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YÉKINI, LE ROI DES ARÈNES

Una novela gráfica sobre la lucha senegalesa
Fran García

YÉKINI, LE ROI DES ARÈNES

Una novela gráfica sobre la lucha senegalesa
Fran García

Estadio Demba Diop de Dakar. Ya está anocheciendo y las luces empiezan a iluminar unas gradas abarrotadas. Nadie del jubiloso público se aburre un ápice, puesto que no dejan de bailar y cantar. Las marimbas retumban con sus ecos por todos los rincones del recinto. Treinta mil personas están a punto de presenciar el combate más relevante del año: dos moles de carne y músculo se disputan el título del Rey de la Arena. Tyson es el actual campeón y Yékini es el joven aspirante. Ambos son dos de los hombres más conocidos de Senegal gracias a la lucha, un fenómeno deportivo y cultural más popular que el mismísimo fútbol.

Como aperitivo a tan significativo evento, otros luchadores, que algún día esperan ocupar el puesto en el combate principal, entretienen al respetable con combates de exhibición. La televisión —RTS— y la prensa —Sunu Lamb, Le Soleil, Walfadjri— se encuentran preparados para cubrir a nivel nacional todo lo que acontezca en la arena. A cada instante que transcurre la expectación va en aumento.

Llegada la hora, los luchadores salen de los vestuarios por la boca principal del estadio y los decibelios aumentan en forma de rugido colectivo. No caminan solos, sus entrenadores y los luchadores de su gimnasio forman un grupo de acólitos desafiantes, como si todos marcharan a participar en una batalla a las órdenes de su general. No es ninguna pose, las comitivas de ambos se nutren de sus campeones. No faltan los dos morabitos de los contendientes su artillería espiritual. La liturgia del combate está repleta de rituales —la denominada «preparación mística»— y los santones cumplen con su trabajo realizando conjuros a pie de campo para proteger a sus luchadores.

Los dos séquitos comen de sus respectivos campeones. La bolsa del ganador triplica a la del perdedor; es un cuantioso premio del que los ayudantes cobran una sustancial tajada. El sustento de todo un año, unos 4.000 euros, les permitirá una vida desahogada en un país con una renta baja. Esa vital circunstancia pecuniaria también se pone en juego dentro de unos minutos.

Tyson, como es habitual, se cubre el cuerpo con una bandera norteamericana, producto de una exacerbada influencia de la cultura yanqui. Aunque cuando se despoja de las barras y estrellas porta, al igual que Yékini, el nguimb, la tradicional tela que cubre la zona de la cintura, la vestimenta oficial de la lucha senegalesa. Amuletos de todo tipo se ajustan a sus brazos y tobillos. El más importante es el gris-gris, su amuleto mágico más preciado y que sujetan con una fina cuerda a la cintura. Los brujos invocan a los espíritus mientras embadurnan a sus protegidos con ungüentos mezclados con ceniza. El combate está a punto de empezar.

Tras el pitido inicial del árbitro, los dos contendientes se acercan como rinocerontes uno al otro pero se frenan justo cuando el choque parece que va a ser brutal. Empieza un momento de tanteo entre ambos. Rozan sus manos de una manera rítmica antes de liarse a mamporros. Los puñetazos son una parte breve del combate. Lo bueno arranca cuando ambos rivales intentan efectuar alguna llave que dé con los huesos del contrario en tierra. Porque esa es la premisa básica de la lucha senegalesa, hacer caer al contrario, precisamente con alguna maniobra que agarre el nguimb. Tras unos minutos de poderoso forcejeo, Yékini derriba a Tyson y se proclama Roi des árenes. Mientras el ganador se apropia orgulloso del recinto del combate, el perdedor baja la cabeza y desaparece del mismo con todo su grupo. El gran combate ha finalizado. Yékini participa en el último acto de la noche cuando le otorgan el bastón de ganador y la corona de rey.

Este enfrentamiento del año 2006 es el punto de partida de la novela gráfica Yékini. Le roi des àrenes. La pelea que encumbró a Yékini, uno de los más grandes luchadores senegaleses de todos los tiempos, el que más años ha ostentado el título supremo en su país, el hombre sencillo que se transformó en mito.

Aunque la profesionalización de la lucha senegalesa se asentó de manera firme en la década de los noventa, su verdadero sabor tradicional pervive en los poblados. Tras la temporada de lluvias, los luchadores de las distintas aldeas se enfrentan entre sí en unos combates llamados mbaapat. Los luchadores —mburr— aportan al juego todo tipo de bienes en disputa: semillas de cereales, ganado, cerámica y, como le ocurrió al joven Yékini en su primera victoria —que demostró su temprana capacidad para tumbar rivales— unos sacos de cemento.

 

Pero el origen de la «lucha» (lamb en la lengua wólof, etnia mayoritaria de Senegal) no es económico. Desde hace siglos, los jóvenes de las tribus de las zonas de Sine-Soloum y Casamance utilizan los combates para destacar entre las mujeres que cortejan o advertir a los contrarios de los poblados vecinos de su fortaleza. Los ganadores disfrutan de los honores y privilegios de campeón en sus respectivas aldeas. Eso sí, llegada la época de labranza, como todos los demás miembros, proceden a ocuparse de las labores agrícolas.

Los combates tradicionales escapan de los focos de los estadios y, sobre todo, de los codiciosos promotores. Al igual que pasa en Occidente con el boxeo, los promotores senegaleses son los verdaderos amos de la lucha. Negocian con las televisiones y tienden sus redes sobre todos los aspectos que rodean a este deporte. Una vez aúpan a uno de sus combatientes al podio intentan no exponerlo demasiado para obtener un mayor rédito de su figura en el menor número de combates posible. Si los campeones cambian de cara muy a menudo, no les da tiempo a producir dinero del márketing de cada uno de ellos. Los poderosos patrocinadores, que otorgan los premios monetarios  principales, también contribuyen a ello. Este es el motivo principal de que algunos de los aspirantes se eternicen en peleas secundarias antes de dar el salto definitivo para enfrentarse a los grandes de las arenas.

La lucha senegalesa aúna aspectos del sumo japonés, la modalidad clásica grecorromana y el boxeo, ya que se permite golpear al contrario. Algo prohibido cuando las competiciones internacionales enfrentan a luchadores de África Occidental, habitualmente gambianos y senegaleses. Tienen un tiempo limitado de 45 minutos con tres tiempos de descanso, pero es inusual que en este tiempo un contrincante no acabe con sus posaderas en el suelo. Tres árbitros se encargan de velar por el respeto a las reglas del combate y, como ocurre en otros muchos deportes, algunas de sus decisiones causan polémicas.

 

Yékini. Le roi des arènes (Éditions FLBLB) es una novela gráfica extensa —380 páginas— que recoge la fiebre nacional por la lucha senegalesa. Lisa Lugrin y Clément Xavier construyen una ficción documental sobre tres de los grandes luchadores: Tyson, Balla Gaye 2 y, por supuesto, el personaje central, encarnado en Yékini. Estos reyes de la arena son el punto de partida para desgranar este deporte y realizar un trabajo sociológico, económico y político del entorno de la lucha senegalesa. De hecho, los autores contextualizan históricamente elementos políticos, como las elecciones presidenciales de 2012 o las revueltas independentistas del pueblo diola, minoritario en el país pero dominante en la región sureña de Casamance.

 

Los tres luchadores son de idiosincrasias muy dispares. La naturaleza de Yékini, hijo de pescador, es la de una persona independiente, solo unida a los lazos tradicionales y al respeto por su propia etnia, los sereres. Contrario a plegarse a toda la farándula, huidizo ante el circo mediático que circunda a la lucha, su condición humilde lo aleja de los tejemanejes de Dakar. Todo lo contrario que Tyson, el luchador que impulsó, junto a los medios de comunicación y promotores, la profesionalización de la lucha, la obtención de pingües beneficios para el luchador, la utilización del márketing y la consecución de dinero vía publicidad. Por su parte, Balla Gaye 2 es bocazas, orgulloso y pendenciero, proveniente de una estirpe de luchadores. No aparece en el libro un cuarto campeón coetáneo a estos, Bombardier (también conocido como B52), un luchador cuya personalidad es similar a la de Balla Gaye 2 y por tanto no sumaba ninguna prestación argumental.

Su cuidadoso guión está repleto de elipsis y cambios de personaje. Contribuyen a esta trama tan bien urdida los conocimientos antropológicos y cinematográficos de Lisa Lugrin. Ayudados por una beca del Instituto Francés en Dakar, Lisa y Clément, alumnos aventajados de la Escuela de bande dessinèe de Angulema, trabajaron durante el año 2010 —se cumplía el 50º aniversario de la independencia del país— y se empaparon de la lucha senegalesa para este trabajo semi-documental. La novela gráfica está acompañada de numerosas fotografías, la mayoría realizadas por ellos mismos; imágenes que, en la mayoría de casos, sirven para finiquitar cada uno de sus episodios. Asimismo, incluyen fotomontajes ficticios de tabloides que apuntalan su narrativa. También rompen con el blanco y negro de la obra para ofrecer una historia paralela de acción surrealista en 17 páginas a todo color.

La lucha senegalesa ha trascendido desde la tradición a una modernización indisoluble con su propio folklore Yékini. Le roi des àrenes analiza todo el contexto derivado de un deporte tan imbricado en la sociedad senegalesa y plasmado por los autores con el perfecto sincretismo entre realidad y ficción. La unión que alimenta las leyendas.

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.