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PEQUEÑAS HISTORIAS DE PORTUGUESES

Un viaje ilustrado
Mario Linhares

Todos los pueblos tienen historias interesantes que contar. No importa si las fronteras se fijaron hace mucho tiempo, pues hasta las naciones más jóvenes tienen curiosidades dignas de reflejar. Por lo que respecta a Portugal, desde los territorios con vestigios de pueblos prehistóricos, pasando por las diferentes personas que ayudaron a construir el país espada en mano o con sus afiladas lenguas, hasta los monumentos de piedra u hormigón que perdurarán para siempre, pretendemos aquí contar en 14 dibujos historias como pequeños granos de arena que contribuyen en la construcción de eso que me atrevo a llamar «pequeñas historias interesantes sobre los portugueses».

Si empezamos por Lisboa, hablamos, está claro, del Elevador de Santa Justa. ¿Habrá otro punto de encuentro más obvio para los lisboetas? Aunque sea céntrico y excelente para combinaciones rápidas, lo cierto es que está siempre lleno de personas dispuestas a ver la especial luz de Lisboa desde un punto de vista más elevado. Es una especie de Torre de Babel: allí se oyen todas las lenguas. La vista es deslumbrante. Se ven las colinas de Lisboa, el Tajo, la otra ribera, el puente 25 de abril, el Cristo Rei y los edificios de Baixa, tan bien diseñados por el Marqués de Pombal. ¿Cuál es la curiosidad de este lugar para los portugueses? Si van allí con alguien, nunca dejarán de emitir un suspiro de maravilla, como si fuese la primera vez. Y para muchos lo será, por lo que no hay que sorprenderse si la única voz que se escucha en portugués es la de la chica que le cobra el billete.

 

Hay en Lisboa, desde siempre, un gran apego por la cerámica y los azulejos. Tenemos aún varias industrias de pintura manual, como Vista Alegre o la Viuda Lamego. Lisboa seduce desde las fachadas de sus edificios con ese azulejado bien presente en sus barrios históricos, como Alfama o Madragoa. En las escuelas era habitual que los alumnos aprendieran a pintar un azulejo y sería difícil encontrar un portugués que no reconozca este objeto con aprecio sentimental.

¿Y si quisiéramos salir de Lisboa? El tren es siempre una excelente opción por su puntualidad y la vasta red que se extiende por todo el territorio. Además, nos permite viajar con personas, observándolas y oyéndolas y teniendo en cuenta sus hábitos. Esto nos hace sentir integrados en la sociedad, nos coloca al mismo nivel de igualdad y cada viaje se convierte en un nuevo descubrimiento. En los últimos años, por ejemplo, se han visto algunas ambigüedades en la forma de usar el tiempo por parte de las diferentes generaciones. Mientras los más ancianos luchan para integrarse en las nuevas tecnologías, cada vez hay más jóvenes haciendo lo que hacían nuestros abuelos: ¡tricot, crochet o punto! Lo que también se descubren son las mezclas culturales. Cuando un angoleño se casa con una portuguesa, los hijos siempre son especiales, de un color único. Esta mezcla enriquece el país, pues lo vuelve dinámico y con límites fronterizos mucho más anchos que los geográficos. ¿Dónde están las fronteras de la cultura de un pueblo?

 

¿Cómo es el paisaje portugués? Lleno de vegetación, claro, sobre todo si viajamos por el interior, ya que el litoral está muy urbanizado. El Norte siempre fue famoso por ser muy verde, pero lo cierto es que también el Alentejo lo era antes de que lo transformasen en el «granero de Portugal» por el Estado Novo. Nuestro paisaje está lleno de especies autóctonas, pero también de algunas invasoras, como los eucaliptos, que sirvieron para reforestar las grandes áreas incendiadas durante los habituales incendios de verano. En cualquier caso, todos los portugueses tienen, entre sus recuerdos de infancia, un picnic en el bosque, seguido siempre de «grandes» exploraciones botánicas en las que se encuentran y guardan los frutos de árboles, bellotas o pequeñísimas ramas con frágiles flores que se quieren guardar para toda la vida.

 

Pero no sólo de bosques y flores vive el paisaje portugués. También está la agricultura, y aquí es inevitable no hablar de mis abuelos y de las vacaciones de verano de mi infancia y adolescencia. Recuerdo como si fuera hoy la primera vez en que subí al tractor. Había que labrar y abonar los campos. El olor era terrible, pero convivir con todos mis primos lo compensaba. Había vacas, leche de verdad, vides y mucho trabajo duro. De noche se rezaba el rosario y todo aquello parecía otro mundo, tan diferente de la vida urbana de la capital. La comida tenía otro sabor, los olores eran más intensos y todo era más sabroso: las legumbres, la sopa, el pan, los huevos, la carne. Es increíble cómo se puede viajar en el tiempo con el paladar...

 

Hablando de viajar en el tiempo: todos conocemos la influencia que los romanos tuvieron en Europa. El legado que nos dejaron fue enorme y tal vez el mayor sea precisamente la lengua. Aparte de ella, porque los portugueses la intentaron transformar en algo más difícil de entender, llena de sonidos cerrados, otras cosas quedaron casi intactas. El templo romano de Évora es uno de esos casos. Se quedó allí, imponente. Es un punto de visita obligatoria. Es imposible quedarse indiferente ante él y no pensar en su historia. En los siglos que ya vivió, en los romanos que lo construyeron, en los bárbaros que lo destruyeron, en las personas que lo usaron, visitaron, dibujaron. Ahora sólo es un objeto decorativo en la ciudad, pero es de los que no se pueden descartar. Cuando se piensa en Évora, se piensa en su templo romano.

 

En el Alentejo hace, sobre todo, mucho calor. El Sur de Portugal es muy caliente de día y, a veces, muy frío de noche. Por eso las casas son blancas y están construidas con muros gruesos, para evitar que entre el calor. La arquitectura religiosa creó otra solución: los patios internos con agua ―una clara influencia árabe―, con claustros que aseguraban zonas de sombra durante todo el día. Estos claustros permitían que los monjes pudiesen tener un espacio exterior sin salir del monasterio. Hoy en día, ellos también son un viaje histórico. Se observan los vestigios y las marcas de uso de esas personas desconocidas. Este claustro de Vila Viçosa tiene la característica de que nos aísla del resto de la ciudad. Al entrar allí cualquier persona, tiene un efecto casi inmediato de relajación y asombro.

 

Llegando a Oporto es imposible no quedar hipnotizados por la cercanía de las riberas del Duero. Hay allí un confrontarse de fachadas, colores, luz y reflejos que sólo superan los diferentes puentes que unen las dos ciudades vecinas. Oporto es gris, pero está lleno de pensamiento artístico y buen gusto. Encanta a los escritores, fotógrafos, cineastas y arquitectos o a cualquier persona que se quiera rendir a los encantos de calles tortuosas de colores gastados y edificios que sorprenden al girar cada esquina. ¿Curiosidades de los portuenses? Hablan usando palabrotas con total ligereza. Es indispensable conversar con algún pescadero, pero también con un librero, y comer en una tasca típica de la zona de la Ribeira —si se tiene coraje y tripas a la portuense―.

 

Siempre que fue posible, Portugal intentó dejar su marca en el mundo. Prueba de ello fueron los descubrimientos del s. XV, que permitieron alargar horizontes, ser visionarios y construir algunos monumentos magníficos en los siglos posteriores. Uno de los últimos en ser financiado con el entusiasmo de esa época fue este Palacio Real, situado en los bosques de Buçaco. Todos los detalles evocan el gran periodo imperial portugués, por lo que en este local podemos tener un aula de historia que abarca 500 años. Fue construido en el s. XIX y ahora es un hotel. No hay muchos portugueses que lo conozcan, pero tiene varias curiosidades: el bosque en el que se encuentra albergó a los monjes carmelitas durante 200 años; en 1810 fue testigo de una de las batallas más sangrientas de las invasiones napoleónicas en Portugal; el arquitecto que lo proyectó fue el italiano Luigi Manini.

Los portugueses no son tan diferentes de cualquier otro pueblo. Tienen sus defectos, pero también sus méritos. Entre todo ello, hay quien sólo consigue ver los lados menos positivos y quien es tan optimista que nunca ve un sólo problema. Siempre pasa igual cuando se intenta hacer algo nuevo. Cuando las naos de los descubrimientos se hacían a la mar, Luís Vaz de Camões escribió sobre un viejo de Restelo que se auguraba lo peor para esas expediciones. Las naos ya no zarpan de Restelo, pero siempre que se intentan lanzar nuevos proyectos en nuevos territorios aparecen viejos de Restelo para hablar mal de todo y todos...

 
 

Por suerte, nuestro pueblo es como cualquier otro, lleno de personas valientes. En Castelo Branco, por ejemplo, se contrató a un arquitecto catalán —Josep Lluis Mateo— para proyectar el Centro de Cultura Contemporánea. El edifico destaca sobre el resto del tejido urbano; a mí me encantó verlo en fase de construcción y era imposible no dibujarlo. En cuanto lo hacía, las voces que escuchaba siempre eran contradictorias. ¡A unos les gustaba tanto como otros lo odiaban!

Siempre ocurre así en cualquier parte del mundo. En el fondo, no somos nada diferentes del resto de la humanidad.

Mario Linhares
Mario Linhares
(1980) Vive en Sintra y trabaja en Lisboa. Comenzó a viajar con doce años. Pisó África la primera vez en 2002, Asia en 2009 y los Estados Unidos en 2014. El diseño es la forma que prefiere de conocer el mundo y no sabe viajar sin su diario gráfico.