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ULTRATURISMOS

Venecia
Mar Padilla

Suena algo parecido a Black Sabbath en el Profondo Rosso, un oscuro bar en el barrio de Cannareggio. Alrededor todo es espeso. Hay un ruido infernal, y no vale la pena conversar. Mientras miramos el fondo de la copa de vino negro, viene a la memoria la escena del bar de la película de Dario Argento del mismo nombre —Profondo Rosso—, en la que David Hemmings, rodeado de camareros, cafés, humo, gritos y copas, trata inútilmente de hablar por teléfono.

Profondo Rosso es el color de la sangre, un color que le sienta como un guante a esta ciudad anfibia. En su tiempo fueron célebres las sofisticadas torturas que el reino de Venecia aplicaba a los desleales, a los advenedizos, a los sospechosos, a cualquiera que osase viajar a otras tierras más allá de las torres del diminuto imperio sin permiso de los patricios de su Consejo Mayor. La obsesión del control de la república de un país considerado perfecto llevó a vigilar la figura del propio Dux, hasta el punto de que tenía prohibido escribir una carta a una mujer sin pasar por la censura. Y cuentan los historiadores que en el siglo XVI, los famosos sopladores de vidrio del imperio, que elaboraban delicadas figuras de cristal, eran amenazados con la muerte si emigraban a otras tierras con sus secretos bajo el brazo. 

Los sádicos métodos venecianos fueron famosos incluso en el Extremo Oriente. En el Palazzo Zaguri hay una exposición llamada Los secretos de Venecia. Crimen y Justicia. La exhibición retrata e ilustra las diversas fórmulas de tortura y pena de muerte aplicadas por la República de La Serenísima. Una historia de ultraviolencia en una ciudad policial, en la que, gracias a la publicación de los archivos estatales sobre Venecia, comprendemos hasta qué punto la legislación de la república veneciana era sanguinaria.

Poco importa. Venecia es la personificación de la belleza, a veces lánguida, a veces implacable, siempre radical, en cada una de las horas del día y de la noche. Es una ciudad que llega de repente, a la velocidad del rayo, al cerebro. Y la contemplación de esa belleza —no la posibilidad, si no su realidad— cambia la percepción del mundo. 

Esta ciudad-espejo acoge la tristeza, la locura y la alegría, y dicen que desde años inmemoriales reclama sexo y horas de lágrimas. Un sitio extraño para ti, y para las 30 millones de personas que lo visitan cada año. Una cifra atroz para sus 50.000 habitantes autóctonos. Una pesadilla y una bendición para una ciudad que es reina indiscutible del turismo de masas, campeona global de la geografía del entretenimiento. Son legión los turistas que, horas tras hora, recorren exactamente las mismas calles, los que visitan los mismos palacios y las mismas iglesias, en una procesión interminable y, no sabemos porque, profundamente desoladora y hueca. Hasta el punto de que son muchos los venecianos que se han unido para protestar por la descomposición y desaparición de su ciudad y su progresiva transformación en parque temático —Veniceland, le llaman—, donde los que un día fueron hogares familiares son ahora pisos turísticos, los comercios de barrio se han convertido en tiendas de recuerdos, y los bares y restaurantes de tu calle ya no acogen a amigos, vecinos ni conocidos en sus barras: solo turistas hambrientos de experiencias que retratar con el móvil. No obstante, a veces, si optas por perderte y caminar sin fin, hay ratos en los que no ves apenas un alma. Y es entonces cuando, por un instante, puedes llegar a imaginar la vida vulgar y cotidiana en una ciudad así. 

De todas formas, no nos engañemos: Venecia tuvo, tiene y tendrá visitantes hasta que se hunda para siempre en las aguas del Adriático. En el siglo XIII ya contaba con un cuerpo de policía turística que inspeccionaba las condiciones higiénicas y la comodidad de los hoteles. Ahora, esta ciudad-milagro, perdida en su colosal masificación turística, es también asombrosamente actual. En esta época en que todo es líquido, desechable, temporal y urgente, la piedra —y el agua— perenne de Venecia, el tiempo detenido y la imposibilidad de la prisa entre sus calles y canales, convierte a La Serenísima en el perfecto reverso del espejo contemporáneo. Al fin y al cabo, es una ciudad narcisista, enamorada eterna de su reflejo. Y es el santo refugio de la teatralidad, una nueva y retorcida vuelta de tuerca a la sociedad del espectáculo. Una ciudad donde el turista y el nativo forman parte de un escaparate gigantesco. Piezas animadas de un inmenso museo al aire libre, perdidos en una trama de 3.000 calles y callejuelas, 177 canales, centenares de palacios, 354 puentes, 140 iglesias y campanarios como torres de control, en una laguna que hace siglos era un muro de defensa inexpugnable contra al mundo. 

Paseando sobre el agua, los sentidos se agudizan. Lanchas, góndolas, barcas de carga y vaporettos sin fin  bordean la isla de San Michele —la isla de los muertos— , cementerio de la ciudad, frente a Fondamente Nove, donde tenía su estudio el pintor Tiziano y donde, según Hugo Pratt, tuvo su único hogar Corto Maltés.  Venecia es una hermosa desolación y, a la vez, la más extraordinaria obra de ingeniería y arquitectura. Como un rayo, de nuevo, la posibilidad y la realidad de una ciudad así te demuestra que todo —absolutamente todo— es posible.  

 

Venecia tuvo, tiene y tendrá visitantes hasta que se hunda para siempre en las aguas del Adriático. En el siglo XIII ya contaba con un cuerpo de policía turística que inspeccionaba las condiciones higiénicas y la comodidad de los hoteles. Imagen, CC Aires Almeida

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Formada por 124 islas surgidas de la acción de los ríos bajando por los Alpes, el principio de su historia es común, pero su desarrollo es prodigioso. Su leyenda empieza hace más de 1 600 años, cuando los vénetos huyeron a las islas de la laguna ante la invasión de los longobardos. La cuenca se fue poblando de refugiados huidos y, contra todo pronóstico, decidieron quedarse a vivir allí, entre las aguas. El archipiélago de Venecia lo conforman miles de «muros, empalizadas y dragadoras, manteniendo a raya el mar y la tierra», explica Jan Morris en su libro Venecia. Para ello, estos refugiados tuvieron que fabricar el suelo antes de poner en pie las primeras viviendas, hechas de madera. Así surge una ciudad «construida sobre bancos de arena anegados de agua, y sobre un bosque de estacas invertido», escribe Morris. Y así surge la ciudad marina por antonomasia, donde conviven navegantes, piratas, constructores, comerciantes, marinos y pescadores. El mayor astillero del mundo, puesto en pie a ras del agua. 

Con el tiempo Venecia se transforma en ducado. El Dux es su jefe, elegido por los miembros del Consejo Mayor, el parlamento de la república veneciana. El primer Dux fue elegido en el año 697, y el último, el número 120, en 1797. Durante más de 1000 años Venecia fue única: medio oriental, medio occidental, medio tierra, medio mar. Y siempre, en todas las épocas, tuvo fama de ciudad lasciva. Se dice que a finales del siglo XVI vivían en la ciudad 2.889 damas patricias, 2.508 monjas, 1.936 mujeres burguesas y 11.654 prostitutas. El comercio de la sal y las especias fue clave en el desarrollo de la ciudad. Entre Roma y el más allá, Venecia se fue imponiendo como potencia internacional. Se convierte en el stato da mar, y su poder se extendió a lo largo del Mediterráneo hasta llegar a Constantinopla, conquistada en 1204 por el Dux Enrico Dandolo. La ciudad pasó a dominio veneciano pero el Dux, por amor a su propia ciudad, renunció al título de emperador de Bizancio. 

En el siglo XVI la república veneciana resiste las malas intenciones de la Liga de Cambrai, una coalición entre el estado Pontificio, Francia, El sacro Imperio Romano y el Reino de Aragón y Castilla. Venecia descubre entonces, asombrada, que es apreciada por los más humildes: pescadores, campesinos, artesanos y obreros pelean y mueren en defensa de la república.  A partir del siglo XVII inicia su decadencia, y en el siglo XVIII la ciudad ruinosa se llena de pintores, músicos y escritores. Poco después, Venecia sucumbe a la furia de Napoleón: este pide permiso para pasar por sus tierras, pero decide conquistar la ciudad —por capricho—  y regalarla a Austria.  Después pasa a manos francesas, a manos austriacas de nuevo, hasta que los Saboya unifican Italia. 

Ahora, en este siglo XXI, tantísimos años después, decrépita, con el agua hasta los tobillos, Venecia encara el futuro entre la necesidad de poner coto al río diario de visitantes, a la fuga de 700 venecianos al año, y el miedo perenne a las fauces del mar. Una tarde cualquiera, de paseo, llueve torrencialmente: el refugio perfecto es el hospital de Santi Giovanni e Paolo. Esperando, llega la certeza de que la ciudad desaparecerá un día y, como un mito de la antigüedad, se hablará de ella como de un sueño.

Y olemos la madrugada, húmeda y aún negra. En Marca de agua, Joseph Brodsky describe su primera impresión sobre Venecia. Explica como una noche de invierno, a la salida de la estación de tren Santa Lucía, donde casi te das de bruces, de golpe, con el mismísimo Gran Canal, le invadió una felicidad absoluta. Al principio lo atribuyó al olor de algas heladas del canal, a un recuerdo olfativo de su infancia junto al Báltico. Después entendió que ese viejo olor, tan impregnado en lo más profundo de su cerebro, venía de más allá de los confines de la biografía, más allá de la configuración genética, y que en realidad era un olor registrado «en algún lugar del hipotálamo, donde se almacenan los recuerdos de nuestros ancestros sobre su ámbito natural, por ejemplo, el mismo ictio que desencadenó esta civilización». 

Ahora, en una nueva noche, de camino a la Trattoria all´Antica Mola a por un plato de berenjenas fritas y un buen vaso de vino negro, entre luces trémulas, oyendo solo los propios pasos y el chapoteo del agua del canal, entiendes que en su indómita idea de ser, en su tenacidad, la ciudad ejemplariza la vitalidad como valor decisivo. Y así, durante un paseo nocturno, Venecia te explica que hay esperanza para ti. 

 

Imagen de cabecera, CC JuandeSant

 

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Mar Padilla
Mar Padilla

Periodista barcelonesa. Ex miembro de Las Vegas Crypt, una de las bandas de punk rock más malas de la ciudad. Viajera por ilusión y por desesperación, a partes iguales.