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UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

Con la mirada de Patrick Cockburn
Jordi Brescó

Imagina un corresponsal de guerra.

 
 

¿Lo tienes?

Probablemente encaje en la siguiente descripción: hombre, treinta y tantos, físicamente fuerte, adicto —entre otras cosas— al drama. Puedes encontrarlo de madrugada encadenando whiskies desde el último taburete de la barra del hotel en el que se hospeda. Algo así como la versión periodística del Rust Cohle de True Detective, aunque con una libreta más pequeña.

Ahora imagina un señor irlandés de 66 años, de pelo blanco fino, con gafas delante unos ojos siempre a medio abrir. Tiene problemas de movilidad tras sufrir polio a la edad de seis años. Necesita un bastón para andar, y lo hace con muchas dificultades. ¿Lo tienes? El lunes se fue —volvió, de hecho— a Irak.

Solemos tener una imagen distorsionada, idealizada, de la figura del corresponsal de guerra. Nos pasa porque la mayoría de nosotros, en realidad, no tenemos ni idea de qué pasa en una guerra. O de cómo se cubre. «Cuando reporteas una guerra necesitas más la cabeza que las piernas», me confiesa Patrick Cockburn (County Cork, 1950) en un intento de convencerme de que sí, que en su estado físico es posible informar desde una zona de conflicto. Tiene que serlo, porque lleva haciéndolo para The Independent desde 1990.

 

(CC teleSUR English)

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«Informar de una guerra es fácil. Lo difícil es hacerlo bien de verdad.»

 

Lo escribe Cockburn en la introducción de su nuevo libro, La era de la yihad (Capitán Swing, 2016). Una ácida crítica a la utilización de propaganda de guerra por parte de diversos medios que se aferran a la máxima «if it bleeds, it leads» (si hay sangre, vende). En la era del vídeo es fácil poner el foco en lo dramático, aunque las imágenes en cuestión hayan sido, muy probablemente, grabadas por uno de los bandos —con todo lo que ello supone a nivel de manipulación de información—. Compara la cobertura de Mosul y la del Este de Alepo y verás la propaganda que consumimos es el título de uno de sus últimos artículos para The Independent. Esta práctica no es nueva, ya fue utilizada por gran parte de los medios occidentales durante la invasión estadounidense de Afganistán en 2001: «En la televisión sólo vimos grandes explosiones, nos dieron a entender que los talibanes habían sido derrotados. En realidad los talibanes simplemente se retiraron, se fueron a sus casas».

 

«En una guerra es más importante hablar de política que de avances militares.»

 

Cockburn relativiza la necesidad de que el periodista se encuentre en la primera línea de fuego. Lo vio claro un día durante la Guerra de Libia en 2011: «En Bengasi, hubo una vez en la que había más periodistas que soldados». La sangre, las bombas, las armas se llevan los titulares, aunque pueden no ser siempre los factores que más muertes provocan: «Estoy convencido de que murieron más iraquíes por culpa de las sanciones aplicadas por la ONU que por culpa de Saddam Hussein», sentencia. La guerra económica puede ser peor que los bombardeos militares. La vertiente política es clave, especialmente en Oriente Medio.

 

«Informar desde los puntos calientes de una guerra es cada vez más peligroso.»

 

Desde los años ochenta, en los conflictos armados los periodistas son también un objetivo, especialmente de secuestros. Y en este escenario hay que ser precavido. Siguen existiendo muchos trucos: llevar siempre un coche detrás para saber si te siguen, sospechar si en una carretera no te cruzas con nadie que vaya en sentido contrario, colgar camisas de la asa interior del coche para evitar ser reconocido, pagar a los trabajadores del hotel para que te informen si alguien pregunta demasiado por ti… «Siempre pensé que los jóvenes que quieren hacerse rápidamente un nombre serían los primeros en morir, pero curiosamente suelen morir más periodistas veteranos. Se confían en exceso, y un descuido es suficiente». 

Poco o nada tiene que ver con antaño, cuando los periodistas incluso disponían de permisos de acceso formales. Comparar el conflicto actual en Siria e Irak con la Guerra Civil Libanesa del 75, o con el conflicto norirlandés provoca en Cockburn una sonrisa melancólica: «En aquella época solía bromear, diciendo que los grupos paramilitares recién constituidos nombraban un jefe de prensa antes incluso de haber comprado una pistola». Aún así, Cockburn se esfuerza en desdramatizar su situación actual, y enfatiza la de los periodistas locales: «Ellos lo tienen mucho peor, porque no pueden irse de allí».

 

Un soldado del Ejército Libre Sirio en Alepo (CC Goran Tomasevic)

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«Las guerras de hoy en día parecen no tener fin.»

 

Cockburn tiene una larguísima experiencia cubriendo conflictos, especialmente en Oriente Medio. Las guerras en esta zona se suceden, se prolongan e incluso se contagian entre diferentes Estados —o lo que queda de ellos—. La principal razón de este fenómeno es la existencia de agentes que se encuentran, más o menos visiblemente, detrás de uno de los bandos implicados en el conflicto, ayudándole económicamente de forma sistemática y, al parecer, sin intención de parar. 

En el conflicto que afecta Siria e Irak, el ISIS tiene un grifo abierto que proviene de las monarquías absolutas sunís como las de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait, las cuales ejercen, en estos momentos, el liderazgo del mundo árabe. Por su parte, Bashar Al Assad cuenta con el respaldo de una potencia de las dimensiones de Rusia.

Cockburn pone el acento en las raíces que explican esta guerra: la disputa entre sunís y chiíes, intensificada durante los últimos años tras el avance dentro del mundo suní del wahabismo —la rama intolerante y reaccionaria defendida por Arabia Saudí que considera los chiíes unos herejes—. Según Cockburn, muchos de los chiíes  —que son clara minoría en el mundo musulmán frente a los sunís— sienten este conflicto como propio aunque no les afecte directamente. Chiíes de Irán, Bahrain o el Líbano creen que, si sus compañeros pierden, ellos pueden ser los siguientes.

Otro gran motivo que, según Cockburn, explica la aparente imposibilidad de acabar con este conflicto armado es la enorme cantidad de atrocidades que todos los bandos implicados —sin excepción— cargan en sus espaldas. Estas deudas pendientes dificultan las negociaciones, incluso entre grupos que en ocasiones luchan uno al lado de otro. «Los miembros que forman la coalición anti-ISIS —el Ejército iraquí, los kurdos peshmergas, las Fuerzas de Movilización Popular chiíes y los sunís de Mosul— sospechan y se temen entre ellos tanto como al propio ISIS».

 

«Oriente Medio está formado por placas tectónicas políticas, nacionales y religiosas que topan y crujen constantemente.»

 

El roce entre esas placas se intensificó, según Cockburn, tras la invasión estadounidense de Irak en 2003: «fue el terremoto que reavivó conflictos ya existentes». Siguiendo con su analogía geológica, aún hoy en día vivimos réplicas de aquel seísmo. Reanimó el enfrentamiento entre chiíes, suníes y kurdos, y estimuló en consecuencia la rivalidad entre las dos grandes potencias regionales de la zona: Irán —principal Estado chií— y Arabia Saudí —principal Estado suní—.

Según Cockburn, el enfrentamiento entre ambos cismas en el conflicto que afecta Siria e Irak no deja de ser una proxy war como las que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría: conflictos dónde las grandes potencias están de parte de un bando y le ayudan de forma (in)directa. La única posibilidad de estabilidad en la zona, según Cockburn, es que uno de los bandos pase a dominar los otros de forma incontestable. Algo impensable en la actualidad: «Ningún bando es suficientemente poderoso para someter a otro, ni ningún bando es suficientemente débil como para dejarse someter». De ahí la inestabilidad crónica.

 

Peshmergas sustituyendo la bandera del ISIS por la kurda, cerca de Mosul. (CC Kurdishstruggle)

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«El auge del ISIS es un evento único en la historia.»

 

Mérito del ISIS pero también —y sobre todo, según Cockburn— demérito de todos aquellos gobiernos y servicios secretos que subestimaron al grupo terrorista insurgente wahabita. En su momento, Cockburn informó del surgimiento del ISIS como «fuerza principal de la zona», anticipándose incluso a la Inteligencia de los países implicados o interesados en la zona. El jurado de los British Journalism Awards llegó a preguntarse «si no deberían las autoridades estudiar la posibilidad de jubilar al MI6 en bloque y contratar en su lugar a Patrick Cockburn».

Durante todo su avance, el ISIS ha utilizado el factor sorpresa como su principal punto fuerte. En la actualidad, más de dos años después de la autoproclamación del califato, sus enemigos ya conocen gran parte de sus estrategias y debilidades, especialmente las militares. La capacidad de sorprender del ISIS ha menguado de una forma inversamente proporcional a la aparición de más y más enemigos en su contra. Y en esas hemos llegado a Mosul.

 

«Mosul será una gran derrota para el ISIS. Pero no les eliminará.»

 

Mosul fue el escenario de la autoproclamación del califato en junio de 2014. Conquistar la tercera ciudad más grande de Irak supuso un golpe sobre la mesa por parte de un ISIS que vio como, desde entonces, los otros agentes de la zona se dieron cuenta de su verdadero potencial. Dejando de banda el obvio valor estratégico de la ciudad, el principal valor de Mosul para el ISIS es el simbólico. Por eso perderla supondrá un golpe enorme para los insurgentes.

Porque según Cockburn, la cuestión no es si perderán Mosul o no, sino cómo la perderán. Si los comandantes del ISIS quieren mantener suficientes efectivos para continuar combatiendo en Irak, «aunque sea en forma de guerrilla», deberán saber retirarse a tiempo. Intentar mantener su bastión iraquí podría conllevar una batalla eterna que haría crecer hasta cifras extraordinarias la cantidad de muertos, en ambos bandos y entre los civiles.

Eliminar el ISIS de forma definitiva se asemeja una tarea imposible según Cockburn, al menos a corto plazo. Y es que, como la energía, los grupos terroristas no se destruyen, sino que se transforman. Cockburn cree que el testigo de principal organización terrorista yihadista fundamentalista suní podría recogerlo el Frente Al-Nusra en Siria. Eso sí, con la lección aprendida, los demás agentes andarán con pies de plomo y no se dejarán sorprender otra vez por un auge como el protagonizado por el ISIS.

La propaganda ha sido una de las principales armas utilizadas por el ISIS, y Cockburn no descarta que, en una necesidad de mostrar al mundo que aún son fuertes, incrementen los ataques terroristas en el extranjero. «Aún siendo cada vez más débiles en “su” territorio, pueden continuar difundiendo el terror más allá de "sus fronteras"».

 
 

LA ERA DE LA YIHAD

PATRICK COCKBURN

CAPITÁN SWING, 2016

 

Foto de cabecera (CC David Mark)

Jordi Brescó
Jordi Brescó

Periodista ante todo y pese a todo. Vivir en el extranjero le despertó un gran interés por aquellas historias lejanas y le hizo masterizarse en periodismo político internacional. Ha trabajado en tele, radio y prensa online. Cree que lo más importante es estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.