade.

 
 

Les gusta que los traten bien, entonces también tratan bien a la población, y como les gusta que los respeten, también les gusta hacerlo.

Oscar dice que no han secuestrado a nadie sino que, simplemente por no ser un ejército regular, necesitan recursos de algunos compañeros con dinero, que si se ponen pesados les dicen que les van a hacer una retención económica.

«Al momento el Estado se da cuenta de eso y se nos viene con toda a matarnos, entonces nosotros no nos podemos quedar ahí, nos toca irnos. Y si nosotros nos vamos, ¿qué nos toca hacer? Pues llevarnos al retenido. Pero no, no lo tenemos secuestrado, porque no lo tenemos amarrado, no lo torturamos, ni nada de eso. Es falso eso de que la guerrilla tortura a la población, nosotros jamás nos acostumbramos a eso», explica Miller.

Lo mismo, dice, es con el tema del narcotráfico. Ellos no se consideran narcotraficantes, sino un ejército revolucionario. Cuenta que hicieron un planteamiento cuando estaba en vida el camarada Manuel, de cómo podían acabar el narcotráfico. Piensan que para acabar esa problemática la solución no puede ser militar, tiene que ser social, porque militarmente van a seguir matándose.

«Nosotros somos una organización muy seria y no estamos de acuerdo que el que está arriba venga a robar al que está abajo. Por eso nos tratan como narcotraficantes, porque hay zonas donde nosotros convivimos, y como son zonas cocaleras entonces nosotros ponemos control. Todo comprador que viene debe presentarse en donde estamos nosotros, buscar contacto, y ahí le decimos si puede comprar o no puede comprar. Lo hará siempre y cuando haya un precio remunerativo», dice Oscar.

En medio de las discusiones de la guerrilla sobre los Acuerdos de La Habana también se habla del miedo. Les costaba identificarlo. Después del ejercicio hubo respuestas como a la vejez, a las alturas, las culebras, al agua. A la guerra no.

Del otro lado, para muchos la felicidad está relacionada con la familia. Hay varios de ellos que no los ven desde hace más de 10 años, las blindan, pero aseguran tener algún contacto. «Cuando uno ingresa aquí se hace un compromiso, si no aguanta se considera traición», cuenta uno. La mayoría se ven convencidos de su causa.

Es un sacrificio por la revolución. También es protección. Están acostumbrados a lo que les toque, a lo que les toquen. Bailan. Sonríen.

«¿Dónde es lo de la materia fecal?», pregunta un periodista recién llegado.

En la letrina, un espacio que ellos construyen para chontar, como le dicen.

En época de guerra, ni para ir al baño dejaban el fusil. Ésta es una forma de lucha. Lo portan porque hacen parte de un ejército que se rige por una cartilla militar con el fin estratégico de una toma de poder. Las condiciones políticas basadas en los acuerdos les obligaría a dejar esa clase de lucha; sería entonces una lucha de ideas, un intercambio de pensamientos.

Oscar dice que «el arma es seguridad, pero uno no puede como militarista, pensar en guerra, guerra, guerra. ¡No!, no tendría lógica. Hemos alcanzado grandes cosas con las armas, porque con las armas es que estamos donde estamos, en los diálogos por las armas.

Cuentan que son compradas. Hay armas de diferentes países; fusiles soviéticos, pero esa información según dicen no la tienen. Dice Oscar que hay un dicho que dice que «entre menos sepa mejor, menos se compromete». Y añade que «a nosotros solo nos interesa comprarlas y que nos lleguen».

El armamento se cambia cuando se acaba el cañón. Martín hace 11 años que lo tiene: «El mejor es el soviético, es un arma científicamente hecha», agrega.

 
 

Cuenta Miller que desde 1954 Marulanda decía que la lucha política estaba vigente: era su lucha, eran un partido, y como partido debían estar en la legalidad. Se cerró la puerta, se volvieron ilegales y el partido se volvió clandestino.

«Todo tiene un ciclo, como el ser humano, él tiene un ciclo de vida, las armas están en ese ciclo. Hasta hoy o hasta que se firme esa vaina, hasta ahí fue el ciclo de las armas. No estamos diciendo que esa clase de lucha se acabó, ¡no! Porque armas hay, entregamos esas, pero en todo el mundo hay armas, están ahí.»

La gente cree que los guerrilleros son ricos. Según explican, lo que tienen ellos es una economía de guerra. Es decir, que tienen un presupuesto para sostenerse, pues es costoso financiar un ejército como el de las FARC, que a pesar de ser irregular, necesita ropa, comida, medicaciones, transporte. Y eso vale.

En relación a la información sobre ubicación de cadáveres, dice que saben dónde están algunos cuerpos pero que, en realidad, quien tiene esa información es el Secretariado, que es quien debe dar la orientación en un proceso público, el cual toca esperar. «Uno, de guerrillero, cumple de acuerdo a la misión que uno tenga y no más. Uno no sabe más de ahí, eso es compartimiento secreto. Esa pregunta, digamos, hay que esperar, yo le hablo de lo que yo conozca», evade.

La anterior respuesta, y también la del número total de guerrilleros, corresponde a las altas instancias del grupo, en caso que se lograse algún acuerdo.

Otro tema donde la respuesta aún no es clara está relacionada con las Minas Antipersonal (MAP) y las Municiones sin Explotar (MUSE). Según el guerrillero, eso se solucionará: el Gobierno y las FARC ya descontaminan el territorio. «Las minas que hay no sólo son nuestras, sino también del Ejército». Un tema complicado y peligroso que puede acabar con más vidas, por su existencia y desactivación.

Dice Miller que en su concepto, todo depende del Gobierno y del Estado, como lo es el consumo de SPA —substancias psicoactivas—. «En Colombia hay gente muy viciosa y los combaten como si fueran personas no sociales. Nosotros creemos que hay que ayudarlos, hay que concentrarlos en hospitales, rehabilitarlos».

La estadística dice que la mayoría recae, pero ellos dicen que es un primer camino, que no se debe ser tan pesimista. Pero que se debe solucionar de una forma social.

«No se trata de que el Gobierno quite el apoyo a esos centros en un mes o dos, porque esas cosas pasan, y entonces nadie va a trabajar allá si son provisionales. Fundamentalmente, el responsable de lo que se haga en Colombia es el Gobierno; no es el ministro, ni el concejal», explica.

Las FARC están dispuestas a cumplir los compromisos pactados, a construir la paz con alternativas, con proyectos que de verdad le lleguen al pueblo colombiano para su transformación.

 
 

El aporte del grupo para ello es el talento humano, gente dispuesta a prepararse en diferentes áreas, como profesores, conductores, pilotos; trabajar directamente con el pueblo. Miller explica que «los pueblos son los que se liberan, uno es un servidor a la revolución, no es más. Eso hacen los jefes, el Secretariado, todos los días trabajan, con ideas e ideas, como el trabajo acá en la conferencia».

Miller es cuidadoso con sus palabras, a pesar de que se anima en la conversación. Una palabra mal dicha cree que es un arma bien poderosa que puede ser usada en su contra.

«Así como ustedes analizan para hacer las preguntas, uno también analiza para responderlas, para que haya un conocimiento mutuo, sin desventajas», concluye.

Empezó el partido de fútbol entre los guerrilleros y los visitantes. Se retira del lugar.

Volviendo a los Llanos del Yarí, Jeison diría que es un sitio donde se afirmaron los acuerdos que fueron pactados con el Gobierno y un sitio que el mundo conoció por la visita de personas y delegados de muchos países.

Dice que la gente no conoce la zona porque los medios sólo están encerrados en un solo cuadro, y que no hubo ninguno que quisiera entrar, lo que ha generado rencores en Colombia. «Si nunca hay un medio, si nunca van a un sitio, jamás se van a dar cuenta de qué es esto».

La guerra en Colombia siempre ha sido contada por otros, pero no se ha visto, dice un corresponsal de un medio internacional. Todo llega por relatos de terceros, no se ha cubierto directamente, lo que ha causado la generación de imaginarios de aquello que no se conoce.

 
 

El Yarí ha sido un sitio estratégico por que ahí han vivido las FARC, casi todos sus jefes. Es un territorio muy grande. «La Sabana se presta y todo, las montañas se prestan. ¿Si me entiende?. Todo se da para estos trabajos, esto es una parte muy central», explica el corresponsal.

Se dice que durante todo el tiempo que ha vivido la Organización se ha hecho trabajo en ese terreno. «Por donde usted se mueva allí, usted consigue abastecimiento. Si usted no puede por carretera, lo hace por río, lo hace por caños. La economía se consigue por cualquier lado. Para controlar tanta gente se necesita muchas toneladas de comida».

Oscar, por su lado, trabaja por las sabanas del Yarí desde hace 11 años. Su primera respuesta acerca de la zona es que no es como la pintan. Al contrario, dice que tiene una historia grandísima porque ahí fue donde se fundó.

El frente Yarí fue ubicado en ese sector por ser un sitio fundamental para la estrategia, porque primero que todo está La Macarena, que tiene varios ríos, incluido Caño Cristales. Segundo, sigue San Vicente. Tercero, allí se unen los departamento del Meta con Caquetá. Están en ese centro.

«Esta es una zona muy linda porque aquí encuentra todos los animalitos que usted quiera ver; ardillas, micos, tigres, osos, orugas, venados. Fuera de eso, la riqueza natural, sobre todo en el Chiribiquete. También puede encontrar reservas. En esta parte vemos lo que es pulmón del mundo por la reforestación y arborización», relata Oscar.

Esa parte es valiosa para ellos y por eso decidieron hacer la conferencia allí. Es algo simbólico. La misma presencia, esa misma resistencia que han tenido dentro. Por ejemplo, los inicios de diálogos anteriores, la presencia de los más altos comandantes, como Marulanda, el «Mono Jojoy». Oscar no se atreve a decir qué tan grande, dice que la cifra no la tiene. Pero lo que sí es seguro es que las FARC han compartido mucho tiempo por ahí y han convivido bien; con las dificultades normales que ha tenido el movimiento, pero ahí van. Cuenta que la gente de por ahí es muy linda.

«El campesino se le va metiendo en la psiquis y uno no los puede olvidar. Tiene una forma de ser muy correligionaria, y justo eso es lo que nos hace doler a nosotros hasta el alma; ver todas las injusticias que ha cometido el Estado contra ese pueblo.»

Los campesinos son unos luchadores pero sin armas, expresa.

Por el Yarí hay fincas, vive la población civil. Afirma Oscar que el grupo ayudó a construir ciertos caseríos, no con el martillo, sino dando lo fundamental, la idea, hacer un caserío ahí. Como ocurrió con las Damas, el cual queda a unas dos horas en moto, si es civil; ellos suelen andar más rápido.

El caserío la Tunia también está cerca de allí, a una hora en moto. La Tunia tuvo mucho apogeo y comercio con la zona de despeje; la guerrilla tenía presencia en la zona y mucha gente iba a hablar con ellos.

Oscar dice que a la población le gusta hablar con ellos, y a ellos con la población. «Ahí estamos, vengan a la hora que quieran y ahí hablamos. Si hay algún problema, nosotros miramos cómo lo podemos ayudar a solucionar y damos la idea».

Según cuentan, es asequible hablar con ellos, basta con hacer la solicitud y exponer el tema, siempre y cuando sea posible la ayuda. «Esas somos las FARC, nosotros no ilusionamos a la gente, somos realistas», añade Oscar.

Más o menos llegaron a vivir unas 100 ó 200 personas en el corregimiento.

«Después de que acabara todo, después de que se metiera el Patriota, todo el mundo comenzó a venir. Salimos nosotros, nos fuimos, nos tocó irnos, porque si no nos tocaba darnos candela.»

En la zona del Yarí hay un solo frente, el Yarí. Durante el encuentro estuvieron casi todos los frentes de las FARC. Y si no estuvieron, sí hubo representación de cada uno de ellos, alrededor de dos delegados por frente, para un estimado de 1000 a 2000 guerrilleros.

Las sabanas del Yarí son estratégicas para ellos en tanto que conectan con varios frentes, como el 14 o el 15, parte sur del país. También allí llegan las unidades del sur para dirigirse a cumplir la misión para otros frentes; el 40, 43, 16. Ahí se guían y salen. Del Yarí se puede llegar a donde quiera. Es considerado centro.

«Si usted se va a tirar pa’ La Macarena o sea pal Meta, no es sino que usted se tire para la Tunia, de la Tunia pal Recreo, del Recreo a Morrocoy, de Morrocoy se tira a La Macarena, ¿cierto? Y si usted se va a tirar pal Caquetá, entonces se tira para la Tunia, de la Tunia se tira a la Punta, de la Punta se tira a la Ahuyama, de la Ahuyama cruza por la Sombra, de la Sombra se tira por Delicias, de Delicias cruza por los Pozos, y de los Pozos cruza a San Vicente y de ahí hágale para donde vaya.»

 
 

Según Oscar no cuidan nada en la zona. Se contradice con Jeison: para él, les correspondió estar ahí. «Nosotros no defendemos posiciones porque somos un Ejército irregular, no cuidamos nada porque no tenemos nada. Lo único que tenemos es lo que ven, lo que cargamos y lo que cuidamos».

Hace una aclaración: lo que de verdad cuidan es el pueblo, el campesinado, porque no van a permitir que haya más asesinatos.

En el Yarí hay 200 o más unidades, no hay una cifra exacta. Al tratarse de un sitio central, hay veces que hay más de 300, 400 ó 500, pero vienen y después se despliegan para las unidades. Las sabanas han sido lugar de preparación ideológica del combatiente: es donde se realizan los cursos, las han utilizado como escuela.

Uno de los campamentos donde recibieron y dormían algunos de los periodistas, investigadores o funcionarios, se llama la escuela Isaías Pardo, un centro de preparación de cuadro y mandos. No todos acceden, tiene que ser por méritos. «Si usted estuviera en otro campamento, pues usted estaría en otra escuela, por ejemplo, la escuela de medicina es a dónde van los médicos».

Allí se realiza formación política para comenzar a formar al combatiente para ejercer un cargo. «Para dirigir una escuadra se debe tener capacidades, porque sino es difícil mover gente y más aquí, en la organización. Por eso se requiere de una formación».

Isaías Pardo fue un guerrero que cayó en combate, fue uno de los marquetalianos. Entonces se le da ese nombre en homenaje a ese combatiente.

El frente Yarí tiene un número, pero Oscar no lo recuerda en realidad. Dice que en la zona vive gente muy longeva, como de 114 años, una pareja de viejitos a quienes llama «abuelitos». También dice que por la zona vive una comunidad indígena ubicada en un sitio llamado Yaguara.

«A mí me ha tocado compartir con los indios. Son muy queridos, nosotros no desconocemos a ninguno; pensamos que todo el mundo es igual, sea blanco, o sea indio, o sea lo que sea. Es igual.»

El rio Yarí pasa por la frontera de Brasil. También está el rio la Tunia, el cual tiene mucho pescado, aunque no grande. «Uno por acá no se muere de hambre, se da de todo, se da la yuca, plátano», explica Oscar.

Ya conocen el territorio.

Ellos se catalogan como una organización porque trabajan ordenado y el orden siempre será su premisa. Quisieran que la guerrillerada pudiera construir sus propias viviendas por la sabana; conformar sus caseríos y cooperativas donde tener todos los recursos, como combustible y alimentación, y dedicarse a la agricultura.

«Vamos a seguir en una misma organización. No es cierto que nosotros nos vayamos a la vida civil, nos reincorporemos como civiles y entonces se descomponga todo, no. Sigue la misma organización, porque somos revolucionarios, y el hecho de que nosotros dejemos las armas no quiere decir que entonces vayamos a abandonar los principios.»

Dejarían las armas, pero no los principios revolucionarios, que son el ordenamiento y el control.

Coinciden en que ellos no se estarían desmovilizando: es una dejación de armas, tal como decía el Acuerdo de La Habana. Lo que también es diferente a entregar las armas; es algo más concerniente con el honor, ya que ellos no han sido derrotados, sino que aceptaron sumarse a un proceso de transición.

Oscar es otro que dice que no le tienen miedo a nada. Lo más sagrado que ellos consideran es hacer valer la palabra, lo segundo la verdad. Según el combatiente, la verdad se refiere a que están dispuestos a responder por los errores que han cometido.

«Nosotros hemos cometido errores, pero no porque a nosotros nos nazca o nos guste, sino porque los errores se cometen. Y el ejemplo lo ha demostrado: mire lo que pasó en Bojayá. Fue un accidente, cayeron muchos compañeros, pero ahí respondemos. No le tememos a nada, porque vamos a decir la verdad.»

El llano o sabana es un misterio, aún sus límites. Lo único que se sabe es que es muy grande, como otras partes del país.

El interés de Jeison es que en Colombia haya de verdad un cambio radical. Que se piensen las cosas con el corazón. Que todos, tanto el Gobierno, las FARC como el pueblo, piensen que de verdad son colombianos.

Oscar, como muchos otros guerrilleros, tiene sueños que cumplir en la vida. En su caso, es que cuando salgan de las filas no le vaya a pasar nada a ninguno de sus compañeros y compañeras. También que no se vaya a presentar más guerra en Colombia. Quisiera trabajar en agricultura, poner un negocio —una cantina, una discoteca, un billar—, algo que le de seguridad económica para tener un hogar digno.

«El campo no lo puedo abandonar porque yo soy un campesino. La ciudad no me parece muy cómoda, todo es caro. En el campo si usted quiere comerse una fruta, pues le toca trabajarla, pero la va a tener gratis», explica.

Si pudiera conocer cualquier país del mundo, le encantaría conocer Venezuela o Ecuador; considera que allá también son luchadores e incansables.

A Miller, a diferencia de Oscar, le gusta mucho la ciudad, siempre y cuando tenga con que vivir. Lleva 21 años en la revolución y piensa morir en ella, quiere ser fiel al proceso. No tiene religión, cree en lo que ve, como en las FARC, por sus objetivos, el hambre, la miseria, la pobreza.

Si algún día le quitan la vida por la causa, muere por esa verdad que considera justa. Está convencido que hay que mirar al lado y ver cómo viven la mayoría de los colombianos. Por eso quiere que los hijos de los hijos de los colombianos puedan vivir en otra Colombia.

«¿Qué perdemos nosotros? ¿Qué pierde el pueblo con organizarse y luchar? Nosotros no perdemos nada, porque si no luchamos así nos mantenemos. No le demos la espalda al problema social que hay acá», dice.

Un helicóptero suena durante la conversación. Miller le agradece a la revolución, no sabría qué sería de él, un ladrón o un militar, si no hubiera ingresado a sus 17 años, lo que afirma hizo conscientemente. 

 
 

«La cuestión verdadera es la forma de entender la humanidad, de preocuparse bien por ésta, no pensar en lo individual a diario. En la coyuntura se deberá buscar y abolir esa pared que divide, que marca lo diferente. Somos seres humanos, somos colombianos, y como tal tenemos responsabilidades, como ser social, y una de esas es intentar entender las realidades. ¿Qué será que estamos así?»

En las noches estrelladas, ronquidos y muchos pasos por el campamento, se sentía mucho movimiento y vigilancia. En medio de conciertos, reuniones, entrevistas y alcohol se desarrolló la X Conferencia. En todo caso, el control y la observación siempre estuvo presente.

Al regreso, cada vez se ve más gente. ¿Cómo volver? La única opción son las coordenadas o preguntarle al conductor, Donja —don Jairo—, si recuerda el recorrido, ya que fue él quien se encargó del retorno. Al entrar de nuevo en el retén militar, ya no hubo tanta amabilidad: «¿Periodistas de qué medio?», preguntan.

Expectativa en los medios nacionales e internacionales por el 2 de octubre. Ganó el No. 550.000 votos de diferencia, casi una localidad de Bogotá. El 62% de los colombianos habilitados no votó; «La del plebiscito fue la mayor abstención en 22 años», titula El Tiempo. Ya estaba contestada la pregunta: «¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?»

Los acuerdos serían, eran o serán el comienzo, una manera de empezar a organizarse y trabajar. El Frente Amplio para la Reconciliación —FARC, como habían pensado llamarse— se veía muy positivo con que iba a ganar el Sí; ya querían dejar de huir, dejar las armas y reincorporarse a la vida civil, iniciarse en la política. Era el comienzo de cómo iban a construir la paz.

Desde el 2005 se lee en entrevistas la propuesta de diálogo serio por parte de las FARC. Ahora, después de cuatro años de negociación, persiste el debate nacional, se suman nuevas voces a la discusión; la oposición, el ELN, los interesados, sectores más liberales del No, expresidentes, evangélicos y cristianos, niños, estudiantes, padres y madres, los que siempre han tenido fe y han trabajado por ello, la sociedad civil, las Fuerzas; los apáticos que ahora salen a las marchas que sí creen en la paz, pero no de la manera que se estaba acordando.

Continúan las congregaciones.

 
 

Los del No insisten en revisar lo que tenga que ver con la Jurisdicción Especial para la Paz, estabilidad fiscal, desarrollo rural, participación política, y otros temas más. Lo que podría tomar tiempo, otra vez.

Sea lo que sea, y citando a Humberto de la Calle, negociador de La Habana: «no hay que estar pegado al pasado», lo que se requiere es un Acuerdo que propenda para que la violencia del otro no justifique la violencia propia. Un acuerdo que abole las armas en la política y que esté libre de burocracia que impida su desarrollo. Un nuevo reto para la tierra del realismo mágico, según El Diario.

Esta es una historia, más que de guerrilleros, de humanos; liberación de etiquetas que se imponen y se crean cada día. Transformación de hashtags a almas, lejos de la segregación ¿Han sido libres de verdad, tienen autonomía? Esa es su lucha, siendo víctimas y victimarios.

Ninguna historia es más importante que otra. Son versiones.

Laura Rojas
Laura Rojas

Colombiana, abogada y periodista independiente. Experiencia como investigadora en temas sociales. Atraída por contar historias humanas donde lo invisible se vuelva visible y lo cotidiano extraordinario.