Las manos de Juan Nebro son huesudas y angulosas, tan afiladas que bien podrían confundirse con las patas de un cernícalo o de un águila común. Los dedos son macizos, las uñas prietas, las venas cárdenas y profundas como zanjas. Así eran también las manos de su padre y las de sus tíos y las de su hermano Antonio. Manos que escarban, que siegan, que trinchan. Manos de agricultor.

Juan lleva 73 de sus 81 años trabajando en el campo y para hacerse una idea de lo que ese tiempo significa basta con mirar sus manos que, de tanto morder la tierra, han terminado cogiendo la forma y la herrumbre del rastrillo. Mitad carne, mitad herramienta.

Cualquiera podría imaginarlas abriendo surcos abisales, arramblando con pedruscos y raíces, hostigando a las malas hierbas. Lo difícil es imaginarlas como están ahora, con sus palmas carcomidas, ásperas como cuerdas, acariciando un papel, una estrofa, un poema.

«Al llegar la primavera a los campos andaluces, sale el brote de la higuera y el sol con fuerza reluce, (…) aparecen las espigas entre los verdes trigales formando rizadas olas cuando las empuja el aire» —recita Juan y el dedo índice, agarrotado y seco, va subrayando con cuidado. Verso a verso.

Las manos de Juan Nebro son huesudas y angulosas, tan afiladas que bien podrían confundirse con las patas de un cernícalo o de un águila común

Nadie sabe por qué, pero a Cuevas del Becerro (Málaga) le crecen los poetas. De los 1.600 habitantes que viven en este pequeño pueblo agrícola rara es la familia donde no tienen uno. O dos. Y no se trata de la típica exageración del periodista, la inusual concentración de sensibilidad en esta esquina del mundo se ha convertido en un fenómeno tal que a los propios vecinos les extraña. El enigma poético cueveño lo llaman porque no se trata solo de que les guste rimar. Es que lo llevan dentro, en el mismo adn, como una exquisita mutación.

Sabiendo esto, a nadie debería extrañarle que en Cuevas del Becerro no tengan club de petanca, pero sí uno de poesía. Una vez al año un peculiar cónclave los reúne a todos para compartir sus creaciones y declamarlas en voz alta. El certamen poético más modesto del mundo.

—Ya lo verás, —me advirtió días antes Vallecillo, el organizador— es un acto precioso.

***

A Cuevas del Becerro no se va, a Cuevas te la encuentras por el camino. El pueblo se ofrece discreto a un lado de la carretera A-367 que articula parte de la Málaga interior y sirve de transición entre las tierras llanas de la comarca de Antequera y los picos agrestes de la Serranía de Ronda.

Desde arriba, tiene la forma de un animal recostado. Sus calles blancas y adormiladas se enroscan suavemente sobre una loma a 733 metros de altitud. Alrededor se despliegan los campos tostados de olivo y cereal. Un poco más lejos, el perfil afilado y oscuro de las montañas.

Atravesar este lugar resulta una experiencia plácida, tranquila, pero sobre todo breve. Quince minutos son suficientes para caminarlo de lado a lado, en coche bastarían cuatro. Eso sí, para el visitante primerizo puede ser fácil perderse, cada calle parece una copia idéntica de la anterior. Las mismas aceras despejadas, las mismas casas rechonchas con sus dos plantas, sus ventanales de madera maciza, sus portales silenciosos. Todas exhibiendo orgullosas esa arquitectura pretérita de los pueblos. Pero ojo, no hay que dejarse engañar por el aspecto manso de sus fachadas, por encima de todo el alma de Cuevas es aguerrida, feroz, campestre hasta los dientes.

El trabajo en la aceituna ha alimentado y endurecido la piel de los cueveños durante generaciones. Niños que se hicieron hombres al pie de los olivares y allí descubrieron el paso de las estaciones, el significado de los ciclos, la vida y la muerte de las plantas hasta que un buen día empezaron a rimar. Y a ellos les siguieron sus hijos y a los hijos les siguieron los nietos. Tan natural como aprender a caminar o a exterminar una plaga de cochinillas.

—Esto de la poesía empezó así, por generación espontánea.

Su nombre es Antonio Luis Villarejo Vallecillo. Es lo que pone en su carnet de identidad pero aquí todos le llaman por el final, porque es uno de los últimos Vallecillos que queda en el pueblo. Este hombre de piel curtida, voz de barítono y ojos claros sabe todo lo que hay que saber sobre los poetas cueveños. O casi todo.   

—La verdad es que es un fenómeno extraño. Tanta gente que escriba en un pueblo tan chico. Yo no lo sé explicar, de verdad que no me lo explico, pero es cierto que existe ese gusto en el pueblo y existe desde siempre—, afirma el hombre con aire de profeta.

Es importante resaltar que en Cuevas del Becerro no nacieron Alberti, ni Lorca, ni Machado, ni ninguno de esos poetas andaluces que salen en los libros de texto y bautizan calles y plazuelas. En Cuevas del Becerro los poetas muertos tienen nombres de caricatura: Cantarero y el Rano, Curro «el arriscao», la Aguililla, Mariquita la ligera.

—Qué invierno hemos pasao lo tendremos en la memoria, un pobre puesto de verduras que nos parecía gloria, recita Vallecillo de cabeza. Son versos de Mariquita la ligera, de los años 40.

Sus rimas son hoy patrimonio inmaterial en el más puro sentido de la palabra porque no están escritas en ninguna parte—,  la mayoría de estos primeros poetas ni siquiera sabía escribir—. Familiares y vecinos las memorizaron de oído y, sin saberlo, las mantuvieron a salvo. Desde entonces, la vieja tradición de los recitadores ha continuado intacta como una herencia sin sangre, sin explicación.

—La primera vez que yo escribí algo tenía unos trece o catorce años. A partir de esa edad ya empecé con las poesías—, cuenta El López, Antonio López. Es un hombre alto y espigado, de hablar tranquilo y ceceante. Podría pasar por un formal bibliotecario o un profesor de universidad, un atildado maestro de filosofía.

Pero no. Antonio es agricultor. Un agricultor que escribe, como lo fue Miguel Hernández o José Antonio Muñoz Rojas. «Escritores de acción, gente ruda» —los llama él— y no como esos «poetas acomodados» y de uñas impolutas que necesitan tiempo para sentarse a escribir. Los rudos son los que van pariendo versos a la intemperie y en mitad de la faena. Los que tocan tierra antes de tocar papel. Los que no necesitan evocar ningún paisaje, porque a diario lo palpan, lo huelen, lo trabajan.

—Yo durante el trabajo voy rumiando el poema y cuando llego a casa lo transcribo al papel, dice el poeta rudo. Así de sencillo.

López y Vallecillo son amigos desde hace mucho. Ambos comparten desde niños las mismas pasiones literarias, pero sus tertulias poéticas no son aptas para cualquiera, al menos no lo son para intelectuales que presuman de nariz muy fina. Solo ellos son capaces —ventajas de la rudeza— de debatir con dignidad sobre la Generación del 27 mientras el estiércol va lamiéndole los bajos del pantalón.

Fue en una de esas tertulias, mientras los dos amigos paseaban al alba por los límites difusos del pueblo, cuando se les ocurrió la idea: y si tanta gente escribe, ¿por qué no hacer un certamen?

Así fue como en 2012 esta pareja de quijotes líricos montó el grupo de poetas y luego redactó las bases del certamen y buscó la manera de conseguir la publicidad y el dinero para pagar el premio y sudó la gota gorda hasta convencer al Ayuntamiento, incapaz de comprender qué falta le hacía a un pueblo como el suyo un concurso de poesía. De entre todas las fechas posibles escogieron el 12 de enero, día de San Antonio Abad, santo protector de animales y poetas fieros.

***

En Cuevas del Becerro los bordes son casi imperceptibles. En el momento menos pensado el asfalto se convierte en carril de arena. De repente el pueblo se hace paisaje. En el horizonte se abren, bien peinadas, las alfombras de olivos y a lo lejos se oye un ruido de avispero. Son las máquinas vareadoras atizando a los viejos árboles sin piedad.

El chirrido metálico se pierde en un claro en medio de un montón de troncos retorcidos. Ahí, sobre una malla plástica cubierta de motas verdes hay tres hombres. El mayor se llama Joseíto Sagrario, los otros dos son sus hijos, Francisco y Bartolo.

—¿Vienes esta noche al certamen? No te puedes ni imaginar la pila de gente que escribe poesía por aquí—, advierte Joseíto. Viste pantalón de chándal y camisa gris marengo bajo un forro polar azul. Tiene el pelo recio y cano, los ojillos tiernos, el cuerpo ajado pero firme como un monte.

Joseíto es un hombre feliz. Durante su vida prolija ha trabajado de albañil, ha emigrado a Suiza y ha vuelto, ha probado con la política y la lucha sindical. Ahora está jubilado, es libre y ha descubierto la poesía.

—Nunca he tenido tiempo para mí. Me casé muy joven, he criado a tres niños, he trabajado diez y doce horas diarias sin gustarme. Ahora cuando me he jubilado es cuando me he dado a conocer.

Muchos piensan que lo suyo es la típica afición tardía, un capricho de viejo retirado. Hasta su mujer lo piensa, por eso nunca le acompaña a los recitales porque dice que le da vergüenza, que teme que se rían de él. Pero eso no atempera su entusiasmo. Al contrario, cuanto más se acerca el certamen más recuerda Joseíto a un niño en el día de comunión. Se le ve por la parcela agitado, distraído, mientras sus hijos le regañan por no estar en lo que tiene que estar, por quedarse embobado con delirios de poeta cada vez que le toca pasarles la vara o el capazo de aceitunas.

—Ya tengo preparado un poemita para esta noche—, confiesa Joseíto, las pupilas encendidas de ilusión— Verás, cuando yo escribo siempre los memorizo. No me gusta recitar con papel. Me puede pasar que un día me quede en blanco y entonces no veas tú que clase de corte. Pero de momento no me ha pasado nunca, lo tengo más que machacado.

Mientras su padre habla, Francisco y Bartolo continúan zarandeando árboles visiblemente divertidos ante el extraño interés que muestra la periodista por los versos de un jubilado en chándal. Por eso Joseíto, que ya se ha dado cuenta, se vuelve de espaldas y susurra muy bajito: Ahora te voy a llevar a un sitio especial donde yo me inspiro más.

Joseíto es un hombre feliz. Durante su vida prolija ha trabajado de albañil, ha emigrado a Suiza y ha vuelto, ha probado con la política y la lucha sindical. Ahora está jubilado, es libre y ha descubierto la poesía.

Rápidamente el hombre se adelanta para marcar el camino a través de una ladera tupida de matorral. Mientras tanto, empezará a contar por qué empezó en esto de la poesía.

Como otros niños de su tiempo, Joseíto no pudo ir a la escuela. Empezó a trabajar mucho antes de perder los primeros dientes. Si no hubiera sido por un vecino más mayor llamado Andrés Perujo hoy sería analfabeto. De eso está seguro. Andrés forma parte de una larga tradición en Cuevas del Becerro, la de los maestros montúos. Profesores voluntarios que, a cambio de una peseta, iban cada tarde a los cortijos para enseñar a los chavales a leer y a sumar, lo suficiente para no ser unos brutos.

—Por la mañana yo trabajaba en el cortijo cuidando cochinillos y por las tardes hacía dictados con el maestro. Él me prestó mi primer libro, se llamaba Hace falta un muchacho. Cuando tenía algo de tiempo me sentaba con los cochinos y me ponía a leer. Llevaba una libretita y un lapicito y si no entendía una cosa la apuntaba, recuerda.

Su historia se parece a aquella del poeta Miguel Hernández. Él también empezó a escribir mientras paseaba un rebaño de cabras por las veredas alicantinas. La diferencia con Hernández es que él sí pudo continuar sus estudios de bachillerato, leer más libros, viajar a Madrid. Joseíto no, Joseíto lo dejó todo parado. Hasta ahora. 

—Me gusta leer todos los días y si, de pronto, me viene algo a la cabeza lo escribo. Yo no me siento poeta, me siento un aprendiz de poeta. Sé que a lo mejor no lo hago bien, que uno no tiene estudios, pero a mí no me importa. Ahora ya no siento cortedad.

Al llegar a lo alto de la loma, Joseíto señala un par de almendros. Tras ellos hay un banco muy regio, hecho de piedra y ladrillo. Un mirador privilegiado desde el cual se distingue todo el mar de olivos, meciéndose lento bajo el sol templado de mediodía. Junto al respaldo y bajo una piedra chata el albañil guarda un puñado de papeles magullados, cubiertos de churretes negros como el hollín.

—¿Qué te parece? Es mi sentaero. He pasado cuarenta años trabajando en la obra, pero esto lo construí para mi recreo. Si no te inspiras aquí es que no eres poeta.

***

Lo más curioso del pueblo de los poetas es que, precisamente aquí, leer siempre ha sido una proeza. Al principio, cuando las carreteras que comunicaban el mar y la sierra solo eran enjambres de caminos pedregosos, los vendedores ambulantes tardaban semanas en llegar y, cuando por fin lo hacían, tenían la mala costumbre de traer los libros por partes, troceados en capítulos sueltos. Los cueveños tuvieron que aprender a leer por fascículos, al tiempo que ejercitaban la paciencia. Por muy interesante que fuese la historia, lo normal era tener que esperar varios meses hasta conocer el final.

Mucho tiempo después, a partir de los años 70, llegaría el bibliobús y en 2010 la biblioteca. Para entonces ya esperaban en la puerta una buena avanzadilla de lectores hambrientos.

Al igual que los libros, el transporte público también tardó en llegar y eso tuvo sus consecuencias. La falta de infraestructura impidió que la generación posterior a la de Joseíto, la que hoy ronda entre los cincuenta y los sesenta años, la de López y Vallecillo, pudiera seguir estudiando. El instituto más cercano estaba a unos 20 kilómetros, en la ciudad de Ronda, que ahora parecen nada —media hora en coche como mucho—  pero antes eso era un océano, una frontera infranqueable.

Sin autobús escolar, solo las familias privilegiadas podían pagarle a sus hijos un internado en la ciudad. Por eso, una vez terminada la educación elemental, la mayoría de aquellos niños volvieron a quedar varados en el pueblo, repitiendo el destino mismo de sus antepasados, una y otra vez.

Es precisamente en este punto donde coge fuerza la teoría del enigma. Cómo se explica que en un pueblo que lo tuvo todo en contra, sin libros ni posibilidad de estudiar, donde era infinitamente más seguro acabar con una azada en las manos que con un soneto de Lorca, cómo se entiende que justo aquí exista esa fascinación por la poesía.

—Es una rareza, reconoce el López. Siendo un pueblo aislado y donde la gente no se ha formado hasta ahora es raro que haya tantos interesados en la cultura. Precisamente ahora estamos confeccionando un libro para intentar explicar esta historia, se llama Puerta del Tiempo, la aventura poética cueveña y cada vez nos sale un poeta nuevo, ya hemos pasado los veinte. Intentamos indagar qué elementos hay comunes entre ellos, para ver por qué surge esto, por qué escriben, pero todavía no hemos encontrado el porqué.

Adela Perujo, otra vecina de Cuevas, otra poeta, tiene su propia teoría. 

—Yo creo que es por aburrimiento, —responde sin pensarlo demasiado—, quiero decir que aquí la vida es muy tranquila, que hay menos cosas que hacer. En una ciudad hay un cine, una bolera, una sala de juegos. Aquí, al tener menos actividad, la creatividad se alimenta más. Yo creo que es más fácil que se junten en un pueblo más personas que escriben, que en el barrio de una gran ciudad.

De todas formas, insiste Adela, lo que hace peculiar a este pueblo no es sólo la cantidad de personas que escriben. La coincidencia es que sean personas tan dispares.

—Están los poetas del campo, dice, pero también tenemos una nueva hornada de jóvenes que escriben muy bien, el problema es que la mayoría ya está fuera —añade y esa última palabra, fuera, suena como si tuviera más eco de lo normal, como si también formara parte de un enigma, quizá de una maldición.

Y de pronto una que estaba empeñada en viajar a lo rural y no volver a contar lo de siempre, en no repetir esa letanía triste que alerta sobre campos menguantes y pueblos que desaparecen, de pronto se da cuenta de que es un tema difícil de obviar. Que es verdad, que hay poca gente. Que a una hora en coche de la Costa del Sol, del kilómetro cero del turismo patrio, también hay miedo a la despoblación. Que según el último el censo, nacieron nueve cueveños y murieron veinticinco. Que, como como dicen los vecinos, antes lo difícil era salir de Cuevas, pero ahora lo difícil es que la gente vuelva.

—Vas caminando por la calle y ves todas esas casas cerradas… En los pueblos, si eres sensible, el sentimiento de nostalgia siempre te acompaña, cuenta el López y de nuevo varias palabras insisten en querer anudarse, en buscar un sentido. El enigma, la poesía. 

***

—¿Quieres que te recite, entonces?, pregunta Juan Nebro nada más abrir la puerta.

Lleva una gorra de tweed y una camisa recia de cuadros. Tiene el perfil aguileño, las orejas generosas, las cejas tupidas y asilvestradas, las pupilas enterradas entre pliegues muy finos de la piel. En plena hora de la siesta lo normal habría sido encontrarlo sentado en el brasero, dormitando con la boca abierta frente a un programa cualquiera de la televisión, pero él lleva un buen rato de pie, con el nervio de una polilla encerrada en una caja de zapatos y un puñado de hojas en las manos. Una especie de cuaderno sujeto por un par de grapas, en cuya portada unas letras grandes y azules dicen: Rimas de un agricultor.

«—¿Quieres que te recite, entonces? – pregunta Juan Nebro nada más abrir la puerta».

Juan, de 81 años, y su hermano Antonio, de 84, viven en una casa enorme con hechuras de catedral románica. Desde la entrada se advierten los techos altos, las paredes gruesas —casi desnudas—, las habitaciones cavernosas. Pero él no tiene intención ninguna de ofrecer una visita, no acepta preliminares. Inmediatamente señala un cuarto separado por una cortina. Es su dormitorio.

El interior es tan sobrio como el de un internado: una cómoda de tiradores dorados, un cuadro de terciopelo con el Sagrado Corazón de Jesús y una cama de 90 de aspecto poco confortable. Sobre ella hay varias hojas de libreta y montones de folios huérfanos. La febril producción literaria de un viejo campesino.

Nada más entrar, Juan atrapa una de las páginas con sus fértiles manos de pájaro y arranca:

—Es la Cueva del Becerro un rinconcito de España con sus aguas cristalinas donde la luna se baña (…) Pueblo blanquito y pequeño de la bella Andalucía que nadie puede igualar en nobleza y simpatía…

El espectáculo continuará un buen rato. Primero un poema dedicado al pueblo, luego otro a la primavera, a las montañas, a la cama donde nació, al color de los cerros que se ven desde su finca. El poeta veterano enlaza un texto con otro con la ansiedad del fumador compulsivo. Dice que los versos le brotan salvajes como los arbustos, pero que luego los remienda con la ayuda de un diccionario de bolsillo. El resultado son estas composiciones honestas —de las que dicen que los trigales son verdes porque así son. Verdes. Sin más parafernalia— que Juan escribe con una bellísima letra de molde, ligeramente inclinada a la derecha y con las esquinas redondeadas. Cualquier grafólogo le diría que es la letra de un artista, pero eso él ya lo sabe. Por algo se llevó el tercer premio en el primer certamen poético de Cuevas. Que entonces ni él mismo se lo creía, pero ahora prefiere no hablar del tema. Dice que hace tiempo que no se presenta, que se vino abajo la última vez.

—Yo esperaba que iba a ganar y no pudo ser. Cuando salió la poesía de la gente nueva entendí que tenían una forma distinta a la mía, que yo no podía llegar a la altura de sus palabras y pensé… ya no voy más, dice dando la conversación claramente por zanjada. A Juan le gusta recitar, pero le inquieta tener que dar explicaciones. Quizá por eso, en una sabia maniobra de distracción, el poeta propone ir a ver la «madriguera».

La madriguera para Juan es lo más parecido al Nirvana, es su refugio y su territorio estético, el único lugar donde belleza y trabajo son para él la misma cosa. Es la finca familiar donde él y su hermano Antonio todavía siguen trabajando a diario.

El trayecto son menos de diez minutos, caminamos solos, la calle es un bostezo y puede que sea por la intimidad de la tarde pero en mitad del camino el hombre octogenario ablanda la compostura, se confía, empieza a hablar.

— ¿Y qué opina su hermano de que usted escriba poesía?

—A él no le gusta, es casi analfabeto. Ahora no me dice nada, pero antes se reía mucho, me hacía bromas. Una vez le recité una poesía en su 80 cumpleaños. Se la dediqué cuando ya de mayor intentó casarse con una viuda.

—¿Y usted nunca se casó?

—No, yo estoy soltero, solo en la vida. Más que nada, no me desenvuelvo muy bien en el tema ese. Soy muy tímido, no sé… poco decidido. Me he ido dejando llevar por el destino y ya ves… aquí está el destino ya— resopla el hombre. Y una que ya se imaginaba a un joven Juan recitando altivo frente a las muchachas del pueblo, enhebrándoles el brazo dulcemente, susurrándoles al oído las palabras más bonitas de su diccionario comprende que no. Que Juan es un poeta sin amor. Eso sí que es un enigma.

Unos metros antes de alcanzar la finca, Juan decide hacer una segunda confesión. Dice que sueña con convertir todas sus rimas de agricultor en un libro hecho y derecho, con su encuadernación y todo. Porque arboles ha plantado muchos, pero niños —a la vista está— no ha dejado ninguno y necesita como sea romper el empate para poder pasar a la posteridad.

—Mira, la gente se piensa que los del campo somos bobos y catetos pero eso no es así, el campo tiene su cultura, remarca Juan con los ojos cansados. De sus palabras se infiere una súplica: espero, amable periodista de ciudad, que sepas plasmarlo como es debido.

***

Falta una hora para que empiece el certamen y Mariloli Toscano dice que no sale a recitar.

—No, no. Yo no.

Ella también es poeta pero poco dada a la exhibición. No le gusta que la gente lea sus poemas, ni si quiera su familia. Dice que es algo muy personal, como si la abrieran por dentro o como si la vieran totalmente desnuda. Lo de exponerse no le gusta. Lo dejó bien claro antes de vernos.

—Si quieres hablamos, pero fotos no.

Mariloli es una mujer agradable de sonrisa lunar y ojos brillantes y azules. Poeta desde la cuna, como lo fue su tía y como también lo es su hija María. Después de respirar, seguramente sea escribir el verbo que práctica más a menudo. Mariloli escribe en cualquier lugar, en cualquier momento. Casi como una enfermedad.

—Tengo que llevar siempre papel y lápiz en el bolso porque a lo mejor estoy en una tienda y me viene un poema. No lo puedo controlar, asegura. 

Y debe ser así, los poemas le aprietan, le gritan por dentro hasta que ya no puede más y se los tiene que arrancar de golpe. Hay veces que lo describe como una iluminación, un golpe de luz cenital. La luz manda, ella ejecuta.

—Hay una cosita que viene y te dice cha,cha,cha y tú solo eres el instrumento. 

—¿y tú qué opinas del enigma?, ¿por qué escriben los demás?

—Esto es algo nacío, —contesta proverbial—, como el que tiene un color de ojos, es una cosa nacía.

***

En la calle es noche cerrada. Hace solo unos minutos el silencio dejaba oír hasta el parpadeo de los gatos, pero ahora una tímida romería de sombras empieza a recorrer las aceras. En la Casa del Pueblo alguien ha encendido las luces.

A Cuevas del Becerro no se va, a Cuevas te la encuentras por el camino. El pueblo se ofrece discreto a un lado de la carretera A-367 que articula parte de la Málaga interior y sirve de transición entre las tierras llanas de la comarca de Antequera y los picos agrestes de la Serranía de Ronda.

«Yo creo que se nos va a quedar pequeña», me había advertido Joseíto, pero de momento en el salón solo se aprecia el baile incandescente de las bombillas. De pronto surgen las dudas. ¿Y si las expectativas eran demasiado altas?, ¿y si nos hemos dejado engatusar por el entusiasmo superlativo de López y Vallecillo, por la emoción infantil de Joseíto, por la dedicación de Juan? Al fin y al cabo, ¿quién estaría dispuesto a estas horas de la noche —cinco grados, según el termómetro de la farmacia— a abandonar su casa caliente para venir a que le lean poesía? Todos esos pensamientos se interrumpen cuando de pronto aparece un grupo de mujeres con abrigo de domingo. A continuación, un hormigueo intermitente de personas empieza a ocupar las primeras sillas de plástico. Se intuye la emoción de los actos importantes.

En medio del tumulto entra Joseíto con un jersey burdeos reluciente y el cuello abrigado por una bufanda muy fina de color claro. ¿Nervioso? No, nunca lo está. Dice que viene preparado, lleva en el bolsillo unos caramelos de menta.

A unos metros de distancia, aparece Juan Nebro. Sin gorra de tweed ni camisa de cuadros. Esta noche lleva puesto el traje de los bautizos. Uno de color café, con la tela muy áspera, como de fieltro gastado. El pelo bien peinado para atrás, las uñas pulidas como piedras de río. No dice nada, solo asiente y sonríe cómplice desde lejos.

En unos minutos el salón se llena. Tanto que al fondo varias personas tienen que esperar de pie. La media de edad ronda entre los cincuenta y los sesenta años. Todos muy limpios, perfumados, con la ropa de las ocasiones especiales. Cerrando la comitiva entran López y Vallecillo y ocupan un lugar central en una mesa larga que han dispuesto enfrentada al público.

Los dos hombres dan las gracias a los asistentes y a los diecinueve poetas que han participado este año. Luego hablan de lo bonito de estar juntos, de cómo la poesía les une.

—Por unos días el certamen nos pone en el mapa , dirá el López con un pellizco en el vientre y sus palabras no sonarán a lugar común. Es verdad que la poesía les ha dado un lugar —uno mucho más grande que el breve que seguramente le reservará el periódico de mañana—, pero sobre todo les ha dado un motivo. Una razón para reivindicarse, para sentirse orgullosos.

Tras las palabras de bienvenida, salen uno tras otro los poetas y hablan del amor, de la pérdida, del vacío. Y el público les sigue con arrobo como si estuviera asistiendo a un espectáculo de piruetas. Puede que efectivamente sea el certamen más modesto del mundo, que la puesta en escena se parezca más a una junta vecinal que a una reunión de intelectuales, que le falte la pirotecnia de los grandes acontecimientos urbanos; pero el acto de esta noche es mucho más que un certamen de poesía. El acto de esta noche es un ejercicio de resistencia.

Entonces llega el turno de Joseito y recita unos versos tiernos como a él le gusta, de pura memoria, y los ojos le tiritan pero no se salta ni una coma. Y un grupo de señoras, que aún llevan el abrigo puesto, cuchichean después de cada estrofa: «qué bonito, qué bonito».

¿Por qué se escribe?, se les ha preguntado siempre a los artistas. Para que a uno lo quieran —decía Lorca—, para espantar la soledad, para congelar un lugar y un tiempo, hacerlo inmortal. Porque encarnarse en verso es una forma, como cualquier otra, de existir.

Sea como sea aquí están, en plena noche de invierno, borrachos de endecasílabos. Y puede que algunos de los presentes hayan leído las obras completas de Cernuda y puede que otros no hayan leído un poema entero en su vida, pero hoy al terminar todos se pondrán de pie y gritarán olé como a los toreros.

Vallecillo tenía razón. Es un acto precioso.