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PISADAS QUE MARCAN

Toulouse, ciudad de exilio
Jaime Gárate
 

Al pisar un cementerio se descubren huellas del pasado. Es como un almacén de memoria en el que, a veces, se observan algunos pedacitos de la personalidad de un lugar, de su identidad. Pasear entre muertos ayuda a entender una ciudad. El cementerio de Rapas está en el barrio de Saint-Cyprien, en Toulouse.

 

Bonsoir! —me dice el vigilante al entrar al cementerio más antiguo de la ciudad, el que más memoria almacena.

 

Mientras paseo alrededor de las lápidas leo Famille García, Famille Fernández, Famille Toledano.... Toulouse fue capital del exilio republicano español, y estas tumbas son parte de los restos visibles de esa época. La ciudad está llena de huellas españolas que se han mimetizado con la identidad de Toulouse. A veces es difícil renegar del pasado.

 

Este es el cementerio más antiguo de la ciudad, el que más memoria almacena.

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Huían del franquismo. La diáspora republicana hacia el país galo fue como el río Garona: nace en España, llega hasta Toulouse, y luego fluye hasta el resto del país. Casi medio millón de españoles se exilió en Francia. La ciudad rosa —la mayoría de los edificios están hechos de ladrillo y teja— fue la puerta de entrada. Y 40.000 se quedaron; dejaron su huella en la memoria de la ciudad para siempre. Algunos llegaron a pie tras cruzar los Pirineos en un trayecto que duraba semanas. O incluso meses. 

A mí, el tren me ha traído desde Barcelona en apenas 3 horas.

Hay veces que una época pasa a la historia por una persona. Federica Montseny, la Pasionaria Anarquista, fue una de las españolas que se quedó. Fue quien pisó más fuerte en el suelo de Toulouse, pero también en España: fue la primera mujer ministra del país y una de las primeras de Europa. Montseny se adelantó a su tiempo con varias medidas que aprobó durante la II República: convirtió los orfanatos en hogares de infancia e intentó despenalizar el aborto. Pero la Guerra Civil estalló, el bando nacional venció al republicano y Montseny se exilió. 

Pasaron 47 años hasta que hubo otra mujer ministra en España.

Montseny fue una persona combativa. En Toulouse se opuso a la dictadura desde su puesto de directora del diario de la Confederación Nacional de los Trabajadores (CNT) —agrupación española de naturaleza anarcosindicalista—. Desde este puesto luchó por los derechos de todos los españoles del exilio, no sólo de Toulouse, si no de los españoles desterrados alrededor del mundo. A pesar de la caída de la dictadura no quiso volver a España. Vivió aquí hasta que murió en 1994. Las personas dejan huella en la identidad de los lugares pero, a su vez, los lugares también las dejan en las personas. 

Su tumba está en el cementerio de Rapas.

La Plaza del Capitolio es el corazón de Toulouse. Era el lugar en el que los españoles se manifestaban contra la dictadura. Montseny era una de las habituales en estas manifestaciones. De aquí sale la Rue du Taur: es una callecita tranquila, apenas pasan coches y hay terrazas a ambos lados. Están todas llenas y muchos de los clientes toman su café de la tarde mientras se fuman sus cigarros. En los letreros de los bares se lee en castellano «pan con tomate» o «patatas bravas». Son comidas españolas.

Meritxell es de Barcelona, pero vive en Toulouse desde hace varios años. Trabaja para la oficina de turismo. Dice que el ambiente que hay en esta calle, y en parte de la ciudad, es consecuencia de la herencia española, de su huella. «En París, Lyon… en toda Francia hay terrazas, pero la gente se toma un café y se va. Aquí, en Toulouse, se sientan y conversan durante horas como hace la gente en España. Además hay más vida de calle, más vida nocturna que en el resto del país. Todo influencia española», explica.

 

El ambiente que hay en esta calle, y en parte de la ciudad, es consecuencia de la herencia española, de su huella.

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Aún en la Rue du Taur, un poco más adelante, en el número 71, me encuentro con un cartel en castellano en el que se lee: «Aquí estuvo la sede del Partido Socialista Obrero Español durante la dictadura». Fue aquí donde celebraron 11 de sus 12 congresos en el extranjero. Además, el partido combatió al franquismo desde aquí, desde este edificio. No lo consiguieron pero, al igual que hacen las moscas, los miembros del partido incordiaron y molestaron todo lo que pudieron.

Hoy, este edificio es una filmoteca, y en el hogar de los socialistas el exilio pasan la película La mosca. A veces las huellas son imborrables del todo.

Cerca de aquí está la plaza Wilson. Era otro lugar clave para los exiliados: aquí se reunían los españoles para contar sus historias, leer el CNT y, cómo no, comentar la situación política. Hoy, en el centro de la plaza, a un lado de la fuente, hay un tiovivo que da vueltas con sólo una niña y su madre montadas en él. En los bancos también se forman corrillos de conversaciones, pero ya no son sobre el exilio. Aún así, al llegar a esta plaza es sencillo conectar con el pasado. Quizás sea por el arcaicismo que desprende el tiovivo cada vez que gira. O quizás porque aquel tiempo se ha impregnado en el ambiente de la plaza y se ha hecho eterno. 

En cualquier caso, en esta plaza se respira pasado. 

 

En esta plaza es sencillo conectar con el pasado. Quizás sea por el arcaícismo que desprende el tío vivo cada vez que gira.

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París es la capital de Francia y Toulouse es la del exilio. Y no sólo republicano. Es la cuarta ciudad más importante del país, pero la que más crece en los últimos años. Cada año llegan hasta aquí más de 10.000 personas. Muchos de ellos son universitarios. Pero también mecánicos e ingenieros de todo el mundo, pues aquí está la sede de la compañía Airbus. Pisan Toulouse para dejar una huella que construya el presente y se conserve en el futuro, como hicieron los españoles. Pronto formarán parte de la identidad de la ciudad.

Toulouse es una ciudad de conexiones. No sólo se conecta con el pasado republicano. El Canal du Midi, que une el Mediterráneo con el Atlántico, pasa por aquí. Mientras cruzo el Puente de los Catalanes, uno de los varios que hay en la ciudad que conectan las orillas del río Garona, veo a unos estudiantes veteranos dando la bienvenida a los nuevos. Lo hacen justo en frente de Le Quai de l´exil —muelle del exilio—: tiran cubos de agua a los novatos y, una vez mojados, les lanzan harina. Me acerco a hablar con ellos.

Alain es uno de los estudiantes veteranos, tiene 21 años y es de Brest, en el norte del país. Al igual que sus colegas, se trasladó a Toulouse para estudiar Economía. Dice que las novatadas son una tradición para dar la bienvenida, que siempre son sanas. 

 

—Yo pasé por lo mismo hace unos años y también se hacían en un ambiente amistoso.

—¿Y por qué habéis decidido hacerlas aquí?

—Muy sencillo, porque desde lo alto de la escalera podemos lanzar la harina y el agua a los novatos.

—¿Entonces no tiene nada que ver con que estemos en el muelle del exilio? ¿Sabes por qué se llama así este muelle?

—No tengo ni idea. Chicos —dice mirando a sus compañeros— ¿Sabéis por qué se llama así el muelle? —les pregunta.

 

Silencio. El tiempo hace su trabajo, esconde el pasado.

 

EN COLABORACIÓN CON VOYAGES-SNCF

 
 
 
 
Jaime Gárate
Jaime Gárate

Es periodista para ser testigo del mundo, de las pequeñas historias que lo forman. Defensor de la cultura viajera como experiencia vital. Tanto que piensa que si la vida es un viaje, entonces viajar es vivir dos veces.