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SHIMLA

La reina de los Himalayas
Silvia de Félix

A los pies de los Himalayas yace Shimla, resguardada, limpia, como si se hubiera quedado congelada por el frío de las montañas en la época de su máximo esplendor, cuando el poder imperial británico decidió que en ella instalaría la «capital de verano» del Raj para desde allí, en lo alto, gobernar durante un siglo una quinta parte del mundo. 

Llegar hasta los 2060 metros de altitud en los que se despliega Shimla significa recorrer un trayecto catalogado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad por su singularidad, su belleza paisajística y por la prodigiosa obra de ingeniería que supuso para la época salvar casi cien kilómetros de distancia por colinas de pendientes vertiginosas. Conectar por tren la llanura con Shimla adquirió carácter prioritario desde que en 1864 la ciudad fuera designada oficialmente «capital de verano» del Imperio británico en India, función que desempeñó hasta la independencia del país en 1947. Los ingleses encontraron a los pies de los Himalayas el paisaje añorado de la lejana madre tierra, el aire fresco, los bosques de pinos y rododendros, una perfecta postal blanca de tejados nevados. Huyeron de la canícula de los meses de verano en Calcuta, de las altas temperaturas —caldo de cultivo del cólera y de la malaria— y de esa vieja creencia que atribuye al calor la ineficacia en los negocios.

Los británicos entendieron Shimla como fortaleza inexpugnable, lugar de aislamiento en el que se genera la fuerza necesaria para gobernar un Imperio, aislada del mundo como las islas británicas flotan solitarias alejadas del continente europeo y, sin embargo, capaz de erigirse en centro neurálgico del poder colonialista en el subcontinente indio. 

Los cronistas de la época describen el trasiego anual entre las dos capitales como un acontecimiento sin parangón. Sir Kenneth Fitze, en su libro Twilight of the Maharajas, cuenta que «[…] era el triunfo de la organización perfeccionada por generaciones de experiencia, de forma que tuvo que ser aceptado como un fenómeno natural tan inevitable como el paso de las estaciones o la puesta de sol».

La oficialidad de Shimla como capital de verano del Raj obligó a dejar atrás el acceso con caballos y carretas por caminos tortuosos para trazar una línea ferroviaria que desafiara 1.500 metros de desnivel. El proyecto concluyó en 1903 dejando para las estadísticas cifras apabullantes: 800 puentes, 900 curvas y 102 túneles. Una proeza en materia de ingeniería civil que figura en el libro The Guinness Book of Railway Facts and Feats como la línea de vía estrecha de mayor logro técnico acometida en India hasta la fecha. 

Este viaje comienza en Kalka, puerta de entrada al estado de Himachal Pradesh, al norte de India, y discurre por la misma vía que un siglo atrás. Hoy el trayecto ferroviario Kalka-Shimla se conoce popularmente con el sobrenombre de Toy Train —el tren de juguete— por sus vagones pequeños, adaptados a la vía estrecha necesaria para agarrarse a las montañas. Los pasajeros se acomodan en los asientos, estrechos, demasiado estrechos para soportar cómodamente más de seis horas de trayecto. Familias con niños acaparan rápidamente el espacio de almacenamiento de equipaje que acaba apilado de cualquier manera en el suelo, bloqueando la puerta del servicio durante todo el recorrido. El silbato del tren, como antaño, anuncia la salida y el Toy Train avanza sin prisa hacia su destino. 

 

Hoy el trayecto ferroviario Kalka-Shimla se conoce popularmente con el sobrenombre de Toy Train —el tren de juguete— por sus vagones pequeños, adaptados a la vía estrecha necesaria para agarrarse a las montañas. 

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El revisor es sij. Estamos en territorio del Punjab, tierra de sijs, religión monoteísta que respeta entre sus artículos de fe la prescripción de no cortarse nunca el pelo. Desde la autoridad de su turbante azul repasa listados: nombre, apellido y número de asiento. Todo registrado. Los viajeros abren las ventanillas, cuelgan su cuerpo hacia el exterior como si quisieran beberse el paisaje. Una estampa que poco ha cambiado desde que la retratara el conocido fotógrafo indio de la agencia Magnum Raghu Rai, en su imagen Darjeeling Himalayan Railway (the Toy Train – 1995).

El tren sube y con cada giro se respira aire más fresco. La vegetación cambia conforme alcanzamos mayor altura: de los cactus y rocas de la llanura al verde intenso de los pinares y bosques de cedros. El Nobel de Literatura Rudyard Kipling, cronista indiscutible de la India británica en su época de mayor esplendor y de las seasons en la capital de verano, describe en Kim, la más reconocida de sus novelas indias, la llegada a Shimla:

 

«El tortuoso camino, que ascendía para luego descender en picado, y se aproximaba serpenteando a los ramales de las montañas; el rubor del alba proyectado sobre las lejanas nieves; los cactus con sus brazos dispuestos en una infinidad de hileras en las rocosas laderas; el murmullo de un millar de torrentes de agua; la cháchara de los monos; los solemnes cedros del Himalaya, que ascendían en sucesión con sus ramas caídas; la panorámica de las llanuras que se extendía a sus pies […]».

 

Pareciera que el tren ha viajado en el espacio para transportar a los pasajeros a un lugar mucho más lejano, apartado de la India ruidosa, caótica, especiada y salpicada de un millón de estímulos sensoriales. Shimla al atardecer trae una brisa fresca cargada de oxígeno y desde el andén anuncia sus primeras consignas: «No spitting»; «No smoking» (Prohibido escupir. Prohibido fumar). Casi todo lo considerado hábito común en el resto del país está aquí regulado. Las multas se encuentran al acecho no sólo por escupir o fumar en los espacios públicos, sino también por utilizar bolsas de plástico o tocar el claxon. De todo ello resulta una ciudad tranquila, saneada, serena, de edificios coronados por tejados de uralita color verde inglés que brillan al sol.

 

El silbato del tren, como antaño, anuncia la salida y el Toy Train avanza sin prisa hacia su destino. 

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A lo lejos, en el punto más elevado de la ciudad, se perfila iluminada una estatua de gran envergadura que pareciera velar por la tranquilidad de la noche. ¿Personaje histórico? ¿Héroe independentista? Shimla rinde tributo desde su atalaya a Hánuman, el dios mono del panteón hindú, símbolo de la fuerza y la energía que, encaramado a la ciudad, ahuyenta con su maza de oro demonios y malos espíritus. Con 33 metros de altura y su color característico naranja chillón, Hánuman es sin duda el contrapunto indio al sello british. De reverencia obligada, el empinado camino que conduce al templo de Jakhu, la morada del dios mono, pone a prueba la forma física del visitante. De nuevo un letrero da pautas, esta vez, con reminiscencias de humor inglés:

 

—Menos de 30 años. Si culminas el trayecto en media hora estás en forma.
—De 30 a 50 años. Si culminas el trayecto en 45 minutos estás en forma.
—De 50 a 70 años. Si culminas el trayecto en una hora estás en forma.
—Más de 70 años. Si llegas estás en forma.

 

Superada la prueba física cum laude, otro peligro del que no avisa ningún cartel acecha en la cumbre: los monos. Si los simios rinden homenaje con su presencia a Hánuman o viceversa o dios y animales no están en modo alguno relacionados son aún dudas por despejar. Lo cierto es que la invasión de macacos en Shimla constituye hoy un problema para la seguridad física de los turistas y para sus pertenencias. A la sombra de Hánuman, los monos se abalanzan sobre los confiados visitantes arrancándoles de las manos teléfonos móviles, cámaras de fotos, fulares o gafas de sol para regocijo de los «espantamonos», lugareños que a cambio de unas rupias lanzan comida a los animales para que suelten los objetos robados. Tintes anecdóticos aparte, las autoridades locales han fracasado a la hora de poner en marcha políticas de control sobre la población de simios, llegando a adoptar medidas tan extremas como pagar recompensas por animal entregado muerto. Sin embargo, ellos siempre estuvieron ahí, pobladores primigenios de los bosques de Shimla con derecho a la inviolabilidad de morada. 

 

A lo lejos, en el punto más elevado de la ciudad, se perfila iluminada una estatua de gran envergadura que pareciera velar por la tranquilidad de la noche. 

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Con 33 metros de altura y su color característico naranja chillón, Hánuman es sin duda el contrapunto indio al sello british. 

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La Shimla de Kipling —periodista y cronista en la ciudad para el diario Civil and Military Gazette of Lahore— se palpa todavía en el esplendor de la arquitectura de estilo neotudor de los principales edificios institucionales que antaño alojaron sedes gubernamentales o dependencias del Ejército. Entre todos ellos destaca el pabellón virreinal, en lo alto de las colinas del Observatorio, residencia de virreyes y testigo de negociaciones históricas. El Viceregal Lodge se erigelujosamente revestido de maderas nobles y vertebrado por una majestuosa escalera central. En sus salones han tenido lugar encuentros tan decisivos para la historia contemporánea india como la denominada Conferencia de Simla, convocada en 1945 en un último intento diplomático por evitar la partición del territorio entre hindúes y musulmanes. Del lado hindú, el negociador más mediatizado, Mahatma Ghandi, líder del Partido del Congreso y contrario a la separación del país. Acudió a la cita diplomática en las alturas de Shimla con la condición de viajar en tercera clase y llevar consigo un rebaño de cabras, ya que no tomaba leche de vaca. Poco pudo hacer Ghandi para mantener el subcontinente unido. Las negociaciones fracasaron y dieron lugar al nacimiento de dos naciones independientes, India y Pakistán, dejando atrás más de 18 millones de desplazados.

 

Entre todos ellos destaca el pabellón virreinal, en lo alto de las colinas del Observatorio, residencia de virreyes y testigo de negociaciones históricas. 

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Mucho se ha especulado sobre cuál hubiera sido el destino de India si el gobierno británico hubiera permanecido en la llanura, cerca del pueblo, en lugar de optar por el retiro higiénico cerca de las montañas. ¿Se hubiera independizado India mucho más tarde? ¿Hubiera decidido permanecer unida a la Corona británica como colonia autogobernada. 

Los grandes imperios vienen y van. Tras 200 años de dominio en el subcontinente indio, el himno God Save the Queen fue reemplazado por la composición de Tagore Jana Gana Mana (El Espíritu de Todo el Pueblo). Simla añadió una hache a su nomenclatura y hoy es Shimla. Pero la impronta británica se respira aún intensamente en el ordenado tránsito de vehículos, la arquitectura de los edificios públicos, la pulcritud de las calles y el respeto a consignas de urbanidad ajenas a la tradición y costumbres indias. En libro Simla, The Summer Capital of British India, el escritor indio Raaja Bhasin vuelca su admiración por la ciudad que le vio nacer y la describe sin aderezos, como una antigua amante, «una delicada dama que ha envejecido antes de tiempo y se cubre con un manto usado que, en cualquier caso, será siempre el suyo».

Silvia de Félix
Silvia de Félix

Licenciada en Periodismo. Ha trabajado en más de 15 países con proyectos internacionales de democratización y derechos humanos en calidad de experta en medios de comunicación y prensa. Colabora con distintos medios en temas de política internacional y cultura: El País, Cuarto Poder, Drugstore Magazine y Esglobal. Le gusta plasmar en imágenes lo que ve el ojo en estado salvaje.

 
 

@silviadefelix