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Vivir entre los muertos

El cementerio habitado de El Salvador
William López

Los turistas deseosos de encontrar los puntos relevantes, los lugares «mejores» o más importantes, casi siempre visitan sin dudar monumentos, plazas, calles, museos... Sin embargo, hay rincones que a veces se pasan por alto pero pueden tener igual o más relevancia que las etapas más típicas de un viaje: las necrópolis.

Espacios como el Cementerio Nacional de Arlington (Virginia, Estados Unidos), fundado durante la Guerra Civil estadounidense y hogar de uno de los primeros monumentos al soldado desconocido, de 1921. O el camposanto de La Habana, denominado Cristóbal Colón y declarado Monumento Nacional de Cuba debido al valor arquitectónico de sus panteones. O el Père Lachaise de París, que acoge tumbas de figuras tan ilustres como la del compositor Chopin, la cantante Edith Piaf y el dramaturgo Molière, entre otros.

Sin embargo, lejos de las visitas a estos cementerios donde se alzan los sepulcros de personajes famosos y se contempla el arte de sus enterramientos, existen otros camposantos en los que la tierra de los muertos se convierte en un lugar para vivir. Es el caso de la Ciudad de los Muertos de El Cairo, en donde los mausoleos funcionan también como viviendas, o el del cementerio de Antiguo Cuscatlán, en El Salvador.

 
 

Ya a finales de los años 40 algunas familias se habían establecido en los espacios contiguos al cementerio municipal de Antiguo Cuscatlán. A lo largo de las décadas, primero como resultado de desplazamientos internos por catástrofes naturales o conflictos, y después por arraigo, el vecindario de los vivos ha alcanzado las 300 personas. Ocupando los intersticios del camposanto, sin títulos de propiedad pero con todo el respeto que merecen sus vecinos, los 30.000 difuntos censados en el cementerio. Y sin que les convenza ninguna de las débiles propuestas de reubicación que llegan desde la alcaldía; frente a otras áreas del municipio y a pesar de las dificultades económicas de la gente, afirman habitar en una zona segura y tranquila.

 
 
 
 

De las fotografías de López emerge un relato esencial de lo cotidiano. Un día a día —oficios, luchas, rutinas y preocupaciones— que los habitantes de la comunidad Colinas comparten con muchos otros salvadoreños, aunque sus hogares no estén ligados tan silenciosa y literalmente con el de los que ya se han ido.

 
William López
William López
Fotógrafo. Ha publicado en revistas como TalenPhoto, Cultural 3MIL — Diario Colatino y el periódico digital ElFaro.net. Además, ha sido presidente del colectivo de fotografía de El Salvador ASA en el año 2000 y ha participado en exposiciones colectivas tales como «Diaporama: Cuatro mundos en sol menor» (2012) y «¡Así somos! Costumbres y tradiciones de los salvadoreños» (2011), entre otras.