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WELCOME TO INCALAND

¿Todos los turistas somos zombis?
David Roas

CON LA COLABORACIÓN DE

 

NOTAS SOBRE LA EXISTENCIA DE LOS ZOMBIS

 

1) Su andar cansino; aunque eso también puede justificarse por la altura (yo también camino así).

2) La mayoría de los extranjeros que he visto tienen la mirada desenfocada, los ojos bovinos.

3) La excesiva abundancia de chullos sobre las cabezas de los turistas (no he visto a ningún cusqueño vistiéndolo); no sé por qué, pero es raro; sin olvidar que hace demasiado calor para ponérselo.

4) Su reducida área de movimiento: nunca se alejan de la Plaza de Armas y las calles adyacentes; algo para lo que todavía no se me ocurre una explicación. 

y 5) Todos los zombis son turistas. 

 
 

¿Todos los turistas somos zombis? Yo no lo soy. O todavía no me he enterado. Aunque resulta absurdo que la zombificación sólo afecte a los foráneos. Puede que se trate de un virus endémico de Cusco al cual ya serían inmunes los habitantes de la ciudad. 

Tal vez todo se deba a que la mayoría de turistas no ha respetado las normas de aclimatación: no comer grano, no beber cerveza (que en su origen también es grano), no hacer grandes esfuerzos... De ahí los sabios consejos que me han dado los amables cusqueños con los que he hablado.

En las películas clásicas, los zombis se fabrican mediante una droga. A lo mejor aquí ocurre igual. Pero ¿cómo la habrán inoculado a tanta gente? En el agua no puede ser, pues todo el mundo la bebe embotellada. ¿En la cerveza Cusqueña? Tampoco, puesto que en Lima todo el mundo la bebía y no vi ningún zombi. O eso creo.

Tiene que haber sido en el matecito de coca. Todos los lugareños insisten en que lo bebas, que es el mejor remedio para protegerte del soroche. O para que empiece tu proceso de zombificación (ahora ya no me parecen tan amables los consejos de los cusqueños). Y yo ya me he tomado varias tazas: dos en el hotel y otras dos en el restaurante. Un litro, al menos. ¿Cantidad suficiente para provocar mi transformación? ¿Cuánto tiempo me queda antes de ponerme el chullo?

El cine de serie B se impone de nuevo al sentido común, y sigo desvariando. Es posible que se trate de una confabulación extraterrestre. Otro Plan 9 contra la Tierra. Dicen que Cusco es una de las zonas del mundo con más tránsito de ovnis. Y como en la película de Ed Wood, los invasores utilizarían a los zombis como primera fuerza de choque para dominar el planeta. Aunque, ¿con qué objetivo? ¿Para que les servirán un montón turistas andando de un lado a otro como hormigas adormiladas?

¿Y una invasión de ultracuerpos alienígenas? La invasión silenciosa. El día que llegas a Cusco el virus se introduce en tu cuerpo y la posesión se completa mientras duermes. A la mañana siguiente, bajas a la calle, te compras un chullo y te unes al rebaño que da vueltas y más vueltas por la Plaza de Armas. Todos iguales, pero siendo otros. 

Espero no recordar esto cuando me meta en la cama.

Pero, ¿por qué ocurre únicamente en Cusco y, además, sólo infecta a los turistas?

Ellos tampoco presentan los típicos rasgos de los poseídos por entidades extraterrestres: si bien sus movimientos tienen algo de fríos y mecánicos (como los míos), no muestran la fundamental ausencia de emociones, la despersonalización... «No más amor, no más belleza, no más dolor», dicen los malos en La invasión de los ladrones de cuerpos.

Con la tercera cerveza (no hay efecto negativo, lo que me reafirma en mis tesis conspiratorias) se me ocurre la explicación más sensata para este delirio paranoico: todo responde a una elaborada intriga comercial. Capitalismo zombi. 

Los avispados cusqueños, después de décadas de soportar hordas de turistas, han decidido explotarlos como merecen. En lugar de aguardar en sus tiendas o asaltarlos por la calle, esperando que compren sus mercancías, han optado por la zombificación: la droga que inoculan en el mate de coca anularía la voluntad de los visitantes. Para tenerlos controlados, las tiendas de artesanía y los restaurantes-franquicia (que les hacen sentir como en casa) se diseminan por la Plaza de Armas y calles adyacentes, acotando un perímetro de seguridad, fuera del cual los cusqueños hacen su vida diaria tranquilos, libres de la presencia de molestos turistas. Molestos zombis.

Eso explicaría (sigo avanzando en este laberinto de conjeturas) los múltiples letreros con la «S» que he visto en bares, restaurantes, tiendas y hoteles (espacios para turistas). Letreros que en verdad no señalan esa supuesta «Zona segura en caso de sismos», sino la Zona de Seguridad en la que han encerrado a los zombis. Marcas que sólo los cusqueños iniciados comprenden. 

Aunque se trata de una zombificación transitoria. Porque nadie completa el proceso. Lo sabríamos. Alguien habría dado la voz de alarma en sus países de origen acerca de la presencia de esos monstruos sin voluntad. El matecito de coca (con droga incorporada) debe provocar a los turistas una zombificación parcial, lo justo para que les exploten en el parque temático inca por el que les obligan a moverse. Después regresarán a sus países, el efecto de la droga desaparecerá y volverán a sus vidas normales. Cusco sólo será en sus memorias (gracias a los múltiples souvenirs) un recuerdo feliz de aquellos días de vagabundeo por la antigua capital inca. Un recuerdo que evocarán ignorantes de que un día casi se convirtieron en zombis.

Unas desagradables voces a mi espalda interrumpen el hilo de mi delirio serie B. Unas voces que inmediatamente reconozco: las cuatro cacatúas yanquis. Me vuelvo y la imagen que asalta mis ojos no puede ser más grotesca. Y no porque esta vez todas vistan el mismo chándal, sino porque sobre sus cuatro cabezas veo el inevitable chullo.

La disparatada estampa me convence de que es el momento de tomarme un descanso, de regresar a la solitaria tranquilidad de mi habitación. 

De nuevo en la terraza, con una cerveza en la mano, observo las letras escritas sobre la montaña, a las que la luz del atardecer da un resplandor turbio. Casi no me sorprende que el mensaje que forman ya no sea el mismo que he visto esta mañana. Ahora, como si fuera una visión de un futuro perversamente cercano, se lee:

WELCOME TO INCALAND®

Aunque quizá no pone eso. Quizá me lo estoy inventando. 

Qué más da.

 
 

FRAGMENTO DEL LIBRO

«BIENVENIDOS A INCALAND» DE DAVID ROAS

EDITADO POR PÁGINAS DE ESPUMA

David Roas
David Roas

Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Autor del libro de microrrelatos Los dichos de un necio (1996; reeditado en soporte electrónico en 2010), la novela negra Celuloide sangriento (1996), el volumen de cuentos y microrrelatos Horrores cotidianos (2007) y el libro de crónicas humorísticas Meditaciones de un arponero (2008). En 2010 publicó en Páginas de Espuma el libro de cuentos Distorsiones, y más tarde Bienvenidos a Incaland