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EL ABC DE...

Un viaje por Uganda (II)
Pere Ortín
Jordi Brescó

Esta es la semana de Uganda en Altaïr Magazine. Durante los próximos días dedicaremos cuatro crónicas de viaje a recorrer la «perla verde» de África, uno de los países más atractivos y diversos del continente. 

¡Sigue el viaje aquí!

En días de carretera como hoy, el viaje es un deporte muy dado a la reflexión como la papiroflexia, el bricolaje y la jardinería.

Recorremos el oeste de Uganda entre plantaciones de caña de azúcar, maíz, matoke (banano) y té. El 80% de la población del país vive en zonas rurales como éstas, muy pobladas, llenas de gente, repletas de vida. Uganda es país fértil, y no sólo por lo que respecta a la producción agrícola: tiene una tasa anual de incremento poblacional del 3,1 %, una de las más altas del mundo. A pesar de que son las mujeres a las que se ve trabajar más, los hijos varones son muy valorados en las familias ya que, según dice la tradición, suponen una especie de protección familiar de cara al futuro, algo así como una seguridad social avant la lettre que garantizará el cuidado de los ancianos en tiempos venideros. 

Después de unas decenas de kilómetros saltando entre los baches de estas carreteras rojizas, en la adormecida localidad de Bulima, vuelve el asfalto.

 

Los chinos trabajan rápido.

 

Las carreteras mejoran a buen ritmo en este país y se nota. Como conductor, Godfrey tiene muy claro quiénes son sus mejores aliados. Unos kilómetros más allá, en la muy animada ciudad de Hoima, reaparecen los camiones y vuelve el ajetreo, el movimiento comercial.

 

—Mucha gente ha venido por aquí a buscar trabajo: han descubierto petróleo en esta zona

 

Godfrey me subraya y traduce así muchas de las imágenes que vemos a nuestro paso. Yo pienso en que no llegue a esta parte de Uganda la «maldición del petróleo», esa patología económica del capitalismo global que, desde el saqueo de los recursos y a partir de la desigualdad en el reparto de las riquezas que produce la tierra, destruye zonas parecidas de otros lugares que conozco en África como Angola y Guinea Ecuatorial.

Seguimos en el camino a Fort Portral y en la ruta cruzamos pueblos como Kabwoya o Pachwa. Allí, unos niños caminan en ordenada formación por el arcén. Van vestidos con un uniforme escolar luminoso que combina pantalones cortos azul navy, y camisa de color rosa chicle marcada por un atractivo cuello color amarillo limón. Los niños, que parecen preparados para una pasarela cool super fashion, gritan

 
—Mzungu («blanco» en swahili)
 

Viéndolos tan elegantes y guapos, tan bien conjuntados y felices cantando en dirección a la escuela, camino hacia el saber, me veo reflejado en esa palabra que repiten a coro Mzungu, pero en todos sus sinónimos: descolorido, mustio, lechoso, apagado… blanco, occidental.

 
 

En el Centre View Hotel de la ciudad de Kagadi, y después de que una policía malcarada nos pare en un control de la carretera y nos obligue a borrar unas fotos que hemos tomado, comemos la piel y unos sabrosos huesos de un supuesto pollo frito que ya estuvo famélico en vida. Con unas gotas de picante de chile habanero, un poco de arroz blanco hervido y un sabroso engrudo verdoso hecho con la carne de banano, matoke, los huesos del pobre pollo saben deliciosos. 

Tras darle una alegría al estómago y apurar otra cerveza Club, no tan gustosa como la Nile aunque su etiqueta con la cabeza de una gacela sea mucho más atractiva, todo el mundo se queda paralizado viendo la televisión al principio de la tarde. Las camareras del local, también. Me acerco a curiosear unos minutos y veo que se trata de un sencillo culebrón televisivo que tiene las mismas características de todos los culebrones televisivos que a esta misma hora del día paralizan países enteros por medio mundo. 

Unos kilómetros más allá, en la zona rural cercana a Katoke, unos niños salen de sus humildes casas a pie de carretera y, por grupos, piden limosna desde la cuneta a los coches que pasan. Gimme some money. Gritan al unísono. No es la imagen más agradable de recordar en un viaje como éste, pero es tan real y necesaria de explicar como describir los inmensos campos de té que colonizan las laderas cercanas de las montañas del Ruwenzori, esas «montañas de la luna» que nombraron los primeros occidentales que pasearon sus bigotes por esta parte de África. 

Abstain, Be faithful, or use a Condom (Abstente, sé fiel o usa condónABC es el lema de una conocida campaña de salud pública en Uganda de la que aún se ven carteles en este centro médico público de Kasenda.

A pesar del trajín, los dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… pacientes de la sala de espera del consultorio me devuelven, serios y casi todos a una, mi educado Good Morning.

En el pasillo un adhesivo colorista pegado en una caja de metacrilato repleta de preservativos me llama la atención. Me conmina a unirme a la campaña ABC: Pick up some! (¡Coge unos cuantos!), me dice). No lo hago. Continúo mi camino al interior del centro médico que, como todos, tiene las paredes dominadas por ese desagradable color de hospital: blanco leche. 

Toc, Toc. Llamo a la puerta del Doctor Robert Tumusiime. No tengo cita, pero me auto invito a entrar con una sonrisa cordial. El doctor me recibe amable. Encajamos nuestras manos. Está sorprendido.

 

—Soy periodista...

 

...Más sorprendido aún, me invita, educado, a sentarme a su lado. Me explica que tiene que pasar consulta, atender a sus pacientes, y con un leve gesto, sin palabras, me hace entender que charlaremos cuando acabe su trabajo.

Kasenda es una pequeña comunidad rural situada al oeste de Uganda, en la frontera del Congo, en las faldas del Rwenzori. Es una zona fresca y fértil, al lado del Parque Nacional del bosque de Kibale y no muy lejos de la localidad de Fort Portal. En la zona, muy alejada aún del desarrollo económico que se puede contemplar en otras partes urbanas de Uganda, sus habitantes se dedican a la agricultura y la ganadería de subsistencia, por llamarla de algún modo. 

De camino hasta este centro médico he visto abundantes plantaciones de matoke (banano); muchos y pequeños huertos con  con verduras y tubérculos locales; también algunas fincas de té al borde del camino, y otras plantaciones de esos arbustos chaparros decorados en esta época con semillas de bolitas rojas y que llamamos café. Aquí lo cultivan en dos de sus variedades, Robusta y Arábica.

 
 

Los pacientes entran y salen. Mayores, algunos; y jóvenes, muchos. Más hombres. Menos mujeres. Casi todos enjutos, muy delgados, con alargadas sombras debajo de los ojos. Aparte de una maternidad, no recuerdo a casi nadie que acuda feliz y dichoso a un hospital; y a uno como éste menos aún. 

Los pacientes hablan con el doctor Tumusiime, casi telegráficamente, con muy pocas palabras, casi ningún gesto. Recogen, serios, unas pastillas que entrega Benjamin, el enfermero que trabaja con el doctor, en bolsitas preparadas con sus nombres. El doctor Tumusiime toma notas, más bien pocas, en unos expedientes médicos que tienen aspecto (y son según pone en la portada) «cuadernos de ejercicios escolares». Otros pacientes se llevan unos botecitos de plástico que, según me dirán luego, son  «retrovirales». El Dr. Tumusiime los entrega diligente, serio, pero amable con sus pacientes. 

 

—No tenemos muestras epidemiológicas, pero calculo que entre mis pacientes de esta zona, más del 40% tiene VIH...

 

Ante mi cara de incredulidad y como para tranquilizarme me asegura...

 

—No son cifras exactas…

 

Mientras escucho atento su explicación más detallada, reviso uno de los botes de medicinas «Made in India» que están sobre la mesa de su consulta. Pienso en cuanto son «más del 40 %» de los 12 484 habitantes que, según el último censo oficial del gobierno de Uganda hecho en 2014, habitan esta zona. No soy bueno en matemáticas…

 

—Nunca podremos saber el alcance del VIH porque muchos enfermos no quieren venir a la consulta. No se fían de la medicina convencional y aún prefieren ir a sus curanderos tradicionales. Es un problema muy complejo de encarar. 

 

Como para rebajar la intensidad de la conversación, el doctor me pregunta por mi viaje, por mi familia, por lo que hago… Yo intento volver lo más pronto que puedo a hablar sobre su trabajo y me sorprende una de sus reflexiones: a pesar de todo, es muy optimista.

 

—Todo ha empezado a ir mejor con las campañas educativas y desde que la gente empezó, poco a poco, a dejar de creer que el VIH es una maldición. Hemos conseguido hacerles ver que se trata de una enfermedad, y que, aunque aún no se puede curar, sí la podemos tratar y mejorar un poco sus vidas.

 
 

El doctor Tumusiime confirma mis lecturas preparatorias del viaje: más allá de las cuestiones de salud habituales en esta parte del mundo (infecciones, diarreas), de los graves índices de mortalidad infantil, y de los problemas derivados del paludismo, los mayores problemas de salud en Uganda vienen definidos por los acrónimos ETS y VIH.

Nuestra conversación evoluciona y ahora me intereso yo por su vida. Es joven, 32 años, de baja estatura, pero fuerte y me demuestra que le sobra determinación y amor por su trabajo: lleva dos años destinado en esta zona y se levanta cada día a las cinco de la mañana para recorrer 32 km de ida (otros tantos de vuelta) en Boda Boda (moto-taxi) y llegar aquí, a su clínica, y atender a sus «alrededor de 8.000» pacientes. Reconoce que el trabajo es «difícil». Yo, aún a riesgo de interpretarlo de manera errónea, de hacer de antropólogo de tercera división o sociólogo de muy bajo perfil (o sea, hacer de periodista), veo en su cara algo que me indica que, si pudiera ser del todo sincero, me diría: «estoy desbordado por la dimensión y las necesidades del trabajo en una zona como ésta».

Uganda es un país homófobo que persigue «por ley» las relaciones entre personas del mismo sexo. La única norma pública aceptada es la monogamia heterosexual, pero es muy común que los hombres tengan relaciones con diversas mujeres al tiempo. «Side Dish» («guarnición») me dicen que lo llaman aquí con un marcado acento heteropatriarcal, pero cuando pregunto por ello nadie quiere darme muchos detalles.

Este tipo de comportamientos habituales ha construido un complejo entramado de relaciones e intercambios sexuales que, como efecto colateral muy destacable, ha comportado una gran extensión del virus VIH en los últimos decenios en Uganda. Aunque los datos oficiales aseguran que la prevalencia del VIH se ha reducido, su incidencia (el número de nuevos casos) sigue en aumento, como me cuenta el doctor Robert Tumusiime.

La conversación ha sido animada, dura ya más de una hora. Parece que el doctor se encuentra a gusto y, al final, me comunica su interés por intercambiar nuestros teléfonos y comunicar por WhatsApp. Escribo su nombre en mi teléfono. Pongo el prefijo telefónico de Uganda (256) y su número: 7739860… y dos dígitos más. ¡Chas! Pura magia digital. Aparece su foto como mi nuevo contacto en el WhatsApp. Nos reímos y Benjamin, el enfermero, hace unas fotos antes de despedirnos. 

Salgo de la consulta. Los rostros de los pacientes son diferentes, pero como los de antes siguen con cara de esperar lo inesperado: ¿será la costumbre? Yo recuerdo que el doctor me ha comentado hace un rato que había escogido un «buen día» para visitarlo. Hoy tenía medicinas. En otras ocasiones sólo puede prescribir a sus pacientes un tipo de antibiótico innovador fabricado con dos importantes principios activos: consuelo y ánimo.

La línea que marca el Ecuador es siempre una parada obligada en cualquier viaje. Es un lugar ideal para hacerse una foto y, en mi caso, siempre me hace pensar en que, a pesar de la apariencia: 1) La Tierra no es esférica, sino que está achatada por los polos y se ensancha justo aquí, durante esta línea que tiene cuarenta mil kilómetros. 2) Nuestro planeta se mueve a toda velocidad, a 30 km./s alrededor de este sol que hoy cae a plomo. Disquisiciones aparte, dicen que aquí en el Ecuador se siente uno más ligero ya que la gravedad es menor. Nunca me ha sucedido, hoy tampoco, pero en todo caso, parece una buena excusa para celebrarlo con una cerveza Nile ya que hemos superado ya la frontera que marca el mediodía.

Al entrar al Queen Elisabeth National Park y después de comer algo en el pabellón que se construyó para la visita en 1959 de la reina de Inglaterra que da nombre al parque, circulamos por la Kasenyi Track en dirección al Lake George. El paisaje es abierto y llano, y te obliga a abrir muy bien y mucho los ojos. No me resulta tan espectacular —por lo que respecta a la fauna—  como Murchison, pero merece la pena visitarlo. Sobre todo por una curiosidad zoológica de esas que ofrece el universo de la fauna salvaje: The tree climbing lions (Los leones trepadores).

No es extraño que algunos grandes gatos salvajes, como los leopardos, se encaramen a los árboles, pero sí que es muy raro que los leones lo hagan. Que se sepa sólo existen dos poblaciones de leones en todo el continente que suban a los árboles como comportamiento habitual. Una de esas poblaciones se encuentra en el Parque Nacional del lago Manyara, al sur de Tanzania. La otra, aquí en Ishasha, al sur de este parque nacional, en la frontera situado entre Uganda y la R.D. del Congo.

Jimmy Kisembo es uno de los rangers del parque que está especializado en el seguimiento de los leones trepadores. Trabajó también con chimpancés y participó en la filmación del documental de la BBC rodado en Uganda The chimps of the lost gorge. Ahora convive todos los días con leones trepadores y lo sabe casi todo de estos curiosos gatos escaladores. 

 

—Suben a los árboles para poder observar mejor largas distancias en el territorio de la sabana abierta. Así tienen más posibilidades de localizar a sus presas y cazarlas.

 

Gracias a las indicaciones de Jimmy y al buen ojo de Godfrey, al final, ya durante la tarde, conseguimos ver a tres de los 38 leones trepadores que viven en este parque nacional. 

 

—Sólo sobreviven los leones más fuertes. Es un territorio pequeño que no puede albergar más leones de los que ya viven aquí. Muchos son expulsados por sus propios grupos familiares o muertos por sus congéneres. 

 

Es la ley de… la sabana. Si parpadeas o no puedes aguantar, mueres. Así son las cosas en la naturaleza real. Las tres leonas jóvenes que veo ahí arriba de ese árbol han conseguido sobrevivir. Ahora descansan a la sombra. Reposan entre las grandes ramas de una imponente higuera crecida en medio del verde de la sabana de Ishasha.

Al acabar la conversación, reímos con Jimmy mientras comentamos el comportamiento perezoso de los leones. A pesar de su gran protagonismo en esos documentales con los que durante años durmió la siesta media España, los leones son criaturas más bien aburridas que se dedican, casi a todas las horas del día, a descansar y dormir. 

¿Quién los podría culpar con este calor?

Yo no.

 
 

Un trailer accidentado es la única incidencia destacable de hoy en una ruta que tuvo fama de ser una de las carreteras más difíciles del mundo no hace tantos años: Ishasha Road. Define la complicada frontera entre Uganda y la R.D. del Congo y hoy está tranquila, aunque nadie olvida aquí las no tan lejanas, ahora poco habituales, incursiones de las guerrillas y la violencia de los kadogos (niños soldados). Fueron una parte de los muchos problemas derivados de la dolorosa e inacabable guerra en el vecino Congo. Ahora, en apariencia, lo más peligroso que vemos son los negros nubarrones que dominan las cumbres de los volcanes Virunga del Congo que amenazan con descargarnos un manto de agua en la cabeza.

Huyendo de la lluvia, llegamos al campamento en la orilla del río Ishasha, un humilde curso de agua color chocolate que resalta más gracias al cielo azul de la tarde y al verde del bosque. Allí, al otro lado, a sólo diez metros de agua, es otro país: Congo.

A pesar de los escandalosos ronquidos de los hipopótamos que viven en el río, me puede el cansancio de todos estos días. El fuego crepita y en un lugar así me dejo llevar por esos pensamientos extraños que huelen a humo: nuestra contradictoria existencia, destinada a un final siempre infeliz son solo detalles, anécdotas, relaciones, encuentros y conversaciones con los que intentamos componer con una lógica sólida. En mi tienda, antes de roncar como los hipopótamos, repaso las notas de una conversación, uno de esos encuentros fugaces que construyen la vida, que tuve hace un par de días…

 

—¿Por qué hace fotos de las aulas?

 

La valla estaba abierta y entré. Me parecía que no había nadie… pero es sólo una ilusión óptica: aquí siempre hay alguien mirando. Un señor alto, fibroso, ha aparecido de repente y de entre las sombras de una estancia contigua al oír mis pasos arrastrados entre los pupitres vacíos.

 

—Soy Joseph Kabwegyere, Director Educativo de la escuela… (pausa)  El Principal de esta escuela de Busingye. 

—Encantado… Un placer. Soy... (ustedes ya saben el resto). 

 

Dice que me ha visto grabar unas notas de voz en mi teléfono dizque «inteligente». Ya me preparo la disculpa obligada por mi mala educación y la falta de respeto contra el tópico discurso de funcionario africano que busca demostrarme su gran responsabilidad y al que no le vendría mal alguna «ayuda». Nada de eso. Siento decepcionarles estimados lectores: todo lo contrario.

 

— Las aulas vacías dan pena, ¿no le parece? Es el absentismo escolar. Los niños que trabajan en el campo o cuidando del ganado de sus familias no vienen a escuela. Tienen que colaborar en la casa. ¿Ya sabe?

—No sé, pero me imagino…

—La escuela no es una prioridad para muchos padres de por aquí. Los niños, cuando tienen algo que hacer, no vienen a clase…

 

El profesor Kabwegyere tiene un discurso muy bien argumentado y muy comprensivo con la realidad socioeconómica y vital de sus vecinos. Paseamos cerca de la puerta de la escuela y vemos pasar un niño que debe tener unos 10 años. El profesor lo para y le habla en una lengua local que, evidentemente, no puedo entender. El niño, sumiso, escucha con la cabeza gacha. Al cabo de poco más de un minuto el niño se marcha arreando una mini reata de cinco cebús de cuernos alargados, grandes, desproporcionados.

 

—¿Qué le ha dicho?

Le he preguntado que ¿por qué no había venido a la escuela hoy?

—Y…

— Me ha dicho que tenía que llevar el ganado a pastar a otra zona. Y que luego iba a ir con su madre al huerto.

¿Supervivencia? Le digo, haciéndome el economista. El profesor Kabwegyere asiente comprensivo, resignado.

 
 

Caminamos y pienso, sin hablar, en las estadísticas oficiales de Uganda: el 50% de la población del país tiene menos de 15 años, ¿cuántos de esos millones de niños y jóvenes habrán ido hoy a la escuela?. El profesor interrumpe mis digresiones.

 

—Tenemos muchos alumnos en clase, demasiados… Nos vemos obligados a mezclar alumnos de diversas edades y conocimientos diferentes. Eso no es bueno ni para los niños, ni para los profesores.

He visto ahora en sus clases que el método de aprendizaje aquí es el «repite conmigo»… Los niños se deben aburrir mucho, ¿no?

No. Es lo que hacemos en todas las escuelas rurales… No tenemos ni medios, ni posibilidades de hacer nada más. Ya ve que no tenemos libros, ni material escolar o para los profesores.

—¿Cuánto cobran ustedes?

 

(Risas)…Godfrey, que está cerca de nosotros, me mira tras la pregunta con esa típica cara de «¿por qué eres tan maleducado?»…

 

—¿Le molesta que le pregunte eso…?

—No, pero no me gusta hablar de dinero con un extranjero como usted.

—Pues no hablemos de eso…

 

Según avanza nuestra conversación, el profesor Kabwegyereme me demuestra gran capacidad analítica, y su profunda dignidad de profesor rural inteligente y bien dotado para reflexionar sobre los problemas de sus alumnos.

La educación primaria y secundaria es libre y gratuita en Uganda. Según los datos oficiales del gobierno y en los últimos años (desde 2014) se ha incrementado el presupuesto público de educación. 

 

—¿Tienen presupuesto suficiente? Pregunto.

—No. Como puede ver...

 

Hay respuestas que hacen que las preguntas parezcan (y sean) estúpidas. Acababa de suceder. En un ataque de inevitable honestidad ante el aspecto de la pizarra que tenemos delante, las características de los pupitres vacíos, y el aspecto de las paredes de la escuela, el profesor Kabwegyere eleva la solemnidad de su tono como para hacerme entender mejor:

 

—Nos queda un largo camino por recorrer. No será fácil. 

 
 

Para evitar hundirme en un ridículo aún mayor, comparto media sonrisa cómplice al hilo de su reflexión mientras caminamos por el patio de la escuela en dirección a la salida, un campo de fútbol. Bajo un grafitti gigante del continente africano, me despido de Joseph Kabwegyere y entro en la cancha de fútbol que está al lado del colegio. Hace ya un buen rato que un niño pequeño nos observa, desde lejos y recostado en la única portería que hay en la zona del campo que hace cuesta abajo. Me acerco y el niño sonríe. Al llegar hasta él le ofrezco mi mano en forma de saludo:

 

— How are you?

—Jau al u? Repite a su manera

 

Sonrío.

Sonríe.

El universo se ilumina. Pienso que, malgré tout, África tiene presente y futuro.

¿Afroptimismo?

No.

Sentido común.

 

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Aquí tu mapa-guía con información práctica interactiva

 
 

FIN DEL CAPÍTULO 2

LA SERIE SOBRE UGANDA HA SIDO REALIZADA CON LA COLABORACIÓN DE

 
 

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Jordi Brescó
Jordi Brescó

Periodista ante todo y pese a todo. Vivir en el extranjero le despertó un gran interés por aquellas historias lejanas y le hizo masterizarse en periodismo político internacional. Ha trabajado en tele, radio y prensa online. Cree que lo más importante es estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.  

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.