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VIAJAR CON MI MADRE

En Europa todo es viejo
Camila Bretón

Veo salir a mi madre del aeropuerto de Berlín abrigada, con zapatillas cerradas y su ropa dentro de una Louis Vuitton. Es raro verla sin ojotas, lejos de la playa, sosteniendo esa valija que luego me dirá, le compró dos días antes de viajar a Carminha, la mujer que limpia los cuartos en el hotel donde también trabaja mi madre. 

Yo le digo Ma pero se llama Ana. Y a pesar de tener la piel más oscura que la mía, suelen decirnos que somos muy parecidas. Yo no lo creo aunque sé que hay ciertos gestos que hacemos igual. Quizás es la manera de contraer la boca cuando estamos concentradas o un sutil movimiento en los ojos antes de hacer un chiste. Es verdad que las dos tenemos mucho pelo, pero el suyo es indomable, por eso suele referirse a él como «mi nutria salvaje». 

No nos vemos hace más de seis meses. Ella vive en Pipa, una aldea de pescadores en el nordeste brasilero y yo en Buenos Aires. Se fue sola, en el año 2000, a los 46 años, sin muebles ni trabajo. Durante los primeros meses hizo alfajores de maicena para vender en los pocos bares que había en el pueblo hasta que consiguió trabajo como gerente en un hotel y alquiló una casa. Desde entonces yo la visito todos los veranos. El año pasado, gracias al dinero que heredó de su madre al morir, pudo comprar un terreno y construir su casa. Allí duerme y pasa sus días, con sus dos gatas y un perro, rodeada de terrenos tapados de vegetación autóctona. Con el resto del dinero que le quedó decidió invitarme a Europa. Tiene 63 años y esta sería su primera vez en el viejo continente. En cambio yo había estado allí varias veces. Fui, por primera vez, cuando terminé el colegio y decidí tomarme un año sabático para viajar con una amiga por Italia, Francia, Inglaterra y España; dos años más tarde volví y me quedé un año en Granada con mi pareja de aquel entonces; a los 25 años volé a Barcelona para visitarlo porque estaba haciendo una pasantía en la cocina de un hotel y a los 27 su familia me invitó a pasar unos días en Londres.

Como ella no tiene computadora ni Internet en su casa, decidimos que yo me ocuparía de comprar los pasajes y hacer las reservas de hotel. La idea era viajar juntas 20 días: encontrarnos en Berlín, luego ir a Barcelona, Roma y por último Grecia. Antes de empezar a organizarlo me dijo que no le importa mucho dónde íbamos a dormir, que ella prefería hospedarse en un cuarto dentro de algún departamento, así conocíamos a la gente del lugar; que no pensaba comprarse nada, sino que quería gastar todo el dinero en recorrer lo más posible y comer sano. Pero después, a medida que avanzaba, me dijo que no quería compartir el baño con nadie, que me fijara que los vuelos no fueran muy tarde ni muy temprano, que de ninguna manera se quedaría en un piso cinco por escalera, que buscáramos un hospedaje cerca de todo. Con tantos requerimientos un agente de viajes hubiera terminado exhausto. 

Ya no fuma pero mi madre fumó siempre, o por lo menos desde que yo la recuerdo. Cuando estoy cerca suyo y no hay ruidos alrededor, puedo escuchar un pequeño silbido constante en su respiración, parecido a un globo desinflándose o al sonido que puede hacer una pava cuando empieza a hervir el agua. Por eso, desde hace un tiempo, dejó de ir a las playas de Pipa con acceso solo por escaleras.   

A medida que escuchaba sus indicaciones, pensaba cómo íbamos a hacer para conocer estas grandes ciudades sin caminar todo el día; hasta llegué a imaginármela en sillas de ruedas, recorriendo todos los museos. 

Sabía que tiene otro ritmo, de pueblo, más lento que de las ciudades cosmopolitas que visitaríamos. Y sabía, también, que mi madre suele perder la paciencia rápido. Por una llamada que se entrecorta, por una ventana que no logra cerrar o porque no entiende cómo hacer un trámite online. Pero lo que más nerviosa la pone es no escuchar. Porque mi madre es sorda, no del todo pero tiene una pérdida de la audición notable. Al principio lo negaba y se ofendía cuando yo le gritaba o, cansada de repetir lo mismo tres veces, le decía: «Dejá ma, no importa». Pero después de muchos años de insistirle decidió usar audífonos. Desde entonces, cuando estamos juntas, discutimos menos.

 

***

 

Es primavera en Berlín y el cielo, al contrario de lo que nos dijeron, no es gris. Desde las ventanas del autobús camino al hotel vemos sorprendidas el tamaño de las calles y las veredas, todas anchísimas, con los balcones repletos de flores y los barcitos tan bien ambientados. Sin embargo, el paisaje nos parece opresivo. Los edificios son todos iguales: bloques de cemento construidos en serie. Parecen los pabellones de una cárcel pero decorados, con parches tapando los rastros que dejaron las balas en tiempos de guerra. Una arquitectura austera, llena de grúas, intentando transformarse y dejar atrás ese pasado lleno de muerte.   

En el aeropuerto compramos un pasaje que nos sirve para todos los medios de transporte pero nunca lo sacamos del bolsillo porque no hay guardias, ni barrera, molinete o scanner que nos obligue a hacerlo. El acceso es libre. Después de unos días nos enteraremos que la barrera no existe físicamente en ningún lugar sino que está dentro de la cabeza de cada berlinés. Lo que sí existe pero no veremos nunca son hombres y mujeres vestidos de civil, listos para sorprender infraganti a cualquier pasajero, pedirle el pasaje y cobrarle una multa de 60 euros en el e caso que no lo tenga.

Al cuarto del hotel lo apodamos el clóset, por su tamaño. La cama de dos plazas y el baño ocupan casi todo el espacio, impidiendo que entremos las dos de pie al mismo tiempo. Pero queda sobre la calle Rosenthal, en Mitte, un barrio trendy, repleto de tiendas de diseño, restaurantes vietnamitas, cafés orgánicos, panaderías francesas y espacios de coworking. Además estamos cerca del río Espee, la catedral y el Mauerpark, donde vamos un domingo y vemos un montón de gente comprando ropa y objetos vintage, tomar cerveza caliente sobre el pasto y reír a carcajadas en un karaoke al aire libre y espontáneo, donde cualquiera puede agarrar el micrófono y cantar frente a unas gradas, colapsadas de un público animado. Como tres chicas, de alrededor de 20 años, que cantan y bailan sin vergüenza Like a Virgin, de Madonna. 

Después de algunos días me doy cuenta que es la primera vez que veo a mi madre sin preocuparse por el dinero. Desde que soy una niña la recuerdo con lo justo, separando para el alquiler, las cuentas de agua, luz, el pasaje a Buenos Aires, mi regalo de cumpleaños. Acá, en cambio, gasta sin culpa y se compra sandalias birckenstok de todos los colores, los restaurantes donde comemos le parecen súper baratos y, como si yo aún fuese una niña, me da plata para que tenga en la billetera aunque ella siempre es la que paga. Paga, por ejemplo, por las bicicletas que alquilamos una tarde con una aplicación que nos permite desbloquear con el celular cualquiera de las tantas que vemos estacionadas en las veredas. Con el mismo sistema también hay autos de uso colaborativo. Autos de nadie y de todos, con seguro y nafta incluidos. Ale, un amigo de la secundaria que vive en Berlín hace dos años, nos cuenta que suele usarlos para ir a pasar el día a alguno de los tantos lagos y bosques que bordean la ciudad. Pedaleamos por Prenzlauer Berg, un barrio antes bohemio, ahora hipster, apodado Mammy-eco, por la cantidad de familias jóvenes paseando con sus bebés en carritos, tomando flat white con leche de almendras o comprando productos orgánicos y saludables.

Otro día almorzamos albóndigas con hummus en el mercado turco de Kreuzberg y hacemos un free tour caminando. La guía se llama Ana, tiene 25 años y es española. Nos cuenta que se mudó a Berlín porque cree, es la ciudad más alternativa de Europa. Pero luego dice lo mismo que escucharemos varias veces durante nuestra estadía: es muy difícil conseguir un lugar donde vivir. Para alquilar un departamento primero hay que mandar un curriculum, competir con otros 400 o 500 candidatos, esperar a que la propietaria llame para hacer una entrevista y luego negociar el precio. Por eso Ana, como tantos otros, paga por un cuarto, dentro de un departamento donde viven otras seis personas, lo mismo que solía pagar por un piso para ella sola en Madrid.

Después de cinco días nos vamos contentas de dejar el clóset aunque nos gustaría quedarnos más. Sin darnos cuenta dejamos de sentir esa energía pesada y oscura que percibimos apenas llegamos y partimos con fotos de un Berlín vanguardista y siempre soleado.

 

***

 

«Yo acá no me quedo», dice mi madre cuando entramos al hostel que reservé por cinco días en Barcelona. El edificio, a media cuadra de la Rambla, en el barrio del Raval, parece un bunker. No tiene ventanas, es oscuro y las paredes están pintadas de gris. Dentro del dormitorio, en un segundo piso por ascensor (no fue fácil encontrar ascensores en Barcelona), se escuchan fuertes las voces de un grupo de jóvenes festejando una despedida de soltero, bebiendo en el piso de arriba. El baño, compartido con los huéspedes de otras tres o cuatro habitaciones, tiene el piso mojado y olor a orina. Pero es sábado, son las once de la noche y Barcelona está colapsada de turistas. Entonces mi madre, por primera vez desde que llegamos a Europa, se pone de mal humor. Aferrada a su celular, intenta entrar a Booking hasta que se da cuenta que dentro del cuarto no hay señal y baja a la recepción desquiciada. Cinco minutos más tarde hace una nueva reserva en un hotel que tiene disponibilidad a partir del lunes. 

Al día siguiente me dice que durmió pésimo. Porque el colchón es incomodísimo, por los ruidos que hicieron los de la despedida, por tener que vestirse para salir a hacer pis en el medio de la noche. Yo prefiero no contestarle y casi sin hablarnos caminamos dos cuadras hasta el Mercado La Boquería a desayunar.

Una hora después nos encontrarnos con Agustín, un amigo de la facultad que vive en Barcelona hace más de cuatro años. Agus es periodista pero acá es profesor de yoga. Vive en un departamento minúsculo, cuatro pisos por escalera, con su novio, Dani, en el Borne, el barrio de moda en Barcelona. 

Es domingo y hay tantos turistas en la Rambla que es imposible hablar y caminar al mismo tiempo. A pesar del atentado ocurrido en esta misma peatonal el 17 de agosto de 2017 donde murieron 16 personas y hubo 131 heridos, la Ciudad Condal recibe alrededor de 10 millones de turistas cada año. 

Esquivando gente llegamos a la Barceloneta y allí mi madre ve el mar Mediterráneo y se olvida del bunker. Con los pies dentro del agua dice que no pensaba que era tan fría y agarra una piedrita que guarda en la cartera. De recuerdo, dice. 

A la tarde recorremos el barrio Gótico, en el centro histórico de la ciudad. Aquí las calles son estrechas: pasillos oscuros y superpoblados bajo un cielo cubierto de ropa secándose sin sol. «Después de Berlín, que todo es tan prolijo con veredas y calles anchísimas, esto es un shock», la escucho decirle a Agustín.

El lunes nos mudamos al nuevo hospedaje y mi madre está contenta. Por el mismo precio, el cuarto del hotel Palermo, a solo dos cuadras del búnker, tiene baño privado y una pequeña terraza donde algunas tardes nos sentamos a comer fuet, jamón crudo y tomar cerveza. 

Mis recuerdos de Barcelona eran solo de noche: tomando latas de cerveza por las calles de Gracia, jalando popper y riendo a carcajadas dentro de un metro; bailando hasta el amanecer en boliches oscuros de música electrónica y pastillas a 2 euros, fumando hachís y comiendo kebabs de bajón. En cambio con mi madre, en Barcelona siempre es de día. A las 11 de la noche ya estamos en el hotel, acostadas.   

Antes de dormir, ella se saca los audífonos y se queda un rato mirando Facebook con su celular. A veces pone play en distintos videos y le pido que se ponga los auriculares porque el sonido es tan alto que no puedo leer. Ella me dice que es un segundo, que ya termina y al rato vuelve a ver otro. Después se duerme. Tiene un sueño profundo. Siempre lo tuvo. Y al contrario que la mayoría de las personas de su edad, no va al médico hace 20 años. Ni cuando tuvo dengue, ni cuando se cayó en la calle y su brazo derecho se puso negro, sin poder movilizarlo por varios meses.   

Nos quedamos solo cuatro días en Barcelona. La mayor parte del tiempo la pasamos dentro de los vestidores de cualquier tienda que ofrezca ropa a menos de 5 euros. No entramos a la Sagrada Familia, no vamos al museo Miró y tampoco recorremos el barrio de Gracia. Nos vamos con las valijas explotadas y sorprendida de ver tantos jóvenes que piden dinero en la calle rodeados de perros. 

 

***

 

Llegamos a Roma a la tarde y nos hospedamos frente a la estación Termini, en un barrio de mayoría africana, dentro de un departamento con cocina compartida y baño privado. A mi madre le encanta el lugar porque puede desayunar con fruta; porque el dormitorio tiene aire acondicionado y una ducha furiosa. Salvo por una mañana, cuando me dice que quiere cortarse el pelo porque está harta de usarlo siempre atado, que es un espanto como lo tiene y que quiere ir ya mismo a una peluquería, noto a mi madre más relajada de cómo suelo verla en Pipa cada vez que voy a visitarla. No se impacienta cuando esperamos por más de 20 minutos el colectivo para ir a cenar al Trastévere, ni cuando vamos como arvejas enlatadas dentro del subte. Parece que nada le da pereza y todo la entusiasma. Y al contrario de lo que imaginaba, mi madre no se cansa nunca. A veces se agita y sube muy despacio las calles en subida pero jamás se detiene.   

Aquí se siente más joven. Quizás porque en Pipa, como todo pueblo turístico, la mayoría de los habitantes son treintañeros que llegan para hacer temporada, en busca de un cambio de vida, surfear o criar a sus hijos lejos de la ciudad. En cambio en Roma vemos mucha gente mayor activa: señoras y señores de más de 60 años que trabajan como cajeros en los supermercados, manejan autobuses o entregan auriculares en los museos. Eso en el nordeste brasilero no sucede y mi madre lo sabe.

Siguiendo las instrucciones anotadas en un papel escrito a mano por mi tía Mariana, quien vivió un tiempo en Roma, hacemos lo mismo que hacen los 40 millones de turistas que visitan cada año la ciudad: vamos a plaza Spagnia, plaza Navona, a la Fontana de Trevi, el Coliseo, Plaza del Popoplo, Villa Borghese, el Panteón, el Vaticano. Mi madre dice que todo es tan viejo que ya no le interesa escuchar cuántos años antes de Cristo se hizo cada edificio o fuente, como nos explica el guía del city tour que hacemos una tarde por la ciudad. Tampoco escucha el audio guía que nos dan en el museo del vaticano y sale indignada al ver tanta ostentación y riqueza acumulada. Sin embargo, no duda en comprarle un rosario con la cara del Papa Francisco a mi abuela, su ex suegra, en la tienda de souvenirs.

En Roma nos quedamos casi una semana y una mañana decidimos ir a un mercado de ropa y objetos usados en el Trastévere donde compramos vestidos, cafeteras y zapatillas por 2 euros. Otra tarde pasamos horas sentadas en una plaza, mirando cómo viste la gente, escuchando el modo de hablar y de gesticular de los italianos, tan parecida a la de los argentinos. A veces vamos al hotel a descansar y volvemos a salir al anochecer, cuando la ciudad se tiñe de amarillo, con una luz tenue y cálida. Aquella hora en la que las trattorías sacan sus mesas, cubiertas con manteles blancos, a la calle y el olor a tilo, tuco y jazmín impregnan al paisaje de un aura romántico y melancólico.

 

***

 

Claudia nos recibe en el aeropuerto de Santorini sosteniendo un cartel con nuestros nombres. Amiga de mi madre hace más de 15 años, está feliz de recibirnos en la isla donde decidió vivir hace casi dos años. Camino a su casa, Claudia nos cuenta que recién hace 15 días pudo empezar a trabajar legalmente. Un año atrás se casó con un griego que le cobró mil euros para darle la ciudadanía pero todo se complicó cuando el hombre calló preso y ella tuvo que contratar un abogado, viajar a Atenas y resolver su situación. En Santorini viven 15 mil personas, en temporada este número se multiplica por 10, y Claudia es una de las 4 argentinas que, según ella, viven permanentemente en la isla. Su monoambiente queda a 6 kilómetros del centro, en Megalochori, un pueblito de casas blancas, quinchos con cabras, terrazas repletas de tomates y albahaca, árboles de pistacho y campos cultivados con parras.   

Esa noche nos quedamos hasta tarde tomando mate. Claudia le pregunta a mi madre si le gustó Europa y ella le dice que sí pero que tampoco le pareció guau. Dice que todo es viejo. Su respuesta me sorprende. Pensaba que le iba contestar que todo le había parecido increíble, que estaba deslumbrada con el primer mundo y sin embargo, no.   

Al día siguiente vamos a la playa que es de arena negra, volcánica, y el mar demasiado frío para nadar. Al lado de las playas de Pipa es como estar en Mar del Plata, a 400 kilómetros de Buenos Aires, pero hace tanto calor que nos acostamos en dos reposeras y nos quedamos a pasar el día.   

En Grecia empezamos a despedirnos. En dos días me iré con mi pareja a recorrer otras islas. Ella, en cambio, se quedará dos semanas más en Santorini antes de emprender su vuelta a Pipa. La noche antes de irme me dice que no sabe qué va a hacer tanto tiempo sola. Claudia trabaja en una agencia de turismo hasta las 11 de la noche y tiene solo un día libre a la semana. Dice que va a descansar pero que ya tiene ganas de volver ver a su perro, sus gatos, estar en su casa.

Cuando los dos nos vamos a Folégandros y Milos mi madre no llora pero veo cómo se le humedecen los ojos. Hace 20 días que estamos juntas y sé que me va a extrañar. Antes de tomarme el barco, la veo irse de espaldas, caminando con esa pequeña joroba incipiente que me recuerda a mi abuela; a su madre. Claudia camina a su lado y la abraza. No las escucho pero estoy segura que en tono chistoso le dice algo para animarla y hacerla reír.   

Durante esos días me escribo con ella por WhatsApp. Un día me cuenta que Claudia le consiguió un paseo de cortesía arriba un crucero privado para ocho personas, que conoció la famosa playa de arena roja, que Santorini está lleno de chinos, que todo es carísimo y que ya no quiere gastar mucho así se vuelve con algo de plata; que fue a caminar por Oia, donde está la caldera y que es divino.

Cuatro días más tarde volvemos al monoambiente de Claudia para recoger el resto de nuestro equipaje y emprender la vuelta a Buenos Aires. Mi madre nos espera con mate, feliz de volver a vernos y nos acompaña a Fira a comprar algunos regalos. Después vemos caer el sol sobre el mar Egeo y nos despedimos, ya de noche, en la terminal de autobús. Ella me abraza fuerte y me dice que me quiere, que fue un placer viajar conmigo. Yo le digo que también la quiero y me voy, prometiéndole ir a visitarla a Pipa el año que viene. Como todos los años. 

Camila Bretón
Camila Bretón

(1982) Nació en Brasil vive en  Argentina hace más de 25 años. Estudió periodismo en TEA, Buenos Aires, y se especializó en Periodismo Cultural  en la Universidad de La Plata. Sus textos han sido publicados en medios de distintos países como Travesías (México), Financial Times (Gran Bretaña), GQ (México), Rolling Stone, Anfibia, La Nación (Argentina). En 2016 ganó el Concurso Periodístico de Microrrelatos, organizado por Editorial 360 Grados (España) y su texto fue incluido en el libro Migraciones, de la misma editorial. Es co-autora de Voltios, editado por Leila Guerriero y publicado por Editorial Planeta (2017).