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HUELLAS DE LA RUTA DEL ATÚN

Emociones de almadraba
Ana Lucía Ortega
 

Hay sol bueno y mar de espuma,

Y arena fina, y Pilar

Quiere salir a estrenar

Su sombrerito de pluma.

(...)

Los zapaticos de Rosa, de José Martí

 

La panorámica es tan idílica que recuerdo el verso sin poder evitarlo. El viento de Tarifa es tan intenso en la Isla de Las Palomas que en pocos segundos vuelvo a la realidad. Estoy en el punto más meridional de la península ibérica y del continente europeo. Aquí, en el estrecho de Gibraltar, transita la denominada «Ruta de los atunes».

He venido a conocer la naturaleza de unas artes de pesca milenarias que subyacen tras una imagen de placidez aparente en la autopista marina entre el Atlántico y el Mediterráneo. Una madeja de redes submarinas tejidas cada año por cientos de hombres —cuya labor comienza en el mes de febrero y puede terminar en abril— acecha el paso de los atunes cuando van en busca de aguas cálidas. Los acecha y los captura. Quedan atrapados irremediablemente en las almadrabas, que según el diccionario histórico de las artes de pesca es el conjunto de redes que se colocan en las zonas tradicionales de pesquería de atunes. 

 

Pueblos ribereños como Conil de la Frontera mantienen la ancestral tradición de la captura del atún rojo con la técnica de la almadraba, usada por los fenicios y siglos después por los romanos. 

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El atún rojo, un producto exclusivo que ni siquiera pasa por la lonja, es uno de los más codiciados del planeta gracias al influyente comercio de sushi y sashimi, siendo Japón el país que acapara el mayor porcentaje de su adquisición a nivel mundial y el cliente más exigente que tienen los pescadores andaluces. Los pueblos ribereños de Conil de la Frontera, Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa mantienen la ancestral tradición de la captura del atún rojo con la técnica de la almadraba, usada por los fenicios y siglos después por los romanos. Merece la pena seguir escarbando en las razones que mueven a los gaditanos a continuar pescando como hace tres siglos atrás.

Miguel, trabajador de una almadraba, mientras alardea de sus rimbombantes apellidos, —Altamirano y Jiménez de los Toreros—, me explica con lujo de detalles cómo tiene lugar este proceso. La faena precisa echar más de un capote, ya que los hombres lidian con ejemplares cuyo peso oscila por lo bajo entre los 200 y 400 kilos. Coincide con el significado en árabe del término «almadraba»: lugar donde se lucha. Y en medio de la charla, Miguel recuerda el ejemplar de 610 kilos que pescaron años atrás. El peso de una vaca adulta de la raza Holstein. Yo pienso en la imagen pacífica que me sorprendió, nada más llegar al Estrecho de Gibraltar. El contraste impacta.

El marinero describe el destino de los túnidos que arriban a la boca de la maraña de redes caladas en la mar. A pesar de su elocuencia técnica, es comprensible el derrotero de la captura paso a paso. El recorrido pretende acorralar al atún para ejecutar la levantá, que es lo mismo que sacar al pez del mar. Para ello lo obliga a abandonar las profundidades y remontar hasta que se quede sin agua en los copos, donde alguno de los buzos lo sacrifica disparándole cartuchos con las llamadas lumbaras. Las piezas objeto de las levantás son vendidas a pie de almadraba a los japoneses que, a bordo de sus barcos, esperan llevarse el oro rojo. Fresco y sin un solo rasguño. 

 

La levantá consiste en obligar al pez a abandonar las profundidades para que alguno de los buzos pueda dispararle las lumbaras

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El significado en árabe del término almadraba —lugar donde se lucha— no es en vano, el peso de los atunes oscila entre 200 y 400 kilos. 

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Diez años atrás, la pesca del atún rojo era prácticamente salvaj,e llegando al punto de hacer peligrar la especie. Al ser ahora una actividad controlada, la matanza se detiene cuando la almadraba alcanza su cuota. Tan sólo una de las empresas pesqueras, la de Barbate, tiene instalada en la zona de captura unas piscinas de acuicultura ubicadas debajo del calado de redes. Los atunes son transferidos a través de un entramado de túneles subacuáticos, para ser alimentados durante unos meses con arenque y caballa mientras cámaras submarinas controlan el número y el estado de la captura hasta el momento de su venta, prevista en septiembre.

Los barcos japoneses suelen quedarse fondeados a media milla de la almadraba aproximadamente, entre Tarifa y Conil de la Frontera. Según la demanda, se van sacrificando los ejemplares sin que sufran ningún estrés y de inmediato se traspasan a bordo del barco del comprador.

Alrededor de la captura del atún rojo se desarrolló desde tiempos inmemoriales toda una cultura, arraigada a los orígenes de los pueblos del litoral andaluz, donde se vivía de la pesca y las industrias surgidas para su conservación tales como salazones y conservas. Está documentada la existencia de labores de secado de túnidos desde el siglo II a.C. por las excavaciones realizadas en la ciudad romana de Baelo Claudia, en el margen norte del estrecho gibraltareño, donde aún son visibles las piletas de salazón, en un escenario jalonado por huellas del foro, la necrópolis y el acueducto.

La almadraba utilizada en la actualidad es resultado de la fusión de la «almadraba de tiro»  y la «de buche». La primera arrastraba hasta la orilla un sinfín de atunes varados en la red, la cual se lanzaba al aviso de los hombres apostados en las torres vigías cuando veían llegar las presas. La segunda es la enorme trampa de redes dispuesta en las zonas costeras para interceptar el paso de los túnidos y especies análogas, en su migración hacia aguas más cálidas. La pesca selectiva practicada hoy en el Estrecho, fruto de la amalgama de ambas artes, ha hecho posible que los ecologistas tomen en consideración la buena práctica de la flota española, según asevera Nicolás Fernández, Presidente del Grupo de desarrollo pesquero de Cádiz-Estrecho. Aunque reconoce la existencia de «barcos con banderas de conveniencia de países que ni sabemos que existen y que hacen estragos».

Ha habido tiempos malos. En los años sesenta el consorcio almadrabero gaditano entró en crisis al no poder soportar los elevados costes de mantenimiento ante la escasez de pesca. En la década de los noventa les hizo levantar cabeza el comercio con Japón, hasta que la avidez de este mercado se tornó perjudicial y, por decisión europea, en el año 2006 sobrevino el anuncio del recorte de cuotas para los siguientes cinco años. El mar había resultado esquilmado. La recuperación sostenida de la especie ha hecho posible que la flota española haya conseguido mejorar sus actividades; no obstante, los almadraberos continúan quejándose porque las cuotas son exiguas.

Mucho se ha perfeccionado este arte de pesca milenario desde que Alfonso Pérez de Guzmán, —más conocido como Guzmán el Bueno—, fundador de la Casa de Medina Sidonia, ostentara el privilegio de controlar, durante la Edad Media, las almadrabas conilenses que luego pasarían a manos de la casa nobiliaria que las explotó entre los siglos XIII y XIX. En Conil de la Frontera, la antigua «chanca» construida frente a la playa para el despiece y la salazón del atún, ha sido rescatada para convertirse en un museo interactivo que recorre la historia del municipio y su vínculo con el mar. Planea en el ambiente la intención de que se constituya en un centro de estudio especializado en la tradición atunera del municipio y su cultura inmaterial. La reciente decisión de la Comisión de Pesca del Parlamento Europeo de encargar un estudio de las almadrabas para asignarles una «cuota científica adicional» y su apoyo a la iniciativa de analizar la inclusión de esta técnica pesquera en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco han levantado la moral de los hombres que llevan años viviendo del oro rojo.

 

La ciudad romana de Baelo Claudia es un ejemplo de la existencia de labores de secado del atún desde el siglo II a.C.

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España se convierte poco a poco en excelente consumidor del túnido por excelencia, del que se desperdicia tan solo un 33 por ciento, reutilizable para confección de harinas y piensos. Cada año, entre los meses de mayo y junio, llega el tiempo de degustar el aluvión de tapas que preparan los restaurantes y bares de los pueblos almadraberos de Cádiz para rendir culto a la Ruta Milenaria del Atún. El arranque del maratón gustativo coincide con las primeras levantás de la temporada pesquera que tienen lugar con el «copo» lleno. Para redondear la oferta, los gaditanos exhiben el despiece del pescado con la técnica local denominada «ronqueo» cuyo nombre se debe al ruido que produce el cuchillo al rozar el espinazo del atún, similar a un ronquido.

En la Ruta Milenaria del Atún cada población propone una oferta de ocio vinculada a su entorno paisajístico y su patrimonio cultural e histórico. Entre julio y septiembre es la temporada en que familias enteras de orcas, los más temidos depredadores naturales del atún rojo, emerjan de las aguas del Estrecho. Es la ocasión ideal para el avistamiento de cetáceos en Tarifa y Barbate a bordo de embarcaciones que ofrecen estos servicios.

 

El atún rojo es uno de los más codiciados del planeta gracias al comercio de sushi y sashimi. 

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Entre los meses de mayo y junio, llega el tiempo de degustar el aluvión de tapas de los pueblos almadraberos de Cádiz para rendir culto a la «Ruta Milenaria del Atún». 

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En el Parque Natural del Estrecho, en la ensenada de la ciudad de Bolonia, abre las puertas el Conjunto Arqueológico Baelo Claudia que constituye la ciudad romana mejor conservada de toda España. Aquí conocí a Javier, el guía turístico entusiasta y amante de la naturaleza que nos mostraba con el brazo extendido la Cueva del Moro, donde se conservan pinturas rupestres de una antigüedad de veinte mil años.

Me marcho por donde he venido a Cádiz, segura de que me queda mucho conocer de esta tierra. Me sorprende ver en la Isla de Las Palomas —enclave de acceso restringido por ser recinto militar—, a un grupo de jóvenes de una asociación protectora, rescatando las aves que han sufrido un golpe para ofrecerles los primeros auxilios. Este es el paso de casi 400 especies de aves en sus rutas entre Europa y África y reserva natural de ejemplares endémicos de la flora tarifeña. En los últimos años ha trascendido el interés de la Junta de Andalucía para que le sea traspasada la gestión de la isla y destinarla al turismo de naturaleza, pero todo hace indicar que no son suficientes las garantías ofrecidas para ceder este Bien de Interés Cultural a fines lúdicos. 

La próxima vez que me tome una tapa de atún recordaré esos paisajes donde no existen límites para la belleza geográfica y el ganado retinto pasta, teniendo al fondo unas playas vírgenes, la torre de Castilnovo o el Faro de Trafalgar mucho más lejos. Donde los amantes del surf encuentran las olas que siempre han querido desafiar. Donde la memoria da fe de la migración de varios pueblos y culturas que dejaron su impronta en la región; y la historia actual reconoce la entrada de inmigrantes ilegales por los escasos catorce kilómetros que separan aquí a Europa de África. La tierra conocida como Costa de la Luz, por el oro rojo que se extrae de sus aguas.

Ana Lucía Ortega
Ana Lucía Ortega

Natural de La Habana, Cuba, es Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y en Ciencias de la Comunicación por la Complutense de Madrid. Desde el año 2000 escribe crónicas en la sección de Viajes del periódico estadounidense El Nuevo Herald. Es autora de los libros Iglesias de CubaMuseos de Cuba y Vidas pintadas para sobrevivir.