Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

PLATA Y SANGRE

El Cerro Rico de Potosí
Eduard Traveria

La ciudad que fue la joya del Imperio español gracias a sus ricas minas de plata, es hoy uno de los enclaves más pobres de Bolivia. Potosí es pura contradicción; una mezcla de belleza y horror, esplendor y decadencia, pasado y actualidad. Casi cinco siglos después de las primeras extracciones en el Cerro Rico, decenas de hombres siguen trabajando allá a diario en condiciones lamentables. Dado que todos los metales preciosos han sido esquilmados, la principal apuesta económica de la zona es un turismo en auge que incluye la posibilidad de visitar las célebres minas. Una experiencia que sin duda golpea el alma.

 
 

«Los que aquí trabajan saben que su vida se consume en estos túneles, que mueren poco a poco. Pero todos mantienen la esperanza de encontrar una veta de plata que los saque de esta mina para siempre.» Juan Gómez habla con la resignación del que cree que no tiene elección. Tiene la mirada empañada por el polvo del Cerro Rico, donde estuvo cavando y sacando escombros durante más de cinco años. Ahora ha cambiado de profesión aunque, como la mayoría de la población de Potosí, su destino sigue atado a la vieja mina que hallaron los conquistadores españoles en 1545. Juan trabaja en una empresa como guía para los viajeros que se atreven a meterse en los túneles de esa montaña, envuelta de un aura de maldición y fortuna a partes iguales.

El tour tiene un coste total de 120 bolivianos (unos 13 euros) y empieza en el llamado Mercado de los Mineros, donde se brinda la oportunidad de comprar obsequios a los trabajadores que posteriormente se verán in situ. Uno de los regalos más habituales es una bolsa de hojas de coca. Los principios activos de esta planta atenúan la sensación de hambre y cansancio de los mineros, así como los males derivados de la altitud. Todos ellos llevan una gran pelota de hojas en su boca para que sus encías absorban esa tan necesaria ayuda en condiciones laborales tan precarias. Pero sin duda lo más sorprendente es que en esos rústicos locales comerciales, por unos 20 bolivianos (poco más de dos euros), cualquiera puede comprar dinamita y detonadores sin necesidad de licencias o permisos. Puede que sea el único lugar del mundo con una circulación tan alegre de todo tipo de material para provocar explosiones; así de arraigada está la minería en Potosí. Lo cierto es que el viajero descubrirá que en Bolivia el concepto de seguridad siempre se puede relativizar y quizá gracias a ello se le brinda la posibilidad de acceder a una mina en activo sin más preparación y equipamiento que un casco con una luz frontal, un mono amarillo y unas botas plásticas.         

 
 

Desde luego la visita no es una experiencia apta para miedosos o claustrofóbicos. Es necesaria una buena dosis de empeño y decisión. De hecho uno huele el peligro antes de adentrarse en la mina, algo instintivo te frena ante ese escenario tan hostil: el cielo gris ceniza, el inclemente frío de los Andes, las humildes edificaciones que se levantan como si fueran los dientes carcomidos de la montaña y ni una brizna de vegetación. Ante ti un orificio en la roca con un marco de madera envejecida donde dos pequeños raíles se pierden en la oscuridad más densa. Conviene inspirar dos veces aire puro antes de adentrarse medio agachado en ese agujero que decenas de miles de personas han cruzado antes, muchos para encontrar una de las múltiples formas de muerte que la mina esconde en sus entrañas. Pero siempre es mejor no pensar en todo eso si se quiere seguir adelante.

Justo cuando uno se percata de que allá dentro hay un palmo de agua y barro por todas partes se escuchan gritos imperativos: «¡Apártense, apresúrense!». De la negrura más densa aparece una luz que se va agrandando hasta que alcanzas a ver a dos hombres empujando, sólo con la fuerza de sus brazos, una gran vagoneta llena de tierra y piedras. Unos pequeños mineros vestidos con camisetas de fútbol y un simple casco son los motores de una carga que supera la tonelada. Es inevitable sentir tristeza e incredulidad al ver que en el siglo XXI aún hay condiciones laborales tan penosas. Aquí los trabajadores siguen desarrollando unas faenas puramente manuales ya que la mina no está tecnificada en absoluto.

En la actualidad, el Cerro Rico es una cooperativa pública. Esto significa que sus miembros ganan por el mineral que extraen, de modo que son muchas las horas que pasan ahí dentro hasta poder obtener algo de valor, como, por ejemplo, estaño. No existen las jornadas laborales, los horarios o los descansos establecidos. Lo que sí existen son las categorías laborales según la función: los que más se arriesgan, los responsables de abrir nuevas vías con explosivos —los más expuestos a los derrumbes— son los que mayor retribución económica pueden conseguir.

 
 

A medida que te adentras más y más en los túneles la temperatura y la densidad del aire aumenta. Casi se puede masticar. Los sistemas de ventilación son simples tubos de plástico agujereados a los que una bomba en el exterior insufla aire y que, por tanto, pierden potencia cuanto más lejos de la entrada uno se encuentra. Los desgastados refuerzos de madera de las paredes, el cableado instalado de cualquier manera y la falta de iluminación tampoco contribuyen a pensar que las cosas están bajo control.

Es un hecho que el Cerro Rico se hunde como consecuencia de las incontables perforaciones que se han hecho en su interior. Hoy día mide 4.786 metros; hace menos de cinco siglos superaba los 5.000. Sea como sea, en los túneles no te parece estar muy alto, sino a mucha profundidad. Todo tiene un aura de irrealidad y el polvo lo cubre todo, ese mismo polvo en suspensión que con el tiempo se irá depositando en los pulmones de los mineros provocando enfermedades como la silicosis, una patología respiratoria irreversible. En un momento de la visita, la densidad de polvo es tal que alcanza el calificativo de niebla. Juan, nuestro guía, sentencia con toda naturalidad: «Parece que no podremos avanzar por este túnel. Los chicos están buscando una nueva veta acá y recién activaron los explosivos. Puede que usen más». Nadie del grupo insiste en continuar por ese camino.

Un altar dedicado al Tío en el interior de la mina del Cerro Rico.

+

En un lugar como este, tener fe es el único antídoto contra la desesperación. Las entrañas del Cerro Rico esconden un ser mágico, divino para los que aquí trabajan, y que perdura a lo largo de los siglos. Es el llamado Tío. Este apelativo que parece afable oculta una historia sórdida. Fueron los españoles los que introdujeron en la mina esta gran figura de forma demoníaca para asustar a los esclavos. Se les dijo que el espíritu maligno que emanaba de ese ser todopoderoso castigaría a todo aquel que no trabajara duro. Su nombre original: «Dios». Pero en quechua no existe la letra «d», de modo que la palabra se deformó hasta su forma actual. Hoy en día el Tío es considerado un ente que da y arrebata, un espíritu protector que vela por los éxitos y la seguridad de los que aún buscan minerales valiosos. De hecho, existe la superstición de hacer ofrendas de hojas de coca, tabaco, o alcohol al Tío como muestra de agradecimiento o para propiciar buenos augurios. En Potosí la suerte sigue siendo muy necesaria.

 

Existen ciudades esplendorosas que tienen las paredes impregnadas en sangre. Como en tantos otros sitios colonizados, la riqueza natural de Potosí fue la peor desgracia para los nativos. A mediados del siglo XVI los españoles hallaron en el corazón de los Andes bolivianos la que entonces sería la mina de plata más productiva del mundo. Son pocos los que aún lo tienen presente, pero Potosí fue la ciudad más importante de todo el Imperio español y esa magnificencia aún está presente en las calles coloniales, los teatros y palacios barrocos lujosamente ornamentados, o las cerca de 40 iglesias repartidas por toda la ciudad. Aunque su edificio más emblemático sigue siendo la Casa de la Moneda, imponente construcción donde se acuñaba la plata.

La riqueza de Potosí fue un gran reclamo para muchos y en 1573, menos de 30 años después de su fundación, en esta urbe estratégica habitaban 120.000 personas, convirtiéndose en la mayor ciudad de América con una población superior a la de Sevilla o Madrid de la época. Todos los que venían voluntariamente a esta remota y desolada ciudad lo hacían por la llamada del dinero y el poder. La opulencia fue tal que aún hoy la Real Academia Española de la Lengua incluye el término «potosí», en minúscula, como sinónimo de «riqueza extraordinaria».  Valga sólo este ejemplo: en 1658, para la celebración del Habeas Christi, se quitaron los adoquines de la calle que daba a la Iglesia de Recoletos para poner en su lugar lingotes de plata. Eso fue Potosí, un lugar donde se extrajo una cantidad de metales preciosos de tal envergadura que cambió las reglas del juego de toda la economía europea.

 

La Casa Real de Moneda de Potosí, fundada en 1572 por el virrey Francisco de Toledo.

+
 

Durante este festín de codicia y excesos se escribió también uno de los capítulos más oscuros y vergonzosos de la colonización española. No hay datos exactos, pero se calcula que decenas de miles de nativos murieron trabajando en condiciones infrahumanas en la mina del Cerro Rico. Para conseguir mano de obra, los conquistadores impusieron la mita, un sistema de esclavitud mediante el cual un número determinado de indígenas eran obligados a trabajar durante un período limitado de tiempo donde y como la Corona española deseara. La verdad era que muy pocos volvían a casa. Jornadas laborales de hasta de 16 horas sin descanso, desprendimientos, hundimientos, gases letales… En esa mina se entraba para no salir jamás. Un cronista de la época, Fray Antonio de Calancha, escribió en 1638: «Cada peso que se acuña en Potosí cuesta diez indios muertos en las cavernas de las minas». Ante este exterminio se dice que, como forma de rebelión, las mujeres nativas se vieron obligadas a tomar una decisión dramática: todas cortaron el tendón de Aquiles a sus hijos para impedir que los españoles se los llevaran. Los preferían cojos a muertos.

Hoy en día, Potosí ha sido relegado al más profundo olvido. Ya antes de la independencia boliviana dejó de ser un enclave de referencia económico y artístico. Su importancia se disipó cuando las vetas de plata se consideraron agotadas y la ciudad perdió su esencia e identidad. Primero se fueron los ricos y luego los pobres. Declive y decadencia. Se repitió la misma historia con el caucho de Iquitos o Manaos, el oro de Minas Gerais o la caña de azúcar del Caribe. En Latinoamérica hay demasiados ejemplos de economías coloniales basadas en único recurso natural que sólo dejaron tras de sí el fantasma de una riqueza muerta.

Eduard Traveria
Eduard Traveria

Viajero por convicción, eligió el periodismo para poder combinar su pasión por la escritura con descubrir gentes y lugares. Tras el cierre de la televisión pública donde trabajaba como reportero, cumplió su sueño de dar la vuelta al mundo durante un año. Reside en Santiago de Chile y es el responsable de comunicación de un emprendimiento vinculado al transporte y el turismo en Sudamérica.