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UN PARTIDO A CUENTAGOTAS

Cobradores colombianos en Manaos
Julián Arias
 

7:30 pm

 

El pitido del árbitro anuncia el inicio del partido. Santiago —24 años, 1.75 metros de estatura, rubio, macizo— toma el balón, esquiva a un contrario y saca un zurdazo que estampa contra la valla que encierra la cancha de cemento. Voltea y se apresura hacia su lado del campo esperando el ataque rival. Su mirada parece un tanto perdida, debe ser a causa de las cinco cervezas que se tomó una hora antes del encuentro. A las siete y veinte de la noche llegó a la cancha de microfútbol del barrio San Gregorio en el municipio de Dosquebradas, Risaralda, con la mirada en el piso, el caminar pausado y una camiseta blanca colgada en el hombro derecho. Atravesó la luz intermitente de las lámparas que iluminan la calle. En medio de la fumarada producida por el tumulto de espectadores se abrió paso, estrelló su mano empuñada contra los puños tatuados de sus compañeros y descargó una navaja niquelada que traía apretada en el elástico de la pantaloneta.

 

—Uno no sabe qué culebra le resulta por ahí, por eso toca andar armado. Cuando estuve en Brasil, de vez en cuando me prestaban una pistola, eso allá era delicado.

 

Hace un tiempo Santiago estuvo buscando fortuna en el país sudamericano.

El 10 de diciembre de 2013 a las diez de la mañana acompañado de Beto —el amigo que tenía el contacto—, su esposa, su hijo de dos años y un tumulto de familiares que lloraban al despedirlo, ingresaba al Aeropuerto Internacional Matecaña de la ciudad de Pereira; decidido a conseguir en otra tierra lo que le era esquivo en Colombia. Dos días después, Santiago y Beto aterrizaron en el aeropuerto Eduardo Gómez de Manaos, en el Estado de Amazonas. Allí los esperaba el supervisor: un colombiano que se encargaría de mostrarles los barrios, las rutas y los clientes que deberían visitar diariamente realizando cobros «gota a gota».

El «gota a gota» o «paga diario» es una forma de préstamo ilegal que realizan particulares en barrios populares de Colombia. El deudor cancela el crédito por cuotas iguales diarias con intereses de hasta el 100%. Un negocio creciente en Latinoamérica exportado por colombianos hasta las favelas de Brasil, las invasiones de Ecuador, los conos de Perú, las callampas de Chile y los barrios bajos de México.   

 

Así caminó su adolescencia, viviendo en la incertidumbre del que se acuesta sin saber si se levantará. 

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Una motocicleta y una lista con más de cincuenta clientes le entregaron a Santiago; el trabajo debía empezarlo de inmediato.

«El negocio funciona así —dijo el supervisor­­—, usted puede prestar entre 100 y 3.000 reales dependiendo del tamaño del establecimiento, aquí prestamos al 20% de interés con un plazo máximo de 20 días para cancelar el total de la deuda. Por cada cien, el cliente le va a cancelar una gota de seis reales por día (100 reales = 29 dólares). Ahora, si al finalizar el plazo el deudor todavía no cancela el crédito, le recibimos televisores, radios, planchas, mercados, lo que sea a mitad de precio. Si aun así no pagan, entonces entramos a apretar a la familia.»

A la mañana siguiente, Santiago se trepó en la moto para perderse en las vías pantanosas de los barrios de Manaos. No necesitó aprender más que seis palabras del portugués para visitar tiendas, peluquerías, panaderías, bares, cobrando y prestando la plata de sus patrones.

«Eu vim para recolher o dinheiro», dijo con acento colombiano mientras ingresaba a la carnicería del barrio Campo Verde.

Según las indicaciones de los jefes, allí no podía estar más de dos minutos: tenía que cobrar el dinero, trazar la firma y entregar el recibo antes que grupos de delincuentes o la policía notaran su presencia.

Santiago, acostumbrado a caminar desde muy joven en las sombras de la noche pereirana, se sentía tranquilo en Manaos.

Cuando tenía 14 años cambió el calor y la seguridad de su casa, por el frío y el riesgo de la vida debajo de los puentes. Seis años anduvo en las calles de Pereira consumiendo droga, alejado de su familia, delinquiendo para conseguir la dosis. Así caminó su adolescencia, viviendo en la incertidumbre del que se acuesta sin saber si se levantará. Pero un día, cansado de compartir aceras con la muerte, de sentir bajo su cuerpo el cemento helado y mugriento, harto de ver a sus amigos apuñalados con puntas de hierro oxidado, motivado por su familia y su compañera, decidió salir.

 

—La calle es una calentura, los parceros lo venden a uno por un bazuco.

 

Esto acá es muy peligroso, nos toca estar encerrados, solos.

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En su primer día de trabajo en Manaos, la droga se asomaba campante por las esquinas del barrio. La pobreza se le hacía familiar: las casas de madera, las calles sin pavimento, la basura y los hilos de excremento que salían de las viviendas; todo eso le recordaba a su tierra. Así fue su primera jornada, esas horas que le enseñarían los contrastes y la aspereza de la Metrópoli del Amazonas. Al salir de la carnicería un grupo de policías vestidos de civil lo agarraron por la espalda, amarraron sus manos, le vendaron los ojos y lo treparon en una camioneta con vidrios oscuros.

«Ladrao colombiano, narcotraficante» le gritaban, mientras el hierro frío y duro de las armas cascaban su cabeza y su cuerpo. Lo llevaron a orillas del río Negro, cerca de la desembocadura en el Amazonas. Allí estaba, con las rodillas clavadas en el barro, con una pistola apuntalada en la cabeza. Asustado, recordaba que tan solo dos días antes estaba en su tierra acompañado de su familia; las lágrimas le rebosaron los ojos.

 

Quanto dinheiro tem— preguntó uno de los policías después de un largo interrogatorio.

 

Santiago no lo podía creer; entendió perfecto el portugués.

 

—Mil reales— contestó.

 

Los policías se percataron que llevaba pocos días en Brasil, él insistía que trabajaba solo. Lo dejaron libre, no sin antes arrebatarle el dinero y advertirle en un escaso español que debía entregarles 300 reales, como cuota semanal, para seguir trabajando. Al parecer en Brasil, como en Colombia, el dinero suaviza los problemas.

 

Para los brasileños el colombiano es malo y peligroso, infunde miedo a la hora de cobrar.

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1'10" de partido

Santiago de nuevo toma el balón y corre en dirección al arco contrario. Menea la pelota de un lado para el otro, sus zapatillas número cuarenta se deslizan por encima de la redonda driblando adversarios. Está cara a cara con el arquero, prepara el disparo; un golpe por la espalda y un puntapié en el tobillo evitan lo que era un gol seguro. El jugador cae al piso; de un bote se levanta encarando al agresor; lo empuja, chocan las cabezas, se empujan, se amenazan, se insultan, manotean. El árbitro se posiciona con sus 1,85 metros de estatura en medio de la riña: «Paran la pelea o se acaba el partido».

Ahora el agredido se aleja del tumulto, su mirada continua clavada en los ojos del jugador número tres. Gritos, silbidos, risas y comentarios abundan alrededor de la cancha convertida en cuadrilátero.

Santiago creció jugando a este deporte, el fútbol fue ese sueño compartido con la mayoría de los niños del barrio. Un sueño difícil de cumplir, no por el talento, sino porque muchas veces los partidos terminaron con los nudillos de las manos magullados. Las peleas, las drogas y el dinero nunca reemplazaron las ganas de jugar; los picaditos en la calle, sin árbitro y sin reglas, siguen siendo sus favoritos. Estando en Brasil extrañaba el deporte. Por la ventana veía como en una cancha de arena al frente de su casa, mujeres y hombres se juntaban a correr detrás de la pelota. Un día decidió arrimarse al arenero. Los patrones le habían advertido que, para un indocumentado prestamista de gota a gota, la calle era un riesgo; aun así, decidió jugar. Ya en el encuentro, su mirada se alternaba entre la bola y unos policías que patrullaban la calle. Cuando los policías se acercaron a la cancha, Santiago entregó el balón y salió sigilosamente de la arena en dirección a su casa. Lo que quedaba del juego lo vería a través de la ventana.

 

—Nos tocaba andar alerta a todas horas, siempre esperando que aparecieran los policías o los bandidos. Allá ni en las mujeres se podía confiar.

 

Empezando el año 2014, un compañero suyo fue asesinado en las calles de Manaos; al parecer, el hombre se enamoró de una brasileña.

 

—Cuando la mujer conoció la ruta donde se hacen los cobros lo hizo matar para quedarse con la plata y los clientes— afirma Santiago.

 

En marzo de 2014, mientras cruzaba calles y aceleraba por entre los más de cincuenta puntos recogiendo el cobro, en el barrio vecino, no hubo testigos que informaran a las autoridades brasileñas del motivo de los dos tiros propinados a un joven colombiano de 23 años de edad. A Santiago le llegaron con la noticia entrada la noche: su amigo estaba malherido en uno de los hospitales de Manaos. De los cinco disparos, uno alcanzó una pierna y otro la parte baja de la espalda del prestamista nacido en Tuluá, Valle del Cauca. Por suerte, dos días después en el hospital Francisca Mendes no encontraron motivo para retener al joven. Las balas no dejarían secuelas.

Este es el panorama de los jóvenes colombianos que viajan por Latinoamérica creyendo en la promesa de grandes sumas de dinero. Titulares frecuentes en los periódicos locales evidencian el asunto:

 

[Julio de 2013] Daniel Ramírez asesinado en Lima, Perú. Al parecer se dedicaba a los cobros gota a gota.

[Febrero de 2014] Diecisiete colombianos capturados en Brasilia acusados de extorsión y agiotaje.

[Noviembre de 2015] Cinco colombianos torturados y asesinados en México. Al parecer estaban vinculados con grupos de cobradores ilegales.

[Mayo de 2016] Giovanni Garrido asesinado en Rondonópolis, Brasil. Se dedicaba a los cobros gota a gota.

 

El fenómeno de los préstamos ilegales «gota a gota» o «paga diario» ha crecido aceleradamente en América latina en los últimos 15 años, según un informe del periódico La Patria: Risaralda y Caldas fueron los primeros departamentos en exportar el negocio. Hoy en día, dineros del paramilitarismo y el narcotráfico son movidos a través de este ilícito.

En Pereira, una mujer alta, corpulenta, de treinta años de edad, lleva dos años viajando entre Colombia y Brasil, reclutando jóvenes para llevarlos a realizar cobros gota a gota en los barrios de Garanhuns, estado de Pernambuco. Les promete 500 reales a la semana, una ayuda para el arriendo y el pasaje en avión.

 

—Los de la tierra trabajan mejor, ya hemos intentado con brasileños pero se pierden con el dinero. A los colombianos les ubicamos fácil la familia. Además, para los brasileños el colombiano es malo y peligroso, infunde miedo a la hora de cobrar—, dice la mujer.

 

A Santiago le prometieron 700 reales a la semana de los que tan solo le pagaban 300, unos 250.000 pesos colombianos.

 

—Eso no me alcanzaba para nada, para comprar comida, para pagar arriendo, abonar la deuda del pasaje y listo, no alcanzaba para más. De vez en cuando le enviaba plata a la familia —dice Santiago—. Cuando lo contactan a uno acá, le prometen de todo, pero uno llega allá y todo es mentira: si a uno lo agarra la policía; le toca defenderse solo; si lo roban los bandidos, toca reponer el dinero; si uno les dice que no va a trabajar más, lo dejan a uno sin nada, sin pasaje de vuelta, sin casa y sin comida. Uno es el que siempre pone el pecho y ellos son los que se llenan de plata.

 

En julio de 2014 Fredy, el hermano de Santiago, se tomaba unas cervezas con unos amigos en una tienda del barrio El Japón. Un conocido prestamista recién llegado de Brasil apareció en su carro último modelo con canciones de reguetón a todo volumen, descendió del vehículo, se acercó, saludó a los muchachos e invito a una ronda. El prestamista empezó a contar sus historias haciendo plata en el Sur; el gota a gota le llenaba los bolsillos y podía llenar los de estos jóvenes desempleados —Risaralda contaba en el 2014 con una tasa de desempleo del 14%, una de las más altas del país—. En medio de los tragos, Fredy aceptó la propuesta de viajar a Brasil. Al día siguiente, aún con resaca, una llamada le advertía que el pasaje ya había sido comprado. Sólo debía acercarse al aeropuerto con el pasaporte y la maleta.

 

—Yo llamé a saludar a la familia y me dijeron que Fredy viajaba esa semana para Brasil a trabajar prestando plata. Ahí mismo lo llamé y le dije: esto acá es muy peligroso, nos toca estar encerrados, solos, únicamente salimos a cobrar porque la policía y los bandidos nos persiguen, no se venga para acá. 

 

A Fredy no le quedó más remedio que atender el consejo de su hermano. Tuvo que vender la motocicleta que había pagado al banco durante cuatro largos años para poder cancelar el dinero del pasaje a los agiotistas.

 

Muchas veces los partidos terminaron con los nudillos de las manos magullados.

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2'20" de partido

La pelota rebota de un lado para el otro. El humo que sale de las gradas se agita elevándose bajo la luz de las lámparas amarillas. Chiflidos y arengas hacen eco en los muros que rodean la cancha. Fintas y empujones, pocos goles y muchas provocaciones en estos dos minutos de partido; el nerviosismo asedia el encuentro. Cada pelota dividida es una lucha que atenta contra la integridad física; el talento aparece ocasional relevando la violencia. Falta; tiro libre. Santiago se para enfrente del balón. La barrera se interpone entre la pelota y el arco. Sus compañeros de equipo lo rodean, le golpean la espalda, lo incitan a estar tranquilo y a no dejarse provocar, pero sus ojos, hace rato apuntan al rostro de su enemigo.

Además de participar en campeonatos de microfútbol organizados por políticos ausentes, Santiago disfruta de largas jornadas sumergido en el rap. Los fines de semana, se reúne con sus amigos del barrio Las Palmas para improvisar rimas, cantarle a la calle, componerle a la vida. 

 

—Me gusta el rap porque cuenta la realidad, lo que se vive aquí, la dureza del barrio. Yo me desahogo en la música. Cuando escribo canciones cuento lo que vivo.

 

Ahora quiere escribir una canción para inmortalizar esos diez meses vividos en Brasil. Una melodía que le recuerde a sus amigos brasileños, esos con los que jugaba a fútbol en la vera del río Negro, los mismos que le prestaban armas y lo invitaban a «trabajar» con ellos. Quiere componer rimas para acordarse de las fiestas en las playas Salinas rodeado de mujeres, licor y cocaína. Quiere cantar versos para no olvidar las balas que dañaron a sus compañeros, ni los meses de encierro escapando de la policía. Santiago piensa hacer una canción que le sirva para recordar esa incertidumbre que lo acompañó en sus últimos días en Manaos. 

Era septiembre de 2014, el calor atizaba la selva. El río Negro y el Amazonas perdían su caudal, los arenales que dejaba el agua se convertían en espacios para la fiesta, el reggae y la cerveza. Los cobros se volvieron difíciles, la gente decía no tener con que pagar. Veinte días antes se había cambiado de casa.

 

—Nos tocaba estar cambiando de casa, siempre en conjunto cerrado. Uno no puede vivir en el barrio, allá los bandidos se meten a la casa, lo matan a uno y le roban todo.

 

Esa noche las casas simulaban abandono, las luces del conjunto curiosamente se habían apagado. El silencio se mezclaba con el sonido de motores sospechosos que atravesaban la portería, las lámparas de los autos traspasaban las cortinas y llenaban de sombras la habitación donde Santiago dormía. Pasada la media noche, un estruendo en la puerta detuvo el sueño de los inquilinos de la casa número 36. Armados con pistolas y vestidos de negro, un grupo de policías ingresó a la vivienda; el caos se adueñó del espacio. Santiago brincó de la cama, asustado salió de la habitación y se encontró de frente con un hombre negro dos cabezas más alto que él. El hombre lo agarró por el cuello, le amarró las manos, lo sacó de la casa y lo trepó en una camioneta oscura donde ya estaban sus compañeros.

 

—Antes de llevarnos a la delegacía nos trataban muy mal y nos decían que nos iban a matar. Nos llevaron con un fiscal, él nos preguntaba con quién trabajábamos; nosotros no le decíamos nada, entonces trajeron a un traductor. Al rato llegó Derechos Humanos y como no había pruebas de nada nos tuvieron que dejar ir. Eso sí, en el oído nos advirtieron que teníamos un mes para salir de Brasil.

 

A la mañana siguiente Santiago salió de la delegación decidido a volver a su tierra. Tenía un mes para recoger el pasaje y algunos reales para llevarle a la familia.

 

—Estaba solo, los patrones se echaron a perder. Menos mal que yo tenía una plata prestada. Me tocó ponerme a recogerla, así junté para el pasaje y algo para traer a la casa.

 

El 12 de octubre de 2014 Santiago aterrizaba de nuevo en Colombia.

 

Este es el panorama de los jóvenes colombianos que viajan por Latinoamérica creyendo en la promesa de grandes sumas de dinero. 

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2'48" de partido

De nuevo la cancha se transforma en cuadrilátero; un motín de golpes se toma el centro del campo. Santiago empuña la mano y saca un zurdazo que estrella contra el rostro del jugador número tres. Otra vez los nudillos de la mano terminarán magullados. El rival cae al piso, se levanta y sale de la cancha con el ojo ensangrentado. El árbitro reniega: «Acá no se puede jugar»; levanta la tarjeta roja y lo expulsa del partido. Santiago, con la ira en el rostro, se acerca a la grada, recoge la navaja niquelada y la aprieta con el elástico de la pantaloneta. Todavía con la mano empuñada atraviesa el tumulto de espectadores, sale de la cancha y camina hasta perderse en las sombras de las luces intermitentes que iluminan la calle.

 

—A mí no me gustan los problemas, pero tampoco me la dejo montar de nadie, ese man desde que empezó el partido me estaba azarando. 

 

Sin arrepentimientos, ahora camina por el barrio. Sobre la pelea no quiere hablar, dice tener cosas más importantes en que pensar. Ahí va, desempleado, preocupado por los gastos, cruzando callejones para encontrarse con su familia. Dos cuadras adelante aparece su compañera con el niño en brazos. El pequeño tiene cuatro años, parecido a la mamá pero con el temperamento del papá, dicen. Ella: de mirada noble, tranquila y callada.

 

—Esta es mi familia y tengo que ver por ellos. Aquí no hay nada para hacer. Me están ofreciendo para irme a prestar plata a México o a Bolivia. Si me dan la oportunidad y me pagan bien, me voy para México, no me da miedo. Pa’ morirse uno se muere durmiendo en la cama.

 

FOTOGRAFÍAS DE RODRIGO GRAJALES

Julián  Arias
Julián Arias

Colombiano. Ha publicado artículos y crónicas en Cali Cultural, La Tarde, Tras la Cola de la Rata, Gestión y Región. Algunas de sus crónicas hacen parte del libro: Monte Arriba. Relatos de montañeros y conflictos ambientales en el eje cafetero, próximo a publicar.