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EL NAZISMO, A CINCO METROS

Visita a un cuartel de la Gestapo en tiempo electoral
Silvia Cruz Lapeña

Al presente del pasado lo separan cinco metros. Es la distancia que hay de la El-De Haus de Colonia a la primera farola de la que cuelga un afiche electoral. De puertas para adentro, un memorial y un centro de documentación sobre el nacionalsocialismo, el primero que abrió sus puertas en Alemania. Era 1979 y dentro hay carteles de los años 30 en los que puede leerse «Los judíos son nuestra ruina». En la calle es 2017 y del alumbrado público cuelgan pósteres con la foto de un lechón: «El Islam no encaja en nuestra cocina», dice la propaganda del AfD, partido fundado en 2013 por un grupo de profesores universitarios, muchos de Economía.

 

«El Islam no encaja en nuestra cocina», dice la propaganda del AfD. 

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Formaciones así han surgido en Europa en los últimos años, pero a Werner Jung le inquieta especialmente tener una en Alemania. «Los representantes de la AfD defienden una cultura del recuerdo que ya no se centra en las víctimas del nacionalsocialismo», dice el director de la El-De Haus. Efectivamente, ni ellos ni el Frente Nacional en Francia, ni el Partido de la Libertad en Países Bajos, ni la Liga Norte italiana tienen interés en recordar el Holocausto. Lo demostraron en enero de 2017, cuando sus líderes se reunieron en Coblenza, a 100 kilómetros de aquí, para «reivindicar el renacimiento de las naciones-estado». Esa es su memoria histórica.

«La celda tiene cinco metros cuadrados. Las pequeñas ventanas que puede ver a la altura del techo dan al suelo de la calle. A través de ellas, los viandantes podían oír los gritos de los prisioneros». La audio-guía tiene voz de mujer y relata lo que sucedía en este edificio entre los años 30 y 40 del siglo XX. La El-De Haus fue la comisaría principal de la Gestapo en Colonia y su sótano, una cárcel para retener a judíos, gitanos, prostitutas o comunistas. «En teoría, los detenidos estaban de paso, pues era una comisaría destinada a la investigación, pero muchos pasaban aquí semanas. Otros, meses. La mayoría acabó ahorcada en el patio», dice la voz grabada que hace de cicerone.

«Me duele el corazón, / me duele, / en esta custodia agónica / en la que moriré solo». Estos versos, escritos en cirílico, se pueden leer en la pared de una de las celdas. Son de Polisrshuk Galya, un preso de Ucrania, y es sólo una de las 1.800 inscripciones que hay en los muros de este recinto. Algunas apenas se ven ya, pero todas están recogidas en Walls that talk, un libro ideado por Werner Jung en el que hay dibujos y llamadas de socorro en ruso, francés, inglés, polaco o alemán. Algunas expresiones son sólo informativas: «Vulotshnik vivió 21 años y fue ahorcado». La mayoría son mensajes de amor. 

El recuerdo de Galya perdura escrito con lápiz. Otros emplearon tizas o clavos con los que dejaron mensajes a los hijos no nacidos o al hombre amado. Nadie les quitó esas herramientas, y hubo quien recurrió incluso al pintalabios para dejar constancia del dolor o improvisar un calendario. Esa es la expresión, junto al verso amoroso, que más abunda. La paleografía de Armando Petrucci, la que estudia el uso que dan a la escritura personas anónimas en circunstancias concretas de la Historia, tendría mucho que decir sobre estos muros y sobre la necesidad de expresarse del ser humano. Tanta y tan perentoria, que aquí, quien no consiguió carboncillo, yeso o tachuela, usó las uñas.

La El-De Haus, al contrario que otros museos alemanes, no cambia de intensidad cuando aborda el nazismo. No es que los demás lo oculten, pero sí usan con frecuencia una mirada algo esquiva. Pasa también en Austria y es casi imperceptible para el visitante que busca esculturas, ruinas o cuadros sin contexto y habrá quien diga que ni siquiera es silencio, sino reconciliación. Así lo llamó Konrad Adenauer, el alcalde de Colonia que fue a prisión por un intento de sublevación contra Adolf Hitler, pero que como primer canciller de la República Federal de Alemania optó por el olvido para salir adelante.

 

Si Bauer luchó contra el silencio, la El-De Haus trabaja contra el olvido. 

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Por suerte, hubo quien le fue a la contra. «Los alemanes deberíamos vestir siempre de negro», dice el joven fiscal Johann Radmann, protagonista de la cinta La conspiración de silencio, tras conocer los crímenes del campo de concentración de Auschwitz. Creía, como muchos de su generación, que lo juzgado en Nuremberg fue todo. Ese personaje no existió, pero sí el fiscal general que le da la réplica: Fritz Bauer. Él fue responsable de llevar a juicio a 22 miembros de las SS. También acuñó el concepto «acción en cadena» para que nadie basara su defensa en decir que cumplía órdenes. De ese modo, todos eran responsables: desde el que tuvo la idea hasta el que abrió el grifo de la cámara de gas en Auschwitz. 

Si Bauer luchó contra el silencio, la El-De Haus trabaja contra el olvido. Cuando se inauguró, Alemania parecía tener a raya a la extrema derecha. Después, intentó en dos ocasiones ilegalizar a esos partidos, pero ninguna de las propuestas se llevó a cabo. Por eso algunos han sobrevivido con cierto éxito. Un ejemplo es el NPD, que en el Estado de Baviera llegó a tener 15 diputados. En 2014, su líder, Udo Voight, dio un salto cualitativo para los suyos y un susto al resto del continente al convertirse en el primer político de ultraderecha en conseguir un escaño en el Parlamento Europeo. Debió ser un aviso, pero eso es lo que olvidan quienes creen que la reconciliación pasa por el silencio: si no sabes lo que fue Auschwitz, quizás lo repitas.

«La culpabilidad moral no se hereda, pero las consecuencias psicológicas y morales de abordarlas en silencio dañan a la generación posterior». Esa es la tesis de Política y culpa: el poder destructivo del silencio, un libro de Gesine Schwan, miembro del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). En sus páginas, la autora analiza el caso del nacionalsocialismo y apunta al futuro: olvidar a las víctimas no sólo es injusto, también pone en riesgo un consenso básico, y necesario, para cualquier democracia.

Algo parecido opina Jung: «Esa memoria enfocada hacia las víctimas forma parte del concepto de democracia en Alemania. Y no puede ser cuestionada». Su centro ha pasado de tener 25.000 visitantes en 2002 a más de 85.000 en 2016. Desde 2008, además, disponen de una Oficina de Educación contra el Extremismo de Derechas que tiene como objetivo minimizarlo, frenarlo, evitar que gane adeptos entre los jóvenes. Por eso van a escuelas e institutos, acuden a dar cursos o charlas donde les piden y es normal ver en sus salas a grupos de adolescentes.

Pero a pesar del interés y los esfuerzos, en septiembre de 2017 la AfD consiguió 94 escaños en los comicios federales. Hacía 72 años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que un partido con un discurso abiertamente racista y xenófobo no estaba en el Bundestag. «La educación sobre el nacionalsocialismo es importante para los alumnos pero también entre los adultos y debe ir acompañada de medidas que promuevan la diversidad y la democracia en la sociedad», opina Jung y al escucharlo, es inevitable recordar la propaganda del AfD contra inmigrantes y refugiados. En otros de sus afiches, junto al vientre de una mujer embarazada, se lee: «¿Nuevos alemanes? Ya los haremos nosotros». 

Casi al final del recorrido de la El-De Haus, está la sala donde descansaban los guardianes de la celdas. Allí, en una habitación casi a oscuras, un altavoz hace justicia enumerando uno tras otro el nombre y el apellido de las 400 personas asesinadas en el patio contiguo. Para llegar hasta allí era suficiente con que un vecino acusara a otro. «Viva Moscú», dice alguien que dijo otro en una de las denuncias que también pueden verse colgadas de las paredes del memorial. «La delación entre ciudadanos era la principal fuente de información que tenía la Gestapo de Colonia», dice la audio-guía, que añade que mataron a tanta gente, que a la policía nazi se le asignó una parcela propia en el cementerio de la ciudad. 

 

Hay 1.800 inscripciones en los muros de este recinto. Algunas apenas se ven ya. 

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Las últimas ejecuciones tuvieron lugar el 2 marzo de 1944: un chico de 15 años y dos adultos. Sus cadáveres permanecieron en el patio hasta el mes de octubre, cuando cayeron las tropas nazis. Es ahí, en ese espacio abierto y reducido, donde acaba la visita. El lugar es silencioso, no hay rastro de aquel horror, ni olor a muerto, sólo espejos cubriendo las paredes que multiplican el espacio y quieren transmitir la idea, informa la voz, de que todo lo que allí ocurría era vox populi. Se callaba, pero se conocía. Por eso, la frase con la que concluye el recorrido tiene ecos de acusación y de advertencia: «Al llegar al patio, se va a encontrar con lo que menos espera: usted mismo».

Silvia Cruz Lapeña
Silvia Cruz Lapeña

Es periodista freelance y escribe para distintas revistas sobre temas diversos. Además, viaja por España y el extranjero por festivales de flamenco, asunto sobre el que escribe con asiduidad en su blog, en la revista Rock de Lux y en Deflamenco.com.