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UN DÍA MÁS CON VIDA

Kapuściński ilustrado
Jordi Brescó

«No podéis dedicaros al periodismo sin haber leído a Kapuściński», aseguró ese profesor universitario de cuyo nombre no puedo acordarme. Lo dijo con ese tono que caracteriza las sentencias absolutas, aquellas que no ofrecen ni pizca de duda. La misma estructura —y firmeza— la utilizarían tantos otros después: «No puedes opinar de series si no has visto Twin Peaks» / «¿Qué vas a contarme de música si no has escuchado a Bob Dylan?» / «Hablar de fútbol sin haber visto jugar a Maradona es un sinsentido».

Más adelante descubriría que las opiniones alrededor del reportero polaco son tan diversas como consonantes tiene su nombre. Ryszard Kapuściński fue uno de los cronistas más importantes del siglo pasado tras reportear guerras, golpes de Estado y revoluciones en Latinoamérica, Asia y África entre 1964 y 1981. La controversia en torno a su figura la determinó su posicionamiento: contrario a la concepción más purista del papel que debería adoptar un periodista que cubre un conflicto bélico, Kapuściński se cargó la supuesta búsqueda de la imparcialidad en 1975, cuando decidió no contar a su agencia —y por ende, al mundo— una información que conocía en exclusiva para no perjudicar al bando socialista en la guerra civil angoleña. Kapuściński tomó partido y ahí, probablemente, el periodista dejara de serlo para convertirse en escritor. O no. Quién sabe, en realidad.

Esa encrucijada personal la ilustran a la perfección Raúl De la Fuente y Damian Nenow, directores del film Un día más con vida, basado en el libro homónimo que Kapuściński escribió en 1976 y que él mismo consideró su mejor obra. Curiosamente, la película coloca esta reflexión sobre el papel del periodista en uno de los momentos cumbre de la trama, al contrario del libro, en el que Kapuściński explica su descubrimiento en exclusiva —el apoyo de Cuba al MPLA, el Movimiento Popular por la Liberación de Angola— pero no su dilema frente el Télex, el aparato con el que se comunicaba con sus compañeros de la PAP, la agencia nacional de noticias polaca.

 

Kapuściński se muerde el labio frente al Télex.

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Kapuściński trascendió su papel de observador para convertirse en un combatiente más. De esa decisión nació la fuerza de las relaciones personales que estableció con Dona Cartagena, con Arthur, con Farrusco, con Carlota. En Un día más con vida, Kapuściński puso nombre, rostro y carácter a la gente que le rodeó durante esos tres meses en Angola. Tuvo que hacerlo escribiendo un libro porque en el Télex debía ser breve, conciso; dar la información sobre el conflicto y ya. Y de esa forma, toda esa gente habría pasado a la historia como un número más —probablemente, de víctimas—.

«En la guerra muere gente. ¡Es importante que el mundo lo sepa!», exclama Kapuściński en un momento de la película. Y la frase pasa de ser percibida como la más obvia del mundo a provocar en el espectador una reflexión interna. Recibimos información de conflictos —en 1975 y en la actualidad— desde la frialdad de las cifras y de los discursos políticos. Tanto el libro como la película nos acercan a algunos protagonistas de la guerra y nos permiten establecer con ellos una relación de empatía que va más allá de ideales y bandos.

Y ahí Raúl de la Fuente supo identificar en el libro qué personaje podía transmitir mejor ese vínculo entre la historia y el espectador: Carlota, la guerrillera de cabello afro que luchaba por valores como la libertad, la sanidad y la educación de los niños angoleños. El espectador —como le pasa al lector con las palabras de Kapuściński— queda hechizado por la valentía y el encanto de esa mujer tan ideal que parece sacada de la imaginación de cualquiera... hasta que aparece con forma real.

 

Desliza el cursor sobre la imagen para comparar las versiones animada y real de Carlota

Un día más con vida es un film con mucha fuerza, y gran parte de ella recae en la capacidad que tiene para devolver al espectador de golpe a la —muy cruda— realidad. Lo hace, además, con elegancia, clavando al milímetro las ilustraciones y los planos filmados en la Angola actual. El viaje de Kapuściński hacia el frente sur está lleno de peligros y obstáculos, por lo que algunos pueden llegar a tener la sensación, en un punto muy concreto, de estar viendo una película de animación protagonizada por un héroe de acción polaco. Puede sucederle especialmente a aquellos espectadores que no estén acostumbrados a consumir la no ficción a través del dibujo, entre los cuales me incluyo. Me doy cuenta ahora de que se trata de una cuestión de educación: pude sentir la dureza de la cárcel guineana de Black Beach retratada por el cómic 28-N Dimbo Dimbo que Ramón Esono ilustró en Viajes Dibujados; palpé también la crueldad de la guerra al ver los personajes animados de Kapuściński y Arthur buscar vida entre decenas de cadáveres en medio de una carretera. Y por si aún no estuviese convencido, ¡chas!, transición por corte y el Arthur que miraba triste hacia el suelo de repente aparece en carne y hueso, en idéntica posición, 40 años después. 

Y claro, la sangre se te hiela.

 

Arthut (izq.) y Kapuściński sufren una emboscada durante su viaje hacia el frente sur.

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En esa misma línea, la película consigue traspasar la pantalla y trasladar aquellos intangibles que resultan imprescindibles durante la lectura de la obra de Kapuściński: el hedor que impregna Luanda, el calor abrasador del mediodía, esa confusão que desbarajusta el orden establecido.

Pero, por encima de todo, consigue transmitir las dudas, las reflexiones y los miedos de uno de los mayores reporteros de la Historia, durante esa guerra que le cambió para siempre. 

 

Todas las imágenes utilizadas son fotogramas del film Un día más con vida (2018)