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UN FANTASMA DESDE ULTRAMAR

El regreso de Corto Maltés
Fran García

Como un vikingo que regresa a su pequeña aldea de los fiordos en una noche de tempestad después de quince años fuera, portando objetos raros para sus compatriotas y algo de plata en el zurrón. Al igual que el bucanero que retorna a su Portsmouth natal tras combatir junto a Francis Drake, con los bolsillos repletos de oro pero con un parche en el ojo derecho. Parecido al soldado español del siglo XVI que vuelve a Extremadura después de acompañar las correrías de algún conquistador atribulado. Fantasmas cuya reaparición sorprende a sus familias, que los daban por muertos. Cónyuges que rehicieron sus vidas, descendientes que los consideran unos extraños, hermanos que —nunca se sabe— se apropiaron del terruño paterno. Una vuelta que provoca zozobra y alegría, una anomalía que no siempre encaja bien en el mundo que dejaron.

Los que retoman sus vidas también han sufrido cambios de toda índole. Eso sí, todos tienen historias increíbles que contar a su gente y los imaginamos alrededor de un fuego, regando sus narraciones reales o inventadas con un vino peleón y apagando el hambre con un trozo de carne. De alguna u otra forma, sus vidas vuelven a pertenecer a la gente que los vio partir.

Corto Maltés ha regresado a casa después de veinte años. A su casa, que no es otra que la de todos los lectores que nunca lo olvidaron. Nuestras propias casas. Que habían asumido que el marino bravucón, defensor de las causas de los más débiles, se había perdido en un mundo infinito. Imaginaban —imaginábamos— que Corto seguía a lo suyo, aventurándose en lugares reales o soñados, jugándose el pellejo frente a canallas de todo pelaje, sobreviviendo en el codicioso mundo de sus semejantes, mientras capitaneaba un navío de pequeña eslora. Quizá hasta se nos haya ocurrido la idea de que nuestro marino aventurero hubiese echado anclas en algún remoto lugar y hasta tuviese retoños junto a una guapa indígena. Todo lo que pensáramos sobre las andanzas de Corto sin su creador, el gran Hugo Pratt, ya sólo queda para nuestras fábulas, como las que tanto gustaba de introducir en sus historias el genio italiano.

Corto Maltés ha regresado sin plata ni oro, pero de una pieza. Capaz de soltar por la boca socarronerías ingeniosas mientras le apuntan con un fusil en la cara. Ha vuelto para contarnos más historias.

 

¿Era necesario un nuevo álbum de Corto Maltés? Es evidente que no. De un plumazo se nos recuerda que nosotros somos mortales y nuestros héroes no. Es decir, habrá trabajos gráficos sobre el personaje de Pratt que nunca leeremos porque la serie nos superará en el tiempo. Posiblemente, nosotros acabaremos sufriendo las trampas de nuestros convencionalismos sociales, nosotros echaremos el ancla, mientras nuestro Corto será imaginado por otros creadores en lugares de lo más variopintos, disfrutando de su personal anarquismo.

¿Es bien recibido un nuevo álbum de Corto Maltés? Es evidente que sí. Bajo el sol de Medianoche (Norma Editorial, 2015) obra del guionista Juan Díaz Canales y el dibujante Rubén Pellejero es, desde ya, una de mis aventuras favoritas de la serie. Ponerse en la piel de Pratt suponía un órdago que sólo el entusiasmo y el trabajo duro han llevado a buen puerto. Y no sólo se trata de una cuestión de mimetismo, cosa ya de por sí compleja. Más bien era un asunto sentimental. Los dos elegidos para hacer realidad ese regreso son también dos figuras familiares que siempre tuvieron a Corto muy presente.

Dentro de las patas de un regreso tan sonado, y antes de continuar con Corto y Ras pelándose de frío (anti-spoiler), convendría repasar lo ocurrido con otros mitos del cómic europeo, un análisis breve que ya adelanto que acentúa el acierto del regreso que nos ocupa.

 

A diferencia de los superhéroes del cómic norteamericano, que mutan de forma constante, e incluso mueren y renacen, a merced de unas editoriales que los exprimen hasta el tuétano, los grandes personajes de la bande dessinée europea han tenido todo tipo de trayectorias según los métodos empleados por cada una de las empresas que regentan sus destinos.

Empecemos por Tintín, el icono supremo de la escuela franco-belga. La serie de Hergé finalizó con Tintín y los Pícaros (1976), como último álbum concluso de cabo a rabo. Los intentos por darle vida o, al menos, finalizar su inacabado Tintín y el arte-alfa —publicada como bocetos en 1986 y acabada como apócrifo por Yves Rodier, vetada por Moulinsart (poseedora de los derechos) y admirada por Bob de Moor— siempre chocaron con la viuda del autor, Fanny Rodwell. Ella ha mantenido incólume la principal voluntad del maestro bruselense: que Tintín finalizara al mismo tiempo que su vida.

No obstante, el asunto sobre los derechos de Tintín ha tomado un giro inesperado: la editora de los álbumes, Casterman, afirma haber encontrado una carta en la que Hergé les cede todos sus derechos sobre el personaje. Así que se avecina una tormenta legal ya vivida con anterioridad con Astérix pero sin lazos de consanguinidad por medio. Lo que parece indiscutible, en términos empresariales, es que las ventas de los álbumes de Tintín han caído en picado. Sobrevive gracias a sus fans, los llamados «tintinófilos» y a esfuerzos relacionados con los magníficos ensayos publicados, especialmente los firmados por Michael Farr. Pase lo que pase con los derechos de Tintín, Moulinsart tendrá el honor de haber construido un Museo Hergé digno de su autor. Un lugar de peregrinación que todo amante de Tintín debe visitar al menos una vez en su vida. Mejor si es acompañado por sus hijos.

De seguir viviendo, René Goscinny tendría ahora 89 años y a buen seguro que buscaría a su compañero Albert Uderzo para cantarle las cuarenta. Incluso para darle un par de amables collejas en la nuca por cómo ha conseguido, con dedicación y esfuerzo, finiquitar la trayectoria de los grandes trabajos urdidos por ambos. Si se hubieran invertido las fortunas, los seguidores de Astérix habrían disfrutado, mínimo, de cinco obras maestras más de la serie, a la altura de La Residencia de los Dioses, El regalo del César o El Adivino, por citar tres de mis álbumes favoritos.

Ya sabemos que la realidad fue distinta. A partir de Obélix y compañía (1976), último álbum con guión de Goscinny, ya que falleció durante la elaboración de Astérix en Bélgica, la serie empezó a dar tumbos, tropezando en la mayoría de ocasiones con la inoperancia de un dibujante que tendría que haberle dado el producto a un guionista de verdad. Salvo honrosas excepciones, como La Gran Zanja, Astérix se ha convertido en el yonqui medio muerto del barrio al que conoces y saludas pero al que también evitas como la peste. La persona que, al igual que el álbum El cielo se nos cae encima, ha tocado fondo. Un argumento que cualquier niño de ocho años que hubiera leído al menos seis álbumes de Astérix superaría sin dificultades. Ahora se encuentra en otras manos, las de Jean-Yves Ferri  (guión) y Didier Conrad (dibujos). Pero mucha atención con su primer trabajo, puesto que Astérix y los pictos está lejos aún del maestro, que habría escrito un guión mejor en el peor de sus días laborales, y eso que siempre llevaba varias series en marcha. El asunto del primer trabajo sobre los irreductibles galos sin sus padres originales aún lo sobrellevé gracias a que siempre se lo regalo a mi hija y no parece que sea para mí, pero que no se descuiden. Los Papiros del César, que en principio tiene buena pinta, con una temática sacada del ahora mismo, debe subir el nivel de la serie o la editorial Dargaud tendrá que plantearse seriamente una nueva pareja.

El caso Blake and Mortimer podría ser un título de la serie creada por Edgar P. Jacobs en 1946 y continuada desde 1996 por dos parejas de artistas que van cediéndose el testigo según el número de episodios por trama. La serie se mantiene con una fidelidad artística encomiable y los productos resultantes mantienen una buena media. Otra cosa —y esto es un gusto más personal que en los casos anteriores— es que entusiasmen. Siempre preferí de Jacobs su escasa parte realista que sus exuberantes mundos fantásticos. Es por eso que La marca amarilla o El caso del collar están mejor posicionados en mi biblioteca que el resto de, por otra parte, grandes trabajos del belga. Eso motiva a que La maquinación Voronov, con el Telón de Acero de fondo y forma, obra de los reputados Yves Sente (guion) y André Juillard (dibujos), se sitúe, entre las nuevas historias, por encima del resto.

Un caso similar es el de Spirou, que siempre fue grande y ajeno a los derechos de sus autores. Me explico: Franquin, que inmortalizó la serie con sus trabajos, fue en realidad el encargado de continuarla por mandato de su propio creador, Rob-Vel. No solo superó las expectativas: Franquin convirtió a un botones, un detective, una ardilla y un bicho raro en uno de los mejores entretenimientos conocidos. La continuidad de la serie, con todo el sentido que otorga la premisa Franquin, era muy asimilable por su legión de fans y porque Spirou está ligado siempre a su empresa, Ediciones Dupuis, como hacen Marvel y DC con sus personajes.

Finalizo este repaso con el Teniente Blueberry. Con total seguridad, la obra sobre este oficial de caballería del ejército norteamericano, pendenciero, algo borrachín pero irresistible en los rasgos duros de Jean-Paul Belmondo, y en las formas e historias creadas por el maestro J. M. Charlier, ocupa uno de los ejemplos más prolíficos en las series europeas de referencia.

En vida, Jean Giraud permitió que la espléndida serie del teniente sinvergüenza pero honrado continuara en otras manos paralelas a la serie principal que él mismo llevaba con mano firme desde la desaparición de Charlier. El nivel de todas es más que correcto, pero la multiplicidad de colecciones ha sido desquiciante. El resultado ha desvirtuado el hilo argumental principal para los pocos nuevos lectores llegados a la serie en nuestro país. La despedida fue lamentable en Apaches, un refrito de planchas de los últimos álbumes y una última viñeta en la que Blueberry parte hacia Fort Navajo —primer álbum de la serie—, cerrando un círculo atemporal innecesario.

Perteneciente a la escuela ítalo-argentina —Solano López, Manara, Toppi, Oesterheld, Crepax—, a Hugo Pratt nunca le importó que Corto Maltés siguiera sus aventuras en manos de otros autores. En 1988 firmó su último trabajo en la serie del marino con , obra que lleva a Corto a la mismísima Atlántida.

Corto Maltés ha regresado de un largo silencio y lo ha hecho de la mano de dos autores españoles: Juan Díaz Canales (Madrid, 1972) y Rubén Pellejero (Badalona, 1952). El primero es el exitoso guionista de Blacksad (Norma), un trabajo noir con personajes antropomórficos que le ha valido reputación mundial. Pellejero, por su parte, es un dibujante de larga trayectoria. Junto al guionista argentino Jorge Zentner creó a Dieter Lumpen —publicado en la revista Cairo, recopilado en álbumes por Norma Editorial y reeditado por Astiberri—, un aventurero con un carácter similar al de Corto. Ambos autores consiguieron un premio del Festival de Angoulême con El silencio de Malka.

Patricia Zanotti, directora de Cong S.A., la empresa que ostenta los derechos de la obra de Hugo Pratt, le encargó la continuación de la serie a Canales durante la celebración del Festival de Lucca. Éste aceptó el desafío y contactó con Pellejero para que se encargase de la parte gráfica. No en balde, Pellejero comparte estilo con el genio de Rimini. Como la temporalidad histórica de Corto siempre fue algo trastabillada, los autores podían —pueden— jugar con los escenarios históricos y plantear movimientos de lo más variopintos para el marino maltés.

Corto Maltés ha recorrido casi todo mundo en sus aventuras. Lo hemos visto en Rusia, Reino Unido, Argentina, Japón, Brasil, las Antillas y Guayanas del Caribe, Grecia, Turquía, Italia y muchos otros lugares unidos por mares y océanos, en una época en la que nuestro viejo planeta aún parecía inabarcable.

La elección del Gran Norte americano no deja de ser el primer acierto de este nuevo álbum. De ahí su título. Alaska, la zona del Klondike canadiense, las ciudades más importantes de entonces, como Dawson, la capital del Yukón, o Nome, situada en la península de Seward, son la trama urbana, junto a San Francisco, al comienzo del álbum. Forman parte de un todo dominado por el gigantesco, bello y agreste paisaje natural de esta zona del globo.

La acción se sitúa en 1915, después de La Balada del Mar Salado. Una paradoja temporal entre la ficción del marino nacido en La Valetta y la edición de sus álbumes, puesto que éste Bajo el Sol de medianoche —también publicado en blanco y negro— es la continuación temporal de la primera obra confeccionada por Hugo Pratt.

Es precisamente este juego temporal lo que abre todo un mundo de posibilidades al tándem Canales-Pellejero. Poseen herramientas y talento para condimentar la serie por dónde quieran. Quizá su única limitación sea el año de desaparición de Corto, el año 1936, combatiendo con los republicanos en la Guerra Civil española.

Cuenta Juan Díaz Canales en el epílogo del álbum que, a diferencia de Hugo Pratt, que poseía una biblioteca de 20.000 volúmenes para documentar sus trabajos, ellos sólo han necesitado afinar la parte histórica con un buceo por el vasto mundo de la web.

Al igual que Pratt gustaba de apropiarse de personajes reales para sus aventuras —dos ejemplos: Herman Hesse en Las Helvéticas o el Barón Rojo, el as de la aviación alemana de la primera guerra mundial, en Las Célticas— nuestro tándem creativo propone un menú suculento con Jack London de plato fuerte. La Gold Rush finalizó en 1899, así que Corto persigue las pistas de una carta de su amigo London mientras se traslada por todos los lugares que el autor californiano inmortalizó en obras como Colmillo blanco. Un explícito homenaje a la literatura de aventuras.

La otra carta de London tiene una remitente muy real, la japonesa Waka Yamada, una luchadora por los derechos de las mujeres, especialmente los de las niponas prostituidas por la mafia japonesa. Aparece una patrulla del ejército Feniano, los que nos mete de forma indirecta en la Primera Guerra Mundial y de forma directa en la situación de la Columbia Británica en la época, en la delicada posición de los grupos de indígenas de esta vasta área.

Se nombra a Louis Riel, defensor de los derechos indígenas del interior canadiense, un sensato político revolucionario cuya vida, por cierto, tiene una novela gráfica, Louis Riel. Un notable trabajo, uno más, del también canadiense Chester Brown. De postre, aparece también en esta última aventura de Corto un personaje olvidado por muchos libros de historia sobre la conquista del Norte, el explorador afroamericano Matthew Henson. 

 

Todo el producto está bien servido en la mesa, con lo necesario para que los temas de hace exactamente un siglo nos sigan atronando hoy en día —la explotación sexual femenina, el expolio a los pueblos indígenas, las guerras— en una jugada bien urdida en la que pasado y presente se tocan con acierto.

Ya que Canales y Pellejero nos han devuelto a este fantasma tan singular y preciado, ya que nos han arrebatado nuestras propias ensoñaciones sobre Corto, quizá solo quepa pedirles que igualen la proeza. Ya se han quitado el peso de revivir a un fantasma. Ahora démosles las gracias por devolvérnoslo; por procurarnos, cada cierto tiempo, el regreso a su mundo ilimitado.

 
 

JUAN DíAZ CANALES - RUBÉN PELLEJERO

NORMA EDITORIAL - 2015

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.