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LA MEMORIA RURAL

Un viaje
Emilio Gancedo

Publicamos un fragmento de Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural, el libro del periodista Emilio Gancedo —editado por  Pepitas de Calabaza— en el que narra «historias, recuerdos, anhelos y enseñanzas de una generación —los nacidos antes o inmediatamente después de la guerra civil— a quienes prácticamente hemos dejado de escuchar». 

 
 

Allí, antes, había muy pocas cosas. O mejor dicho, las cosas eran las justas, las que precisaba aquel paisaje de rítmico olear, siempre calmado y a la vez siempre en movimiento, una cadenciosa sucesión de alientos en el aire y en el mar. Estaban los pinos, cubriendo la roca hasta el límite mismo del agua, como haciendo turno para contemplarse en su verdeclara superficie, y la lengua de arena extendiéndose de uno a otro extremo, esas dos pilastras carcomidas por el tiempo y los embates salinos, de carnoso tono dorado. El pinar se prolongaba ampliamente hacia el interior en una apretada marea de ejemplares antiguos y corpulentos, con gruesas raíces y un verdor ácido, y en la blanca línea de la orilla encallaban algas y pequeños maderos. Durante el verano todo aparecía traspasado por una luz muy intensa y fulguraba, desde los microscópicos cristalillos de mineral que alfombraban el frente hasta las finas agujas de los árboles, y los juncos y las conchas y el humilde arroyo, y la lámina de agua centelleaban por entero. Pero apenas nadie se acercaba para apreciar esos destellos, para recrear la vista y sosegar el ánimo ante aquella estampa bosquejada en sueltas y hábiles pinceladas de oro, azul y esmeralda, y por lo común la playa amanecía poblada de criaturas con prosaicas motivaciones. En la franja de herbazal se tendían las vacas y los toros a rumiar con parsimonia, también ramoneaban por allí grupos de ovejas y borregos, y los cerdos gustaban de acercarse hasta la orilla y mojaban sus patas en el agua y hozaban en la arena, orinando y defecando cuando les venía en gana, y se tendían a sestear los unos juntos a los otros. 

Algún muchacho pastor de aquellas bestezuelas domésticas podía sentarse sobre una piedra y quedar ensimismado, pensando más en sus cosas propias que en el hermoso escenario natural que tenía delante, y de vez en cuando una barquita trasponía uno de los puntales y en aquella cala se guarecía el solitario pescador del mal tiempo o disponía sus aparejos, o descansaba un rato y merendaba, y poco después volvía a partir.

Los primeros en frecuentar el paraje fueron los miembros de algunas familias pudientes de la ciudad, en seguimiento de las modas que triunfaban en otros lugares. Los domingos llegaban y extendían sus manteles sobre el arenal, y almorzaban, y luego emprendían pequeñas excursiones por los alrededores. Eran pocos y se marchaban pronto a sus casas después de unos cuantos paseos y parloteos. La diferencia estuvo cuando, progresiva pero imparablemente, comenzaron a acudir gentes de más allá de la isla, y aun del país, que nada sabían de los usos locales y lo husmeaban todo, y acercaban sus vehículos hasta que vislumbraban el mar, y entraban por cualquier finca y salían de ella a su antojo. Si no había sendero, lo hacían por su cuenta a base de pasar y pisar; si no existía aparcamiento, lo habilitaban a fuerza de rutina y amontonamiento; lo único que deseaban, como peregrinos en busca de la más anhelada reliquia, era pisar la arena y tumbarse en ella, y meterse a chapuzar en el agua. 

En el casino, el propietario de aquellas tierras se desesperaba. No comprendía en virtud de qué última razón, de qué ley superior a todos los documentos que certificaban aquella calita como suya, confín litoral de varias de sus fincas, debía él permitir el paso a un tropel de extranjeros que le rompía los cierres, pateaba sus campos y espantaba su ganado, tan tranquilo hasta entonces. El propietario, hombre de usanza antigua, perteneciente a uno de esos tres o cuatro ramones nobles que durante siglos habían dirigido la vida de la isla, se dirigió a las autoridades y expuso su caso, pero en todas partes le hablaron de la extraordinaria importancia que las más altas instancias del Estado estaban concediendo al turismo —una de las vías principales escogidas por el Régimen para sacar al país de su atraso casi tercermundista—, de la necesidad general, y aun deber patriótico, que todos tenían de cambiar algunos de los viejos resortes mentales, de que él, por su cuenta, debía encontrar la solución oportuna... El propietario miraba extrañado, sin entender nada, y volvía a enarbolar delante del gobernador sus antiguos derechos de propiedad como si fueran la bandera de un país inexistente. 

 

—¿Qué le parecería a usted si una multitud de personas medio desnudas entrase en su casa y se apoderase de ella y lo atropellase todo? A efectos legales, esto es lo mismo. ¡Lo mismo! 

 

El propietario intentaba promover la comprensión de sus compañeros de tertulia. La gente del pueblo, al menos, le conocía, le pedía permiso para atravesar sus terrenos cuando querían pasar el domingo en la playa, él no tenía problema con ellos, había unos cauces, un respeto, unas formas… pero esto le era del todo ininteligible. Y no hacía sino ir a más. En cierta ocasión se le presentó en casa un hombre trajeado que decía hablar en nombre de una gran compañía, y su afán era el de comprarle los terrenos inmediatos a la cala. Abrió el maletín y el propietario atisbó muchos billetes dispuestos en apretados mazos; el gesto aquel le pareció una grosería y una incorrección, y le dio con la puerta en las narices. Pero siguió insistiendo, y otros como él, y hasta lo perseguían por las calles para convencerlo, y otros aristócratas le hablaban de las grandes ganancias que operaciones como esa les habían reportado, y hasta el gobernador le insinuaba que aceptase sin tardanza. El propietario estaba decidido, no vendía ahora ni vendería nunca, pero llegaba a casa pálido y exhausto a fuerza de bregar contra negociadores e intermediarios. Un día acudió a la finca en cuestión para inspeccionar el trabajo de sus payeses y se topó con toda una romería de personas que había tirado la tanca, el paso, y que se dirigía animadamente hacia la playa hablando de modo incomprensible, unos por aquí, otros por allá, sin orden ni concierto, plantando tiendas de campaña o jugueteando con niños y perros, papeles, mondas y restos de fogatas apareciendo por doquier, del ganado no se veía ni rastro… y se enfureció tanto que perdió los estribos, la ira se le subió a la cabeza y al grito de «¡fuera los extranjeros de mi casa!» empezó a propinar golpes y puntapiés, vestido de pulcro traje gris en mitad del verano, y hubo tumulto, y llamaron a las autoridades y lo intentaron tranquilizar y le recomendaron reposo. Respiraba con dificultad y parecía fuera de sí.

«No lo entiendo, es que no lo entiendo», repetía en la tertulia, cada vez más solo en sus argumentaciones. El resto lo contemplaba con un afecto silencioso y también con un punto de lástima en la mirada. 

Un día su cuerpo amaneció balanceándose al final de una soga, y hay quienes sostienen que en la mano lívida aún apretujaba los documentos que le acreditaban como dueño de aquellos parajes, último gesto con el que quedó para siempre aferrado a un mundo desvanecido por completo.

 

Imagen de cabecera, CC Daniel Lobo

 
 
 

PALABRAS MAYORES. UN VIAJE POR LA MEMORIA RURAL

EMILIO GANCEDO

PEPITAS DE CALABAZA, 2015

 
Emilio Gancedo
Emilio Gancedo

trabaja en la sección de Cultura de Diario de León desde el año 2000. Es autor de los libros La hoja de roble y Trece cuentos extraños, La tradición oral y El habla de León. Ha colaborado en numerosos libros colectivos y participa con asiduidad en filandones (cuentacuentos populares), debates, conferencias y tertulias radiofónicas.