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JORNALEROS MINEROS

La vida de los desplazados de Jódar
Albert Alexandre

El campo puede ser monótono. Recoger 40 toneladas de espárragos en tres meses, en jornadas de 12 horas, desde la tarde a la noche, sin apenas descansar. Agacharse cada cuatro segundos, condenar la espalda al dolor, sudar a mares justo antes de verano, helarse en marzo. Recorrer la carretera de Jaén a Navarra cada febrero desde hace más de dos décadas, para volver a este trabajo; otra vez a este trabajo. Regresar a casa a esperar que llegue la temporada de la uva en la meseta. El campo puede ser monótono, lo monótono puede acelerar la llegada de la morgue.

Así es la vida de los esparragueros. Y, sin embargo, cuando a las cinco y media de la tarde de un jueves de junio, la familia de Apolonia se prepara para ir al campo, la calle de enfrente de su casa, Casa Canuto, parece una fiesta. Nada hace suponer que, durante las próximas diez horas, estos hombre y mujeres se entregarán a ese trabajo que desloma a cualquiera. «Tenemos que ir asín» responde Juan de 25 años e hijo mayor de Apolonia, ante la ingenua pregunta «¿cuando vais al campo, siempre es todo tan alegre?»

 

Jornadas de 12 horas sin apenas descansar, agacharse cada cuatro segundos, condenar la espalda al dolor.

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Otro Juan, rubio de ojos azules y mirada trilera, canta a grito pelado; con virguerías de voz dignas del cante gitano. Es Maluma aflamencado. Mientras, los motores encendidos de un pequeño camión y tres furgonetas recuerdan a la parrilla de salida de una carrera de coches. Se añaden los chillidos de dos perros diminutos y las risas y más gritos del resto de jornaleros. La calle de delante de Casa Canuto, en el centro de un pueblo con algo más de 500 habitantes —Abarzuza en el Valle de Deyerri— no medirá más de tres metros, pero por segundos evoca la operación salida el 1 de agosto. Todo retumba. 

Son casi 20 viviendo en la misma casa. Sus nombres y su complicado parentesco a veces recuerdan al árbol genealógico de Cien años de soledad: Manuel, María Isabel, Juan Miguel, Vero, Miguel, Pedro, Juani, Jose, Luís, Miguel Ángel, Cristina, Antonio, Salvador, Juan y Antonio. Sobrinos, tíos, hermanos, parejas, cuñados, padres, madres, hijos, abuelas, abuelos.

Cuando al fin, los esparragueros se van a la primera pieza —el primer terruño del patrón donde recogerán— llega el silencio. Ese silencio de junio a las cinco y media de la tarde en los pueblos que cualquier persona de ciudad tiene mitificado, ese silencio de fin de siesta, de cuando el sol pega más fuerte.

En Casa Canuto, Apolonia se queda con alguna de sus sobrinas o con su nuera. Desde que Apolonia tuvo una trombosis el año pasado, las mujeres de la casa se turnan cada día para que no esté sola. Ella se encarga de hacer todas las camas, preparar la comida, limpiar los suelos, ir a comprar, recoger la ropa sucia, poner lavadoras, tender las lavadoras, pelar y limpiar espárragos y cuidar del hijo de Juani que hoy ha salido al campo. El niño tiene 2 años y medio, recalcará su madre más tarde, y aún no tiene que ir al colegio. 

 

Ellas no dejan de trabajar en ningún momento del día. En el campo recogen espárragos como todos los demás, pero en la casa trabajan como ningún hombre hace. 

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Apolonia es una mujer dura. No regala sonrisas, su cuerpo es contundente, no da tregua a la realidad: nunca la adorna para hacerla más digerible: «Este pueblo no me termina de gustar, todos son viejos y no hay vida en la calle». Compara Abarzuza con Jódar, el lugar en el que dice, está su casa: «Tengo ganas de volver, pero ser pobre es duro». 

La palabra «casa» adopta un sentido ambiguo en boca de esta familia que pasa casi la mitad del año fuera de ella. Tres meses en Navarra y otros dos meses en la vendimia de Castilla La Mancha. Parece que lo que define un hogar, o una casa, pertenece al espacio del «somos», y no al del «tenemos».

Con todo, resulta difícil explicar cómo es su movimiento, su movimiento en la geografía ¿Son nómadas? Se podría decir que sí, aunque ellos dirían que no. Aunque lleven más de 20 años viajando sin descanso, el vagar de los esparragueros en nada se parece al de los esquimales, los tuaregs o al de los pueblos de la estepa de Mongolia que hacen del viaje el centro de su vida. ¿Qué son entonces? Apolonia da una pista mientras pela espárragos en la despensa de Casa Canuto: «Espero poderme jubilar para vivir definitivamente en Jódar». Sus palabras resuenan a algo así como un Ulises moderno queriendo regresar a Ítaca o a un Moisés contemporáneo que desea que su estirpe recupere «la patria perdida». En estos tiempos sin épica, su tierra mitológica es aquel lugar del que se tiene que despedir cada año para ir a trabajar a 700 kilómetros de distancia. Pero tampoco es eso. No es solo eso. Quizás, la suerte de Apolonia y los suyos se parece más a la desgracia de Sísifo. Una repetición no querida que encaja a la perfección con la definición que da del  fenómeno el periodista y director de Radio Jódar Antonio Plaza. En un artículo sobre la temporada del espárrago de 2017 los llama vecinos y vecinas desplazados, como si hubiesen huido de un huracán llamado crisis y que azota a Andalucía en forma de paro, año sí, año también. 

 

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La familia de Apolonia no es la única que emprende cada año el mismo éxodo hacia Navarra. 1.000, 2.000 o 3.000 personas —según la fuente (Unión de Ganaderos y Agricultores de Navarra o Sindicato Andaluz de los Trabajadores respectivamente)— se marchan desde el municipio de Jaén a pueblos parecidos a Abarzuza. Son difíciles de contabilizar porque, como en todos los trabajos temporeros, la recogida del espárrago depende de tantos elementos que nada tienen que ver con los campesinos: las lluvias, los patrones, el paro en Jódar. Así, el número varía vertiginosamente cada año de recolecta. Con todo, elegir una de las tres cifras implica acercamientos estadísticos muy distintos, formas diferentes de ver el mundo que oscilan entre el pesimismo y otro pesimismo más optimista. Jódar tiene 12.000 habitantes, por lo tanto, una diáspora del 8% de la población o del 16% de la población o del 25% de la población. Una mañana de marzo, la demografía se desploma y la vida del municipio no puede hacer otra cosa que cambiar. 

De regreso al territorio de las metáforas tangenciales, la despedida podría parecer a aquellas postales de inicios de la guerra: los coches cargados hasta los topes y alguna que otra bocina sonando a modo de adiós. 

El diputado por Jaén de Podemos, Diego Cañamero, afirma al otro lado del teléfono que con el desplazamiento masivo «los comercios de Jódar viven una importante bajada de las ventas, y muchos niños y niñas se tienen que quedar con sus abuelos. Los hijos antes se movían, pero ahora ya no». Miguel, de veintipocos e hijo también de Apolonia, me cuenta que era duro tener que cambiar de escuela cada año por un lapso de 3 meses. Dejar los amigos de allí y volver a empezar con los de Navarra. Pese a esto «en la escuela de aquí nos trataban muy bien. Yo aún conservo amigos de Abarzuza, pero trabajando tanto casi nunca los veo».

Es Cañamero quien cifra en 3.000 los galdurienses que se van a Navarra. Lo sabe porque el Sindicato Andaluz de los Trabajadores (SAT) del que antes de ser diputado era Portavoz, visita anualmente Navarra en los meses de recolecta, y lleva un conteo de los jornaleros andaluces y sus familiares que se desplazan allí. Cañamero verifica las palabras de Apolonia: «Están hartos de emigrar cada año» y añade una idea de cosecha propia, algo así como un nacionalismo campesino: «Están hartos de emigrar cada año, y más cuando Andalucía es una tierra tan rica: tenemos 66 millones de olivos y por cada olivo se sacan 14 kilos de madera ¿sabes cuántos kilos de madera son eso? Andalucía produce el 40% del aceite español. El problema es que gran parte del aceite se va a Italia y desde allí se exporta a todo el mundo». El resumen es que no hay inversión para explotar la riqueza del sur español. 

 

 «Tenemos que ir asín» responde Juan de 25 años e hijo mayor de Apolonia, ante la ingenua pregunta «¿cuando vais al campo, siempre es todo tan alegre?»

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Pero los motivos por los que los jornaleros están hartos de irse, tiene más relación con asuntos menos macroeconómicos y más mundanos; motivos como los que esgrime Juan, el hijo de Apolonia, hablando de Vero, su novia, que también recoge espárragos: «Yo no trabajaría en nada que no fuera el campo. Aunque sé que a los 50 años ya estás muy mal físicamente porque el campo es muy duro. Hay mucha otra gente que no quiere trabajar recogiendo el espárrago, como mi novia. Ella dice que, si pudiese volver a atrás, ahora estudiaría. El problema es que ya no puede». O motivos como los que esgrime el otro Juan; el Juan rubio de ojos azules: «Aquí no se gana nada. Lo mejor sería meterse cualquier otra cosa». 

 

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Son las siete de la tarde y los esparragueros se han marchado a Zábal, un pueblo a dos minutos en coche de Abarzuza. Allí se encuentra la segunda pieza del patrón y allí, la cuadrilla de Casa Canuto estará trabajando hasta las doce de la noche. Después cenarán un bocadillo con una cocacola o una fanta y recogerán los espárragos de la última pieza que se encuentra entre Arizala y Zábal. Es final de primavera y por suerte, dicen, ya no hay que recoger hasta altas horas de la madrugada. En abril y mayo, cuando para avanzar dos metros hay que sacar al menos 10 espárragos, las jornadas pueden alargarse hasta las cinco o las seis de la mañana. Con esos horarios, la cuestión para alguien que vive en una ciudad es obvia: ¿Por qué los jornaleros trabajan de tarde-noche-madrugada en lugar de levantarse pronto y trabajar de madrugada-mañana-tarde como siempre hemos pensado que hacen los campesinos? ¿Por qué no hacer caso de esa expresión de nuestro idioma sacada del mundo rural que habla de trabajar de sol a sol? Durante todo el día, los cultivos de espárragos se tapan con plásticos negros parecidos a bolsas de basura para que no se sequen y se conviertan en trigueros. Solo cuando el sol no cae perpendicular sobre la tierra, pueden destaparse los pequeños montículos en los que se siembra la planta.

Llevan buen ritmo y la organización es perfecta; hoy nos iremos temprano a casa, comentan. Unos destapan la tierra y el resto va detrás arrancando los espárragos con una herramienta especialmente diseñada para la tarea. Los meten en cestas que son medio bidón de gasolina y que tiene por asas un trozo de manguera. Una vez llenas, Juan, el hijo, corta la base de los espárragos para que midan exactamente 22 centímetros y los mete en cajas de fruta que se amontonan luego en la camioneta. Después vuelven a tapar la tierra y así centenares de veces. Se trata de una precisión aprendida con los años, una forma fordista de organizar el trabajo.

Cada cual diseña sus propias estrategias para hacer el trabajo más llevadero; para olvidar el cansancio y el calor. Los hombres acostumbran a ir por libre escuchando música o simplemente fumando pitillos de contrabando sin parar. En cambio, ellas normalmente van juntas charlando. «Nosotras siempre nos esperamos las unas a las otras. Cuando una está cansada, el resto nos paramos» dice Vero. Ellas no dejan de trabajar en ningún momento del día. En el campo recogen espárragos como todos los demás, pero en la casa trabajan como ningún hombre hace. Doble trabajo para ellas. 

 

Arrancan los espárragos con una herramienta especialmente diseñada para la tarea. 

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Las horas avanzan hacia la noche, hacia ese instante en el que empezarán a encenderse los frontales, pero los ánimos no parecen decaer. Siguen las risas y hoy que hay una cámara sacándoles fotos, el chiste más recurrente es el de meterse con alguien por estar posando. «Míralo que chulito se pone con la cámara», bromean riéndose de Juan. Él se defiende exclamando con ese acento sureño que a veces es difícil de comprender: «¡Meloá pedioé!» Lo cierto es que desde que he empezado a sacar fotografías, Juan me ha dicho al menos cinco veces que se las tengo que pasar todas por Whatsapp. 

 

Llama la atención que el espárrago sea considerado «el oro blanco». 

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Con el sol de la tarde avanzada son momentos buenos para poder sacar alguna información personal, algo que vaya más allá de la dureza del trabajo. «Una vez tuve una novia, pero la cosa no fue bien» dice Miguel. «Estábamos juntos, pero ella era peruana y se fue a Perú y cuando volvió tenía un hijo. Lo intentamos, pero no pudimos continuar porque nuestras familias no querían... me has hecho recordar cosas tristes».

Parecen historias tan marcianas. Tan lejos del campo. Tan lejos de estas tierras de Navarra; quizás en Jódar o incluso en Latinoamérica

 

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Jódar es para algunas personas un ejemplo de todo aquello que no funciona en España. El pueblo de Jaén registra tasas de paro que rondan el 40% y es famoso por ser el municipio en el que nació el candidato de Unidos Podemos encarcelado en 2016, Andrés Bódalo

Cuando se habla de Jódar aparecen en los discursos palabras como PER, PIRMI, crisis, clientelismo, dinero negro o vagancia. Sus calles dieron la vuelta al mundo en septiembre de 2012 cuando el fotógrafo Samuel Aranda, retrató para el diario The New York Times los males de la crisis española. Entre las postales estaba incluida una imagen de Jódar que representaba una manifestación del SAT en pleno apogeo. 

Rápidamente el alcalde del pueblo, José Luís Hidalgo del PSOE, salió al paso afirmando en el diario El Confidencial que la que vivían por entonces en el pueblo era «una situación complicada, pero en el New York Times nos ponen como en el Bronx: aquí la gente lo pasará mejor o peor, pero no estamos como allí». Pobres contra pobres para ver quién es más pobre, no parece la mejor estrategia para dejar de ser pobre. Hidalgo también consideró crear una galería de imágenes positivas de Jódar para contrarrestar las fotos de Aranda, ya que, según el mismo, «queremos que se conozca la verdadera cara de nuestro pueblo. Tenemos el castillo más antiguo de Andalucía y un festival de música folk, el más veterano del sur de Europa».

Casi cinco años más tarde, el alcalde está hablando en la radio de Jódar sobre la campaña del espárrago de 2017. Su voz es amable, pausada, un poco como de profesor de religión joven que se ha dado cuenta de que su materia pierde adeptos curso tras curso. Parece una voz cansada, aunque quizás es la conexión deficiente entre el teléfono móvil del político y el teléfono del programa de radio conducido por Antonio Plaza.

Hidalgo cuenta que está en Navarra visitando a los jornaleros. «Me sorprendí de cómo pasa el tiempo. Son ya 15 los años de seguido que llevamos viniendo a Navarra para ver a nuestros vecinos». Le acompañan algunos concejales del equipo de gobierno de Jódar. Hay algo triste en sus palabras: «Son amigos, porque después de tantísimos años, de vernos todas las caras, ya no es ni por alcalde ni por no alcalde, lo que somos son amigos que venimos a visitar. Cuando con los horarios tan duros de trabajo, además no ganan dinero, eso es un disgusto».

Hace gala de ser un alcalde cercano, lo que hoy día equivale a populismo: «Como este viaje ya se ha convertido en tradicional a algunos les llevamos enseres desde Jódar o les llevamos algún regalo para los hijos que se han quedado allí. En cualquier caso, todo bastante próximo y familiar». Pero en las últimas frases de la entrevista que le hace Antonio Plaza se ve a la perfección que el alcalde es incapaz de esconder que, ni en Navarra ni en Jódar, las cosas no van bien; de hecho, se acercan más a las fotos de Samuel Aranda en 2012: «La verdadera crisis en Jódar es la crisis del mundo rural. La gente de Jódar es una gente extraordinaria, y va uno predicándolo por todos los lados; es una gente acostumbrada siempre a una economía de guerra, casi de supervivencia ¿no? Tampoco se pide tanto...»

Diego Cañamero coincide con el alcalde cuando afirma que la situación en Navarra se ha ido degenerando. Pese a que, en Casa Canuto, la repartición de beneficios es la correcta, muchos otros trabajadores del campo han vivido con la crisis una rebaja de sus beneficios en el sector del espárrago. El patrón que renta las tierras a la familia de Apolonia se queda el 50% de la producción y ofrece casa y herramientas a los jornaleros mientras que ellos se quedan el otro 50% y pagan la luz y el agua de la casa. 

«Antes la gasolina la ponía el patrón, pero actualmente las condiciones son cada vez peores» dice Cañamero. «Antes se repartía la producción a partes iguales, y ahora el patrón se queda el 60% y da a los jornaleros el 40%; incluso el 30%» concluye el sindicalista ahora diputado de Podemos.

 

Apolonia, mientras, tiende las lavadoras, pela y limpia espárragos y cuida del hijo de Juani. 

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Llama la atención que el espárrago sea considerado «el oro blanco». Esta planta, tiene para quienes lo recogen muy poco de oro y mucho de pobreza. Los cálculos son prueba de ello: La media diaria de espárragos que recoge una cuadrilla de Jódar es de 500 kilos, eso significa que en tres meses se recogen aproximadamente 45.000 kilos. El precio al que los jornaleros venden el kilo de espárragos se sitúa entre 2,5 euros y 2,75. De este modo, en una temporada, una cuadrilla de esparragueros puede facturar unos 120.000 euros de los cuales, si tiene una buena relación con el patrón, se lleva 60.000. Eso dividido por los 20 miembros de una familia como la de Casa Canuto, hace que cada jornalero gane 3.000 euros. Ese dinero que parece suficiente tiene que servir para todo el año, a ese dinero hay que aplicarle impuestos, ese dinero es un dinero idílico porque no siempre la cosecha de espárragos es buena ni el patrón ofrece tan buenas condiciones. Con ese dinero, más el poco que ganan con la recolecta de la aceituna y la uva, y más el que ganan con el PER (Plan de Empleo Rural) que nunca supera los 569,79 euros, tienen que vivir los vecinos desplazados de Jódar.

 

En Abarzuza, cerca de Casa Canuto, hay un mural heroico de más de cinco metros de altura dedicado a la tierra y a los que la trabajan. 

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Pero quizás tienen razón los que hablan del espárrago como si fuera una joya. Hay quien gana mucho dinero con los jornaleros de Jódar: los patrones. La Unión de Ganaderos y Agricultores de Navarra está del otro lado de la balanza y no tiene motivo para pensar que la situación es precaria. Según la misma organización «podemos estar hablando de más de 1000 trabajadores, que se desplazan con sus familias a Navarra durante la campaña del espárrago, la mayor parte provienen de Jódar, en Jaén. Se localizan muchos en Tierra Estella, aunque también la ribera alta y ribera suman trabajadores». Una forma aséptica de ver la realidad que deja de lado la verdad antropológica del asunto.

En Abarzuza, cerca de Casa Canuto, hay un mural heroico de más de cinco metros de altura. En esa pintura con visos de estética soviética, la tierra parece un montículo de hormigón pardo y el agujero que hace el jornalero en él, es más parecido al hecho por un obrero con un martillo hidráulico, que al surco de un esparraguero. Más representaciones, formas de ver el mundo que en poco se asemejan a lo que se ve en los campos cercanos al pueblo, y en realidad a los campos de todo el mundo. 

 

Cuando anochece puede verse una veintena de luces por el campo como si fueran luciérnagas. 

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Juani está arrodillada sacando un espárrago y de repente escupe con asco. «¡Te ha hecho una foto escupiendo!» grita Vero riéndose. «Me da igual» responde Juani poniendo cara de absoluta repugnancia. No es cierto, no hay foto del momento en que la jornalera ha escupido un mosquito que se le ha metido en la boca. Es frecuente que cuando recogen de noche y llevan el frontal encendido, los mosquitos intenten picarles la cara. Si van hablando algún insecto se cuela por entre los labios. 

A las ocho de la noche han empezado a encender sus frontales. No todos los jornaleros lo hacen al mismo ritmo. Esa es la diferencia con respecto a otros tipos de cultivos; lo que hace de los esparragueros más noticiables es su condición de trabajadores nocturnos y la posibilidad estética de sacar unas bonitas fotografías de noche.

Más allá de eso, según cuentan, trabajar de noche es lo peor de este trabajo: «En mayo hace frío y se te altera el sueño». Incluso cuando la noche avanza y el oscuro es total, los hombres que antes parecían ir por libre se juntan para hablar de sus asuntos. Manuel, el más dicharachero de la cuadrilla y quien ha actuado un poco como embajador de Casa Canuto enseñándome a sacar un espárrago o a conducir mi coche por los caminos de tierra, comenta con sus compañeros cómo se sacó el carnet de conducir. Discuten porque otro jornalero dice habérselo sacado en menos tiempo del que el resto está dispuesto a asumir que se lo sacó.

A eso de las 12 y media, cuando han terminado la segunda pieza en Zábal que les ha llevado más de cinco horas de trabajo prácticamente ininterrumpido, hacen una pausa para cenar. Se sientan en el borde de la carretera comarcal y sacan los bocadillos que las mujeres han preparado. «¿Quieres comida?» me preguntan. «No, gracias» digo. «¿Cocacola?» preguntan. «No, gracias» respondo. «¿Necesitas un frontal?». «¿Quieres un cigarrillo? Son de contrabando» dice Manuel. «Dos kilos de tabaco de liar cuestan 20 euros» añade. «¿Quieres agua?». «Siéntate en esta caja si estás cansado». Los esparragueros son gente dura, pero amable. Mejor decir son gente dura y amable.

Mientras comen con los frontales iluminando los bocadillos envueltos en papel de plata, se ve con claridad porque Diego Cañamero los llama como los llama. Me despido de ellos y mientras el coche se aleja puedo ver como una veintena de luces se mueven por el campo como si fueran luciérnagas de un dios monstruoso. Son los jornaleros mineros.

Albert Alexandre
Albert Alexandre

Nació en Barcelona en el año 1987. Licenciado en historia, trabaja como periodista en AraInfo y ha escrito para medios como Jot Down, Yorokobu, Pikara Magazine, Vice, El Salto o La Directa.

 
 

@albertalexan