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LA HECATOMBE

que pasó de largo 
Carolina Reymúndez
 

Lo raro no es viajar, sino volver a viajar con ellos.

En un par de días estaré en Italia con mi papá, mi mamá, mi hermana y mi hermano. La familia original. Los cinco, treinta años después del último viaje juntos.

Carlos, 

Susana, 

Carolina, 

Cecilia, 

Ezequiel. 

(Según orden de aparición en el mundo). 

Cuando le conté del proyecto, una amiga fue categórica: estás loca. Para otra sin padres soy una privilegiada. Una colega hija de divorciados lo ve como una fantasía imposible. A alguien peleado con su madre jamás se le ocurriría viajar con ella. Nosotros estamos y nos vamos a construir nuevos recuerdos. Mi mamá ya guardó el cortaplumas en la valija y mi hermana me preguntó por WhatsApp qué calzado debería llevar.

¿Cómo será la dinámica después de tanto tiempo? ¿Los roles habrán cambiado como cambiaron nuestras caras? En los viajes de pequeña mi padre trazaba el itinerario y tomaba las decisiones. Hoy decide cada vez menos y dice lo que se le ocurre cuando se le ocurre. Es un viejo sin filtro. Me tranquiliza que viajemos a Italia y no a Suiza, tan perfecta y silenciosa. Una discusión nuestra en un restaurante napolitano podría ser fácilmente superada por otra de mayor volumen. Ma che cosa diciMascalzone!

Los hoteles están reservados y el auto, pagado: road trip por el sur de Italia. Nuestro modo siempre fue el viaje, así que no me extraña que esta reunión también tome esa forma. Me pregunto cómo estaré al sexto día de convivencia, o si a los quince no querré adelantar el pasaje de vuelta, contratar a la mafia siciliana o salir nadando a Lampedusa. 

En la previa hay expectativa y ganas. Me imagino pícnics en la campiña ondulada con mantel a cuadros rojo y blanco, y queso pecorino y bresaola, y pan casero mojado en aceite de oliva extra virgen. Comidas a orillas del Tirreno, con nostalgias de mitos griegos y soldados romanos y cerca de pasticcerie donde vendan cannoli, ¿qué podría salir mal?

Jajaja.

 

***

 

En una parada de media mañana en un bar de Siracusa, más o menos en la mitad del viaje, mi mamá contó lo que había soñado la noche anterior: «Soñé que estaba sentada en un café y en un momento llegó un hombre grandote, de tez oscura, y puso su dedo índice adentro de mi taza de café y después la levantó y se la volcó en la espalda». Mi papá la miró perturbado como si estuviera contando una porno. Mi hermano hizo una broma sobre el café (algo así como ya que se volcó pidamos otro), mi hermana repitió el sueño en voz alta y después dijo: «Los sueños no se cumplen, se trabajan». Yo anoté todo.

 

***

 

¿Cómo te fue? Contá-contá-contá. 

La gente pregunta sobre el viaje, los amigos quieren saber, incluso los desconocidos. Por sana curiosidad, por malsano morbo. Porque desde que tenemos Facebook estamos acostumbrados a scrollear en busca de vidas ajenas. 

¿Cómo estuvo eso? Contá-contá-contá.

El viaje salió bien, muy bien. ¡El viaje salió bárbaro! El sur de Italia es un destino para pasarla bien. (¿Acaso existen destinos para pasarla mal?). Paisajes arcaicos, de campos de limones, iglesias de piedra, muros donde crecen alcaparras y gente con ganas de conversar. En cualquier bolichito, un plato de pasta al dente. Empecé por la pasta, pero quería contar del mar, la mare. El Adriático se ampliaba más allá del marco de la ventanilla del auto. Azul, profundo, luminoso. También un mar lleno de muertos, de migrantes que no llegaron. 

Mientras le dábamos la vuelta al taco de la bota, a la Puglia, pensábamos qué había enfrente: Albania, Grecia, Libia. Cada tanto leíamos una reseña en voz alta, daba sueño si era después de comer. A veces surgía una anécdota familiar, de esas que se contaron cien veces, qué digo cien, mil, y siempre tienen un matiz nuevo. O quizás el matiz nuevo es uno mismo, con los oídos del presente. «¿Se acuerdan de Alfredo Tisser?», preguntó mi viejo. Era nuestro vecino de abajo y, para mi papá, la única persona que lo ayudó cuando la pasó mal de laburo. Alfredo tenía ojos verdes muy redondos y grandes. Parecía que querían saltar de la cara. Todas las mañanas de su vida Alfredo se daba una ducha de agua fría. Trabajaba en algo relacionado con la fruta y nos solía traer de regalo una botella de jugo concentrado de manzana de Río Negro. Hace poco mi viejo me pidió que lo rastreara por Facebook —«vos que manejás interné»— y supe que había muerto unos años atrás. Casi no se lo digo.

Italia era importante. Los antiguos anfiteatros que fueron primero griegos y después romanos, las guerras del Peloponeso y el olivo tres veces milenario. Pero en ciertos momentos Italia no importaba un comino. Se transformaba en un póster con paisaje.

Bonito pero de relleno. 

Bonito pero quieto. 

Bonito pero sin la potencia de los lazos familiares. 

La historia de la humanidad atrás de la ventanilla y la propia historia adentro del auto. Ganaba lo particular sobre lo general (por goleada). 

También surgieron cuentos nuevos que solían partir de mi mamá. «Me acuerdo cuando papá les contó a los compañeros de guardia del Hospital Pirovano que nos casábamos y después de felicitarlo le dieron un consejo: «En la cama tirate pedos desde el principio».

Cada vez que salíamos de visitar una iglesia mi viejo decía: «Debe tener una mina el cura» y mi mamá le respondía: «Ay gordito, cómo sos…». Antes de casarse se trataban de usted y desde que se casaron, hace casi cincuenta años, se dicen «gordito» y «gordita», él también le dice «nena» y «nenita» o «¡Susana!» cuando busca algo y no lo encuentra. 

Cuando mi hermano tenía migrañas colosales hacíamos teorías y le dábamos ideas y cátedra para combatirlas: ¡No comas carne a la noche! ¡Tendrías que tomar más café! ¿Por qué suspendiste el Migral? ¿Estás estresado? ¡Hacé yoga! Pobre, creo que fuimos peores que el dolor de cabeza. 

Cada vez que mi hermana pedía sólo una ensalada de almuerzo mi madre sufría —en general— en silencio. Si sufría en voz alta, la cosa se ponía peluda y terminaba la tarde con una hermana muda. A la noche, en el cuarto compartido igual que cuando éramos chicas, decía antes de apagar la luz: «¿Viste que todo el tiempo me molesta con la comida?»

La ventanilla del auto, el mar y los nombres Albania, Grecia, Libia, países normalmente lejanos y ahora ahí enfrente me borraban del tejido familiar y entonces se abrían los caminos interiores. El metaviaje. El viaje imaginado. Debería escribirles una tarjeta de agradecimiento: «Queridas Albania, Grecia y Libia, probablemente no lo sepan, pero fueron mi terapia geográfica cuando el humor del viaje se espesaba. Me las imaginé escarpadas, recorrí las rocas descalza y deseé tesoros hundidos y brillantes. Saber que existían y que si salía arrancando del auto estarían ahí me hacía bien. Albania, Grecia, Libia: gracias». 

¿Qué tal el periplo? Contá-contá-contá.

El día de la partida, ya en el avión, en ese limbo de frescura antes de las doce horas de vuelo, mi padre, que tiene 80 años y no usa WhatsApp ni redes sociales ni cajero automático, le preguntó tranquilamente a mi madre: «Gordita, ¿estás en modo avión?».

Veinte días alcanzaron para construir nuevos recuerdos, tener un par de contratiempos y dar premios al mejor hotel, restaurante, paseo, momento, personaje, frase. La comida ganadora fue un almuerzo en La Balconata, el único restaurante del casco histórico de Polignano a Mare que, claro, mira al mar. Comí pulpo al jugo de tomate en una cazuela de barro; qué delicia. Cierro los ojos y todavía siento la brisa del Adriático. 

El viaje salió bien, muy bien. ¡El viaje salió bárbaro! Volvimos sanos, a salvo y hablándonos. No me pregunten, por favor, qué hubiera pasado si: 

 

—En el auto alquilado mi madre no se sentaba en el medio, entre mi hermana y yo.

—La conversación tomaba rumbos más políticos y se caía por La Grieta. 

—Alguien respondía con hartazgo el día que mi papá preguntó quince veces si esa tarde cruzábamos a Sicilia (el principio de Alzheimer es demoledor para los que rodean al enfermo). 

—La gallega del GPS decía una vez más «entonces vuelves tres kilómetros al oeste y…» la tarde que nos perdimos en Palermo. 

 

Nada de esto sucedió porque somos cuidadosos o miedosos o las dos cosas. El condicional no existe, pero si algo de eso pasaba se me ocurre una sola palabra: hecatombe. La nombró la guía en el anfiteatro de Siracusa. Viene del griego antiguo, «hekaton» quiere decir «cien» y «boüs», «buey». La palabra designa el sacrificio de cien bueyes en honor a los dioses. Un drama.

Como en todo tejido íntimo, la hecatombe late agazapada bajo la piel tersa del amor. 

En este viaje, menos mal, pasó de largo.

Carolina Reymúndez
Carolina Reymúndez
Periodista de viajes. Licenciada en Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, trabajó en La Nación de Argentina y actualmente escribe para varios medios de Latinoamérica. Enseña en EPP y Periodismo.net y acaba de publicar su primer libro de crónicas de viaje: El mejor trabajo del mundo
 
 

@carolreymundez