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IRON BRIDGE

o el turismo de la derrota
Berta Jiménez Luesma

El primer sabor agrio que recuerdo es el del Patio de los Leones de la Alhambra. Tenía 18 años y era mi verano de paso del instituto a la universidad. Fueron unas vacaciones inolvidables por muchos motivos. Uno de los que se me grabó fue el de esos felinos. La Alhambra es impresionante. Con o sin esa galería. Te pierdes en sus jardines, su inmensidad y su belleza. La fuente, pues no, no tiene por qué ser imprescindible. Pero lo cierto es que jode —y no digo fastidia, porque jode— llegar y que el icónico patio y sus icónicos leones estén siendo restaurados. Jode mucho.

No recuerdo otros andamios que me partiesen el corazón. Sí, la desilusión de Los relojes blandos de Dalí en el MoMA. Ni me encanta Dalí, ni fui allí por él. Pero esa obra, cliché por excelencia del autor, en cierto modo había marcado mi infancia. A los 11 años hice una versión de Los relojes derretidos de Dalí y es la única vez que una de mis láminas quedaba bien. Y todavía hoy cuelga de la pared de mi antiguo cuarto en la casa de mis padres. Porque los traumas no son fáciles de borrar y el de mi torpeza con los lápices lo tengo clavado en el pecho y en el recuerdo con una barrena: Así funciona, al parecer, La persistencia de la memoria.

Pues estaba prestada. No sé situar el año, ni recuerdo dónde lo llevaron, —que más da, una compilación de Dalí en París o en Figueres—. Yo estaba en Nueva York, y ahí, donde se supone que tendría que estar el cuadro, no estaba. Algo parecido pasó mucho tiempo después en Berlín: todos los expresionistas encerrados en el Brücke-Museum que no abría por reformas. 

Pero lo de este verano fue aún más doloroso. 

Nadie sabe de Coalbrookdale. Ni del Iron Bridge. La camarera del restaurante del Birmingham Museum & Art Gallery —un lugar repleto de barandillas y escalera en hierro forjado y altos techos de ventanales que proporcionan luminosidad pero también un terrible efecto invernadero— niega con la cabeza, «ni idea» pero nos anima a ir a Stratford-Upon-Avon ciudad natal de Shakespeare. Por supuesto esta recomendación no nace de la aleatoriedad, sino que es consecuencia del pertinente —y repetido— ritual: una pronunciación de «cauliflower soup» algo bruta y reconocible. Tras cambiar de lengua —del inglés al castellano—, las 5w: ¿De dónde venís? ¿Qué hacéis aquí? ¿Cuándo y Cómo habéis llegado? ¿Cuánto os quedáis? ¿Por qué Birmingham? Un baile conversatorio; manido sí, pero recíproco. Ella estudiante de industrias culturales/salidas/máster en producción cinematográfica/3 años ya/trabajo de camarera. 

También nos sugiere visitar Black Pool, el pueblo de playa de película, con su muelle de madera sobre el mar, su parque de atracciones y su torre. Agradecemos las propuestas pero mantenemos nuestro plan. Mañana iremos a la estación y una vez asesorados emprenderemos ruta. 

El Iron Bridge, a un kilómetro de Coalbrookdale, es el primer puente de arco fabricado en hierro fundido de la historia. Un puente símbolo de la Revolución Industrial. Una joya que visitar en la tierra de las fábricas y de los pasteles de carne de cerdo. 

 

—Hmm, ¿Coalbrookdale? —El señor que nos atiende en el mostrador de atención al cliente de las estación de Birmingham entorna los ojos y no sabe darnos una respuesta. Apostamos que es un voluntario jubilado que el Estado aprovecha para no renovar empleados y mantener entretenidos a las generaciones más azotadas por la cultura del esfuerzo —pero esto es una especulación—. Deja sobre la mesa un folleto del Black Country Living Museum un parque temático ambientado en la Revolución Industrial en el que tras pagar casi 20 libras, figurantes vestidos de siglo XIX simulan trasladarte a otro tiempo. Un aspecto cartón piedra innecesario cuando recorres la cuna de la industrialización: mires donde mires encuentras una antigua fábrica, Historia e historias. Además de darnos el folleto de esta suerte de Disney World de factorías de betún y mostaza nos invita a que preguntemos directamente en la ventanilla de venta de billetes, donde sabrán aclararnos las dudas. 

 

La ruta que marca Google Maps para llegar al Iron Bridge es larga y compleja: va hasta Teldford en tren, después baja una hora en autobús y nos deja a unos 16 minutos a pie del puente que tanto ansiamos. Hacer caso de la tecnología parece un buen plan. Pero cuando nos disponemos a comprar los billetes que indica la aplicación, una mujer que espera en la fila nos interpela, «¡hay otro camino más rápido!». Así que sin pensarlo iniciamos el periplo. Primero, el cercanías a Wolverhampton, rápido, no mucho; unos 20 minutos bordeando los canales que habíamos recorrido el día anterior. Una vez aterrizados corremos, siguiendo a la amable señora que nos ha dado las que parecen ser las indicaciones correctas, hasta la dársena 3. Y el autobús apenas tarda. A nuestro alrededor (y cada vez irá en aumento en cada parada) personas, en general, de alta edad. De una muy avanzada. Entre recién jubilados y octogenarios. Son 46 paradas. Y una hora y media larga de trayecto. Pero merece la pena.

 

***

 

Parecía que el autobús paraba, literalmente, en la puerta de la casa de cada uno de los usuarios del transporte público. Vueltas arremolinadas. Rizos de rizos. Carreteras estrechas, choque de intereses con el camión de la basura, o con otro autobús. Y esa sensación de pasar tres veces por el mismo pueblo british. El conductor ha dicho que nos avisaría al llegar. Pero como no me fío —y me aburro— voy consultando cada 20 minutos a diferentes ancianos. 

 

—«Estamos a punto de llegar»— dice la cuarta señora a la que pregunto. 

 

Entonces mi padre molesta diciendo «¿Os imagináis que ahora esté en obras?»

El miedo y las ganas a veces se confunden, decía mi terapeuta. Así pues, cuidado con lo que deseas. O con lo que temes. El puente aparece. E impresiona pero al estilo Christo, porque está completamente cubierto por una lona blanca. 

 
 
 
 

Mis ojos como platos, y la boca abierta, aterrorizada, me impiden no exhalar un «ah!, ¿is that the Iron Bridge

 

 —It is beautiful, right?— dice la señora que confunde mi dolor con asombro. Y yo no sé si reírme o llorar, porque lo dice en serio. 

En 1932 un elefante cruzó el Iron Bridge. Fue una promoción del Zoo-Circo Chapmanʼs que tenía previstos varios espectáculos por la zona. 153 años antes Thomas Farnolls Pritchard y Abraham Darby III acababan la obra que revolucionó la movilidad a ambos márgenes del río Severn y que marcaría un hito en el desarrollo industrial y arquitectónico sin precedentes. 239 años después ahí estoy yo, que no se me bajan las cejas ni se me cambia la mueca de horror de la cara. Este es el aspecto de un hito histórico. En obras. 

Quizá podría ser otra forma de viajar, otra perspectiva desde la que conocer: algo así como neo-turismo. O post-turismo. Globalizar lo que siempre han hecho a escala local todos esos señores de boina y bastón. Contemplar los andamios de bambú en Hong Kong y de metal en Inglaterra. Analizar qué monumentos se cubren por publicidad —y de quién— y cuáles no. La media de años que cuesta una rehabilitación. Embarcarse en un viaje donde el fracaso sea visitar un museo abierto, o una iglesia de fachada limpia, o un retablo al aire. 

Desvariar no me consuela ahora. 

Ahora lo que siento es rabia: La vendedora de billetes. La amable señora que nos indicó el camino más corto. El conductor del autobús y los quince viejos a los que pregunté —a quienes en su totalidad detalle el interés por ver ese puente, con mucha ilusión—. ¿Por qué nadie nos advirtió?

Cuando le comento «la gracia» que me hace que nadie avise de que el puente está en obras a la persona encargada de la oficina de turismo de Iron Bridge me explica, calma y natural, que está anunciado por todas partes, que hasta lo han dicho en la televisión. 

 

—... 

 

Miente.

Cuando deshacemos nuestros pasos, cabizbajos nos percatamos de que en el ala norte del puente han habilitado una pasarela para aproximar los trabajos de restauración a los visitantes (de lo que nadie tampoco nos ha avisado). Y como de cerca nadie (ni nada) es normal de pronto nos emociona la idea de poder recorrer la estructura del puente, rozar casi con nuestras narices los remaches, descubrir las fechas forjadas en el hierro y tener acceso a una perspectiva diferente del Iron Bridge.

Paseamos por sus costillas, intercambiamos saludos mudos con las personas que trabajan en la restauración, recorremos su esqueleto. La situación ha mutado demasiado rápido de el-puente-como-obra, a la-obra-en-obras y convirtiéndose en las-obras-como-obra. Flotamos muchos metros sobre el río y algunos bajo el puente, habitando un lugar inesperado: un intermedio, un gris. Con la boca hecha agua, relamiendo el sabor a derrota que, —vaya mierda— es bien rico. 

 

Imagen de cabecera, CC Bs0u10e0

Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología.