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ESAS MUJERES

Llamadas salvajes
Virginia Mendoza

La inglesa Rosita Forbes vendió su anillo de boda, se subió a un barco, luego a un caballo y llegó a Sudáfrica. Dejó atrás a un coronel que, según ella dijo, la hizo desgraciada durante 3 años y con el que realizó sus primeros viajes a China, India y Australia. Tenía 27 años cuando empezó una vida de inagotables anécdotas, siempre en movimiento. Aunque la detuvieron y tuvo que volver a Francia, donde se dedicó a conducir una ambulancia durante la Primera Guerra Mundial, pronto encontró la manera de volver a partir. Y ya no pudo quedarse quieta. 

Durante todos sus viajes, Forbes conoció a mujeres por las que mostró un especial interés. Con el paso del tiempo, muchas de ellas fueron aflorando en sus recuerdos y protagonizaron en libro Esas mujeres llamadas salvajes (Almuzara), donde la exploradora inglesa narra sus encuentros con las que más le impactaron en todo el mundo.

Durante sus viajes, Forbes se metió en todo tipo de líos. Unas veces la libró la sal; otras, la mermelada que llevaba. Drogar a los sirvientes también fue su salvación. Su manera de recordarlo y escribirlo con toda probabilidad se aleje del sentimiento real en situaciones en las que peligró su vida. Provocan risa. «Pero no fueron nuestras armas lo que nos salvó aquella noche. Teníamos sal, y a los tratantes de esclavos les quedaba poca. A cambio del cargamento de dos porteadores, acordaron dejarnos viajar con ellos durante las cuarenta y ocho horas que quedaban hasta Gondar, donde su ruta se desviaba hacia el este», escribió. 

De Jof, concretamente, Forbes salió con «el sentimiento de haber estado en el mundo al revés». Allí escuchó comentarios de mujeres que justificaban el maltrato. «Entonces, ¿cómo puede ella dar u obtener placer?», le preguntó una de las mujeres que había conocido y que la llevaron al recuerdo de otro de sus viajes, en Lincolnshire, donde escuchó a una mujer lamentarse porque su marido ya no le pegaba: creía que había dejado de amarla. Ese día, además, le manifestaron las dudas sobre una eventual libertad para los esclavos: «¿Qué iban a hacer si eran libres?». Aunque no pudo comprender ese temor, pronto supo que, en Abisinia, salir de la esclavitud no era una panacea para las mujeres, que se veían forzadas a mendigar y a prostituirse. 

En Rusia escuchó otras reacciones que le provocaron el mismo desconcierto pero a las que siempre se acercó desde la empatía y el respeto. Allí conoció a una joven dispuesta a dar la vida por Rusia o por la revolución, «o por ambas a la vez». ¿Sus razones? «Porque el Soviet la había sacado de la miseria para llevarla desde un montón de mierda a su situación actual como propietaria de la cuarta parte de una habitación, dos tercios de una cama, una chaqueta de cuero que compartía con otra estudiante, treinta rublos al mes para comida mientras estuviera en la universidad y el sentimiento de que, en su país, ella era tan buena como cualquier persona». 

Esas mujeres llamadas salvajes no es un libro para mujeres ni un alegato feminista, sino una serie de recuerdos de un viaje por todo el mundo en el que las mujeres que aparecen por el camino se convierten en protagonistas. Un viaje, pero muchos: casi toda una vida en movimiento. Son mujeres que hacen la revolución, que curan y que cuidan; mujeres con algún tipo de poder, a menudo, sobrenatural. Algunas de ellas aparecen y reaparecen en distintos lugares del mundo, gracias a esa propensión de la autora hacia las casualidades. 

En los recuerdos que describe Rosita Forbes destacan los encuentros y reencuentros casuales, así como su capacidad para recordar cualquier rostro con el que pudiera haber coincidido décadas antes. En Azerbaiyán conoció a una mujer y pronto supo que, aunque su historia no encajaba al completo con la que había conocido, ese rostro lo había visto en España un año antes, mientras hojeaba un periódico. Otras protagonistas del libro regresan de sus recuerdos o reaparecen con el tiempo en distintos lugares del mundo. 

Una de esas coincidencias la protagoniza Alexandra David-Néel, a quien Forbes, que se relacionó con los personajes más conocidos (los más fascinantes y también más sombríos de su época), describió como «la persona, viva, más extraordinaria del mundo». Cuando Forbes supo de una mujer que pasaba meses enteros meditando, en silencio, encontró la manera de llevarle comida y té. No obstante, la meditación entonces le parecía «no muy distinta de la demencia». Lo que más le sorprendió de Néel fue que no llegara a identificarse con el personaje que había asumido, como sí le ocurrió a ella cuando pasó una temporada vestida de árabe y dejó de pensar como inglesa. Aquella vez, en 1921, logró convertirse en la primera mujer extranjera en visitar el Kufra Oasis. Gracias a esta identificación, combatió su mayor temor cada vez que fingía ser otra persona para visitar lugares en los que no debería haber estado: que la reconocieran. 

La capacidad de Forbes para describir sin contar, para forzar la imaginación de quien lee, aparece de manera tan magistral que es fácil visualizarse a miles de kilómetros sin sentir la carga de una prosa enrevesada. Porque no lo es. Su escritura fluye, atrapa y arrastra. Y a veces hace reír. Su forma de ver cómo algunas mujeres pueden sujetarse apoyadas contra el viento o cómo la selva gasta bromas con la ayuda de sus iracundas hojas de palma dan fe de todo ello. 

Forbes conoció revolucionarias en Rusia y en China, esclavas en Abisinia, anacoretas en el Tíbet, cantantes en Francia, espías en Turquía, hijas de las llamas en la Guayana holandesa y hasta mujeres que por las noches se transformaban en animales en América Central. Estas últimas creían que en cada ser humano habita un animal tótem que está prohibido matar. Llevaban dentro de sí un animal que, al igual que las palabras con las que las hijas de las llamas amansaban el fuego, salía con la luna llena. Un animal salvaje. Salvaje, diría Forbes, «porque tiene miedo». 

 

Imagen de cabecera, detalle de la portada Esas mujeres llamadas salvajes (Almuzara, 2014)

 
 

ESAS MUJERES LLAMADAS SALVAJES

ROSITA FORBES

ALMUZARA, 2014

Virginia Mendoza
Virginia Mendoza

Periodista y antropóloga. Autora de los libros Quién te cerrará los ojos. Historias de arraigo y soledad en la España rural (Libros del K.O.) y Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada. Ha vivido en Armenia, desde donde ha publicado crónicas y reportajes en Jot Down, Pikara Magazine, FronteraD y Altaïr Magazine. Escribe habitualmente para Yorokobu, Ling y Verne, entre otros.