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CLASES DE PERIODISMO

en postales
Silvia Cruz Lapeña

Lo último de Martín Caparrós se llama Postales (Altaïr, 2018) y al contenido del planeta que alberga este libro hermoso, breve, intenso, vivo, acérquese como le plazca porque lo que voy a ofrecerle ahora es un pequeño retrato del periodista que Caparrós autodefine a través de pistas y detalles que ha dejado en todas sus páginas. ¿O es casualidad que en capítulos tan cortos no escatime un espacio para informar de que esa o aquella entrevista tuvo lugar con intérprete mediante? ¿O que su autor reflexione en voz alta y con tinta negra sobre lo que es, debe ser o a veces no logra ser una fotografía? ¿Es una coincidencia que en todos los apartados haya al menos una frase en la que se interrogue, critique o directamente escupa sobre el trabajo al que dedica su vida? 

Este libro, compuesto de esas misivas publicadas en varios medios a lo largo de casi 30 años, Caparrós desvela pocos datos muy elocuentes. En artículos tan breves cada línea debe ser aprovechada al máximo y por eso lo importante no es la cifra, sino la mirada. En manos de Caparrós, eso parece sencillo porque además de ojo entrenado, tiene la habilidad de explicarlo para que lo entienda usted, su madre y su abuela. Eso es un periodista. No tema si en algún momento el resultado le perturba: puede ocurrirle en aquellos capítulos en los que Caparrós le quita la purpurina a palabras muy llamativas. Por ejemplo, «revolución». En Postales, Caparrós lo hace desde Egipto y desde 2012, en plena primavera árabe. Desde allí no envía una foto llena de manifestantes sino la de un grupo de hombres puestos en pompa sobre una alfombra: «Demasiados rezos, demasiadas mujeres cubiertas», dice y remata de este modo el párrafo: «Quise vanguardias y me topé la reta». 

Caparrós es en esa frase lo que debería ser todo periodista al menos una vez en la vida: un aguafiestas. Porque si usted, su madre o su abuela abrió este libro en busca de postales, género epistolar en el que lo importante es el lugar, ni los hechos ni el receptor ni el remitente, Caparrós las usa para contar lo que vio o lo que le pareció ver, que para eso sus ojos son suyos y la credibilidad se la gana un periodista en cada texto.

«Cuéntalo para que lo entienda tu abuela», decían algunos profesores en la facultad de periodismo y se olvida con frecuencia. Lo descuidan también los mismos que la decían, quizás porque el periodismo ha quedado para que lo consuman los periodistas, pero Caparrós lo recuerda en este libro con varios detalles casi invisibles. Por ejemplo, cuando no habla de los visitantes de Venecia, sino de las «5.000 toneladas de carne de turista» que llegan cada día al enclave más fotografiado del planeta.

Caparrós deja así claro que es mentira que un cronista no pueda emplear metáforas y por el contrario, es muy verdad que todo informador (con estilo o mero expendedor de notas de prensa) debe desgranar siempre las siglas y acercar los datos al lector para que los comprenda. Y por cosas así, quien lee Postales sabe y casi palpa cuán agobiante es vivir en una ciudad engullida por el turismo.

El periodista no juzga. El periodista no juzga. El periodista no juzga. Esta repetición no es errata, es tatuaje que Caparrós nos recuerda desde El Salvador, donde entrevista a un ex-pandillero de la mara Salvatrucha o en Sri Lanka, donde cohabita con pederastas que se encaman con chiquitos de ocho años. Esas cosas no las hace un periodista porque sea un depravado ni porque crea de veras que todas las voces valen lo mismo, lo hace más bien porque usted, su madre y su abuela tienen derecho a conocer (¿es también obligación?) la parte más repugnante del mundo, del turismo y de los seres humanos. 

El periodista sabe, qué se pensaba, que la objetividad no existe. Caparrós reconoce la animadversión que le suscita Kim, la cantante de pop de Vietnam a quien resulta imposible hacerle una foto sin el babero de ositos con el que se protege, dice, de los fans. El autor no oculta que no la soporta, porque los periodistas se contagian de malaria pero también de tristeza, de ojeriza o de impotencia. Y no pasa nada por tener sangre en las venas o un mal día: da mejor resultado mostrarlo que fingir una pureza inalcanzable.

El único pecado grave en un cronista es la pereza. «Los periodistas no son —no somos— imaginativos», escribe Caparrós en referencia a las preguntas (siempre las mismas) que le hacen otros colegas que lo entrevistan. La cuestión que siempre se repite hace referencia a su lugar favorito en el mundo, algo a lo que él responde, reconoce, con cierta desgana. Para saber en qué punto del globo sitúa Caparrós ese enclave, lea el libro porque la pregunta es previsible, pero la respuesta confirma que también la abulia se pega.

Eso sí, no tachen a Caparrós de vago si no encuentra usted en este libro ni textos ni fotografías sobre dos países clave en su vida: España y Argentina. Está hecho a conciencia y ocurre porque quizá la objetividad no exista, pero para informar, un periodista precisa cierta distancia. A veces tanta, que Caparrós se siente bien en un lugar que todo el mundo detesta, Miami, y es esa posición la que le permite hacer un relato brillante y alejado del tópico y de lo esperable. Otras veces, su postura es la del «tonto del pueblo». Le ocurre en Zambia donde sentirse el más desubicado del lugar le hace recordar al hombre enemigo de la palabra «investigar» que para narrar el mundo y a sus gentes es mejor «no creer  —nunca creerse— que uno sabe». 

Un día, un periodista español muy conocido intentó insultar a otro aún más conocido aseverando que para ser periodista había que ser buena persona. No tengo ni idea de qué pensará Caparrós de una afirmación así, pero lo que deja claro en su libro es que un periodista es un ser que ni habla ni titula en futuro y siempre duda. Sobre todo de los límites de su oficio y los de su ética y por eso en Birmania y en dictadura se pregunta si su curiosidad y la de sus lectores valen que un ser humano pierda la vida contestando a sus preguntas. 

«A veces —muchas veces— tu trabajo supone convencer a personas de que hagan eso que no quieren hacer», dice desde Bangladesh donde habla de Shimu, una mujer sin fecha de cumpleaños que cose en un taller y que no quiere ser retratada y al final lo es. Como los críos que él mismo fotografía y sobre quienes Caparrós dice que robarles una toma «es meter un gol con la mano: una trampita pobre».

Por todas estas cosas no sé si este libro, hermoso, breve, intenso, vivo, es apto para lectores a quienes les gusta viajar, pero sí es ideal para quien goza dudando, no tiene alergia a la no-ficción y cree que el periodismo aún sirve de algo. Ojalá lo lean periodistas en ciernes y periodistas en ejercicio. Y también los periodistas que han olvidado de qué va esto, a quienes les diría que se lo pinchen en vena porque en Postales no hay párrafo, ni foto en la que Caparrós no regale/recuerde una clase sobre el oficio. Diría «una lección» si el término no sonara a algo cerrado y concluido, y nada de eso hay en Postales, donde todo, también el periodista, se muestra en construcción, puro gerundio.

 

Imagen de cabecera, CC Martín Caparrós

 
 

POSTALES

Martín Caparrós

Altaïr Heterodoxos, 2018

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Silvia Cruz Lapeña
Silvia Cruz Lapeña

Silvia Cruz Lapeña es periodista freelance. Colabora habitualmente en El País Semanal, Vanity Fair, RockdeLux, Letras Libres o Deflamenco.com. Es autora de Crónica jonda (Libros del KO, 2017), donde narra el viaje que hizo durante un año por los festivales de flamenco más importantes.