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ROLLING ALBACETE

Verdadera devoción lo que hay por Faulkner
Berta Jiménez Luesma

El tren en el que me toca viajar de Madrid a Albacete no es AVE. Es de los lentos que distorsionan el tiempo aún más. Dentro todo pasa a ritmo de segundero, fuera a una velocidad galopante. Solo 600 tics y 600 tacs —intercalados— después, el paisaje ya se ha convertido en la ilustración de portada de Los asquerosos de Santiago Lorenzo. La cabeza de un corzo, con sus orejas puntiagudas, asoma entre los matorrales, muy cerca de la vía. Sé muy pocas cosas de Albacete: un refrán obsceno, que se fabrican navajas y que una tía y dos primos viven allí.

 

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Peñarrubia es una aldea, un conjunto de casas pequeñitas rodeado de campo y una gran roca que le da nombre. Allí probé por primera vez el ajo mataero. El ajo mataero  —a parte de una delicia— es uno de los platos típicos de la zona, una suerte de morcilla deconstruida: hígado, tocino, panceta, pimentón y otras tantas especias. Como un paté, pero aún más contundente. Con un nombre mucho más ligero que su digestión. Lo primero que aprendí en la Sierra del Segura  —aunque esto sea común a toda la Mancha— es que los nombres de los platos son: 

 

a) una versión edulcorada de lo que se te viene encima, como el ajo mataero o el gazpacho manchego. 

O bien, 

b) nombres que resuenan a la literatura del siglo XVII, como el atascaburras o los duelos y quebrantos.

 

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El sol cae sin piedad tras una breve sobremesa. La Sierra del Segura comienza a mostrar sin vergüenza sus enredos, unas carreteras que como quiliópodos se retuercen y envuelven entre sí. Parece que tengan vida propia. Con razón en el castillo de Yeste le dan tanta importancia a la figura de los atajadores, los «correveidiles» de los conflictos, aquellos que defendieron Yeste. Los que sabían «trampear» el camino para hacer llegar la información vital —en el más puro sentido de la palabra— y adelantarse al ataque. Pero no es lo mismo atajar en un llano, que en una sierra. 

El castillo de Yeste está levantado sobre una antigua construcción andalusí y data de entre el siglo XI y siglo XIII. Su historia reciente, sin embargo, es María Elbal, una vecina de 93 años de edad que teje encaje de bolillos en un antiguo  telar, lo hace todas las semanas que puede porque el icónico edificio no es un mero atractivo turístico, sino que es habitado por sus gentes. En parte es gracias a que acoge el Centro de Interpretación Medieval. A lo largo del año organizan actividades como mercadillos y recreaciones históricas de los tiempos de  la Orden de Santiago y la Encomienda Santiaguista de Yeste y Taibilla. También organizan talleres como el de creación de telares. Una forma de mantener activos a los vecinos y las vecinas, para combatir el éxodo rural, así como de conservar tradiciones, usos y costumbres de la zona. Las artesanías típicas o la gastronomía autóctona de proximidad y estacional. Una forma de proteger la historia local y su folclore. 

 

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Nerpio huele a nueces, pero no da alergia. En sus frondosos bosques se agolpan decenas de miles de nogales, muchos centenarios. Nerpio también huele a hospitalidad, como la de Teresa y Paco que regentan las casas rurales de Villa Turrilla, y que nos ofrecieron, por el puro placer de compartir, los mejores buñuelos caseros (hechos por Teresa) que jamás probaré. Un mordisco te hace llorar. 

Nerpio es «ninguna parte» por eso, además, huele a despoblación, a España Vacia(da). Pero este panorama tan negro, paradójicamente limpia el cielo. Los pocos núcleos rurales y su situación geográfica rodeada de dosmiles provocan que este lugar «cualquiera» se convierta en uno de los enclaves con menos contaminación lumínica del sur de Europa. Por eso, el astronauta Pedro Duque es uno de los socios del Centro de Interpretación del Universo de Nerpio. 

Tenemos 30 minutos hasta que la luna asome tras la montaña. Esto es, 30 minutos de una oscuridad casi total, que en los días más propicios es de 21,5 sobre 22. Después el satélite rebajará la visibilidad. El AstroCamp de Nerpio hasta ahora estaba pensado para un uso profesional. Es el primer albergue observatorio de Europa. Estudiosos de todo el mundo alquilan su parcela aquí para analizar los astros. Ahora, además, se abre a los aficionados como nosotros,  urbanitas boquiabiertos ante el lienzo nocturno. No cabe una estrella más en el cielo de Nerpio. Gracias a sus telescopios de gran intensidad, conseguimos ver Jupiter y Saturno, con anillo incluido. Repasamos las constelaciones y más tarde nos hundimos en el queso enorme y esponjoso que es la luna vista desde aquí. 

 

El AstroCamp de Nerpio hasta ahora estaba pensado para un uso profesional. Es el primer albergue observatorio de Europa. Estudiosos de todo el mundo alquilan su parcela aquí para analizar los astros. 

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Pero además de ser pioneros en la actualidad con la astronomía también lo fueron hace 8 000 años. Nerpio cuenta con una «galería» de pinturas rupestres de entre 8 000 y 3 500 años de antigüedad. En 2008 la Unesco declaró el arte rupestre del arco del mediterráneo como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Y es que de los 750 descubiertos en el estado, son 80 los que se encuentran en Nerpio y alrededores. Aunque el acceso está habilitado, no se ha parquematizado —como Altamira— y las pinturas continúan integradas en el paisaje natural. 

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En Yetas, comer en el restaurante las Encinas se convierte casi en una experiencia mística. Tras las cortinas de goma cilíndricas y en espiral clásicas y típicas de todos los bares de pueblo españoles, se esconde un clásico y típico bar de pueblo español que esconde a su vez un amplio comedor con una pared completamente acristalada y con vistas al paisaje indómito de la Sierra del Segura. La variedad de platos, combinando la caza, los must albaceteños y algún añadido de zona marítima para romper con la narrativa, nos prepara para la próxima visita: Letur. 

Letur es como un pueblo de cuento, por algo su casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico. Entre arcos musulmanes y paredes con geranios (que no son monopolio andaluz) lo que más llama la atención nada más llegar es El Charco de las Canales, una piscina natural y pública de acceso libre, en pleno pueblo. Una cascada fina que cae de la roca de la montaña en la que se encuentra incrustada gran parte del municipio, genera un auténtico oasis de agua helada. 

Adentrarse por las calles y callejuelas de Letur es como trasladarse a otro punto muy lejos de Albacete. O quizá simplemente es que desconocemos cómo es realmente esta zona. Y la ignorancia es lo más atrevido que hay.

Entre paredes de piedra y encaladas, la joya de Letur es la calle Albayacín, donde la arquitectura islámica ha sido mejor conservada con sus portalicos de medio punto y sus casas colgadas haciendo honor al nombre de la calle (que significa en alto, o en altura). 

El mirador, que desnuda una vez más la belleza natural de la sierra, es el postre —está vez no ingerido— de la visita. 

 

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Nicasio Martínez se pasa toda la mañana en la Toba, al lado de cuartel. 

 

—Me tomo un cortado. El vino ni lo cato, ni fumar. 

 

En el pueblo de Ayna (o Aýna) el paisaje humano es de personas mayores. Nicasio dice que eran 19 quintos, y que se han muerto todos excepto él. Nicasio da cinco golpes con su bastón en el suelo al decir esa frase. Lo repite más adelante, como si fuese un tic, el empujón que necesita para hablar de determinados temas. Esos cinco golpes, hacen más presente aún el silencio que esconden. «Bueno y otro que hace dos meses se puso malo y se lo llevaron a una residencia». Dice que hace 12 años que murió su mujer. Que al pueblo solo viene gente los sábado y domingos, y que las casas se están quedando vacías. 

 

Nicasio Martínez. 

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Y el paisaje natural, el propio de un western. Con todo, el eslogan que utilizan es «Ayna, la Suiza manchega». Algo se destila del surrealismo que habita estas tierras. En 1988 en Ayna (o Aýna) se rodó Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda. Un clásico del surrealismo y del humor absurdo, que cuando se estrenó ni imaginaba hasta dónde llegaría.

Su poso quedó, créanme, cultivado en estas tierras, porque todo lo que pasa durante la visita, ¡Me cago en el misterio! algo quiere decir. 

Para empezar, la película sigue más viva que nunca, tanto que el niño deprimido (Si es que estoy deprimío, déjeme en paz) es el presidente de la asociación de amanecistas, el dueño de uno de los hoteles de Ayna (o Aýna) y ahora también ¡el alcalde del pueblo! Y ya se sabe que todos somos contingentes, pero él es necesario. Por supuesto, será el niño deprimido/amanecista/alcalde quien nos haga la ruta por todos los escenarios de la grabación. 

 

«Ayna, la Suiza manchega». 

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Para sumarle mayor intensidad al panorama surreal, —no llevo tres párrafos escribiendo Ayna (o Aýna), en vano— resulta que a Ayna, que tendría que pronunciarse /aína/ todo el mundo le llamaba /aina/, en especial los catalano-parlantes. Y hartos de la confusión y de ser un vulgar nombre propio, le añadieron una tilde. ¡Y le pidieron permiso a la RAE y todo! (un permiso que fue concecido). Ahora población de la cuna amanecista se divide en dos. Los que apoyan el Ayna tradicional sin tilde, y los que son pros del nuevo y diferenciador Aýna. La verdad es que esa tilde en la y griega suena muy suiza. Si al final, el surrealismo del que se habla, no es más que costumbrismo «de aquí».  

 

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En Riópar se encuentra el nacimiento del Río Mundo. Tras un paseo  de unos 20 minutos, accesible y asequible para todos los públicos,  aparece. Aparece la gran cascada de la que nace el Mundo, que en el momento del reventón (cuando se produce el primer deshielo del año) todos dicen, es un espectáculo sin igual. Resulta que el nacimiento del río Mundo, es un váter. O al menos funciona igual. Sale agua pero se sigue llenando, como una cisterna. Esto se debe a los 40 kilómetros de cueva/acuífero que almacena durante el año más y más agua. Y la piedra caliza, que la filtra y que llega a dejar caer 30 000 litros por segundo (en su punto álgido). 

Pero la cascada no viene sola, la acompaña un entorno sin igual. Se trata del parque natural con mayor diversidad de toda Europa. Además de los quebrantahuesos, halcones, gavilanes, cernícalos, perdices y buitres leonados, hay otras especies casi únicas en el planeta, como la grasilla. La grasilla es una planta carnívora, como se observa por los cientos de puntitos negros —mosquitos— que se deshacen en su ácido. Carnívora pero buena compañera, ya que además de alimentarse ella, facilita el alimento a la lagartija de Valverde, en peligro de extinción. Agradecida, con sus excrementos abona a la grasilla que continúa creciendo. Simbiosis. 

Este espacio de biodiversidad, es un pulmón para un planeta que se deshace por la contaminación sistemática y sistémica de las grandes empresas globales. Por ello, nuestro guía Álvaro García Valero hace hincapié en la importancia de que se conserve de una forma consecuente y consciente. Por ello aboga por el ecoturismo. «Es la única salvación». 

 

En Riópar se encuentra el nacimiento del Río Mundo. 

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La grasilla es una planta carnívora, como se observa por los cientos de puntitos negros -mosquitos- que se deshacen en su ácido. 

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Y como paisajes casi antagónicos de lo natural pasamos a la industria ya que Riópar (el Riópar nuevo) nació gracias a la industria del Zinc. En este pueblo encontramos la primera fábrica de Zinc de España, fundada en 1773. La fábrica, en perfecto estado, muestra los moldes y algunas de las piezas que se trabajaban en el momento, así como las máquinas de creación. 

No corren la misma suerte, sin embargo, el núcleo de las casas obreras, que están en peligro de ser derruidas. Una joya de la arqueología industrial que Marta Vera, presidenta de Amigos de las fábricas, lucha junto a sus compañeros por conservar. Una visita imprescindible. 

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El viaje casi llega a su fin. Sin duda Albacete, ahora tan resignificado que ni me acuerdo del dicho, ni de los cuchillos, ni de mis familiares. 

 
 
 
 

Pero por si había sido poco este intenso recorrido tan revelador ahora nos vamos de alfombra roja. Y morada, y verde, y azul, y amarilla. Porque coincide que Elche de la Sierra celebra su gran fiesta, esa en la que todo el pueblo se entrega a la creación de alfombras efímeras realizadas con serrín tintado de colores. Y una imagen, o varias, vale más que estas 2 000 y tantas palabras. Como broche de oro nos espera Liétor, una comida de despedida en Posada Maruja, y un concierto de órgano para terminar esta experiencia por Albacete con los cinco sentido sobre-estimulados. 

 

Realizado en colaboración con

 
 
Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología.