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ALABADA SEA LA DIOSA VICUÑA

Chaku
Omar Rincón

Este mundo tan pequeño que habitamos en las redes e internet, aparece infinito cuando se le viaja. Y ahora que los humanos buscamos las últimas experiencias, ir lo más lejos posible, llegar a donde la conexión digital ni el progreso ni el Estado hayan llegado, vamos más lejos para recordar lo frágiles que somos y admirar la belleza, sabiduría y espiritualidad que nos da la naturaleza. Ir más lejos es el mandato. Por eso fui al ritual del chaku de las vicuñas en el sitio más lejano de la Argentina, a la laguna agua salada de Vilama en la Puna de la provincia de Jujuy.

Llegar a 4 500 metros de altura, cerca de Chile y Bolivia. Llegar después de 8 horas de ruta. Llegar para ver, o tal vez contemplar, o asistir a la perplejidad de ir más lejos para vernos más cerca. ¡Raro esto de ir tan lejos para recordarnos humanos! El chaku es acerca de cómo se esquilan las vicuñas, cómo se les corta la lana, la fibra para con ella hacer bellezas, costosas modas para cubrir cuerpos. El chaku es un vocablo quechua que significa «captura de vicuñas», nada especial. La belleza aparece cuando este capturar vicuñas para esquilarlas se hace ritual de memoria y futuro, recuperación de una ceremonia ancestral prehispánica.

 

El chaku es acerca de cómo se esquilan las vicuñas, cómo se les corta la lana, la fibra para con ella hacer bellezas, costosas modas para cubrir cuerpos.

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La naturaleza juega a los espectáculos. La noche que llegamos «flashamos» la puna. Flashar dicen viene de «flash», el fotográfico, ese momento que la máquina nos ilumina y enceguece para ser imagen posible, cuando perdemos la oscuridad y ganamos la visibilidad; los jóvenes usan la expresión «flashamos» para cuando quieren expresar un alto grado de emoción convertida casi en alucinación. Flashaba la puna. Granizaba muy fuerte, llovía sin temor, tronaba el mundo, metía miedo la inmensidad y apenas atisbábamos instantes iluminados por los rayos. Imágenes imposibles para el fotógrafo, memorias para el alma. La puna nos presentó una película de efectos especiales entre rayos, relámpagos y truenos.  Una película de miedo que nos recordaba que éramos humanitos, jugueticos del destino de los dioses de la madre tierra. Tal vez porque no pedimos permiso a la naturaleza para ir a ella, contemplarla, usarla; tal vez porque no se hicieron los pagamentos al territorio donde se iba a hacer el chaku; tal vez por la visita de este extraño masivo del siglo XXI, el turista. Fue solo la película para los extraños, la comunidad si había pedido permiso y hecho los pagamentos,  y por eso, a la mañana siguiente nos dimos cuenta que donde se iba a hacer el chaku  no llovió ni relampagueó ni tronó. Misterios de la puna.

El chaku consiste en arrear las vicuñas, encerrarlas y esquilarlas. Fácil parece, pero es un enigma porque nunca se sabe el resultado, hay veces que logran 200 vicuñas, otras solo 20. El chaku es un ritual único porque las vicuñas son animales silvestres protegidos que no se pueden poner en cautiverio, menos cazarlas. Estas acciones dan cárcel en Argentina, Perú y Bolivia. La vicuña es un animal camélido que tiene como prima a la alpaca, la llama y el guanaco. De estas, la única especie protegida es la vicuña. 

A las vicuñas hay que monitorearla todo el año para saber donde viven, por donde deambulan, cómo conviven con el territorio. Una vez se decide la fecha del chaku, que es después del invierno y antes de las lluvias, entre septiembre y diciembre, hay que ir a buscarlas al inmenso páramo, organizarse durante toda una semana, cada familia una tarea, pedir permiso a la puna y hacer pagamentos antes de comenzar y el día anterior se hace un taller para revisar las posiciones de cada familia. Llega el día del chaku. La comunidad se levanta antes que el sol. Unos van a ubicarlas; otros a arrearlas agitando banderas y creando un círculo alrededor de la manada; los esquiladores alistan las máquinas para quitar la fibra; están los que las cargan y registran. Esto no es fácil, es una operación compleja, ya que más de 100 personas gestionan el chaku.

 

Una vez se decide la fecha del chaku, que es después del invierno y antes de las lluvias, entre septiembre y diciembre, hay que ir a buscarlas al inmenso páramo. 

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A las vicuñas se les admira, cuida y consiente porque son bellas. Ya sería un buen motivo, pero hay más, en lo simbólico las vicuñas expresan la majestuosidad de los Andes: hermosas, ágiles, dignas. Verlas en la puna es asistir a un prodigio de la fragilidad de la belleza. Y es que ellas han sido desde tiempos ancestrales las diosas de la puna. En lo económico el hilo de la lana de las vicuñas es oro. 250 gramos de fibra valen entre 400 y 500 dólares en el mercado; por el contrario, el kilo de fibra de su prima la llama solo vale 2 dólares. En lo sostenible, hay que respetarlas en su libertad y tratarlas con cariño para que no se estresen. Por eso, la idea es cuidarlas, tratarlas con cariño y una vez obtenida la fibra, liberarlas.

Digamos que estamos en San Salvador de Jujuy. De ahí por una ruta que sigue la quebrada Humahuaca, esa que es patrimonio de la humanidad desde el 2003, más conocida por las montañas de los siete colores, y después de 167 kilómetros y 3 horas se llega a Abra Pampa, la Siberia de la argentina, a 3 500 metros. Más que desierto es una inmensidad amarilla de pastizales para llamas, vicuñas, cabritos y ovejas. Fin de la ruta con asfalto. Comienza el ingreso a la puna, llena de formas rocosas que imaginan imperios y formas no vistas en películas, cuando la naturaleza es mejor que el cine. De ahí se sube a 3 684 metros a Lagunillas de farallón, un pequeño y gris pueblito que se mira en sus aguas y montañas, son 61 kilómetros que toman otras 3 horas de camino. Finalmente se sube 2 horas más hasta cerca de la laguna de Vilama a 4 600 metros. Y ahí es el chaku de este octubre del 2018.

Llegamos. Eran las 11 am. Había empezado a las 4 am. Están en arreo. Parece misión imposible. Hay pocos humanos para tanta inmensidad. Más de cien cercan a las vicuñas. 10 autos todo terreno acompañan. Se espera recoger 190 vicuñas. A las 11:30 vemos a 13 huir felices del cerco. A la 1 pm están las que son, solo 26 vicuñas. Los números no dan, el paisaje y la cultura sí. Y a todas estas, estamos los que miramos: los extraños, los turistas, y somos pocos, no más de 10.

Una vez la vicuña va al esquile, el silencio es total y todos saben qué hacer. Asistimos a una puesta en escena de la identidad. Se celebra el vínculo con la vicuña, la diosa andina. Triunfa el ritual.  Una vez encerradas, en un proceso que dura 5 minutos, se les pesa, se les mide su lana, se les pone un chip para hacerles seguimientos, se les saca sangre para evaluar su estado de salud y hasta el estrés que sufren por el corte de su fibra, se les esquila, se les reúne de nuevo y en menos de una hora se les libera. Cada vicuña pesa de 30 a 40 kilos; su lana tiene de 4 a 5 centímetros; cada vicuña da 250 gramos de fibra. Se esquila cada vicuña en un minuto. El hilo de vicuña tiene una suavecita lana con fibra y nervio, por eso se manualmente se le quita el nervio y las impurezas y se deserdan en máquinas. El hilo recolectado es bien colectivo; se produce, gestiona y vende para el beneficio de la comunidad. 

El chaku como ritual comunitario andino se había refundido en la matanza de vicuñas del siglo pasado y se recupera cuando se decide que es una especie en vía de extinción. En el 2014 se revive el chaku como «juntada» comunitaria para celebrar a la vicuña, habitar una experiencia ancestral, festejar la libertad del animal como parte de lo propio, y «ganar» algo para vivir; ese año se hacen 3 chaku. En el 2018 ya es cotidianidad de la puna con 26 rituales. El chaku se ha convertido en un ritual de la identidad y de la soberanía cultural y económica de las comunidades, con potencial turístico y productividad política, por eso, el gobernador de la provincia de Jujuy prometió hacer 100chakus.  

La vicuña por ser especie en vías de extinción tiene todo reglamentado por el CAMVI (Comunidades Andinas Manejadoras de Vicuñas): cómo deben vivir, en libertad; cómo deben ser esquiladas, en ritual ancestral y en coordinación con las autoridades de medio ambiente y agricultura; cómo debe ser vendida, con autorización internacional para comercializar fibra silvestre; cuántas se pueden esquilar, depende del censo poblacional para saber cuántos animales se pueden esquilar cada dos años.   

 

Y una última acción comunitaria es convertir a los chaku en experiencia cultural de turismo. Todo, por ahora, una ilusión.

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En los chaku, Argentina es modelo porque es un sistema sigue las normas internacionales con base en la comunidad y el territorio e involucra a los ministerios de medio ambiente y producción, al INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) y a la SSAF (SubSecretaría de Agricultura Familiar). En Bolivia y Perú los chaku andan mejor en identidad ancestral, pero sin organización. 

El problema como con todo lo ancestral es la comercialización. En Argentina existen dos empresas que deciden precio y ventas a Italia.  Pelama Chubut S.A. anuncia que es «una empresa comprometida a proveer a la industria textil con la más fina, noble y lujosa fibra de origen animal» y es la que monopoliza el negocio de la fibra de vicuña. Lo mismo hace la otra empresa Fuhrmann. Ellos pagaron en el 2017 a 330 dólares el kilo mientras venden a 1 000. Pelama y Fuhrmann, concentran y venden y hasta hacen pasar fibra de vicuña peruana y boliviana por argentinos, ya que compran 1 000 kilos y exportan 3 000.

Las comunidades con la ayuda del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuario) están tratando de descerdar sus hilos y venderlos directamente. Esto, por ahora, es una posibilidad, ya que hay que seguir vendiendo a la Pelama y Fhurmann. La otra acción está encaminada a «agregar valor» artesanal, que las comunidades hilen tejidos para la venta, pero otra vez ¿a quién se le vende, si la moda está en Italia? Y una última acción comunitaria es convertir a los chaku en experiencia cultural de turismo. Todo, por ahora, una ilusión.

La vicuña es el último descubrimiento de humo de la «economía azul» que vendió el economista belga Gunyter Pauli a «la revolución de la alegría» del gobierno Macri. La vicuña como un «nuevo» sistema de innovación de bajo costo, múltiples beneficios, generación de empleo y capital social.  El experto argumenta que la Argentina hará la revolución con la vicuña junto a otros «proyectos azules» como una fábrica de papel piedra que a diferencia del tradicional excluye la fibra vegetal y el agua del proceso;  cultivar un área gigantesca de algas marinas dedicadas a la producción agrícola y de gas, que además provee un fertilizante como subproducto y captura CO2; que los mataderos ofrezcan sus desechos como generadores de materia prima para cultivar larvas de moscas, que a su vez serán el alimento nutritivo de gallinas; generación de tecnología Li-Fi, en la que los datos se transmiten a máxima velocidad a través de los cables de electricidad existentes, proporcionando un ahorro de energía del 50%; la espuma de vidrio y el cultivo de hongos. El economista azul afirma que en Jujuy  hay que aprovechar las fibras de vicuñas y guanacos, que podrían dejar hasta unos 25 millones al año a las comunidades locales del norte de la provincia. La economía azul aparece la última frontera en las ilusiones del progreso con base en la naturaleza.  

Por ahora, el chaku es una experiencia cultural y de la identidad, una en la que la comunidad se organiza para esquilar las vicuñas, conservar la especie, producir con cuidado, cariño, respeto. Memoria del cuidado y lo comunitario. Una experiencia rentable en identidad, la juntada, lo organizativo, lo social. 

Lo cierto es que el chaku significa la soberanía cultural de los territorios y las comunidades alrededor de las vicuñas. Una experiencia entre una tradición ancestral (celebrar a la vicuña) y las tendencias de la coolture (moda en Italia) que revive el valor de la comunidad, los juegos simbólicos de la naturaleza, la sustentabilidad del ecosistema y la autonomía para darse el destino que se puede. 

Los chaku son, para este turista, un saber ancestral recuperado que me llevó más allá de la conexión digital a habitar el territorio de las vicuñas, que ahora me parecen diosas y hacen ver mal a sus primas camélidas llamas, guanacos y alpacas, que se ven torpes feas y sin dignidad a su lado. Pero peor nos hacen ver a nosotros los humanos que hemos abandonado los rituales de la contemplación y, ahora, pagamos por ir a ver a la naturaleza en busca de la experiencia singular que nos diga por qué hemos venido aquí y por qué estamos en este mundo. 

Omar Rincón
Omar Rincón

Ensayista, profesor y periodista, últimamente juega a ser artista. Reflexiona y enuncia desde el sur. Le interesa el pensar bastardo. Habita la coolture.