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SI NO CONOCE TEPITO...

... no conoce México
Francisco Mata Rosas

Tepito, en el centro de Ciudad de México, no sólo es un caldero de gente en constante actividad aglutinada en un espacio relativamente pequeño; también representa un amasijo de circunstancias y relaciones que lo han constituido de un modo tan peculiar. 

Barrio que perteneció al señorío tlaltelolca, la condición de subalteridad ha sido su sello desde épocas prehispánicas. Tepito siempre ha acogido oleadas de los inmigrantes más desfavorecidos de nuestra urbe, gente que ha ido estableciendo lazos de cooperación y organización alternativos, principalmente a través del intercambio, el reciclamiento y el ejercicio del comercio formal e informal.

Aun cuando ya existan otros «Tepitos» en el país, desde una predominante y rancia mirada pudibunda —confabulada con nuestro exacerbado centralismo— este sitio resulta siempre el «patito feo» favorito, al que señalar o del que espantarse. La nota sensacionalista sólo ha cumplido la función de recogerlo y mostrarlo, otorgándole la presencia nacional e internacional que viene a institucionalizar su carácter de leyenda urbana.

Pero Tepito es ante todo un útil chivo expiatorio y recurso subalterno de vinculación sociocultural, que nuestra patética sociedad des-moderna ha ido modelando en su conjunto. Expliquémonos:

Por un lado, Tepito ha significado para algunos un mero instrumento de corrupción política y económica de altos vuelos, a través de la diseminación de la fayuca, el contrabando, y después del narcotráfico, en paralelo con la periódica y útil arenga electorera. En un círculo perfecto, estos fenómenos generan un intercambio en desventaja para los tepiteños, primero en la obtención de servicios públicos deficientes, y segundo, al perpetuar como «compensación» las concesiones y prebendas fuera de la ley. Este proceso acentúa su estigma y posibilita, por añadidura, operar periódicamente el aparato policial y propagandístico «contra el delito», activando de vuelta la nota roja.

 
 
 
 

Pero en otro tenor, revisando la continua presencia de gente diversa en Tepito, no debemos desconocer que este barrio es también recurso alternativo de democratización simbólica y cultural, exponiéndonos ante la marejada de productos que la globalidad genera. Todo ello para forjarnos también como ávidos consumidores, que es la estrategia actual y predominante para considerarse «ciudadanos del mundo», o cuando menos «gente in».

Así, en muy diversas dimensiones, a falta de recursos, Tepito se ha ido estableciendo como un mundo de oportunidades.

Simultáneamente y por encima de este escabroso pero cotidiano proceso, Tepito ha demostrado que su arraigada valía radica también en formas de solidaridad increíbles, como llegó a manifestarse en los sismos de 1985. Elemento parcial de un sentido de comunidad sui géneris, el barrio se manifiesta también en asunto como formas peculiares del habla, el reventón de vecindad que se torna legendario, su importante papel como legitimador y difusor nacional de la música guapachosa; el inquietante culto a la Santa Muerte, o una vital tradición de animación y promoción de la cultura que vino derivando del Movimiento Tepito Arte Acá, entre otros ejemplos.

Respuesta o resultado de un sistema históricamente verticalista, por encima de estas cosas que no pocos etiquetarán como meras formas de folclor urbano; la gente en este barrio detenta un esmerado e innegable empeño en el trabajo, la actitud asertiva de salir adelante contra viento y marea, haciendo también del conjunto de lo apenas disponible, componente ineludible de su identidad. Factores todos en suma, que han forjado además su orgullo tan característico: «¡Así soy, y qué!».

 
 

Cabe acotar ahora que, como sujetos constituyentes del Tepito actual, en ciertos sectores de este barrio existe la distinción simbólica entre tepiteños y tepiteros. Los primeros son los que han nacido y continúan viviendo aquí, e idealmente siguen obteniendo su sustento de este lugar; los tepiteros, por el contrario, son aquellos que trabajan en Tepito viniendo de otras partes de la urbe. También aquellos que tienen a Tepito como su fuente de ingresos o de provisión al mayoreo y menudeo, e incluso los que, nacidos aquí, han roto sus vínculos con este espacio, sea porque emigraron a otro sitio o porque simplemente decidieron desentenderse de sus raíces.

Este cúmulo de reflexiones emerge desde las experiencias y vínculos conseguidos a lo largo del trabajo de campo realizado entre el fotógrafo Francisco Mata Rosas y la Galería José María Velasco, que contó con la ayuda de Antonia Lozano Jaloma, oriunda de este barrio. Dicho trabajo duró prácticamente dos años.

 
 

Haciendo un juego de sintaxis sobre el conocido título «el barrio bravo de Tepito», Mata nos presenta Tepito ¡Bravo, el Barrio!, levantamiento fotográfico que intenta perfilar un enfoque diferente sobre este sitio a través de tres aproximaciones básicas: Tomas aéreas, imágenes de objetos que por su acomodo, uso y disposición resultan una especie de instalaciones involuntarias o ready mades, y retratos de personas, la parte medular de este documento.

A la manera de un puesto ambulante más, instalando su estudio improvisado en diversos sitios y eventos estratégicos de Tepito, se invitó a posar a tepiteños y tepiteros, que sumaron alrededor de 600 retratos (aquí solo se presenta una selección). Al aislarlos del apabullante entorno con un ciclorama blanco, Mata consiguió extraer su cualidad de personajes al fijar actitudes, vestimenta, complexión, gestos, actividad, generación, etc., como factores que configuran su peculiaridad.

 
 

Diversos recorridos en Tepito, además de las sesiones de retrato, inclinaron a Mata a definir como el eje rector de este documento su impresión de que el espacio público y el sentido de multiplicidad adquieren tal preponderancia, que penetran la vida total del barrio, conformándole; de modo que se desentendió, en definitiva, de registrar el espacio íntimo del hogar. La calle, por medio del apabullante discurrir de los objetos, los sonidos, las personas y los símbolos, permea al negocio, la vecindad, la casa y la persona, intercomunicándoles de modo casi orgánico, casi orgiástico.

Mata induce a concluir que Tepito es todo territorio común y comunitario, red de vasos comunicantes donde transitan y se desdoblan promiscuamente variados signos y significados; de ahí la efervescente miríada de consumidores, curiosos e investigadores que deambulan por él cotidianamente. Este proyecto es, entonces, una especie de celebración sobre esta otra cara de Tepito, sitio donde lo transitorio y lo permanente, lo trágico y lo pintoresco, la indiferencia y la dedicación, el orden y el caos, se traslapan incesantemente.

Coexistencia diaria de lo antagónico y lo contradictorio, al igual que no pocos tepiteños, nos adherimos a inferir finalmente: «Si no conoce Tepito, no conoce México». Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra.

 

TEXTO DE ALFREDO MATUS

Francisco Mata Rosas
Francisco Mata Rosas

Curioso y vago de nacimiento utiliza la cámara para indagar y estar. Combina su trabajo como fotógrafo con el de profesor e investigador universitario. Vive en ciudad de México donde reside y trabaja lo que le otorga ese especial interés por los barrios, la migración  y la cultura popular. Ha publicado nueve libros y expuesto en cincuenta países.