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PAISAJE DESPUÉS DEL DESHIELO

La vida en Babia
Marina Hernández

A la región de Babia, provincia de León, se llega atravesando un embalse en cuyo centro hay una isla solitaria. Rodeando el agua están las montañas verdes y, más allá, las crestas y el risco violeta de Peña Ubiña. La velocidad del paisaje que recorro ahora no es la velocidad de esta tierra, que nevada tras nevada se ha ido volviendo ajena a todos hasta quedar deshabitada. De ella me han dicho los pocos lugareños que aún la viven que además de paisaje es un estado mental: estar en Babia designa también el acto de ensimismarse con los propios pensamientos, tal y como se embobaban los pastores que salían a trashumar dejando atrás su tierra y pensándola a orillas de un fuego como se piensa en un amor lejano. Hoy Babia ya no es tierra de pastores sino de escaladores, montañistas, senderistas y otros deportistas de altura, pero también es tierra de silencio: a ella acuden los que buscan abandonar el ruido y las máquinas para encontrar, como los antiguos pastores a su regreso, un fuego encendido y un buen plato de comida sobre la mesa.

«Hay como una huella de nieve en el recuerdo primitivo de esta tierra», escribió Luis Mateo Díez, nacido en Villablino, comarca de Laciana, progresión natural de Babia hacia el oeste. Supongamos que a través de las ventanas de su casa de piedra tomada por los brotes tiernos de la saxifraga (flor blanca y chiquita) el escritor que era aún un niño veía la nieve caer hasta cubrir por entero los pueblos. Entonces, la casa se convierte en el único refugio y junto al fuego se sientan las familias para rememorar los mitos de origen que todas las comunidades poseen. En Babia, se le llama calecho (éste es el nombre en pachuezo, habla dialectal de la región) a la tradición perdida de reunirse todos en una casa en la noche. Allí surgían los amores, se hilaba la rueca, se hablaba de las cosas del día. Hoy, sólo los que tienen más de sesenta años recuerdan haber participado en uno. Como al resto del país, llegó la televisión, una forma de «estar en Babia» que les había sido ajena hasta entonces, y las reuniones se disiparon como la niebla. Con la tradición se perdió la querencia de los pastores de estar en la casa, de compartir su melancolía y sus historias. «A mi papá se lo llevó la nieve», dice Adelaida, de más de noventa, en un calecho improvisado veinticinco años después de la última vez. Habla de la época en la que había que caminar tres días para recorrer los 2,7 kilómetros de tierra nevada entre La Majúa y San Emiliano sobre zancos de ramas jóvenes. Los ancianos son los que mantienen viva la memoria de Babia, que también es la de las fiestas de Santa Marina, la de las roscas de pan dulce, la de la paja en la iglesia para celebrar las bodas, la de las escaleras hechas de hielo y la de las despensas llenas para superar el temporal de cada año.

 
 

Aunque a la región llegaron las raquetas, los crampones, los quitanieves y los radiadores, la nieve sigue siendo una presencia estática que llega cada invierno y se posa, silenciosa, sobre los objetos. El macizo de las Ubiñas, los cerros, los puertos de montaña y también los pueblos aparecen mojados de un blanco espejado durante gran parte del año. Sin embargo, en Babia hay algo que a veces pesa a sus vecinos: la soledad. Ángel Quiñones sale a pasear con sus perros cada día a la montaña. Allí reconoce los sonidos del paisaje: el trino del agua, el retumbar del trueno entre los riscos. Conoce las rutas de senderismo, principal actividad de la región, y a veces las comparte con la gente de otros pueblos. Pero la soledad y la nieve son hermanas en Babia. Solo una vez, recuerda, hicieron una raquetada nocturna. Había luna llena y él encabezaba la marcha. Miró hacia atrás y vio aquella multitud, una serpiente zigzagueante atravesando el invierno, como un brote de luz repentina moviéndose todos a una, y sintió emoción. Los babianos hablan de su paisaje que es a menudo hostil y violento con la dulzura de los poetas japoneses. Al fin y al cabo, también lo incómodo es necesario para mantener el equilibrio, dicen, y piensan en los lobos y en los osos que algunas veces aparecen por los pueblos y en la cría de mastines que ha pervivido, a través de los siglos, para proteger a los hombres y gallinas de su amenaza.

De camino a la Laguna de las Verdes, entiendo lo que retiene a los habitantes de Babia en su tierra: hay un asombro en mirar el paisaje y comprender que es el hielo —y no el hombre— quien ha modelado las cresterías de roca y silicio del Morro Negro que ahora miramos, quien ha llenado los lagos y ha lamido los terraplenes y las cuevas hasta dejarlos lisos, quien ha dado vida a las cascadas y también a los manantiales que recorren los valles abriéndose paso entre la vegetación dura de montaña. Destacan entre los verdes los amarillos de los piornos, las escobas, el brezo, la caledonia, los geranios y, aquí y allá, algunos chozos de pastor, pero no muchos, para no romper con la armonía de un paisaje que permanece todavía intacto.

 

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Los nombres que posee una tierra: Caldas de Luna, Villafeliz, Puente de las Palomas, Vega de los Viejos, Riolago y, por supuesto, Babia. Patricia Almarcegui, en un libro sobre Asia Central escribió: «Quien ama el viaje sabe el poder que tienen los nombres», como también lo supieron Magris y Theroux recorriendo y recreando su Danubio y su Patagonia a medida que lo recorrían. Los nombres pueden ser motivadores de un viaje. Como viajera, quiero saber por qué a este mirador lo llaman Puerto Ventana y eso sólo la gente que conoce el comportamiento de su paisaje puede contárnoslo. Ángel Quiñones me dice que es porque hay una niebla densa y luminosa que llega de la costa del Cantábrico y que se cuela por entre los riscos, derramándose sobre los cerros como una cascada espectral. La poética del paisaje nos emociona. Pero también hay otros nombres, como breña, majada, chama, muria, curuxia u oteiru, palabras que fuera de esta geografía pierden su sentido y que para conocerlas y significarlas nos piden que vayamos hasta ellas y las nombremos mientras señalamos con el dedo los prados húmedos, los búhos y los cerros solitarios.

 
 

Además del habla, Babia también tiene su pintor: Manuel Sierra, que viste de negro y lleva una argolla en la oreja y que vuelve cada cierto tiempo a la comarca porque echa de menos el cromatismo del Ubiña a la salida del sol. Sierra se ha dedicado a pintar en murales —en un tú-a-tú con los niños y en su estilo naif y pop— lo que Babia significa para los babianos. Ahí están las cigüeñas y los picos pelados, pero también el amor, o el agua que rezuma el paisaje después del deshielo. Su pintura es pública y bebe y nace del río de todos. Sierra dice: «La realidad no es el mural. El mural es esta pared y esta pintura». Y para demostrarlo él pinta con la mirada del gorrión, que ve más allá de lo visible, las estaciones. 

 

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En Babia antes sí vivía gente, y mucha. Vivían muchos leoneses, pero también portugueses y caboverdianos cuando en Villablino (Laciana) operaba la mayor mina a cielo abierto de España. Desde principios de siglo XX hasta que desapareció en 2010, esta mina dio trabajo a más del 70% de la población, convirtiendo Villablino en el municipio más grande de León. Los babianos y lacianos se acostumbraron a la riqueza y abandonaron una parte importante de su ganadería que había sido de subsistencia. Pero hoy la realidad es otra. Ya lo dicen los babianos: cuando el bar del pueblo cierra, se cierra también el pueblo. El éxodo rural produjo, junto al cese de la mina, un despoblamiento que ha dejado a la región prácticamente inhabitada. Sin embargo, nadie olvida cuando Babia y las comarcas limítrofes vivían su edad de oro particular y se apostaban fajos de miles de pesetas a las chapas. Hoy, la alcadesa de Cabrillanes, Lina Freire, se pregunta: «¿quién le va a decir la verdad a toda esa gente? Que esto se ha acabado y que no habrá nada que sustituya esa riqueza. No hay alternativa». 

 
 

La asociación de vecinos Estás en Babia, sin embargo, encuentra una alternativa en el turismo. A la sombra de los Picos de Europa, la Maragatería y el Camino de Santiago, Babia es desconocida por los turistas españoles. No solo el nombre y la nieve forman parte de los atractivos de la comarca, sino también el paisaje que queda después del deshielo: cerros cubiertos de pasto crujiente que aún esperan que llegue el ganado —ahora en camiones, en lugar de atravesando Castilla y León hasta Asturias—, una veintena de rutas de trekking, un parque natural recién estrenado y ansioso por mostrar sus frutos, sus cincuenta dosmiles de roca o una gastronomía potente y de montaña —calderetas, cocidos, setas y carne de potro hispano-bretón, más codiciada en Francia e Italia que en nuestro propio país—. Pero, por encima de todo esto, una sencillez, una paz que los que vivimos en las ciudades anhelamos redescubrir y que por fin nos llega cuando la región se sume en la noche y miramos al cielo asombrados. Los babianos, que cuidan su memoria en los ancianos y encuentran el rastro de quiénes fueron en la nieve, también miran las estrellas y se preguntan sobre esa luz que ya es solamente pasado, igual que son pasado sus montañas y algunas de las tradiciones que se han ido con sus gentes.

Vayamos y pidámosles vivirlas de nuevo junto a ellos.

Marina Hernández
Marina Hernández
(Madrid, 1989) Licenciada en Periodismo por la UCM y ha concluido el Máster en Periodismo de Viajes de la UAB. Ha realizado cursos de fotografía en Madrid y crea talleres de escritura de viajes creativos online. Viaja de manera independiente y escribe literatura de lo cotidiano.