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EL UNIVERSO SUMERGIDO

de Jesús Moncada
Virginia Mendoza

Este es mi sitio

Y esta es mi espina

Iberia sumergida

Héroes del silencio

 

Una infancia es como un pueblo sumergido: nunca vuelve. Para combatir esa pérdida, Jesús Moncada escribió un poema justo antes de que echaran abajo su casa y su pueblo y alagaran el escenario de su niñez. No quería con ello conmover a los pantaneros, como llamaban despectivamente a los trabajadores de la Enher en el pueblo, solo pedirles respeto. Y despedirse de las piedras. Tras su muerte, su hermana encontró el poema en un cajón y las palabras se convirtieron en una placa que mira al Ebro desde los restos de la casa. Que mira al Ebro y al niño que habitó lo hoy inhabitable: entre los escombros ahogados está él. Cuentan que, al lanzarlas al agua, sus cenizas se quedaron un tiempo sobre la superficie. Se negaban a volver. ¿Cómo regresar a un lugar que ha dejado de existir?

 

«Enruna-la, si cal / però sense escarnir-la. / El que els teus ulls prendran per argamassa i pedra / és dolorida pell d'uns altres dies; / allí on no sentiràs sinó el silenci / nosaltres hi escoltem les antigues paralues»

 

Quien lee en voz alta —porque acaba de leer en voz alta este dolor, esta despedida, compitiendo con un viento que aquí siempre sopla fuerte—, es Javier Rodes, responsable de los Museos de Mequinenza. Él me ha traído hasta las ruinas de la casa en la que nació y creció Jesús Moncada. Un niño, un hombre, que nunca pudo olvidar cómo echaron abajo su casa y cómo ahogaron su pueblo. Por eso escribió, fotografió, pintó y filmó sus últimos días en pie. Sin esa herida no existiría Camí de sirga, su novela más conocida, ni la mayoría de sus cuentos. Ni este poema. 

Algunos textos nunca cicatrizan.

 

***

 

«El pueblo sufría, desde hacía muchos años, una mala herida. Gente forastera, llegada de todas partes construía una presa para cortar el río; querían dominarlo, atarlo, para producir electricidad, y el agua del embalse cubriría el pueblo y lo enterraría para siempre» 

Jesús Moncada

 

La vida en Mequinenza (Zaragoza) comenzó a cambiar en los años 50 del siglo pasado. Los hombres seguían saliendo ennegrecidos de la mina cada día, navegaban en llaüt y regaban sus cultivos. Las mujeres seguían trabajando en la fábrica de regaliz y lavando en el río. Todo era igual pero distinto. De la noche a la mañana, al pueblo llegaron familias y hombres solos que pronto duplicaron la población. Trabajaban con total normalidad en un lugar en el que ni se habían presentado de manera oficial. 

El padre de Jesús Moncada, José Moncada, entonces alcalde, fue uno de los primeros afectados por la construcción del embalse. Ante el desconcierto de los vecinos, comenzó a pedir explicaciones y no tardó en dirigirse a Franco mediante un telegrama en el que le informaba de los perjuicios que estaba a punto de sufrir su pueblo y de la poca consideración que estaba teniendo la Enher con los vecinos. Dos semanas después de aquel envío los cabezas de familia del pueblo se reunieron. El día que comenzaron las obras el alcalde escribió un telegrama en el que informó de que la primera reunión había transcurrido con normalidad. Pero lo cierto es que la normalidad estaba a punto de llegar a su fin. Estaba alzando la voz y lo hacía con insistencia. Ocurrió lo previsible: al día siguiente fue cesado. 

Los vecinos seguían acudiendo a los bares con la misma frecuencia, pero sus conversaciones, poco a poco, las fue invadiendo el miedo: «¿Qué va a ser de nosotros?», se preguntaban. No creían, no querían creer, que su pueblo iba a acabar sumergido bajo un pantano que ya se había empezado a construir. «Los veo iracundos, modorros y malhumorados, unos en la puerta del bar de Benjamín, otros debajo de los soportales de la plaza de la Vila, mientras comentaban la noticia que había trastornado la vida de Mequinenza», escribió Jesús Moncada.

 
(C) Museos de Mequinenza
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(C) Museos de Mequinenza
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Así empezó una agonía que se prolongó catorce años y que culminó con la inundación del pueblo viejo, de las minas y los regadíos que daban de comer a los vecinos. En todo ese tiempo de negociaciones con la Enher, los mayores llegaron a una conclusión: preferían morirse antes que verlo. Porque era inexorable; aquellas negociaciones ya solo aspiraban a evitar la división del pueblo en dos, puesto que la empresa sólo había previsto indemnizar a la mitad. Cuando los vecinos consiguieron que los trasladaran juntos, gracias a una cooperativa de viviendas que crearon con las indemnizaciones, Mequinenza se convirtió en el único pueblo de España, dicen, en el que todos los vecinos eran propietarios. Aun así, muchos se sintieron fuera de casa. 

 

***

 

La realidad no necesita ficción, pero a veces se refugia en ella. La antigua Mequinenza era un lugar peculiar y sus habitantes no eran menos. De aquella Mequinenza, lo poble vell, quedan los cimientos de la iglesia derruida, en cuyo fondo siempre hay agua. Queda, también, la plaza de armas, que era el centro de la vida social: un lugar abarrotado de bares. Algunos de esos bares, al menos sus nombres, se han trasladado al pueblo nuevo como si pudieran trasplantarse los recuerdos. Como si se pudiera seguir acudiendo al bar cuando toca la sirena de las 13:00 para hablar de la mañana en la mina o de la Enher o del miedo. La sirena de las 13:00 también se ha mantenido en el pueblo nuevo. Pero ya no indica al minero y al agricultor la hora de volver a casa a comer, sino la hora del vermú. 

De todos los rincones del pueblo viejo, ninguno fue tan surrealista como el campo de fútbol.

 

—Es punto y aparte dice Rodes . Que yo sepa, es el único construido junto a tres ríos. Con lo cual, si uno fallaba al chutar, el balón se iba al agua y era un problema, porque no se podían perder cuarenta balones por partido.

 

Los mequinenzanos, ejemplo histórico de resiliencia, encontraron la solución. Inventaron un nuevo oficio: el de recogepelotas en barca. Hay un cuento de Moncada que narra la peculiaridad del campo de fútbol y la existencia de ese hombre que recogía balones en barca. Parece una escena de los Monty Python, pero no hay detalle en aquel cuento ajeno a la realidad. Los vecinos, además, le tomaron el gusto a lo que para otros habría sido un incordio: cuando se construyó el pueblo nuevo, volvieron a instalar el campo de fútbol junto al agua, en la confluencia de dos ríos. Ahora el recogepelotas ha cambiado los remos por el motor.

 

—Con lo cual, no hemos aprendido nada de nuestra historia —comenta Rodes entre risas.

 

Quizá no quieren aprender porque estas peculiaridades los mantiene unidos mediante el humor. Y no solo eso: han conseguido que un hombre sensible a los caprichos literarios de lo cotidiano haya inmortalizado la historia de su pueblo en más de 20 idiomas. 

 
(C) Museos de Mequinenza
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Aún es posible visitar una parte del pueblo viejo. Lo que queda: escombros, malas hierbas, un muro que se introduce en el agua pero no lo suficiente como para que los vecinos olviden que ahí se gestaron y se grabaron a navaja los noviazgos del pueblo sumergido. Al muro donde todas las historias de amor del pueblo comenzaban, deben hoy su existencia los jóvenes.

 

—Aquí somos muy especiales para todo. Estamos en la provincia de Zaragoza. Pues bien, el prefijo telefónico es el de Huesca. Si hay que ir al médico, vamos a Lérida. Si hay que ir a juicio, vamos a Caspe. Tenemos un montón de alemanes, tres ríos, un montón de barquitas y hablamos catalán. Y algo que la gente no entiende demasiado: la presa de Mequinenza no es la que inundó Mequinenza, sino que fue la de Ribarroja. Estamos en medio de dos embalses. 

 

Aunque aquí confluyen tres ríos, cada uno llega con su color y marca su propio territorio antes de fundirse con los otros. Para que se distingan bien los tres tonos, es preciso que llueva. El Segre y el Cinca arrastran el color de la tierra pirenaica. El Ebro, antes de llegar a Mequinenza, da un salto y llega más claro. En estas aguas crecen peces de más de dos metros que alcanzan 120 kilos de peso. Es un pez-monstruo que ha propiciado todo tipo de leyendas y amenazas. Dicen que el siluro se come a los niños, pero aquí nadie recuerda que eso haya pasado. Si fuera un animal autóctono, posiblemente, no habría leyenda. Pero el siluro lo introdujo un alemán en los años 80. Desde entonces, comenzó a crecer y a reproducirse en un lugar tan turbio, oscuro y proclive a las leyendas como es un pantano. Dos, en este caso. 

La situación estratégica de Mequinenza ha convertido a esta pequeña población en escenario de guerras. Julio César ya hablaba de una ciudad sumergida a los pies del pueblo antiguo. La llamó Octogesa, pero nadie ha podido demostrar aún su existencia. No deja de ser paradójico que en la memoria de un pueblo sumergido resuenen ecos de una ciudad bajo el agua. 

 

«Pilastras y paredes maestras se resquebrajaron bruscamente; un estruendo ensordecedor en el que se mezclaba el crujido de jacenas y vigas, el desplome de escaleras, suelos, tabiques y bovedillas, el estallido de cristales y una rotura de ladrillos, tejas y mosaicos, retumbó por la Bajada de la Herradura mientras la casa se derrumbaba irremediablemente. En seguida, una nube de polvo, la primera de las que debían acompañar la larga agonía que entonces comenzaba, se alzó por encima de la villa y se desvaneció poco a poco en el aire luminoso de la mañana de primavera.»

Jesús Moncada

 

Aunque Moncada solía aclarar que todo parecido con la realidad era pura coincidencia, especialmente en las historias en las que era más evidente que hablaba de sus vecinos, en Mequinenza todos sabían quién era quién. El abuelo de Rodes, pariente de Moncada, murió sin aclarar quién era él en Camí de Sirga. El propio escritor le dijo en la dedicatoria que aún podía oír sus carcajadas dentro de la novela. 

 

—El colmo fue que un día murió una señora muy adinerada y alguien se acercó a Jesús Moncada y le dio el pésame. 

—¿Por qué? 

—Acababa de morir una de las protagonistas de Camí de Sirga

 

Aquella mujer era Carlota de Torres. Todos lo sabían. Aquel secreto a voces era el verdadero homenaje del escritor a su pueblo. Una concesión por todas aquellas historias que le habían contado. Sus vecinos sabían exactamente de qué y de quiénes hablaba en todos sus cuentos y novelas. Sus lectores en el resto del mundo eran ajenos a esa familiaridad.  

 
(C) Museos de Mequinenza
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«Yo, como el viejo Palau, soy mequinenzano y me acuerdo de todo: de aquello que digo y de aquello que callo y que tal vez nunca pueda decir», escribió Moncada en una de las pocas tribunas que aceptó escribir por compromiso. Quizá por eso disfrazó la realidad de ficción, para contarla sin contarla. Para soportarla.

 

***

 

Jesús Moncada se fue de Mequinenza a Barcelona con una intención muy clara y muy alejada de su destino: quería triunfar como pintor. Quizá triunfar sea una palabra demasiado ambiciosa para un hombre que regalaba sus cuadros, pero al menos quería vivir de ello. 

Batiste Estruga, un mequinenzano que, al igual que Moncada, ha dedicado sus esfuerzos a inmortalizar el pueblo sumergido, dice que lo suyo, lo del escritor, no era escribir, sino pintar. Antes de irse a Barcelona, ejerció como profesor de francés y pintura en la escuela local, un edificio que los vecinos llamaban «la falange» y que fue el único que se salvó de las aguas y de la demolición y en el que ahora se ubican los museos. En aquellos tiempos, Estruga fue alumno de Moncada. Y no solo en el colegio.

 

—Llevaba siempre una libreta pequeña de las de grapas. Nos ponía a repasar y él mientras dibujaba. Cuando nos íbamos al patio, también se quedaba dibujando. Caras, manos, pies… que luego acababa plasmando en sus pinturas. Me cogió la venilla de pintar y como él pintaba en casa, mi madre le dijo que yo iría a aprender con él.

 

Cada tarde, después del colegio, Estruga y un amigo visitaban al profesor en su casa. Allí les enseñaba a mezclar colores, a pintar al óleo, a limpiar pinceles de la forma correcta y, en definitiva, a hacer cuadros. Los niños siempre cometían el mismo error: primero hacían las figuras y luego el fondo. 

 

—Así que nos las comíamos siempre. Él decía: «Primero el fondo, luego las piedras, luego las casas, luego las personas...»—recuerda Batiste.

 

El orden que Moncada asignaba a la pintura era el inverso al que daba a la literatura: primero las personas. Quienes aún lo recuerdan por Mequinenza, tienen una imagen muy nítida de un hombre con barba, pipa, gafas, despistado, que siempre estaba en la calle, escuchando a los mayores. 

 
(C) Museos de Mequinenza
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Rehuía los eventos literarios y era un fanático de las dedicatorias. A veces se caricaturizaba como un cocodrilo que él describía como un «paciente impaciente»; otras veces, se dibujaba con su barba y su pipa. 

Cuando Camí de Sirga llegó a Japón, al escritor le preocupaba no poder dedicar sus libros de una manera más cercana. Así que encargó un sello y con él consiguió firmar en japonés. Hoy ese sello está en los Museos de Mequinenza, en un apartado dedicado a él y, concretamente, en la vitrina que reúne sus rarezas. A saber: todas sus pipas están sin «estrenar» porque no fumaba, sólo las mordía. En algún momento, uno de sus amigos decidió traerle una mariquita al regresar de un viaje y, desde entonces, Moncada comenzó a coleccionar mariquitas de madera, de plástico, de escayola, como quien acumula imanes de todo el mundo. Antes de empezar cada uno de sus libros, compraba una pluma y, después de colocar el último punto, nunca más la destapaba. 

Hay otras facetas de Moncada que no se conocen hasta llegar a Mequinenza. Si bien dedicó la totalidad de su obra a su pueblo sumergido, también fotografió sus calles días antes de que quedaran anegadas, filmó el derribo de la iglesia y pintó el destierro. Salvo uno, El adiós, ninguno de sus cuadros tiene título. No le interesaba nombrar el dolor si podía pintarlo. 

 

(C) Museos de Mequinenza

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Los personajes de sus pinturas siempre tienen una parte del cuerpo, a menudo la cabeza, agujereada. Su autor, según Rodes, «pensaba que cuando a uno lo echan de su casa le arrancan un pedazo de sí mismo». Algo parecido a esos agujeros es lo que describe en el relato Juego de cabezas, incluido en Historias de la mano izquierda: «Mientras paladeaba aquellas aguas muertas le pareció que algo extraño ocurría con las cabezas de los jugadores. Daba la impresión de que iban desmenuzándose poco a poco; que algo como serrín les chorreaba de la frente, de los párpados, como si una lima invisible los fuese erosionando».

Hay otros detalles en sus cuadros que remiten a la construcción del embalse, como un pie que se va y que representa «el interés económico de quien viene al pueblo a sacar lo que puede y se va».

En las agendas que abarrotaba de dibujos mientras sus alumnos hacían ejercicios, una vez se retrató con su pipa, su barba y tumbado. En ese autorretrato indicó un peculiar seudónimo: Moncandinsky. Sus pinturas poco tenían en común con las de Kandinsky —si acaso, se aproximarían al resultado de amalgamar una obra de Picasso con una de Dalí—, pero el juego de palabras era demasiado jugoso.

 

—Él era un poco bohemio —recuerda Estruga—. Le gustaba vivir absorto en sus cosas. Todo en un montón aquí y allá; ahora me canso de esto y dibujo. Nos regaló una pintura. Fíjate qué capullo que soy, que mi padre la debió de tirar. 

 

Es inevitable salir de casa de Batiste sin detenerse. Las paredes están abarrotadas de dibujos a lápiz. Todos ellos tienen algo en común: se trata de calles, de casas, de escenas que un día tuvieron lugar en un lugar que ya nadie puede visitar. Solo recordar, pintar, describir. Gracias a las enseñanzas del escritor que en realidad soñaba con ser pintor, Batiste ha conseguido inmortalizar algunos rincones. También, junto a un amigo, ha recogido miles de palabras y expresiones que se utilizaban en el pueblo viejo y que se han perdido y ha recopilado miles de fotografías. Antes de salir, me dice: 

 

—Bueno, y no te he dicho...¿Sabes que su segundo apellido era Estruga? Sí, éramos parientes.

 

En la calle llueve a cántaros. Cuando entro en el coche a toda prisa, Estruga me grita: «No corras». Nadie que no sea mi abuela me ha dicho esto antes de cerrar una puerta. Pero Mequinenza, ya lo dijo Rodes, es un lugar especial. Y el hombre que me despide, en concreto, ha tenido mucho tiempo para reflexionar sobre lo que es un hogar y lo que duele que a uno se lo quiten. Hogar, seguro que él lo sabe, es también el lugar en el que te piden que no corras. 

 
Virginia Mendoza
Virginia Mendoza

Periodista y antropóloga. Autora de los libros Quién te cerrará los ojos. Historias de arraigo y soledad en la España rural (Libros del K.O.) y Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada. Ha vivido en Armenia, desde donde ha publicado crónicas y reportajes en Jot Down, Pikara Magazine, FronteraD y Altaïr Magazine. Escribe habitualmente para Yorokobu, Ling y Verne, entre otros.