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POR TIERRAS DE LUGH

Paseos en la Mariña gallega
Iago Piñeiro
Beatriz Villalta

Comienzo mi viaje con el nacer del verano, bajo un cielo ligero y azul. Con el morral ligero, casi vacío, me dispongo a recorrer las nebulosas tierras de Lugh, donde los celtas plantaron sus castros y adoraron a ese dios hábil y luminoso. Montado en un traqueteante bus que se dirige hacia la costa, dejo que los recuerdos se superpongan a los paisajes familiares que se van deslizando ante mis ojos: pueblos rodeados de prados y bosques, montañas cubiertas por la bruma, la inabarcable superficie del mar. Una pacífica emoción me embarga al reencontrarme con todos ellos, la sensación de una especie de retorno al hogar.

Estoy en Burela, villa de pescadores a orillas del mar Cantábrico. Camino por el paseo de la Marosa mientras un viento frío y racheado sopla desde el Norte. Las olas golpean las rocas del litoral, cubriéndolas de espuma; la marea alta, al retirarse, ha dejado algunos charcos, en cuyo fondo se ven decenas de lapas y erizos de mar.

Hacia el horizonte, la superficie del Cantábrico aparece cubierta de ovellas, que es como los marineros llaman a esa especie de remolinos de espuma que se forman sobre el agua, semejantes a la lana del ovino y síntoma de mar picado. Volviendo a posar la vista en la costa, sigo la línea del litoral: el estadio de fútbol, la vía del tren, la playa, el bosque de eucaliptos tras el cual se encuentra Sargadelos; hacia allí he de dirigirme. Al finalizar el paseo acondicionado para caminantes, me quedo en la única compañía del sonido del mar.

Camino entre los eucaliptos en dirección a Sargadelos, donde un antiguo marqués ilustrado mandó construir una fábrica de cerámica pionera en la modesta industrialización de Galicia. El sonido del mar, que va quedando a mis espaldas, se apaga con cada curva de la carretera. Dos chavales me adelantan zumbando en sus bicicletas, vivos como chispas de sol; el que va detrás aprovecha una imperfección del asfalto para brincar por los aires.

Paso a paso, termino por llegar a la fábrica; es domingo y está cerrada. Junto a una nueva factoría quedan algunos edificios antiguos, devorados por la maleza del tiempo. Sigo por la carretera y paso junto a un río, deteniéndome en un parque que llaman «de los enamorados»; unas cuantas mesas de madera se apiñan conformando un merendero, alrededor crecen enormes los eucaliptos.

Tomando un sendero, me interno entre los árboles; allí me encuentro a los dos adolescentes de las bicicletas, que están sentados a la vera de un riachuelo. Charlan sobre una tal Paula.

 

—Me preguntó si mañana quería ir a la playa con ella.

—¿Y tú que le dijiste?

—Que tengo que ver, que a lo mejor me voy de viaje.

—¿A dónde te vas?

—A ningún lado, pero no sé si mis padres me dejan.

 

Una urraca grazna en un árbol cercano; el cielo luce frío y nublado. Retomando el paso, sigo subiendo por la colina.

 

EN SARGADELOS, UN ANTIGUO MARQUÉS MANDÓ CONSTRUIR UNA FÁBRICA DE CERÁMICA PIONERA EN LA MODESTA INDUSTRIALIZACIÓN DE GALICIA

Camino por una pista forestal conocida como «o Camiño do Vilar». Es noche cerrada y, cuando detengo mis propios pasos, puedo percibir el bosque sumido en un completo silencio. Los troncos de los árboles se elevan hacia el cielo como enormes lanzas; el camino está cubierto de hojas caídas.

Una suave brisa se desliza entre la floresta, trayendo consigo el olor del mar mezclado con el de los eucaliptos; aspiro a fondo ese aire que sabe a puro frescor, a noche de verano. Entre las copas de los árboles se abre una brecha hacia un cielo plagado de estrellas; se agrupan en torno a una pálida hilera de luz: la Vía Láctea. Su brillo es suficiente para iluminar el camino.

El barrio de Vila do Medio huele a pan recién hecho; es temprano en la mañana. Caminando entre sus pequeñas casas voy perdiéndome allá por donde mis pies quieran llevarme. Acabo así llegando a una fuente, donde un par de mujeres rellenan garrafas. El hilo de agua brota de un pequeño caño metálico, cubierto completamente por el musgo; algunas flores silvestres surgen de su esponjoso verdor.

Al ver que yo no traigo botellas para rellenar, una de las mujeres aparta su garrafa y me dice: «Anda, pase, que senón vai ter que esperar moito». Agachándome a beber, escucho cómo comenta a su compañera: «Moi quente che está vindo o vrao, están as fontes casi secas». Una abeja comienza a zumbar alrededor de mis labios. Apartándome un poco, dejo que se pose a beber del musgo empapado.

Una hilera de personas sentadas en pequeñas sillas plegables se alinea en el amarradero del puerto. Con larguísimas cañas, pasan el tiempo pescando calamares. Es de noche, y parece que buena parte de la vida de la villa ha venido a reunirse aquí, disfrutando de las frescas horas que siguen al ocaso. Los grandes barcos amarrados en la última línea del puerto se mecen levemente, como mastodontes dormidos.

 
 

LOS GRANDES BARCOS AMARRADOS EN LA ÚLTIMA LÍNEA DEL PUERTO SE MECEN LEVEMENTE, COMO MASTODONTES DORMIDOS

 

Me asomo al agua y veo, unos metros por debajo, las tintineantes lucecillas de las poteras y falsos peces de colores con los que los pescadores pretender atraer a su presa. Las puntas de la cañas, de una finura extraordinaria, se combarán ante el más mínimo tirón, y entonces las manos que las sostienen habrán de recoger hacia arriba, con una mezcla de firmeza y suavidad, y quizá la escurridiza figura de un calamar aparezca en la punta del sedal agitando los tentáculos.

Aovillado sobre un montón de cajas de pescado, un gato callejero observa la faena; acostumbrado a raspar espinas, no hará ascos a alguna captura olvidada.

Me han prestado una bicicleta. Sudando y con el aliento apresurado, voy poco a poco subiendo al monte Castelo. Los tejados de Burela se extienden ante mis ojos, allá abajo, entre la montaña y el mar. De nuevo, esa mezcla de sol, salitre y eucalipto me hace viajar en el tiempo hacia veranos lejanos; impresiones llenas de vida y de luz. A mitad del ascenso dejo la bicicleta contra un muro y sigo a pie por un camino que se interna en el bosque. Avanzando entre fentos y toxos, me dirijo hacia la cima del monte.

Casi en la cima del monte Castelo hay un merendero de mesas de piedra y unas cuantas parrillas donde la gente sube en verano para preparar el churrasco o asar gruesas rodajas de bonito del norte. Alrededor se extiende un frondoso pinar; las lagartijas se calientan al sol, muy quietas sobre las rocas. Más allá de las mesas hay un hórreo hecho de maderos y grandes bloques de granito; no guarda dentro ni una triste mazorca de maíz, que crece escasamente a los pies de estas montañas, ahora que hay poco ganado. A su lado se encuentra una fuente, seca y polvorienta. Desde allí puede verse una amplia panorámica de la villa y del mar hasta sus horizontes, allá donde se funde con el cielo. Sobre el monte Castelo vuelan el grajo y la gaviota, la brisa del Valdouro y el viento del Cantábrico.

Mientras observo el paisaje sentado sobre unas piedras, veo cómo dos coches se acercan por la carretera. De cada uno se bajan cuatro personas: mujeres, hombres y niños, que se disponen a echar un mantel de cuadros rojos y blancos sobre una mesa, encender una parrilla, comenzar a corretear entre los árboles. Mientras se hacen las brasas, los hombres sacan unas cuantas cervezas y una baraja. Los niños, que están ahora persiguiéndose alrededor de un cruceiro que se alza entre unas piedras, van hacia la mesa donde están los adultos y, tirándole tímidamente de la camisa a uno de ellos, preguntan:

 

¿A que ó hórreo non se pode ir?

Non se pode, non —responde el hombre sin girarse—.

¿E por que?

¿Por que vai ser? Porque alí vive o lobo.

 

Satisfechos con la respuesta, retoman sus correrías. Más allá, en la cima de la montaña, giran inexorables los molinos de viento.

 

ESA MEZCLA DE SOL, SALITRE Y EUCALIPTO ME HACE VIAJAR EN EL TIEMPO HACIA VERANOS LEJANOS

Arriba, en el monte dos Cabaleiros, sopla el viento. Una sucesión de suaves cimas se pierde hacia el Sur, hasta más allá de donde puede alcanzar la vista. Crecen pinos, toxos, algo de brezo; pistas forestales que se dirigen a lugares para mí desconocidos. Posiblemente alguna acabe por desembocar en el Valdouro, fértil tierra junto a la antigua villa de Mondoñedo, con su catedral silenciosa y su ponte do Pasatempo, donde retuvieron a Isabel de Castro mientras daban cuenta de la cabeza de su marido, el rebelde Pardo de Cela, que rodó frente a la catedral tras un certero hachazo.

Desandando todo el camino que mi imaginación ha recorrido, tomo asiento sobre una piedra y saco un libro del macuto: La montaña del alma, de Gao Xinjian, narración de un viaje a través de China. Sintiendo cómo me envuelve el silencio del monte, me veo inmerso en una perfecta sensación de paz. La serpiente de los cinco pasos —llamada así porque, de recibir su mordisco, uno muere antes de poder dar ni siquiera cinco zancadas— se desliza entre el follaje de los bosque de Hunan, a miles de kilómetros de distancia; a apenas unos cientos de metros, en el monte dos Cabaleiros, un caballo relincha poderosamente.

Camino por el paseo que une Burela con la playa de la Areoura, junto a la cual se alzó, durante muchos años, el esqueleto inacabado de un bloque de viviendas que acabó siendo dinamitado. Es la hora que raya con el ocaso y, en dirección contraria, voy cruzándome con un buen número de paseantes que retornan a sus hogares. El camino avanza por el borde de una especie de acantilado; abajo se ve el puerto y la nueva lonja, en la que apenas hay movimiento a estas horas. Las gaviotas se reúnen con gran alboroto sobre los tejados, preparándose para la noche.

Avanzo un poco más y llego a la altura de un parque; no hay nadie. Allí, entre el sonido de las hojas de los árboles, recuerdo cómo era antes este camino, mucho más salvaje y menos acondicionado: apenas un sendero que avanzaba entre los eucaliptos y los toxos, e incluso a veces se unía con la vía del tren que discurre en paralelo, haciendo que uno tuviera que caminar sobre traviesas y raíles. Recuerdo también que había algunas sendas que bajaban a las calas de cantos rodados que se forman bajo el acantilado; lugares perfectos para disfrutar de una cerveza observando las luces del puerto, del otro lado de las aguas. Ahora, todo está preparado para que el caminante no se desvíe o se raspe con la maleza; el camino es ancho y está perfectamente empedrado. 

Llego a una playa que llaman «O Cantiño»; la marea baja ha dejado al descubierto una gran superficie adornada de conchas y algas. Sobre la dureza de la arena aún mojada, cruzo de una playa a otra, de O Cantiño a la Areoura; hay luna llena. La superficie del mar se extiende más allá de un horizonte posible de definir, comenzando en un tono azul oscuro que se va convirtiendo en negro a medida que se aleja de la costa. Más allá, muy lejos, brillan las luces de algunos barcos: pequeñas islas flotantes, refugios de hombres que se afanan entre la inmensidad. Sobre mis pies descalzos, empapados por el mar, brincan las pulgas de agua a cada golpe de oleaje.

El bochorno de la tarde me ha hecho ir a dormir la siesta a una sombra cualquiera; salté una cadena colocada a modo de verja y me metí entre las obras de unos chalés. Abajo se oye el mar, lo único que se mueve a estas horas. Para evitar la incomodidad del cemento extiendo mi esterilla sobre el suelo; el macuto lo utilizo a modo de almohada. Allí tumbado, con los pies apoyados sobre unos tablones, dejo que los ojos se me vayan cerrando.

Me despierto un rato después, no sé cuanto tiempo ha pasado; se escuchan las voces de unos chavales que se acercan:

 

—¿Trouxeches os prismáticos?

Si.

Vamos a aquela casa dalí.

 

EL BOCHORNO DE LA TARDE ME HA HECHO IR A DORMIR LA SIESTA A UNA SOMBRA CUALQUIERA; ABAJO SE OYE EL MAR, LO ÚNICO QUE SE MUEVE A ESTAS HORAS

 

Intrigado, me pongo en pie y me asomo por el hueco de la ventana. Tres muchachos dejan las bicicletas tumbadas en el suelo y se meten en otro chalé en obras, en el borde del acantilado. Cuando miro hacia abajo, hacia la playa, entiendo lo que han venido a observar: unas mujeres que no alcanzo a ver con claridad hacen topless junto a unas rocas donde rompen las olas.

Camino por la avenida de Arcadio Pardiñas, que atraviesa Burela de un lado a otro. Esta tarde ha llovido y un profundo olor a ozono aún impregna el aire, renovado, recién nacido. El tráfico está tranquilo; la negra superficie de la carretera, cubierta por una finísima capa de agua, es como un espejo donde se reflejan las luces de las farolas. De vez en cuando pasa algún coche, abriendo dos surcos paralelos en la humedad del asfalto: dos efímeras líneas que desaparecen a los pocos instantes.

Metiéndome por unos soportales cruzo bajo un edificio y voy a salir a la vía del tren; a lo lejos se ve el puerto, con su intermitente luz verde en la punta del espigón, donde hay una Virgen a cuyos pies las mujeres de los marineros van a dejar flores cuando sus hombres se hacen a la mar. Caminando en paralelo a la vía llego al parque de Tíjola, donde unos chavales juegan al escondite.

Me siento en un banco y dejo pasar el tiempo; los muchachos se persiguen entre los arbustos, trepan al tejado de una caseta, se ocultan entre las sombras de un edificio en obras. Una ventana se ilumina súbitamente; una mujer se asoma y grita: «¡A cenar!».

El parque se queda vacío, sólo se escucha, amortiguado, el sonido de un televisor retransmitiendo lo que parece ser un programa musical. Cogiendo el macuto, continúo mi camino; el cri-cri de los grillos se enciende a medida que me alejo del lugar.

 
 

EN LA PUNTA DEL ESPIGÓN HAY UNA VIRGEN A CUYOS PIES LAS MUJERES DE LOS MARINEROS VAN A DEJAR FLORES CUANDO SUS HOMBRES SE HACEN A LA MAR

Es mediodía, y la ociosa tarde comienza a estirarse como un lienzo en blanco; las calles están vacías mientras la gente sestea en sus casas. El cielo luce completamente despejado, pintado de un azul luminoso; en las sombras se refugia un frescor seco y con olor a canícula.

Alrededor de una pequeña plaza, conocida como la de «os piratas», están aparcados los taxistas; los coches, con las puertas abiertas, se llenan de aire y de moscas. Un hombre ronca recostado en el asiento y con los pies asomando por la ventanilla. El vuelo de un gorrión, apresurado bajo los ardientes rayos del sol, se detiene por unos instantes en la punta de sus dedos.

Camino por la lonja, abarrotada de gente. En el suelo se extienden decenas de cajas de pescado, mientras los potenciales compradores o simples curiosos caminan a su alrededor, haciéndoles un rápido examen. Un hombre subasta el percebe, anunciando el precio a tal velocidad que resulta prácticamente ininteligible; de vez en cuando alguien alza una mano o grita «¡aquí!» o «¡miña!», y la cuenta se detiene unos instantes para reanudarse con nuevo vigor.

En una esquina, apartado del resto de capturas, yace un enorme pez espada. El magnifico animal tiene un cuerpo oscuro y esbelto, sus ojos, negros como el azabache, mantienen un brillo antiguo e inocente; memorias atesoradas de las profundidades del mar.

El mercado huele a frutas y a cuero, a queso curado y a tocino. Un numeroso gentío, tanto de Burela como de los pueblos de la redonda, transita por las calles flanqueadas de puestos, donde se venden desde bragas a aperos de labranza. Abriéndome paso entre la multitud, llego hasta un parque; cruzando entre los columpios, continúo hasta la estación de autobús. Me siento en un banco y espero; a mi lado se paran unos señores, uno de ellos trae entre sus manos un fragante pedazo de lacón.

 

—Moita xente hai hoxe.

¡Ui, nos días de mercado éche así!

 

El autobús no tarda en llegar; despojándome del macuto, subo y tomo asiento junto a la ventana. Entre semáforos y badenes vamos saliendo de la villa; las últimas casas dan paso a la visión del Cantábrico, que se extiende hasta el horizonte. El aire que se cuela por la trampilla del bus huele a yodo y a espuma, a roca humedecida por las olas. Los vencejos hacen cabriolas en los últimos vientos del estío.

Iago  Piñeiro
Iago Piñeiro
Profesor; viajero y escritor vocacional. Colabora ocasionalmente con diversas publicaciones sobre viajes. Inspirado por autores como Matsuo Bashō o Somerset Maugham, escribe en el blog www.nubeyagua.com, donde trata de captar, en muy pocas líneas, la esencia de los caminos que recorre.
 
 
Beatriz  Villalta
Beatriz Villalta
Física y fotógrafa, trabaja para captar momentos e historias en sus viajes. Se puede conocer su trabajo en www.horizonteslejanos.com.