Article voces
Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Pinterest
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

CAMINAR DESPUÉS DE LA MEDIANOCHE

Wanderlust: mujeres y espacio público
Rebecca Solnit

Wanderlust es, en inglés, esa «ansia de vagabundeo» que todos sentimos en alguna ocasión, y el título escogido por la periodista Rebecca Solnit para escribir una historia del desplazamiento a pie como acción política, estética y social. Editado en español por Capitán Swing, Wanderlust incluye estas reflexiones dedicadas a la presencia femenina en la calle moderna, la cruz de la violencia sexual y la cara de la lucha por sus derechos en pie de igualdad.  

 

Caroline Wyburgh, una joven de diecinueve años, salió «a caminar» con un marino en Chatham, Inglaterra, en 1870. Desde hacía tiempo caminar formaba parte del ritual del cortejo. Pasear era gratis y ofrecía a los amantes la posibilidad de verse en un espacio semiprivado como un parque, una plaza, un bulevar o una calle lateral (y por los callejones de los enamorados podían hacer mucho más). Quizás, del mismo modo que marchar juntos afirma y genera solidaridad dentro de un grupo, este delicado acto de ajustar los ritmos de sus pasos alinea a dos personas emocional y corporalmente; quizás por primera vez se sienten pareja al moverse juntos por la tarde, por la calle, por el mundo. Como una manera de hacer eso que tanto se parece a no hacer nada, pasear juntos les permite a cada cual disfrutar de la presencia del otro sin sentirse obligados a conversar continuamente ni de hacer algo tan absorbente como para impedir que sí conversen. Y si bien la expresión solía emplearse con las parejas que empezaban a sentirse como tales, en el sentido de la expresión moderna de «ir paso a paso», en Gran Bretaña en ocasiones la expresión «salir a caminar juntos» se usaba para dar a entender que había habido algo explícitamente sexual. En el cuento de James Joyce «Los muertos», el esposo que acaba de descubrir que su esposa tuvo un pretendiente en su juventud le pregunta si ama a ese joven ya muerto, y ella responde con un aplastante: «Solía salir a caminar con él».

Caroline Wyburgh, una joven de diecinueve años, fue vista caminando con su soldado, razón por la que ya entrada la noche un inspector de policía la sacó de su cama. El Acta de Enfermedades Contagiosas vigente en ese tiempo daba a la policía de las poblaciones con cuartel el poder de arrestar a cualquier mujer sospechosa de ser prostituta. Solamente ir caminando en un momento o por un lugar equivocado podía poner a una mujer bajo sospecha y la ley permitía arrestar a cualquier sospechosa. Si la mujer arrestada se negaba a someterse a un examen médico, podía ser condenada a unos meses de prisión, pero el doloroso y humillante examen médico ya era en sí un castigo y, si la mujer estaba infectada, terminaba confinada en una prisión médica. Culpable hasta que se probara su inocencia, una mujer jamás salía indemne de ello. Wyburgh se mantenía a sí misma y a su madre limpiando portales y sótanos, y su madre, temiendo perder durante tanto tiempo esos ingresos, trató de convencerla de someterme al examen médico para evitar la condena de los tres meses en prisión, pero la joven se negó y, ante su negativa, los agentes de la ley la ataron a su cama cuatro días. El quinto día accedió a ser examinada, pero su disposición flaqueó después de ser arrastrada vestida con una camisa de fuerza a un quirófano y atada sobre la camilla con los pies separados, mientras un ayudante la inmovilizaba presionando un codo sobre su pecho. Caroline Wyburgh se resistió y, al caer de la camilla con los tobillos atados, se hizo muchísimo daño, pero el cirujano se rió al ver que acababa de desflorarla con su instrumental y la sangre corría entre sus piernas: «Estabas diciendo la verdad. No eres una niña mala».

Jamás llamaron al soldado, jamás lo arrestaron, examinaron ni arrastraron de ninguna manera para cumplir con aquella ley; los hombres siempre han podido caminar por la calle sin mayores problemas. Las mujeres han sido castigadas e intimidadas por intentar hacer efectiva la más simple de las libertades, salir a caminar, porque su caminar y, de hecho, todo su ser ha sido construido como algo inevitable y continuamente sexual en aquellas sociedades entregadas al control de la sexualidad femenina. A lo largo de la historia del caminar que he trazado, las figuras principales, filósofos peripatéticos, flâneurs  o montañistas, han sido hombres. Ya es hora de analizar por qué las mujeres no salían también a caminar. 

«Haber nacido mujer es una horrible tragedia —escribió Sylvia Plath en su diario a los diecinueve años—. Sí, mi deseo incontenible de mezclarme con camioneros, marineros, y soldados, parroquianos, mi deseo de formar parte de una escena, anónima, escuchando, apuntando en mi memoria, todo ello termina siendo arruinado por el hecho de ser chica, una fémina siempre en peligro de ser asaltada y agredida. Mi interés incontenible por los hombres y sus vidas suele ser malentendido como un deseo de seducirlos o como una invitación a tener un momento de intimidad con ellos. Sí, Dios, quiero hablar con todo el mundo lo más profundamente que pueda. Quiero ser capaz de dormir en un campo abierto, viajar hacia el oeste, caminar libremente de noche». Al parecer Plath se interesó por los hombres por la misma razón por la que le pesaba la imposibilidad de investigarlos, porque su mayor libertad hacia sus vidas más interesantes para una mujer joven que empezaba a salir por su cuenta. Hay tres requisitos previos para salir a caminar, es decir, para salir al mundo a caminar por placer. Una debe tener tiempo libre, un lugar a donde ir y un cuerpo libre de enfermedades o de restricciones sociales. El tiempo libre tiene muchas variables, pero la mayor parte de los lugares públicos no han sido acogedores ni seguros para las mujeres la mayor parte del tiempo. Las medidas legales, los valores tradicionales suscritos tanto por hombres como mujeres y la amenaza implícita del acoso sexual y la violación misma han limitado la posibilidad de las mujeres de caminar por donde y cuando quieran. (Las ropas y las limitaciones corporales de las mujeres —tacones altos, zapatos apretados o frágiles, corsés y fajas, faldas estrechas, tejidos débiles, velos que oscurecen la visión— son elementos de los valores tradicionales que han perjudicado a las mujeres de manera tan efectiva como las leyes y los miedos).

Con alarmante frecuencia, la presencia de mujeres en el espacio público conlleva una violación de sus partes íntimas, a veces literalmente, a veces verbalmente. El inglés está plagado de palabras y frases que sexualizan el caminar de las mujeres. Entre los términos usados para llamar a las prostitutas destacan «mujeres de la calle» y «mujeres públicas» (y, por supuesto, las expresiones «hombre público» u «hombre de la calle» significan cosas muy distintas a sus equivalentes para mujeres). De una mujer que ha violado alguna convención sexual puede decirse que anda paseándose, dando vueltas, vagando, términos todos que implican que el viaje de la mujer es inevitablemente sexual o que su sexualidad es transgresiva cuando viaja. Si un grupo de mujeres se hubiese llamado a sí mismas Sunday Tramps, algo así como Vagabundas de Domingo, como lo hizo un grupo de amigos, todos hombres, de Leslie Stephen, el nombre no solo habría implicado que ellas salían a caminar, sino que se dedicaban a hacer algo lascivo los domingos. El caminar femenino, suele ser, por cierto, entendido como una exhibición o un espectáculo más que como un traslado de un lugar a otro, y ello porque se supone que las mujeres caminan no para ver, sino para ser vistas, no para su propia experiencia, sino para un público masculino a cuyos miembros les solicitan cualquier atención que puedan recibir. Mucho se ha escrito sobre cómo caminan las mujeres, como valoración erótica —desde la dama del siglo XVII cuyos «pies bajo su enagua / se asoman cual pequeños ratones» hasta el contoneo de Marilyn Monroe— y como instrucción para caminar correctamente. Mucho menos se ha escrito sobre por dónde caminamos.

Otras personas han sufrido limitaciones en su libertad de movimiento, pero las limitaciones basadas en raza, clase, religión, origen étnico y orientación sexual varían mucho comparadas con aquellas limitaciones impuestas sobre las mujeres, unas limitaciones que han moldeado profundamente las identidades de ambos géneros durante milenios en la mayor parte del mundo. Hay explicaciones biológicas y psicológicas para este estado de cosas, pero las circunstancias sociales y políticas parecen ser las más relevantes. ¿Cuán atrás puede remontarse uno? En el periodo medio asirio (entre los siglos XVII y XII a.C.), las mujeres se dividían en dos categorías. La ley decía que esposas y viudas «que salen a la calle» podían llevar sus cabezas cubiertas o descubiertas; prostitutas y esclavas jóvenes, por el contrario, no debían cubrir siempre sus cabezas. El castigo para aquellas que se cubrieran con un velo cuando no les correspondía llevarlo eran cincuenta latigazos o que se vertiera alquitrán sobre sus cabezas. La historiadora Gerda Lerner comenta que «las mujeres de la casa que servían sexualmente a un hombre y estaban bajo su protección se designaban como “respetables” por usar velo; mujeres no protegidas ni controladas sexualmente se designaban como “mujeres públicas”, por lo que iban sin velo. [...] Este patrón de discriminación visual forzosa se repite a lo largo de la historia en las miríadas de regulaciones que sitúan a las “mujeres de mala reputación” en ciertos barrios o en ciertas casas marcadas con signos claramente identificables o que las obligan a presentarse como tales ante las autoridades y llevar documentos de identificación». Y, por cierto, también las mujeres «respetables» han sido objeto de regulación, pero más mediante restricciones sociales que legales. De la ley descrita destacan varios aspectos cuyo ordenamiento del mundo parece haber prevalecido desde aquel entonces: esa ley hace de la sexualidad de las mujeres un asunto público más que privado; iguala visibilidad con accesibilidad sexual; para hacerla inaccesible al transeúnte, más que la moralidad o la voluntad de la mujer, se precisa una barrera material. Separa a las mujeres en dos castas públicamente reconocidas, basadas en su conducta sexual, pero permite a los hombres, cuya sexualidad continúa siendo un asunto privado, el acceso a ambas castas. Pertenecer a la casta respetable tiene el costo de consignarse a la vida privada; pertenecer a la casta con libertad espacial y sexual tiene el costo de perder el respeto social. En cualquiera de los dos casos, la ley hace prácticamente imposible ser una figura femenina pública y respetada y, desde entonces, la sexualidad de las mujeres ha sido un asunto público.

En Homero, Ulises viaja por el mundo y duerme allí donde anochezca. Su mujer Penélope, obediente, se queda en casa, desprecia a sus pretendientes pero no posee autoridad alguna para rechazarlos de plano. El viaje, sea local o global, ha sido durante mucho tiempo una prerrogativa masculina, y las mujeres suelen ser el destino o el premio del viaje o las cuidadoras del hogar. En el siglo V a.C. en Grecia, estos roles radicalmente diferentes fueron definidos como los del interior y el exterior, la esfera privada y la esfera pública. Las mujeres atenienses, escribe Richard Sennett, «estaban confinadas a las casas por sus supuestos defectos fisiológicos». Cita el final de la oración funeral de Pericles con un consejo a las mujeres de Atenas —«La mayor gloria de una mujer es que los hombres no hablen de ella, ni para elogiarla ni para criticarla»— y a Jenofonte diciéndole a las esposas: «Vuestra ocupación será la de permanecer en casa». Las mujeres en la antigua Grecia vivían lejos de los celebrados espacios públicos y de la vida pública de las ciudades. En la gran mayoría de las regiones de Occidente, hasta el presente, las mujeres  han permanecido relativamente recluidas, no solo por ley en algunos países incluso hoy en día, sino también por costumbre y por miedo en otros. Se suele justificar este control de las mujeres con la importancia de la descendencia patrilineal para la herencia y la identidad: controlar la sexualidad de las mujeres ha sido un medio de asegurar la verdadera paternidad. (Cualquiera que crea que estos asuntos son arcaicos o irrelevantes solo tiene que recordar al anatomista-evolucionista Owen Lovejoy, que apareció en el capítulo 3, y su intento de naturalizar este orden social al teorizar que la monogamia y la inmovilidad femenina eran importantes para nuestra especie mucho antes de ser seres humanos). Pero hay muchos otros factores que influyen en la creación de un género dominante entre cuyos privilegios está el control y la definición de la sexualidad femenina, generalmente vista como caótica, amenazante y subversiva, una suerte de naturaleza salvaje que debe ser sometida por la cultura masculina.

El historiador de la arquitectura Marl Wiggins escribe: «En el pensamiento griego, las mujeres carecen de autocontrol interno atribuido a los hombres como marca de su masculinidad. Este autocontrol no es más que el mantenimiento de fronteras seguras. Estas fronteras internas [...] no pueden ser mantenidas por una mujer porque su fluida sexualidad las desborda y perturba continuamente. Y, a parte, ella también continuamente perturba las fronteras de otros, es decir, a los hombres. [...] En estos términos el rol de la arquitectura es explícitamente controlar la sexualidad o, por decirlo con mayor precisión, la sexualidad de las mujeres, la castidad de la joven, la fidelidad de la mujer. [...] Aunque la casa protege a los niños de los elementos, su rol primario es proteger las reivindicaciones genealógicas del padre al aislar a las mujeres de otros hombres». Así, la sexualidad de las mujeres se controla por medio de la regulación del espacio público y privado. Para mantener a las mujeres «privadas» o sexualmente accesibles para un hombre e inaccesibles para todo el resto, toda la vida de esas mujeres debe ser consignada al espacio privado del hogar, que serviría como una especie de velo de albañilería. 

Las prostitutas han sido las mujeres más reguladas, como si las restricciones sociales de las que han escapado las persiguieran en forma de leyes. (Los clientes de las prostitutas, por supuesto, no han sido casi nunca objeto de regulación alguna ni legal ni socialmente: pensemos en Walter Benjamin y André Breton un par de autores que lograron escribir sobre sus relaciones con prostitutas sin temor a perder su condición de intelectuales y hombres casaderos). A lo largo del siglo XIX, muchos Gobiernos de Europa intentaron regular la prostitución limitando las circunstancias en las que se podía ejercer el oficio, y esa limitación profesional terminó siendo una limitación general aplicable a cualquier mujer que quisiera o necesitara caminar. Las mujeres del siglo XIX, siempre vistas como seres demasiado frágiles y puros para mancharse en la ciénaga de la vida urbana, comprometían su reputación por andar por la calle sin tener un propósito concreto y, por esa razón, las mujeres legitimaron su presencia comprando cosas —demostrando así que no estaban ellas mismas a la venta—; en este sentido, las tiendas ofrecen desde hace mucho tiempo refugios semipúblicos seguros por los cuales las mujeres pueden deambular. Uno de los argumentos sobre por qué las mujeres no podían ser flâneurs era que ellas, sea como bienes de consumo o como consumidoras, eran incapaces de separarse lo suficiente del comercio que parece regir la vida en la ciudad. En cuanto las tiendas cerraban, se les acababa buena parte de sus oportunidades para caminar (lo que resultaba más duro para las mujeres trabajadoras, para quienes la noche era su único tiempo libre). En Alemania, la brigada contra el vicio perseguía a mujeres que anduviesen solas por la calle en la noche, y tanto era así que un doctor de Berlín comentó que «los hombres jóvenes que pasean por las calles piensan que una mujer de buena reputación no se deja ver por ahí en la noche». Como hacía tres mil años, la visibilidad pública y la independencia se igualaban con la falta de reputación sexual; la sexualidad de las mujeres aún podía ser definida por situaciones geográficas y temporales. Pensemos en Dorothy Wordsworth y su hermana ficticia Elizabeth Bennet, reprendidas por salir a caminar por el campo, o en la heroína neoyorquina de La casa de la alegría de Edith Wharton, arriesgando su posición social al comienzo de la novela al entrar sin carabina en la casa de un hombre a tomar un taza de té y arruinando esa posición para siempre al ser divisada saliendo de la casa de otro hombre por la noche (la ley controla a las «mujeres de mala reputación» pero las «mujeres respetables» suelen vigilarse unas a otras). 

Alrededor de 1870, en Francia, Bélgica, Alemania e Italia, a las prostitutas solo se les permitía ofrecer sus servicios en ciertos momentos. Francia era especialmente cínica en su regulación de la prostitución: el ejercicio de la prostitución exigía la obtención de una licencia y tanto el otorgamiento de dichas licencias como la prohibición de comercio sexual sin licencia permitían a la policía controlar a las mujeres. Cualquier mujer podía ser arrestada por ofrecer sus servicios, solamente por aparecerse en los momentos y por los lugares asociados con el negocio del sexo, mientras que prostitutas conocidas podían ser arrestadas por aparecerse en cualquier otro momento o lugar; así, las mujeres habían sido divididas en especies diurnas y nocturnas. Una prostituta fue arrestada por «comprar en Les Halles a las nueve de la mañana y fue acusada de hablar con un hombre (el tendero) y por estar fuera de la zona estipulada por su licencia». Por aquel entonces, la Police des Moeurs, o Policía de la Moral Pública, podía arrestar mujeres obreras por cualquier cosa o por nada y, a veces, para cumplir con sus cuotas de arrestos, apresaban a grupos de mujeres que caminaban por los bulevares. Al comienzo, observar el arresto de mujeres era un pasatiempo masculino, pero en 1876 tan extremos fueron aquellos abusos que a veces algunos boulevardiers trataban de intervenir y terminaban siendo también arrestados. Las mujeres, en su mayoría mujeres jóvenes, pobres y solteras, y las niñas arrestadas eran rara vez declaradas inocentes; muchas terminaban encarceladas tras los altos muros de la prisión de Saint-Lazare, donde sobrevivían a duras penas en aquella miseria: frío, desnutrición, suciedad, explotación y silencio obligado. Solo eran liberadas cuando aceptaban registrarse como prostitutas. En cuanto a las mujeres que habían escapado de los burdeles registrados, se les daba la opción de volver a ellos o ser enviadas a Saint-Lazare. Así, las mujeres eran forzadas hacia la prostitución en lugar de sacarlas de ella. Muchas prefirieron suicidarse antes de ser arrestadas. La gran defensora de los derechos humanos de las prostitutas Josephine Butler visitó Saint-Lazare en la década de 1870: «Pregunté cuál era el crimen que había llevado a la mayoría a prisión y me dijeron que era caminar por calles prohibidas a horas que estaban prohibidas».

Butler, una mujer culta perteneciente a la clase alta y criada entre progresistas, fue la más efectiva oponente al Acta de Enfermedades Contagiosas que se aprobó en Gran Bretaña en la década de 1860. Como cristiana devota, se oponía a la ley tanto porque el Estado asumía la tarea de regular la prostitución que, de este modo, implícitamente, consentía, como porque imponía un doble rasero: por una parte, una mujer podía ser castigada con el encarcelamiento o con la inspección conocida como «violación quirúrgica» ante la más mínima sospecha de ser prostituta y, por otra, la mujer diagnosticada de una enfermedad venérea era confinada y forzada a recibir el tratamiento que decidieran por ella, mientras que los hombres eran libres para continuar propagándola (recientemente, en relación con el sida, medidas similares han sido objeto de estudio y han llegado a ser aplicadas a las prostitutas). La ley había sido aprobada para proteger la salud de los ejércitos, entre cuyos soldados la incidencia de estas enfermedades era mucho mayor que entre los civiles, y parece haberse basado en el reconocimiento cínico de que la salud, la libertad y los derechos civiles de los hombres eran más valiosos que la salud, la libertad y los derechos civiles de las mujeres. Se sucedieron muchos otros abusos más extremos que el examen sufrido por Caroline Wyburgh y al menos una mujer, viuda y madre de tres hijos, fue empujada al suicidio. Salir a caminar se consideraba reflejo de una sexualidad activa, y la sexualidad activa de las mujeres había sido criminalizada. Aunque las leyes en Estados Unidos jamás fueron tan malas, a veces sí se dieron circunstancias similares. En 1895, una joven obrera neoyorquina llamada Lizzie Schauer fue arrestada por prostituta por haber andado sola de noche y haberse detenido a preguntar una dirección a dos hombres. Y, por más que ella fuera camino a la casa de su tía en el Lower East Side, el acto y el momento fueron interpretados como señales de que estaba ofreciendo sus servicios. Solo después de que un examen médico demostrara que ella era una «niña buena» fue liberada. Si no hubiese sido virgen, Lizzie Schauer podría haber sido encontrada culpable del crimen doble de ser sexual y caminar sola de noche.

Aunque proteger a mujeres respetables del vicio había sido desde hacía mucho tiempo el fundamento de la legislación y de la persecución de la prostitución, la respetabilísima Butler asumió la formidable tarea de proteger a las mujeres del Estado y por ello fue vilipendiada y perseguida por bandas (muchas veces contratadas por los dueños de los burdeles). En una ocasión, la atraparon, la golpearon brutalmente y la untaron con excrementos, le arrancaron pelo y le rasgaron la ropa; en otra, una prostituta con quien se encontró al huir de una banda la guió por un laberinto de callejones y almacenes abandonados a un lugar seguro. Y ella misma había cometido una transgresión al entrar en la esfera pública del discurso político y desafiar la conducta sexual de los hombres, llegando a ser considerada por un miembro del Parlamento «peor que las prostitutas». Al morir, en 1906, más mujeres se estaban moviendo en esa esfera pública y recibiendo un tratamiento similar. Tras décadas de esfuerzos silenciosos e infructuosos por ganar el voto para las mujeres, en la primera década del siglo XX el movimiento femenino de las sufragistas en Estados Unidos y Gran Bretaña se hizo militante y desplegó una extraordinaria campaña de marchas, manifestaciones y reuniones públicas, las formas de las que hoy en día se sirven aquellos que no tienen entrada en el sistema. Estas acciones fueron objeto de una extrema violencia de manos, de la policía en Gran Bretaña y de multitudes de soldados y otros hombres en Estados Unidos. Activistas sindicales, inconformistas religiosos y miembros de otros movimientos habían sufrido violencia anteriormente, pero las sufragistas sufrieron reacciones únicas. En Gran Bretaña se invocaron leyes arcaicas para criminalizar las reuniones públicas de las mujeres y se violaron leyes vigentes que daban a todos los ciudadanos el derecho de hacer peticiones al Gobierno. Tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, estas mujeres arrestadas por ejercer su derecho a estar y hablar en público hicieron huelgas de hambre y reclamaron ser reconocidas como presas políticas. Ambos Gobiernos respondieron con alimentación forzada y ese tormentoso procedimiento —se ataba a la mujer, se le metía a la fuerza un tubo por la nariz que llegaba al estómago y se iba introduciendo el alimento— terminó siendo una nueva forma de violación institucional. Una vez más, mujeres que intentaban participar en la vida pública caminando por la calle eran detenidas y el Estado violaba la integridad de sus cuerpos. 

Sí, finalmente las mujeres ganaron el voto y, en las últimas décadas, la mayor parte de este extraño dueto entre espacio público y partes privadas no ha estado formado por las mujeres y el Gobierno sino por las mujeres y los hombres. El feminismo ha abordado y logrado reformas de las interacciones interiores —en el hogar, el lugar de trabajo, las escuelas y el sistema político—, pero el acceso al espacio público, sea urbano o rural, para propósitos sociales, políticos, prácticos y culturales, es una parte importante de la vida cotidiana que sigue estando limitada para las mujeres por el miedo a la violencia y el acoso. El hostigamiento diario que experimentan las mujeres, asegura, en palabras de una estudiosa del tema, «que las mujeres no nos sentiremos cómodas, que recordaremos nuestro rol como seres sexuales, disponibles y accesibles para los hombres. Es un recordatorio de que no podemos considerarnos como iguales, capaces de participar en la vida pública con nuestro propio derecho a ir donde queramos y cuando queramos y a perseguir nuestros propios proyectos con una sensación de seguridad». Tanto hombres como mujeres pueden sufrir atracos y ambos grupos han sido incitados, gracias a las secciones de sucesos de periódicos y telediarios, a temer las ciudades, a los extraños, los jóvenes, los pobres y los espacios no controlados, pero las mujeres son el primer objetivo de la violencia sexualizada, una violencia que pueden encontrar en espacios suburbanos, rurales o urbanos, ejercida por hombres de todas las edades y clases sociales; y dicha violencia está implícita en las proposiciones, los comentarios, las miradas lascivas y las intimidaciones más insultantes y agresivas que forman parte de la vida cotidiana de las mujeres en los lugares públicos.

El temor a la violación pone a muchas mujeres en su lugar, puertas adentro, intimidadas, otra vez dependientes de barreras materiales y protectoras, más que de su propia voluntad para salvaguardar su sexualidad. Según una encuesta, dos tercios de las mujeres norteamericanas temen caminar solas por sus propios barrios por la noche; otra concluye que la mitad de las mujeres británicas temen salir solas de noche y a un 40 por ciento le «aterra» ser violada. 

Como Caroline Wyburgh y Sylvia Plath, yo tenía diecinueve años cuando sentí por primera vez esa falta de libertad en toda su expresión. Habiendo crecido cerca de una población rural antes de que los niños fueran vigilados a toda hora, solía ir al pueblo o subir a los montes a voluntad; a los diecisiete años, me escapé a París y allí los hombres que me hacían proposiciones y alguna vez me pararon por la calle, me parecían más molestos que aterrorizantes. A los diecinueve, me mudé a un barrio pobre de San Francisco con menos vida callejera que el barrio gay que había dejado y descubrí que las constantes amenazas del día podían hacerse realidad de noche. Y, por cierto, no me sentía amenazada solo de noche en barrios pobres. Una tarde, por ejemplo, un hombre bien vestido que murmuraba una larga retahíla de viles propuestas sexuales me siguió cerca de Fisherman’s Wharf; cuando me di la vuelta y lo increpé, retrocedió sorprendido ante mi blasfemia, me dijo que no tenía derecho a hablarle a él así y amenazó con matarme. Solo la gravedad de su amenaza hizo que el incidente destacara de entre cientos de otros similares. Fue el más devastador descubrimiento de mi vida saber que no tenía derecho real a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad en el exterior, que el mundo estaba lleno de extraños que parecían odiarme y desear herirme por ninguna razón más que por mi género, que el sexo podía muy fácilmente volverse violencia y que casi nadie más lo consideraba un asunto público más que un problema personal. Me aconsejaron quedarme en casa por la noche, usar ropas holgadas, cubrir o cortar mi cabello, tratar de parecer un hombre, mudarme a algún lugar más caro, coger taxis, comprarme un automóvil, moverme en grupos, buscar la protección y la escolta de un hombre, todos estos consejos, versiones modernas de las murallas griegas y los velos asirios, todos afirmando que era responsabilidad mía y solo mía controlar mi conducta y la conducta de los hombres, todos afirmando que no era la sociedad la que debía asegurar mi libertad. Y advertí entonces que muchas mujeres que habían sido exitosamente socializadas en saber estar en su lugar habían elegido vidas más conservadoras y gregarias sin saber las razones que las habían llevado a esa decisión. Ellas ya no poseían siquiera el menor deseo de caminar solas, pero yo sí... 

Las constantes amenazas y los pocos incidentes de terror real que sufrí me transformaron. Me quedé donde estaba, me volví una experta en sortear los peligros de la calle y, a medida que fui creciendo, fui dejando de ser un objetivo. Hoy en día, casi todas mis interacciones con transeúntes son civilizadas y algunas son muy agradables. Las mujeres jóvenes reciben la mayor parte del hostigamiento, creo, no porque sean más hermosas, sino porque se sienten menos seguras en el ejercicio de sus derechos y en los límites que deben respetar los demás (la ingenuidad y la timidez, reflejo de la inseguridad de las jóvenes, suelen considerarse atractivas...). Los años de acoso que sufrí en mi juventud fueron entonces y son todavía a mi edad toda una lección sobre los límites de la propia vida. La socióloga June Larkin pidió a un grupo de adolescentes canadienses que hicieran un seguimiento del acoso sexual del que eran víctimas en público y descubrió que aquellas adolescentes no consideraban como tal los incidentes menos dramáticos porque, como dijo una, «si anotara todas las cosas que me pasaron por la calle, tardaría un buen rato». Habiéndome topado con tantos predadores, aprendí a pensar como una presa, igual que han hecho la mayoría de mujeres, pero el miedo no guía tanto mis pasos como a los veinte años.

Muchos de los movimientos por los derechos de las mujeres surgieron de los movimientos por la justicia racial. El primer gran congreso de mujeres celebrado en Seneca Falls, Nueva York, fue organizado por las abolicionistas Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott, enfurecidas por la discriminación que habían sufrido mientras trataban de luchar contra la esclavitud: después de haber viajado a Londres para asistir al Congreso Mundial Contra la Esclavitud, aquella organización dominada por hombres les dijo que no tenía asientos para delegadas femeninas. «Stanton y Mott —escribe una historiadora— comenzaron a ver similitudes entre su propia posición tan restringida a todo y la posición de los esclavos». Josephine Butler y la líder sufragista inglesa Emmeline Pankhurst también procedían de familias abolicionistas y, desde hace algunos años, algunas de las feministas más originales e importantes han sido mujeres negras —bell hooks, Michelle Wallace, June Jordan— que abordan tanto la raza como el género. 

Cuando escribí sobre los poetas gais de Nueva York, dejé fuera a James Baldwin, nacido en Harlem, porque para él Manhattan no era un lugar deliciosamente liberador donde podía perderse como lo había sido para Whitman y Ginsberg. Por el contrario, Baldwin sentía la amenaza de Manhattan de no permitirle ni un segundo olvidar quién era, pues a veces la policía que solía estar cerca de la Biblioteca Pública le decía que se quedara en su barrio; más de una vez, siendo un niño, los proxenetas de la Quinta Avenida habían tratado de reclutarlo y, como suele ocurrir en los pueblos pequeños, sus vecinos parecían vigilar todos sus movimientos. Baldwin escribió sobre lo difícil que le resultaba caminar por la ciudad por ser negro más que por ser gay, pero él era negro y gay; su raza limitaba su deambular hasta que se mudó a París. Hoy en día los hombres negros son vistos como las mujeres obreras de hace un siglo: como una categoría criminal cuando están en público, de manera que la le suele limitar activamente su libertad de movimiento. En 1983, un hombre afroamericano llamado Edward Lawson ganó un caso en la Corte Suprema desafiando una normativa de California que «exigía a las personas que merodean por las calles mostrar la documentación necesaria para su identificación y explicar la razón de su presencia cuando fueran abordados por un policía». Lawson, hombre de aspecto atlético y rastas cuidadas, según informó el New York Times , «disfrutaba de caminar y solía terminar detenido al anochecer por los barrios residenciales» y ya había sido arrestado quince veces por negarse a identificarse como ordenaba dicha normativa que criminalizaba el caminar. Yo solía coincidir con él en el mismo club al que solía ir a bailar. 

En el espacio público, siempre ha sido más fácil reconocer el racismo que el sexismo y también es mucho más fácil que termine causando problemas. A finales de los ochenta, dos hombres jóvenes negros murieron por estar en «el lugar equivocado en el momento equivocado». Un grupo hostil de hombre blancos persiguió a Michael Griffith por Howard Beach, él saltó de la acera a la calzada para escapar y un automóvil lo atropelló. Yusef Hawkins fue apaleado mortalmente por ser un hombre negro en otro barrio blanco de Queens, Bensonhurst. Ambos casos provocaron gran indignación: la población comprendió que estos jóvenes habían sido despojados de sus derechos civiles al ser atacados por caminar por la calle. No mucho después de que Griffith y Hawkins murieran en Queens, un grupo grande de adolescentes del Alto Manhattan fueron al Central Park por la noche y se toparon con una mujer blanca que estaba corriendo por el parque. La violaron, la acuchillaron, la golpearon con rozas y tubos, le destrozaron el cráneo y casi se desangró. Se esperaba que muriera, pero sobrevivió... con grave daño cerebral y gravísimas discapacidades físicas.

«El caso de la mujer que corría por Central Park» se discutió en términos sorprendentemente diferentes. Que a los hombres se les hubiera negado la libertad básica de circular por la ciudad había provocado gran indignación en la opinión pública y se consideró que el motivo de aquellos crímenes había sido racial, pero después de estudiar detenidamente el caso del Central Park, Helen Benedict escribió lo siguiente: «Durante todo el caso, hasta el comienzo del juicio, la prensa blanca y la prensa negra estuvieron publicando artículos que trataban de analizar por qué los jóvenes había cometido este crimen atroz. [...] Buscaron respuestas en la raza, las drogas, la clase y la “cultura de la violencia” del gueto. Tristemente, las razones expuestas —concluye Benedict— no explicaban nada [...] porque la prensa jamás miró la razón más evidente de toda violación: la actitud de la sociedad hacia las mujeres». Presentarlo como un caso de raza —los asaltantes eran hispanos y negros— más que de género evitaba que se hablase del problema de la violencia contra las mujeres. Y casi nadie discutió el caso del Central Park como un problema de derechos civiles, como parte de un patrón de vulneración de los derechos de las mujeres de circular por la ciudad (las mujeres de color rara vez aparecen en los reportajes de crímenes, aparentemente porque carecen de la condición de ciudadano de todo hombre y del excitante atractivo de las mujeres blancas como víctimas). Una década después de Bensonhurst y Central Park, el cruel linchamiento de un hombre negro en Texas provocó gran indignación y se consideró un crimen de odio racial y una infracción de los derechos civiles de la gente de color, como también se consideró así la muerte brutal de un joven gay en Wyoming, porque gais y lesbianas también suelen ser objetivos de una violencia que pretende «ponerlos en su lugar» o castigarlos por su inconformismo, pero por más que aparezcan en los periódicos y acaben con las vidas de miles de mujeres todos los años, asesinatos similares motivados por el género no son contextualizados más que como incidentes aislados que no requieren de reformas sociales ni de una introspección nacional.

Las geografías de la raza y el género son diferentes, porque un grupo racial puede monopolizar toda una región, mientras que el género se compartimentaliza de manera local. Mucha gente de color encuentra, por decirlo de manera suave, poco acogedoras las regiones más blancas de la Norteamérica rural, también los lugares donde una mujer blanca podría sentirse segura (los supremacistas blancos parecen emerger de o acudir en manada a los rincones más pintorescos del país). Evelyn C. White escribe que cuando empezó a estudiar la zona rural de Oregón, los recuerdos de linchamientos sureños «podían dejarme sin habla, paralizada de miedo cuando cruzaba senderos de leñadores cerca del río McKenzie o cuando andaba al aire libre». En Gran Bretaña, la fotógrafa Ingrid Pollard hizo una serie de irónicos retratos de sí misma en el Distrito de los Lagos, donde al parecer viajó con la intención de sentirse allí como Wordsworth, pero solo se sintió nerviosa. El romanticismo de la naturaleza, parece señalarnos, no está disponible para gente de su color, pero muchas mujeres blancas también se sienten nerviosas en una situación de aislamiento, sensaciones las suyas muchas veces basadas en experiencias personales. En su juventud, la gran escaladora y montañista Gwen Moffat viajó a la bella isla de Skye, situada al frente de la costa oeste de Escocia, para escalar sola. Después de que un vecino borracho entrara en su dormitorio a medianoche, llamó a un hombre para que la acompañara: «Si hubiese sido mayor y más madura, podría haber lidiado con la vida yo sola, pero viviendo como vivía me exponía a todo tipo de insinuaciones y especulaciones. Hombres normales y corrientes creían que mi forma de vida era una invitación y yo no podía hacer frente al resentimiento que sabía que sentían cuando eran rechazados».

Las mujeres han sido entusiastas participantes en peregrinajes, clubes de caminantes, desfiles, procesiones y revoluciones, en parte porque en una actividad ya definida su presencia tiene menos probabilidad de ser interpretada como una invitación sexual, en parte porque la compañía ha sido la mejor garantía de seguridad pública para la mujer. En las revoluciones, la importancia de los asuntos públicos parece dejar temporalmente a un lado los asuntos privados y las mujeres han disfrutado de gran libertad durante las revoluciones (y algunas revolucionarias, como Emma Goldman, han hecho de la sexualidad uno de los frentes de búsqueda de libertad), pero caminar en solitario también tiene una enorme resonancia espiritual, cultural y política. Caminar ha formado parte de la meditación, la oración y la introspección religiosa. Ha sido un modo de contemplación y composición, desde los peripatéticos de Aristóteles hasta los poetas andariegos de Nueva York y París. Caminar no solo ha proporcionado a escritores, artistas, teóricos políticos y otros encuentros y experiencias que les sirvieron de inspiración para crear, sino también el espacio donde imaginarlas, y tanto es así que resulta imposible saber qué habría sido de muchas de las grandes mentes masculinas si hubiesen sido incapaces de moverse a voluntad por el mundo. Imagínense a Aristóteles confinado en los muros de su casa o a Muir con falda. Cuando las mujeres ya podían caminar por el día, la noche —el melancólico, poético y embriagador carnaval de las noches urbanas— solía estar vedada para todas las mujeres que no fueran «mujeres de la noche». Si caminar es un acto cultural primario y un modo crucial de ser en el mundo, a quienes les han impedido caminar tan lejos como sus pies las llevaran les han negado no solo un ejercicio o un modo de esparcimiento, sino una importante parte de su humanidad. 

De Jane Austen a Sylvia Plath, las mujeres han encontrado otros temas, más acotados, para su arte. Algunas se han aventurado en el mundo —es fácil recordar a Peregrina por la Paz (en su madurez), George Sand (con ropas de hombre), Emma Goldman, Josephine Butler, Gwen Moffat...—, pero otras muchas más deben de haber sido completamente silenciadas. El ensayo de Virginia Woolf Una habitación propia  suele reseñarse como una  llamada a las mujeres animándolas a tener sus propios despachos en casa, pero en realidad refleja como la economía, la educación y el acceso al espacio público son igualmente necesarios para hacer arte. Para demostrarlo, Woolf inventa la vida arruinada de la igualmente talentosa hermana de Shakespeare y se pregunta sobre Judith Shakespeare: «Podría ella conseguir comida en una taberna o deambular por la calle a media noche?».

Sarah Schulman escribió una novela que, como el ensayo de Woolf, trata sobre la limitación de la libertad de las mujeres. Schulman sacó el título de En el camino de Jack Kerouac. Entre otras cosas, la novela Girls, Visions and Everything (Muchachas, visiones y demás) es una investigación sobre cuán útil es el creado de Kerouac para una joven escritora lesbiana, Lila Futuransky. «El truco —piensa Futuransky— fue identificarse con Jack Kerouac en lugar de hacerlo con las mujeres que se va tirando por el camino», porque, como Ulises, Kerouac era un hombre viajero en un paisaje de mujeres inmóviles. Ella explora el encanto del Lower East Side en Manhattan, a mediados de los ochenta, como él lo había experimentado con la Norteamérica de los cincuenta, y entre «las cosas que a ella más le gustaban» estaba «caminar por las calles durante horas sin más destino que el finalmente alcanzado», pero a medida que avanza la novela, el mundo de la protagonista no se abre, sino que se va cerrando a lo más íntimo: Futuransky se enamora y la posibilidad de una vida libre en el espacio público se aleja. 

Casi al final de la novela, Futuransky y su amante dan un paseo al atardecer por Washington Square Park y vuelven para comer helados juntas frente a su edificio, cuando escuchan a un hombre decirle a otros hombres: «Esa es la liberación gay. Piensan que pueden hacer lo que quieran cuando quieran». Como han hecho los amantes desde tiempos inmemoriales, ellas solo han estado caminando juntas. Como Lizzie Schauer, arrestada en el Lower East Side a los diecinueve años por caminar sola, su incursión en el espacio público amenaza con volverse una invasión de sus cuerpos y vidas:

 

«Lila no quería subir a casa, no quería que aquellos hombres vieran dónde vivía. Comenzaron a alejarse lentamente, pero los hombres continuaron increpándolas.

—Vamos, zorra. Apuesto a que tienes un bonito coño, vosotras os laméis el coño una a la otra, ¿verdad? Yo os puedo enseñar una polla que jamás olvidaréis.

Para Lila, eso constituía una parte innecesaria pero tan normal de su vida cotidiana que había aprendido a ser dócil, a quedarse callada y emprender la huida para evitar ser pateada en el culo [...] Lila caminó por las calles como si siempre hubiera caminado por la calles con toda naturalidad. Caminó con la ilusión de sentirse segura y de que esa ilusión la mantendría segura, pero esa noche en concreto, cuando salió a comprar cigarrillos, Lila caminó inquieta, su mente vagó hasta detenerse y dar con la certeza de que ella no se sentía segura. En cualquier momento podían atacarla y, durante un instante, temió que ese temor se hiciera realidad. Se apoyó sobre el maletero de un Chevy 74 y aceptó que este mundo no era suyo. Ni siquiera en su propio edificio.» 

 
 

Wanderlust. Una historia del caminar

Rebecca Solnit

Traducido por Álvaro Matus

Capitán Swing, 2015

Rebecca Solnit
Rebecca Solnit

(San Francisco, 1961) Editora colaboradora de la revista Harper, ha escrito sobre medio ambiente, política y arte, entre otros temas. Interesada en el mundo de los derechos humanos, entre sus libros destaca Un paraíso construido en el infierno (2009), sobre las comunidades que surgen tras los desastres, Los hombres me explican cosas y Wanderlust (ambos editados por Capitán Swing).