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VIÑETAS DE VIDA

Solidaridad ilustrada
Fran García

Con la publicación física de Viñetas de vida a cargo de la editorial Astiberri se cierra un círculo que comenzó hace poco más de dos años. Diversos ilustradores españoles fueron desplazados a diferentes partes del planeta para que dieran voz, con sus dibujos, a los proyectos impulsados por OXFAM Intermón. La recopilación de las siete piezas creadas por estos dibujantes sobre otros tantos puntos donde trabaja la ONG alrededor del mundo permite una visión conjunta de las múltiples facetas de la labor desarrollada en estos destinos.

Los proyectos solidarios como este Sí me importa suelen conllevar transformaciones personales para todo aquel que participa en ellos. Los cuadernos de viaje de todos los ilustradores se han salpicado de realidad y han ejercido de crónicas veraces sobre aspectos fundamentales del statu quo de cada país visitado. 

 
 

«En lo que respecta a la elaboración, cuando haces un viaje de este tipo, es imprescindible el filtro del cuaderno. El dibujo aporta un plus al pasar por el filtro de la interpretación que hace el artista de aquello que ve. No se trata de captar la realidad, sino de interiorizarla, analizarla y mostrarla de nuevo como una nueva realidad que refleje lo esencial. Supone volcar la emoción del momento en el papel. Sensaciones en bruto que van directas al cuaderno, sin tiempo para reposarlas, sensaciones dibujadas que luego, cuando las revisitas más adelante, te evocan el momento de una forma muy especial. Además, en el caso de, por ejemplo, el albergue de las niñas de Nidia White, donde no se podían hacer fotografías, el dibujo nos sirvió de mucho, es la imagen que nos trajimos de ellas» nos cuentan Cristina Durán y Miguel A. Giner tras su estancia en los proyectos de Nicaragua.

La implicación de cada uno de los dibujantes tiene en este caso un significado muy claro, palpable. Los lectores de cómic pueden recibir una notable ración de la voz de pueblos que pelean para salir adelante, para mejorar aspectos esenciales en el entramado de relaciones socioeconómicas que les rodean.

Sonia Pulido fue la primera ilustradora enviada en este proyecto y lo que observó en Colombia tuvo que hacerle mella, a tenor de lo plasmado en sus planchas. Su relato «La madeja» abre Viñetas de vida y lo hace con un amplio sentido de la devastación, del horror moral que genera la violencia —imbricada hasta el tuétano en una sociedad hastiada de perder familiares y amigos víctimas de un disparo—. Los números criminales del asesinato planean como un buitre por toda la bella geografía colombiana. Deshacer la madeja, eliminar el avispero y apuntalar las conversaciones de paz entre todos los implicados es un arduo camino repleto de minas.

El gobierno, los paramilitares, las FARC, los narcotraficantes. Demasiada gente armada hasta los dientes, todos con sus propias reglas, con su manera estrambótica de plantear negociaciones, con un fusil en la mano. En su cuaderno de viaje, Sonia escribe: «Estado, gobierno, ejército. Todos culpables». Con un grafismo dominado ex profeso por el rojo —pese a que aparecen de igual forma el amarillo y el azul, los otros dos colores de la bandera colombiana—, Sonia obvia el proyecto por el que se encontraba en Colombia y se dedica a exponer con crudeza el engendro violento que lastra al país.

Desde hace dos años, la guerrilla de las FARC mantiene contactos con el gobierno de Juan Manuel Santos para desatascar las negociaciones. A finales de diciembre de 2014, las FARC comunicaron vía web un alto al fuego indefinido. El documento expresa lo siguiente: «Hemos resuelto declarar un cese unilateral al fuego y a las hostilidades por tiempo indefinido, que debe transformase en armisticio. Para el logro de su pleno éxito, aspiramos contar con la veeduría de Unasur, CELAC, el CICR, y el Frente Amplio por la Paz», las organizaciones que están velando en este largo y muy necesario proceso de paz.

La emancipación de la mujer es un tema transversal en este conjunto de excelentes piezas, siendo «Femmes des fraises», de Álvaro Ortíz e Isabel Cebrián, una visión sobre la mujer marroquí trabajadora del campo.

Con una exultante paleta de tonos pastel, propios del Magreb, los dos autores desgranan la actividad de los douars, poblaciones cuya frágil economía está revitalizándose gracias al cada vez mayor peso de las mujeres. De su falta de información, incluido cierto analfabetismo, se aprovechan desde los pequeños productores con apenas tres hectáreas a los grandes propietarios. La fresa adquiere su valor en esta fase con las trampas propias de la agricultura capitalista. Los mediadores y los comerciantes finales imponen unos precios que obligan a los productores —aquí marroquíes, allá de otra nacionalidades— a exprimir sus hectáreas y a sus jornaleras.

Caravanas informativas, y, lo que es más importante, administrativas, recorren los pueblos de la fresa ofreciendo apoyo a las trabajadoras rurales. Obtener la dignidad propia, recuperarla o reforzarla por medio del vital desarrollo local es una de las misiones primordiales en cualquier territorio donde impera la desigualdad. Y el esfuerzo siempre merece la pena.

«Ondas en el río» es el relato resultante de la experiencia nicaragüense del tándem creativo formado por Cristina Durán y Miguel A. Giner Bou. Auténticos especialistas en narrar temas personales, su sensibilidad era perfecta para mostrar los proyectos de la ONG en estas tierras centroamericanas. La comprimida geografía del país —apunte: se verá gravemente alterada si China construye el canal planeado— permite la visita a tres áreas distintas del mismo, viajando en avioneta, todoterreno y canoa motorizada.

 
 

Los derechos de la mujer se encuentran en el centro de todos los proyectos visitados por ambos. Mujeres rurales, movimientos feministas, redes de jóvenes y periodistas se encargan de detallar los pormenores de estas misiones. La abolición del aborto terapéutico ha obligado a muchas menores a tener hijos no deseados y, además, hacerlo en pésimas condiciones, en las de una absoluta pobreza. Temas escabrosos como la violación de menores suponen un duro trago en la visita. Todos los agentes que operan en la zona se encargan de aliviar la brutal desigualdad entre sexos, «el principal problema de todos», como describen en su crónica.

Una detalle de su trabajo no incluido finalmente en Viñetas de vida hace referencia a «las Hijas del Maíz, una asociación de lesbianas y transexuales que organizaban charlas, conferencias e incluso grupos de teatro para educar a una sociedad muy machista sobre la tolerancia a estas minorías. Lo bueno es que su nombre, Las Hijas del Maíz, viene de que allá se hacen las tortillas con maíz y ellas, siempre con una sonrisa, dicen que son tortilleras», nos cuentan Cristina y Miguel Ángel.

 

La República Dominicana es una isla de paradojas, como bien se encarga de evidenciar la aguda mirada de Miguel Gallardo en su historia, titulada «Aquí vive Dios». El ejemplo más claro son los resorts del «todo incluido» para turistas recién casados, al este de la isla, frente a las zonas más pobres y afectadas por huracanes al oeste.

Con la mirada del antes y el después, Gallardo ofrece la visión realista de los dominicanos, preocupados por sacar adelante a sus familias con interesantes proyectos de microempresa. La propiedad de la tierra, en manos de unos pocos, supone una traba gigantesca para la mayoría de recolectores de las plantaciones de azúcar, lastrados por un pésimo salario que limita sus posibilidades de salir adelante.

Al igual que en otras partes del planeta, una vaca se convierte en una tabla de salvación de las zonas del sur de la isla, más propensa al impacto de los huracanes. La gestión del riesgo de desastres, incluido el de salvaguardar el ganado de cada uno, es una de las tareas de OXFAM en esta parte de la isla.

 

Con guión de Enrique Flores e ilustraciones de Antonia Santolaya, el relato «Yolanda» es un soplo de la vida que pervive en el área de las islas centrales de Filipinas, el lugar donde el tifón que lleva el nombre de esta historia hizo más estragos el 8 de noviembre de 2013, con un total de ocho millones de personas afectadas.

Las primeras planchas en gris reconstruyen todo el desastre que allí se concentró, los rostros anónimos que confluyen alrededor de los lápices y las acuarelas de Santolaya, las personas que conviven con el dolor de haberlo perdido todo. Impresiones de supervivencia que albergan brotes de esperanza. La ayuda en Filipinas se enfoca a la preparación para la llegada de otros tifones, a la creación de construcciones con más seguridad y a minimizar el impacto de desastres futuros, el denominado «reconstruir mejor». La falta de dinero para comprar materiales nuevos —madera, cemento— lastra esa reconstrucción. En un notable paralelismo con el problema dominicano, la tierra filipina se encuentra en manos de unos pocos, como ocurre en la isla de Leyte con la caña de azúcar.

En un entorno marino que puede proporcionar buenas capturas pesqueras, los filipinos tienen que sortear tres problemas graves que impiden la pesca en el país: el hecho de no poder comprar redes nuevas —las viejas fueron destruidas por Yolanda—, la destructiva pesca con dinamita que practican algunos tarados y el cambio climático, que está engullendo islas del Pacífico a buen ritmo.

 

Que la esclavitud no se aboliera oficialmente en Mauritania hasta 1980 no deja de ser un dato escalofriante sobre la economía basada en el crimen. El periodo de colonización francesa no atajó esta infamia y, como acusa Paco Roca en su relato «Mauritania: Un país sin conductor», la esclavitud sigue presente en esta zona del Sahel africano.

Al igual que en buena parte de las historias incluidas en este volumen, Roca se esfuerza de manera didáctica —utilizando esquemas ilustrados— para explicarnos las complejidades del país y las distintas formas de cooperación que se ejecutan sobre el terreno.

«Muchas cosas te sorprenden en un viaje así. En primer lugar, encontrarte a gente viviendo en lugares desérticos totalmente inhóspitos. Conocer personas que apenas tienen nada, casi ni un futuro cierto, y que sin embargo te reciben con los brazos abiertos, con una sonrisa en la cara y te ofrecen lo que tienen» explica el autor. La defensa de la agricultura y la ganadería como medio de subsistencia básico es la principal tarea en Mauritania. La construcción de pozos de agua y su mantenimiento permite el milagro de la vida, el autoabastecimiento y la seguridad alimentaria.

 
 

Sigue explicando el autor valenciano: «Un país desértico y que sin embargo tiene una gran parte de la población que vive de la agricultura y la ganadería. Así que muchos de los proyectos de Oxfam estaban relacionados con la ayuda a estas poblaciones, creando sistemas de regadío, financiación de motobombas, cursos de formación de veterinarios, agricultura, comercialización... Otro de los grandes problemas, al igual que ocurre en muchos otros países en vías de desarrollo, es la discriminación hacia la mujer. Se ayuda a mujeres abandonadas o que no tienen recursos, formándolas y ayudándolas a crear cooperativas.»

La minoría de origen árabe-bereber que domina a la población negra, de origen senegalés, el expolio de los recursos naturales —un clásico en toda África—, la corrupción gubernamental, los refugiados procedentes de Mali (recordemos los enfrentamientos interétnicos para definir el estatus de Azawad, la mitad noroeste de Mali) y el constante trasiego de emigrantes hacia Europa que eligen la vía mauritana, constituyen un marco enrevesado con escasas opciones de resolución.

La República de Burundi fue el objetivo designado para el dibujante David Rubín. El panorama que encontró David en el país impactó en su retina. El regreso de los millones de desplazados por el conflicto de los noventa ha supuesto un caos en este pequeño territorio situado en el área de los Grandes Lagos. Los refugiados han retornado a la «nada absoluta», a unas tierras que ya no son suyas, y solo les queda partir de cero. Sobrevivir una vez más, pero ahora en su propio país.

«Los niños sin espejo» escoge el formato epistolar. El autor le cuenta a su hija, aún por nacer, los motivos por los que vale la pena un último combate, una última resistencia, un grito final para proteger las cosas que lo merecen.

Esa idea funciona, no solo como un mensaje futuro, sino como un recordatorio del presente más actual; la promesa de que las cosas, a veces, cambian para bien. En esa perspectiva, que también puede involucionar, una sola vaca se transforma en el bien activo más valioso de una familia burundesa, al igual que la seguridad social y el trabajo lo pueden ser de una familia española. Porque David apunta hacia los dos lados a la hora de perder o ganar. Todo lo conseguido por las luchas laborales y la llegada del estado del bienestar está en constante peligro. En África o en Europa, el mundo es un campo de trincheras y cada uno puede defender cuantas quiera, porque todas se comunican.

La ayuda a la cooperación en España se ha desplomado con el último gobierno —un 70 % de reducción total—. Todos los ilusionantes proyectos mostrados en Viñetas de vida, así como otros tantos de otras entidades, corren riesgo. «Todos los autores de este cómic saben de primera mano que las políticas de cooperación al desarrollo funcionan y pueden salvar o cambiar vidas. Este proyecto sirve para concienciar personas», dice Zinnia Quirós, coordinadora de esta campaña.

Paco Roca apunta: «Es fácil ver cómo los recortes afectan aquí a la sanidad, a la educación, a los trabajadores... Pero no vemos cómo los recortes afectan a la ayuda al desarrollo. Son personas que no han tenido la suerte de nacer en un país desarrollado, que con lo poco que les llega hacen mucho, pero a los que de momento no podemos dejar de ayudar».

Este libro sale en defensa de todo esto. Algunas ONG advierten de que no es conveniente ligar la cooperación de forma exclusiva a las ayudas estatales a estos organismos, pero España ha pasado de referente mundial, con sus contribuciones económicas, a estar en la cola europea de países que aportan su cuota de PIB.

Como nos comentan Cristina y Miguel Ángel: «Estamos en un mundo global donde todos somos importantes y lo que afecte a otros seres humanos también nos afecta a nosotros. Decía el poeta inglés John Donne: "Nadie es una isla en sí mismo". Tenemos que ser conscientes de las grandes injusticias que existen por culpa de la desigualdad».

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.