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TRAJE DE INVIERNO

De San Javier a la Laguna del Maule
Jonathan Opazo

Suena el teléfono a las diez de la mañana. 

 

—«Hola. Va el viaje?».

 

Es un tío al Whatsapp. Acordamos ir a la cordillera para matar el domingo junto a mi hermano. La noche anterior hubo truenos, cortes de luz, lluvia y algo de viento. El panorama podía zozobrar por las incertidumbres que el factor clima introducía. Pero no hay viaje sin incertidumbre. 

 

—«Estoy levantado» —le respondo. «Ok. Paso en 30 minutos».

 

De San Javier a la Laguna del Maule hay alrededor de 150 kilómetros. Hace un año el viaje implicaba necesariamente tomar una ruta por Talca, conectando con San Clemente. Actualmente, un puente conecta el cruce hacia Colbún con la carretera que va hacia la cordillera. Por esa ruta, me cuenta mi tío, escaparon unos tipos que robaron un banco talquino en año nuevo. Me gusta esa duplicidad: las carreteras, sabemos, son primero una forma de conectar rutas comerciales antes que necesidades humanas. Ese efecto no esperado, facilitar que un grupo de ladrones se escabullan con unos cuantos millones de pesos, me parece perfecto. Paul Virilio decía que cuando se creó el barco se inventó el naufragio. Siguiendo ese pensamiento, podría decirse que la construcción de una carretera crea, subrepticiamente, los accidentes. Pero lo que Virilio pasa por alto es esto: posibilita el escape, la fuga. El puente, llamado Puente Maule Sur —en el camino conté por lo menos 5 «puentes Maule»— atraviesa una zona árida, llena de pasto seco, una que otra chacra y algunos pozones de agua. Hasta ahí el paisaje es más o menos el mismo: casas rurales, grandes redes de alta tensión, cerros pelados. Sólo avanzando hacia el oriente el panorama comienza a transformarse en un lugar digno de una película larga y llena de silencios.

 

La estación, sin embargo, transforma radicalmente el paisaje. 

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Sólo avanzando hacia el oriente el panorama comienza a transformarse en un lugar digno de una película larga y llena de silencios.

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A medida que se avanza hacia los faldeos de la cordillera, la mirada puede recrearse a sus anchas en la transformación de la geografía: escarpaduras bruscas y oscuras adornadas por una suave lámina de nubes bajas que parecen avanzar como en una peregrinación hacia el lugar más alto del camino; álamos luciendo un amarillo chillón, como si el otoño fuese su primavera; esporádicas casas cuyos materiales configuran un mapa de las estaciones: maderas que permiten adivinar varias manos de pintura que el tiempo, el frío y la lluvia han ido desnudando con inopinado esmero. Hace un par de años habíamos hecho esta misma ruta, esa vez en ocasión de la fiesta anual que se hace en la frontera de Chile con Argentina, en el paso Pehuenche. La estación, sin embargo, transforma radicalmente el paisaje. Ahora, pienso, este lugar se colocó su traje de invierno. 

Luego de un largo tramo comienza a aparecer la nieve. La ruta, serpenteante y angosta, asciende a lo largo de pronunciadas pendientes desde las cuales pueden verse algunas pequeñas cascadas que parecen tímidas terminaciones nerviosas de agua clara. Y están, por supuesto, las marcas civilizatorias: hidroeléctricas, cabañas para turistas, miradores. Estos lugares, que Manuel Rojas calificaba, de forma casi romántica, como dotados de un aura imponente ante la cual no queda otra cosa que callar y mirar, van siendo domesticados poco a poco: cursos de río intervenidos, altas torres de electricidad, señaléticas y cercos por doquier. El hecho mismo, pienso, de que podamos subir en auto da cuenta de aquello.

 

Hasta ahí el paisaje es más o menos el mismo: casas rurales, grandes redes de alta tensión, cerros pelados. 

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Luego de varios kilómetros aparece el tesoro. El día, cubierto de espesas nubes color pizarra, hace que el día brille de forma perturbadora. Teillier escribe en uno de sus poemas: «nieva, y todos en la ciudad quisieran cambiar de nombre». Recuerdo, en el mismo sentido, algunos pasajes de «Nieve» del Orhan Pamuk. En la novela, entre otras cosas, el protagonista se dedica a estudiar con cierta fruición neurótica aquello que, en las oscuras y frías noche de oriente medio, lo conmueve hasta las lágrimas. Ahí nos enteramos, por ejemplo, que cada copo de nieve tiene su propia y singular composición. A diferencia de la lluvia, si alguien se diera el tiempo de analizar con un microscopio distintos copos encontraría distintas formas fractálicas cuya clasificación cabría sólo en una biblioteca borgeana. Como sea, es imposible no sentir que la vista se deleita, se limpia un poco en esa claridad que es al mismo tiempo pura y maligna, desquiciante. Pienso en los arrieros que, con un par de animales y algunos pertrechos, suelen insertarse en los difíciles senderos de la cordillera. ¿Qué cosas habrán visto en una noche en donde de seguro la nieve brilla como un gran espejo? ¿cómo soportan el frío, las intempestivas tormentas, los derrumbes que destripan la cordillera? Mientras nosotros viajamos protegidos en un auto —un parabrisas salpicado de agua, vidrios que se empañan—, pienso en esos hombres y mujeres con nervios de acero, con los ojos como única frontera abrazados por los macizos brazos de los que cuelga este país. Como nunca podría refutar con entusiasmo a Parra: muera la cordillera de la costa, viva la cordillera de los Andes. Dan ganas, en fin, de quedarse acá. Habitar la frontera. Buscar, como Herzog en Encounters at the end of the world, una especie de comunidad secreta en el exilio que supone habitar un lugar frío y solitario. No se puede conversar de cualquier cosa si te levantas todos los días con semejantes cumbres rebosantes de nieve o te despiertas a medianoche con un festival de truenos que hace más ruido que una banda de death metal. Algo debe quedar. Quizá, como querría Rojas, sólo silencio.

 

Algo debe quedar. Quizá, como querría Rojas, sólo silencio.

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Dan ganas, en fin, de quedarse acá. Habitar la frontera.

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Avanzada la tarde el clima empeora. Decidimos volver, evitando que una borrasca nos congele o algo por el estilo. Deshacemos el camino cuesta abajo. La perspectiva, por supuesto, cambia: vemos valles que son un hiato entre estos inmensos paredones, ríos que desde la altura parecen apenas una acequia, máquinas instalando algún pequeño embalse. Empiezan a aparecer los caseríos, desaparece de a poco el frío cordillerano. Mientras, hago una lista de cosas que el camino me ofrece: Puente Sanatorio, Villa Los Recuerdos, Botillería La Mona, Minimarket Lean, Población Piloto Pardo, Almacén Los Nietos. Cuando son las cinco de la tarde reviso mi celular. Recupero la señal. Un amigo me deja un mensaje comentando los truenos de la noche anterior. Aquí, supongo, se acabó el viaje.

Jonathan Opazo
Jonathan Opazo

Colabora con columnas, reseñas y crónicas en Lo que leímos, Pániko y Revista Bifurcaciones. Autor de Junkopía. Es becario del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes durante el 2016 por el libro de poemas Desahucio. Mantiene un blog donde acumula citas, fotogramas, anécdotas y otras cosas.