Viajar lejos de casa es aterrador.

Al menos para mí. 

Y sin embargo, he «estado» en todos los países del mundo. O al menos he hecho clic en todos ellos.

De la mano. Afueras de Ulán Bator, Mongolia.
Caballos besándose, Mongolia.

Cuando empecé a sufrir ataques de pánico, a mis veinte años, nadie hablaba de ansiedad. No sabía qué me pasaba, no pedí ayuda y las crisis fueron agravándose. Lo ignoré y me forcé a viajar más y más. No sirvió. Siempre iban a peor.

Acabaron diagnosticándome agorafobia.

Hoy todo ha cambiado. Ahora soy la viajera agorafóbica y en Retratos de Google Street View plasmo mi peculiar forma de ver el mundo.

Caravana en Kirguizistán.
Capilla en la Quebrada de Acha, cerca de Arica, en el norte de Chile.

Comencé a viajar a través de Google Street View en 2016 y aunque cueste creerlo no fue una decisión fácil. No estaba segura de si iba a ser sano para mí. ¿Estar en casa sentada horas y horas ante el ordenador tomando capturas de pantalla? La verdad, no sonaba muy bien…

Me equivoqué.  Las rutas por Google Street View, los viajes digitales, no solo me abrieron al Mundo sino que me hicieron conocer Mi mundo y configurar muchos otros. Me permitió crear una cartografía de la ansiedad, la agorafobia, de lugares remotos y de mi propia psique.

Al principio salté de país en país, de forma aleatoria. Pronto me encontré a mí misma huyendo de ciudades grandes y agobiantes y perdiéndome en pequeños pueblos. Rincones donde encontrar espacio para que las imágenes (y yo) respirasen. Primero fue Brasil. Nunca he estado allí y los colores y arquitectura que vi a través de mi pantalla me hiceron sentir algo así como la energía del país. Allí es cuando me enganché. Tras Brasil llegó Mongolia, Chile, Perú, México… Y comencé lo que se ha convertido en un viaje de cuatro años de explorar esta herramienta.

Camellos sincronizados, Sharjah, Emiratos Árabes Unidos.
Pista de fútbol en un pueblo peruano

De vez en cuando encontraba imágenes tan bellas que me sentía obligada a capturarlas. Google Street View está formado por miles de millones de imágenes; algunas seguramente jamás han sido vistas por nadie, y sentía que si no las capturaba yo se iban a perder para siempre.

Así fui tomando estos retratos, desarrollando mi propio lenguaje visual. Me guié por espacios solitarios, lugares de temperaturas extremas o escenas que representaban aislamiento, pero sin embargo coloridas, cercanas y atractivas. Me parece importante representar ambos lados: tanto el alegre como el oscuro.

Por ejemplo, me encanta buscar imágenes del desierto porque me aterra y fascina a partes iguales. La agorafobia es un miedo extremo e irracional a estar en espacios abiertos, abarrotados o de difícil escape. Y el desierto no tiene una salida fácil. Esta forma de viajar me permite, en parte, encontrarme a mí misma en el lugar más «improbable» del mundo, en pliegues de la tierra en los que posiblemente nunca hubiese acabado si viajase de la forma tradicional.

Mapear el mundo a través de Google Street View es emocionante porque las conexiones se manifiestan.

El fútbol es uno de los mejores ejemplos. En todos los lugares con niños y niñas en los que he estado siempre había un partido cerca. Fuese en un campo, en la calle o en el patio de casa.

Este proyecto —y terapias cognitivo-conductuales, claro— ha provocado que hoy pueda viajar (físicamente) más que nunca. De momento no he habitado en persona ninguno de los espacios de mis imágenes (espero que algún día pueda ocurrir), pero la importancia de todo esto reside en que cada cual encuentre su forma de expresión y de recorrer, ver y apreciar el mundo.

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