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PAISAJE CON FUNICULAR

Y turistas y jabalíes
Rodrigo Fresán

Así que ahí va a ir de nuevo. 

Cayendo prisionero de su caída libre. 

Funicular abajo; pero ahora en descenso de ida y sin ascenso de vuelta. 

Por una última vez a ser contada, con pequeñas variaciones —quizás mejoras—tantas veces de aquí en más. Porque las últimas veces suelen ser las que cuentan, las que más se cuentan, y las que se repiten una y otra vez como si fueran siempre la primera de las últimas veces. 

No como esa otra vez, en aquella otra noche única y singular e irrepetible (pero en la que se le ocurrieron tantas pequeñas historias, micro-relatos dirían ahora, como si fuesen maniobras distractoras) en la que él bajó también cayendo, en el mismo funicular, desde su casa hasta la sala de urgencias de una clínica. Entonces, como ahora, los acontecimientos se precipitaron y él estaba con el corazón (que, dicen, tiene el tamaño de un puño) como en un puño. Pero como en el puño de un gigante: apretándoselo hasta el último aliento y latido y palabra, o al menos eso sintió él, como si se fuera para siempre: exit, telón, adieu, finis. 

 Algo así. 

Última palabra de ese escritor que era él y que había coleccionado últimas palabras de escritores (como las de James Joyce, quien se despidió con un «Does nobody understand?»). Y tal vez ahí y entonces Joyce (presintiendo como en la habitación de al lado ya estaban mezclando la masa para su máscara mortuoria en la que saldría tan poco joyceano) se estaba riendo último y mejor de todos aquellos que lo habían considerado incomprensible y a los que él jamás había comprendido por amor al arte y porque no se le daba la gana. O tal vez lo del irlandés había sido pura y definitiva y desconsolada tristeza, quién sabe. De una cosa estaba seguro él: nadie lo entendía a él en vida y todo parecía indicar que, en muerte, no sólo no lo entenderían sino que además optarían por esa solución más sencilla y funcional y tanto más cruel aplicada a tantos escritores que ya no solo no escribirían sino que ni siquiera podrían pensar en el ya no escribir: olvidarlo y a otra cosa. Condenarlo a ese limbo en el que un escritor se convierte en el fantasma de sus propios libros a los que ya nadie entra como si se tratasen de mansiones embrujadas en las que nadie cree. Mansiones que se derriban sin pensarlo ni temerlas dos veces para, en su lugar, construir un hotel o un centro comercial que no incluye a una librería entre sus tiendas de artículos electrónicos a consumir por consumidos desarticulados orgánicos que andan dando vueltas por ahí convencidos de que no tienen nada mejor que hacer. Nadie, ninguno, con un libro en la mano, como en tiempos no demasiado lejanos pero sí irrecuperables, en que las personas sacaban a pasear a sus libros porque se negaban a dejarlos solos y en casa y para sentirse bien acompañados.

Y él se acuerda —de nuevo, en que aquel otro agónico cuesta abajo, rumbo a aquella clínica, a la hora de escoger el libro ideal para la sala de espera o para la terapia intensiva o para el lecho de muerte— había optado por Tender Is the Night de Francis Scott Fitzgerald, la novela favorita de sus desvanecidos y desaparecidos padres. Ahora, en cambio, había dejado fuera de las cajas de la mudanza (y lo que mudaba era poco más que su biblioteca; iba a dejar sus muebles atrás, para el próximo huésped de esa casa en las alturas de esa ciudad de bajos instintos) a un libro mucho más funcional para la huida. Algo que se pudiese abrir por cualquier parte y cerrar en cualquier momento sin que se resintiese argumento o desarrollo de personajes. Algo más cerca de I-Ching que de Biblia. Algo sabio y oracular lejos del caos de la fe en cosas que no se ven.

Así, Strong Opinions de Vladimir Nabokov: entrevistas y cartas y artículos y, en ellos, abundantes maledicencias y condenas de colegas (allí Joyce es un de los pocos que se salvan de la masacre) cuidadosamente revisados por el ruso universal y extraterrestre desde su suite en el Montreux Palace Hotel en Suiza. Preguntas como alfileres y respuestas como mariposas. O al revés. En cualquier caso, por supuesto —el secreto de todo buen entrevistado ante tanto mal entrevistador— Nabokov responde allí lo que se le ocurre y lo que desea más allá de aquello acerca de lo que se le interroga. Y, en un aparte en cuanto a las idas y vueltas de sus exploraciones lepidópteras, ese escritor que no es él pero que ya le gustaría ser (lee este párrafo en el instante en que espera la llegada del funicular; y está claro que los libros son organismos vivos y atentos a las necesidades o tristezas de quienes los abren abriéndose a ellos), Nabokov responde que le gustan tanto «los pequeños trenes de montaña de cremallera que ascienden hasta las praderas alpinas, atravesando sol y sombra, a lo largo de superficies rocosas o bosques de coníferas, tienen un funcionamiento tolerable y un destino encantador, pues lo conducen a uno hasta el punto inicial de una caminata que dura todo el día. Pero mi medio de locomoción predilecto es el funicular, y especialmente los telesillas. Me parece encantador y propio de sueños, en el mejor sentido de la palabra, deslizarse en el sol de la mañana desde el valle hasta el límite de la vegetación boscosa en ese asiento mágico, y contemplar desde lo alto la propia sombra, con la traza leve de una red en la traza leve de un puño, mientras asciende suavemente sentada de perfil a lo largo de la ladera florida de abajo, entre Ringlets que bailan y Fritillaries que pasan rozándonos. Algún día el cazador de mariposas alcanzará un conocimiento del sueño aún más bello cuando flote erguido sobre las montañas, llevado por un cohete diminuto atado con correas a la espalda».

Y él —como le ocurren siempre con y donde Nabokov— se siente tan comprendido y tan comprehendido. Nabokov como el estilo como trama. Y la esposa como musa/esclava. Y las antipatías de Nabokov (hacia los teléfonos, el jazz, el psicoanálisis, las reuniones «sociales», los televisores, la odontología, las motocicletas y los automóviles, los cuadros de Chagall y las teorías de Freud) que le parecían tan simpáticas, por compartidas. Y, del lado de sus simpatías, muy particularmente, su entendimiento de la realidad colectiva como espacio físico poco interesante y materia literaria muy sobrevalorada, su desconfianza e incredulidad ante la idea del tiempo, y su percepción del oficio del escritor como similar al de un detective dedicándose a resolver el misterio de las estructuras literarias. Así —fuera de toda coordenada crono-geográfica— no el cadáver en la biblioteca sino la biblioteca como inmortal investigación en la que, si no hacías las cosas bien, si escribías mal, podías convertirte en víctima o en victimario. 

Una biblioteca como la de esta casa que ahora deja para siempre y, ahí dentro, en este estudio con esa ventana circular (que de inmediato le había recordado a esos pods con brazos atenazadores en 2001: A Space Odyssey) en el altillo de una torre modernista reformada. Una casa que alguna vez había sido una segunda residencia. Un lugar de veraneo para aquellos que vivían en la ciudad a los pies del monte y que se instalaban aquí, a lo largo de julio y de agosto, en tiempos en que los locales eran los únicos turistas. Tiempos acaso no mejores (se vivía menos y más rápido y se moría más y mucho antes) pero en cuyos cielos y mares no volaban aún esos aviones baratos y aptos para todo público ni atracaban en el puerto esos cruceros de lujo más grandes que un pueblo. Naves de las que descendían —como ratas infectas saltando desde la cubierta rusa del Demeter de Drácula o de aquel contagioso 747 de The Strain— con sus selfie-sticks desenvainados, como lluvia y olas, hordas de invasores listas para crecer y multiplicarse. Al ataque y dispuestos a beber y a cagar y a vomitar en calles donde se les permitía hacer todo aquello que no podían hacer en sus países. Eran tan felices en su libertad que algunos de ellos se quedaban para siempre. Se metían de a docenas en pequeños apartamentos de los que los dueños expulsaban a sus inquilinos de toda la vida para ofrecérselos a estos viajeros turbulentos y tormentosos. 

Y él recuerda los tiempos en que los turistas querían no parecer turistas por pudor y por educación y porque iban a otra parte a integrarse en ella y no a desintegrarla. 

Y se dice que no siempre fue así, y en noches de insomnio enumeraba especímenes nobles: Pausanias y Petrarca y Herodoto y Marco Polo y Boswell y Cook y Von Humboldt y Darwin. Y Stevenson y Dickens y Henry James. Y los imaginativos viajeros inmóviles Salgari & Verne. Y los hallazgos de la Generación Perdida y el latido de los beatniks. Y Fermor & Naipaul & Chatwin & Theroux & Dyer. Y Ben Lerner & Teju Cole. Y el ancestral Grand Tour de los estudiantes europeos para conocer mundo y aprender idiomas y mirar estatuas y el paseíllo de las herederas neo-ricas norteamericanas para enganchar nobles empobrecidos y decadentes pero con título. No —como los orcos iletrados y low-cost de ahora— profanar monumentos mientras emiten sonidos guturales o enseñan las tetas a cambio de chupitos. Todo eso (la parte noble y digna del movimiento que se demuestra andando) sigue ahí, pero hay que leerlo para vivirlo. Leerlo en libros y no en las paredes. En esos graffiti (que el copio en una de sus libretas biji) en perfecto inglés donde se leen leyendas/slogans como «Todos los turistas son unos bastardos», «Si es la temporada del turista, ¿por qué no podemos dispararles?», «Turista: usted es el terrorista», «Bienvenido a B.: ya puedes volverte a casa» o el clásico «Turista, Go Home». Y hasta alguno muy didáctico y explicativo como «Bienvenidos, Turistas: la renta de apartamentos para las vacaciones en este barrio destruye el tejido socio-cultural local y promueve la especulación. Por lo que muchos vecinos se ven obligados a irse. Disfruten de vuestra estadía». También registró uno en alemán: «Tourism Match Frei». Y alguien le comentó de una cuenta de Twitter muy graciosa que buscaba aterrorizar a los posibles visitantes con falsas noticias de inminentes atentados fundamentalistas.

Los turistas, sin embargo, adoraban a esta ciudad (le otorgaban una nota global de 8,7 calificaban su arquitectura con un 9,1, su oferta cultural y de entretenimiento con un 8,7 y concedían un 8,5, para la gastronomía; precisando que era un gran lugar para pasear para un 94,6 % y para ir de compras para un 85,4 %) pero no pueden dejar de señalar que su mayor problema es que hay demasiados... turistas.

Y entre las últimas visitas célebres —a uno de esos festivales literarios a los que ya nunca le invitaban— había estado la del gigante melancólico y narrador nórdico para contar todo lo que sufre por contarlo todo en los varios volúmenes de su autobiografía. Lo suyo era una lucha, sí y —cuando algún funcionario cultural se emocionaba pensando en la figuración de su persona en páginas por venir— el autor informó a la muy concurrida concurrencia a su rueda de prensa que ya tenía terminado un libro que trataba «sobre las cosas que tenía en un radio de no más de 10 metros de mí». Y prometió revelar allí muchos detalles sobre su cepillo de dientes y alcanzar, por fin, al núcleo absoluto de su literatura: su ombligo.

Un —otro— fenómeno fugaz al que Nabokov no les hubiese dedicado más que dos o tres palabras despectivas y una ceja enarcada y una sonrisa torcida y no: no compartía con Nabokov su fascinación por las niñas o su amor por las mariposas. Pero sí por un niño (sólo por uno y nada más que por ese niño) y por los jabalíes que suelen rodear la casa en la que vivió y escribió durante tantos años y que ahora abandona como quien es expulsado no de un paraíso pero sí de un purgatorio rumbo a un...

Los jabalíes que entran y salen del bosque y se pasean por los caminos serpenteantes de la sierra para atacar a los cubos rectangulares de basura (se suben unos sobre otros y levantan las tapas) y contemplar a los que los contemplan con ese aire entre displicente y entregado a lo que sea. Allí están ahora. Cuatro jabalíes. Dos adultos y dos pequeños (una familia como la que él autodestruyó en su infancia, como la que nunca tuvo de adulto) cerca de las puertas de la estación del funicular. Palabra que proviene del latín funic lus o «cuerda». Ahí están, junto a la entrada del «funi», como le dicen los niños de los alrededores que entran y suben y bajan y salen corriendo de él; los niños a los que él hubiese atado en más de una ocasión. Jabalíes con un aire como de suicida que no se asume como tal y que apenas se siente abierto a cualquier posibilidad que, tal vez, acabe cerrándolo para siempre. Como él ahora.

Expulsado. 

No es la primera vez: puede entender a su vida como una serie de expulsiones. Una dentro de otra, como muñecas rusas o cajas chinas, cada vez más grandes o más pequeñas, según el orden y sentido en los que se las contemple y se las trague o se las escupa. Y, al enumerarlas, seguro que se le olvidaba alguna expulsión. Expulsado de su hoy inexistente país de origen; expulsado de tantas camas y antologías; expulsado de un colosal acelerador de partículas suizo; expulsado de una entrega de premio literario a otro escritor en una isla mediterránea; expulsado ahora de esa ciudad supuestamente acogedora de escritores porque nunca lo aguantaron demasiado, pero la bromita de una vicepresidenta nacional a las autoridades locales e independentistas a costa del título de un libro suyo había sido la gota que colmó el vasito tamaño shot de bourbon y dio el tiro de gracia a su «complicada figura» dentro del panorama intelectual local. 

Así que, ahora, expulsado de aquí (no le gustaban los nombres de lugares en novelas; prefería siempre la inicial mayúscula seguida de un punto; del mismo modo en que no soportaba esas novelas que imponían al lector el rostro de su protagonista en sus portadas privándolos de imaginar las fisonomías de sus propios héroes o villanos); y fuera de la ciudad de B. y del barrio de V. en la Sierra de C. Y listo para descender en el Funicular de V. (longitud de la línea 736 metros, altitud V. S. 196 metros, altitud V. S. 359 metros, Desnivel 158 metros, máximo de pendiente 28,9%, vehículos 2, capacidad de los vehículos 50 personas y un máximo de dos bicicletas, capacidad de transporte en un solo sentido 2000 personas por hora, velocidad 18 km/h, diámetro del cable 30 mm, Ancho de vía 1000 m.m. métrico) desde la estación de V. S. con parada intermedia en la C. de les A., y después a esperar la llegada del ferrocarril en la parada de P. del F. y después quién sabe y... 

¿Deberá despedirse de esos jabalíes? Se miente —o quiere creer— que los jabalíes contemplan ahora su último trámite con ojos llorosos. Pero tal vez los jabalíes lagrimeen porque ya se ha corrido la voz o los gruñidos (a los que hace poco un biólogo-veterinario entusiasta calificó de «virtual idioma») de que se prepara una de esas nuevas batidas de caza con ballesta organizadas por el ayuntamiento para reducir la población de la especie número 91 en el ranking de las «100 especies exóticas invasoras más dañinas del planeta».

Pero él —quien se había enterado de este estigma de la especie Sus scrofa en la entrada de una de esas enciclopedias online— los quería y se sentía en deuda con ellos. 

Les debía algo. 

Mucho. 

Sí. 

Algo que no podía llevarse con él como parte de su equipaje, pero que tampoco podía dejar atrás, por inolvidable y por agobiante y porque, sí, como cantaría Tía Hey Walrus, «Boy, you're gonna carry that weight.... Carry that weight a long time... Boy, you're gonna carry that weight... Carry that weight a long time». 

Y eso era un peso pesado al que se negaba a asumir como peso muerto. 

Y pocas cosas invisibles pesan más que los recuerdos. 

Las historias de Cerdic, príncipe de los jabalíes: descendiente directo de aquel Jabalí de Erimanto y tercer trabajo a ser ejecutado por Hércules; o de aquel otro que mató a Adonis; o de ese cuyo cuerpo ajusticiado por el rey Androcles de Mesenia para convertirlo en cimiento de la ciudad de Éfeso; o del que fue modelo original para el signo del zodíaco chino e inspiración para los escudos galeses que lo consideraban «bestia negra» a la par del dragón de San Jorge; o del que finalmente mató al galo Obélix cuando este quiso cazarlo para comerlo. 

Daba igual. 

Cerdic era un jabalí con abolengo y en realidad su nombre era Cedric. 

Pero cuando él lo inventó como protagonista de una serie de esos cuentos infantiles para hacer dormir la realidad y despertar los sueños de los niños por las noches, el único destinatario de esas aventuras en voz no muy alta (porque nunca las puso por escrito) había sido ese niño ahora perdido de cabellera roja como el fuego. El hijito (ya no tan niño, de estar vivo tendría unos doce años según sus cálculos) de su hermana alucinada. 

«Cedric», había dicho él y «Cerdic» había entendido el niño. 

Y Cerdic fue y Cerdic quedó. 

Y la historia era la de un feliz y noble jabalí de sangre roja condenado por un maleficio brujeril a ser un príncipe de sangre azul desposado con la más hermosa de las princesas y amado desaforadamente por sus súbditos. Pero Cerdic, gobernaba aburrido en su trono. Y sólo quería volver a ser aquel cerdo peludo que —en ese circuito de unos diez kilómetros que antiguamente había sido una cloaca— asustaba a ciclistas embutidos en trajes cada vez más absurdos y, de nuevo, turistas ubicados mucho más alto que Cerdic en la lista de especies exóticas invasoras más dañinas del planeta (todos con el aire desorientado de no saber muy bien para qué habían subido hasta allí para entrar en esa iglesia absurda o pasear por ese anticuado parque de diversiones desde donde contemplaban la ciudad a la que sólo querían regresar para poder seguir violándola por todas sus vías de acceso), y a niños en colonias veraniegas, y a partidas de rotos jubilados de piernas temblorosas y difuso estado mental. 

O.K. De acuerdo. 

Lo suyo sobre Cerdic no era gran cosa. 

No pretendía la compilación absoluta y tristopédica y shandy de todos los saberes del mundo por amor de padre (él no era a su padre) a su hijo (él no era su hijo); pero aún así...

Él le contaba todo eso al pequeño que lo escuchaba con la atención absoluta que tienen los no hace mucho llegados a un mundo que aún se les antoja interesante. Y el pequeño hasta había aportado nuevos y decisivos personajes al mito (el ratón de campo Hank, la salamandra Salada, el gavilán Gabe y las humanas intervenciones especiales del adicto a su cama Camilo Camito Camoncio, del espectral Muñeco Flotante, y del peor mago del mundo Pésimo Malini quien, a pesar de sus torpezas, por pura casualidad al leer mal los conjuros de un libro hechiceril, conseguía desanudar la maldición del atribulado Cerdic para devolverlo a su cerril felicidad porcina). 

Y también fue el hijito de Penélope quien, cuando llegó el momento del final de la aventura, decidió el modo en que todo sería despedido. 

Un incendio incontrolable, El Gran Fuego Purificador que todos los veranos temían los habitantes de V. y que por fin llegaba para arrasarlo todo. En medio de una cacería de jabalíes, Cerdic y sus guerreros cargando por última vez con sus colmillos en alto. Un apocalipsis ahora. Un exterminarlos a todos —hombres y jabalíes— arrojando la bomba y que le echen toda la culpa a alguna «acción terrorista» de esas que da miedo un día sí y un día no. Pero difícilmente llegue ese día, se dice. 

Y de pronto —se le ocurre como alguna vez se le ocurrieron ideas para su obra y no para su vida— se dice también que esta noche él podría ser esa bomba.

Así que antes de entrar al funicular —que aquí se aproxima, lo oye acercarse, con ese sonido de latidos mecánicos, como en los fondos de uno de esos discos de Pink Floyd— él sale por unos segundos de la estación. 

Y se acerca a unos matorrales secos en el jardín de una de las casas cercanas (este ha sido un verano extremadamente caliente y sin lluvias) y enciende un fósforo y lo acerca a ramas y hojas.

Y los contempla encenderse como se enciende un juguete peligroso, un juguete que no es como su muñeco de hojalata (Mr. Trip siempre a su lado, en uno de los bolsillos de su chaqueta, a la altura del corazón) sino que es como uno de esos juguetes que equivalen a jugar con fuego. 

Pronto será la hora de los gritos y las sirenas y las evacuaciones, se dice.

Y sube al funicular.

Y baja.

Imagen de cabecera, CC Omar Burgos

Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

Nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Es autor de libros como Historia argentina, Vidas de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington, El fondo del cielo La parte inventada.