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ALFARERAS CONTRA EL OLVIDO

Disidencia desde el barro
Caterina Morbiato

Ahora Rita casi no escucha radio. En su lugar hoy ve programas de política o series protagonizadas por mujeres en la televisión. Todavía, sin embargo, a veces sintoniza alguna estación y recuerda aquellos días en que las voces que salían del aparato fueron, para ella y para otras, una suerte de revelación. 

 

—Me gustaban mucho los programas de mujeres o dirigidos por mujeres —recuerda Rita con un dejo de nostalgia—. Escuchábamos a una sexóloga, Anabel Ochoa, y lo que decía era un aprendizaje para todas nosotras. Amaba a Anabel: hablaba de sexualidad, de diversidad, decía «vagina», decía «clítoris», y aquí las chicas se quedaban asombradas. También escuchábamos a una periodista que se llamaba Lourdes Diaque, hablaba de la violencia que sufren las mujeres y se dirigía a las autoridades. Era muy valiente. 

 

Lourdes Diaque fue una de las primeras alarmas. A finales de 1999, Lourdes se despidió del micrófono; en enero del nuevo año, sus colaboradores anunciaron la tragedia: la locutora había sido asesinada. Rita lloró su muerte. Con los años, supo que aquel crimen tenía otro nombre, que en México las mujeres eran agredidas, violadas y asesinadas sistemáticamente. Supo que el asesinato de Lourdes Diaque se llamaba feminicidio. 

 

Rita es la fundadora del proyecto Mujeres Alfareras de Tláhuac, una cooperativa de empresarias artesanas dirigida solo por y para mujeres. 

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Dos manos gruesas y una sonrisa hospitalaria, Rita Reséndiz es la fundadora del proyecto Mujeres Alfareras de Tláhuac, una cooperativa de empresarias artesanas dirigida solo por y para mujeres. Ahora, la cooperativa se compone de tres integrantes estables —Rita, Rosalva Francisco Mejía y Martha Salomé Flores Anaya—, además de otra compañera que va esporádicamente; pero, en sus casi tres décadas de vida el proyecto ha capacitado a alrededor de 45 mujeres.

Primero llegaron las jóvenes. Eran las que más querían encontrar un trabajo para salirse de sus casas y conocer algo distinto. Con el tiempo se integraron otras: había quien se quedaba pocos meses, quien por años, quien se iba para regresar de vez en cuando.

 

—No teníamos la fuerza pero entre varias podíamos hacer cualquier tarea. Por ejemplo, para solucionar el problema del peso y no tener que cargar, les pusimos ruedas a nuestras mesas —las manos de Rita alcanzan la larga mesa de trabajo dispuesta cerca de los hornos y la mueven con un esfuerzo mínimo—. Aunque seamos mujeres, sí podemos hacer de todo. El problema es que no fuimos educadas así, ni siquiera mi generación. 

 

Todas las mujeres que entraban al taller eran incitadas a aprender cada una de las tareas: preparar el barro, elaborar los moldes, hornear, decorar las piezas, soldar, cargar. El lema de la cooperativa era sencillo: no hay nada que no se pueda hacer. Entre la decoración de una taza y el pulido de una vasija, el sonido del radio llenaba el taller. Voces siempre femeninas, periodistas, psicólogas, sexólogas que, desde distintas emisoras radiofónicas, conversaban sobre sexualidad y familia, violencia doméstica, maridos alcohólicos. Sus discursos, inéditos para muchas integrantes de la cooperativa, alborotaban el ambiente.

 

—En los programas se hablaba de cosas que jamás había oído y escucharlos generó en mí un cambio importante —cuenta Rosalva, de cabellera negra y mirada prudente—. La vida que vivíamos con mi papá era de mucha violencia pero para mí era normal, nunca me había puesto a pensar…cuando llegué acá y empecé a escuchar a las psiquiatras, a la sexóloga, entendí que no lo era, que había otras formas de vida. 

 

Rosalva se mueve con paso discreto por el taller, destapa y prepara los moldes; ella es, también, la que lleva la contabilidad de las ventas. Lo que más le gusta es trabajar a mano: crear piezas pequeñas, miniaturas, y modelar en máscaras las caras de personas conocidas o de desconocidos que por alguna razón se le quedaron en mente. Cuando llegó a la cooperativa, Rosalva tenía apenas 18 años. Al principio iba y venía de su casa pero pronto el taller se convirtió en su hogar; a los pocos meses decidió mudarse y aceptar el cuarto que Rita le ofrecía cada vez que leía la angustia de su rostro. 

Ocurrió un día de 2002. En la radio, una mujer de Ciudad Juárez narró la desaparición y muerte de su hija; habló de su duelo, de las amenazas que había recibido por parte de la policía local y de su determinación para encontrar justicia. En el taller, las alfareras escucharon con pasmo. No era una historia única: la misma violencia había arrebatado muchas otras hijas a muchas otras madres. Los primeros hallazgos remontan al verano de 1995 cuando, en una localidad semidesértica conocida como Lote Bravo, fueron encontrados los cadáveres de varias mujeres: boca abajo y semidesnudos. La autoridades solo identificaron a tres: Elizabeth Castro García y Silvia Ribera, ambas de 17 años, y Olga Carrillo, de 20.

Cuando las artesanas escucharon aquel testimonio, Ciudad Juárez ya tenía más de diez años de sufrir una epidemia de crímenes contra las mujeres: de hecho, para principio de los 2000, se registraban por lo menos 300 asesinatos. En su mayoría jóvenes, de bajos recursos y empleadas en las maquiladoras, sus cuerpos habían sido encontrados en algún paraje público, arrojados semidesnudos como si fueran basura, con evidencias de tortura y violación. Uno tras otro, los casos se hundían en la ineficiencia de las autoridades responsables de investigarlos. 

 

—Aquel testimonio me hizo sentir impotencia: me pregunté cómo podíamos ayudar a la señora —explica Rita—. No teníamos los medios para ir a acompañarla, pero podíamos hacer algo con el barro: algo que sirviera para tener presente lo que estaban sufriendo tantas mujeres. Y fue lo que hicimos. 

 

Decidieron aprovechar la capacidad expresiva de la cerámica y elaborar un rostro que representara a todas las mujeres víctima de feminicidio. Primero prepararon una máscara de yeso, sacaron un molde y empezaron a reproducirlo. Fue impactante: llenar el molde con barro, desprenderlo luego de su matriz, y ver aparecer no una taza, no un alhajero, sino el rostro de una mujer asesinada le otorgó otro sentido al trabajo con el barro. Finalmente, con pinceles y esmaltes intentarían dar forma al dolor inasible de aquellas muertes. 

Entre Lago de la Muerte y Mar del Néctar hay unos dos kilómetros escasos. Si quisiéramos caminar de un extremo a otro, cruzaríamos por Mar de la Crisis y Océano de las Tempestades rumbo a Mar de los Humores, no sin antes haber surcado Laguna del Ensueño. A primera vista parecería que deambulamos por un paisaje lunar: es invierno, la blancura del cielo rebota en los muros grises de las casas y lastima las corneas. Con esta luz de ceguera, todo luce polvoso y quemado. Pero este revoltijo de nombres no es más que un paraje de San Francisco Tlaltenco, uno de los siete pueblos que conforman la delegación Tláhuac, en la franja oriental de la Ciudad de México.

Rita Reséndiz conoce estos rumbos desde que era poco más que adolescente. Aquí, en el número 250 de la calle Mar del Frío, nació el taller de la cooperativa. Y aquí, décadas después, todavía sigue escondido detrás de un portón azul cielo.

Es difícil imaginarlo ahora, pero hubo un tiempo en que Tláhuac —que en lengua náhuatl significa «en el lugar de quien cuida el agua»— era una pequeña isla enclavada en un mundo acuático y fértil; aquí surgían unos de más grandes lagos de Tenochtitlán, la antigua capital del imperio azteca. A lo largo de los siglos, una serie de técnicas hidráulicas poco adecuadas por el territorio terminaron por desecar las superficies lacustres hasta cambiar drásticamente el paisaje. 

 

Decidieron aprovechar la capacidad expresiva de la cerámica y elaborar un rostro que representara a todas las mujeres víctima de feminicidio. 

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A pesar de los manoseos hidrográficos y la urbanización intensa, Tláhuac aún conserva un carácter rural: hay quienes mantienen sus cultivos en las faldas de los cerros que rodean la mancha urbana y todavía es posible encontrar leche y quesos frescos. En los días despejados, el volcán Iztaccíhuatl domina el horizonte.

Junto con toda la parte oriental, Tláhuac es también una de las zonas más inseguras de la Ciudad de México; durante el último año, la presencia de una organización criminal dedicada al narcomenudeo y vinculada con autoridades delegacionales ha hecho que la violencia se dispare. Invariablemente, estas condiciones tienen repercusión en la seguridad de las mujeres. Con respecto a la cantidad de feminicidios, por ejemplo, Tláhuac se ubica en el tercer lugar entre las dieciséis delegaciones que conforman la capital. 

 

—A veces se escucha que en el cerro vienen a tirar cuerpos, luego son los vecinos o los maridos que matan a sus esposas o las tienen secuestradas. Como pasó con aquellos policías —cuenta Rosalva—. Antes estaba la Policía Montada: tenían un cuartel y parece que unas chicas pasaron a preguntar algo y las tuvieron secuestradas por varios días, violándolas. 

—Fue una de las primeras cosas, digamos, públicas de que nos enteramos. Porque de otros abusos, los domésticos por ejemplo, siempre supimos— remata Rita.

 

En el lote de Mar del Frío, además del laboratorio, se encuentran los cuartos de Rita y de otra artesana; más allá, unos pequeños patios donde retozan una veintena de perros, todos rescatados de la intemperie. Adentro, una sala diminuta encierra la belleza: platos, aretes, floreros, collares, vasos tequileros, unas máscaras anchas. El esmalte azul atrapa la vista: omnipresente en las decoraciones más simples y en las grecas prehispánicas que se alternan en las superficies abombadas. 

 

Martha Salomé Flores Anaya es una de las tres componentes del proyecto. 

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Hay otras piezas, pero este no es su lugar: son las piezas personales de las artesanas, su colección más íntima. Nacen de la sensibilidad de cada una, de un particular estado de ánimo; de hecho, muchas piezas empiezan a gestarse desde los sueños. La primera pieza de Rita, por ejemplo, fue una nave que se le apareció en sueño y que, como una mantarraya, se posó despacio arriba del taller. 

 

—A la vez que me dio miedo, me quedé muy impresionada —dice, sentada en una mesa repleta de portalápices con pinceles de cada grosor, tazas decoradas, tijeras, escuadras, una computadora—. El día siguiente, cuando desperté y recordé el sueño, recreé la imagen y la plasmé. Fue cuando me di cuenta que me estaba expresando a través del barro. Todavía conservo esta nave, es de mi colección: son piezas únicas y todas tienen su razón específica. 

 

Trabajar el barro no siempre fue sinónimo de creatividad: al principio, a Rita le parecía un oficio como cualquier otro, una manera para salir adelante y, a lo mejor, generar más empleos. Con el tiempo, la textura del barro, el potencial expresivo propio de su plasticidad y las etapas de su elaboración, le desvelaron un sentido más profundo. 

 

—Agua, tierra, aire, fuego: cada pieza de barro lleva en sí los elementos de la naturaleza —explica—. A través de los años también me di cuenta que esta labor es parte de mi cultura, que es propia de México en donde toda la vida hemos comido frijoles de olla de barro, tomado café en tazas de barro.

Rita tenía veintiún años cuando lo perdió todo: era el 19 de septiembre de 1985 y un sismo de 8.1 MW sacudía los huesos de la Ciudad de México. La joven tenía apenas unos siete meses de haberse mudado a la Colonia Roma, uno de los barrios más céntricos de la capital mexicana. Quinta de ocho hermanos y huérfana de padre, había decidido independizarse de su familia para dejar de ser una boca más que alimentar. También deseaba regresar al bullicio capitalino —a sus cines, sus diversiones— que tanto había extrañado desde que, cuatro años atrás, había ido a vivir con su madre y hermanos en un pueblo periférico. 

Después de trabajar como lava trastes en una cocina económica, Rita había por fin encontrado empleo en una de las librerías de segunda mano que rebosaban por el barrio. El nuevo puesto la hacía feliz: le gustaba pasar las horas sumergida en el olor de papel antiguo, acomodando los volúmenes y conociendo nuevas lecturas. Ahí se había comprado su primer libro —uno de cuentos infantiles rusos, que leía sin aburrirse una y otra vez— y con el tiempo había empezado a juntar una pequeña biblioteca personal. 

 

Hay otras piezas, las piezas personales de las artesanas, su colección más íntima. 

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Aquel jueves de septiembre, cuando la tierra rugió, la Roma fue una de las zonas más afectadas. Las alertas sísmicas todavía no existían y la gente empezó a salir a la calle como pudo en cuanto las trepidaciones se hicieron más notables. Rita logró abandonar a tiempo el cuarto de huéspedes que rentaba en la calle de Chihuahua. Huyó descalza y encima nada más que una playera azul —su color preferido— y unas pantaletas blancas: apenas daban las siete de la mañana y la ciudad todavía no se arrancaba de encima el sopor de la noche. A tropezones, chocando con los cuerpos de los otros arrendatarios, atravesó el estrecho corredor a donde se asomaban los cuartos hasta desembocar en la calle. Al otro lado, el estacionamiento de un edificio era tragado por la tierra y Rita vio como un hombre lograba sujetar a una mujer segundos antes de que ella también se hundiera.  

Las semanas siguientes fueron de dormir en tienda de campaña, comer de lo que traía la gente y vestir de las donaciones. Las brigadas auto-organizadas no cesaban de trabajar como hormigas, un día detrás de otro: removían escombros, cargaban heridos, organizaban acopios de víveres. Décadas más tarde, la cantidad exacta de víctimas sigue siendo un enigma: fuentes gubernamentales fijaron el registro en diez mil muertes, mientras que para el Sistema Sismológico Nacional estas llegarían hasta las cuarenta mil. 

 

En este tiempo ni sabía quién era el presidente de Estados Unidos, ¡con trabajo conocía el nombre del de México! El temblor me hizo despertar: entendí que el gobierno tenía la obligación de ayudar y no lo hacía recuerda Rita. Me tocó ayudar a personas de la tercera edad, pensionados que vivían en una unidad habitacional que se cayó. Muchos vivieron por años en los campamentos hasta que murieron. Me di cuenta de lo vulnerable que somos.

 

En los campamentos para damnificados —enredos de cuartuchos de láminas, sofocantes en tiempos de calor y helados en invierno—, Rita vivió por veintidós años. Cuando por fin le asignaron una vivienda «real», esta era un departamento en un quinto piso. Nunca aceptó mudarse: el trauma del sismo seguía vivo. 

 

Rosalva Francisco Mejía prepara los envoltorios, uno por uno toma los rostros y los guarda con delicadeza. 

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Un día llegó al campamento León Valencia, un médico. Contó que en la azotea de su casa tenía resguardado un pequeño horno para hacer cerámica; quería donarlo a la gente que se había quedado sin techo y sin trabajo. Una decena de vecinos de la colonia, entre estos Rita, se juntaron decididos a aprender los rudimentos de la alfarería. Al inicio el fracaso fue rotundo: 

 

—Nos salían puras cochinadas y nadie las quería comprar—cuenta Rita, divertida, pero ahí estábamos: ¡éramos la cooperativa de cerámica! Al principio nos apoyó la Iglesia Mexicana, pero fueron los vecinos los que más ayudaron: nos traían despensas para que pudiéramos comer mientras que salían piezas buenas para la venta. 

 

Gracias a otra donación eclesiástica, esta vez por parte de la Iglesia Católica de Nueva York, la cooperativa pudo instalar su taller en el lote de Mar del Frío, en Tláhuac. Con el tiempo, las piezas adquirieron un aspecto más agradable y el grupo afinó su técnica; sin embargo, para Rita no fueron siempre años sencillos. Era la única mujer del grupo y sus opiniones, recuerda, rara vez eran tomadas en cuenta. A menudo los compañeros de la cooperativa no la dejaban experimentar con las diferentes tareas y cuando lo hacían, era porque las circunstancias no dejaban otra opción. Como pasó con el encargado de moldear los platos, quien decidió compartirle los secretos de la técnica solo después de que una barda le cayera encima dejándolo con una pierna rota. En aquel momento habían recibido muchos pedidos y se necesitaba que alguien los hiciera. 

Con el tiempo, la producción de la cooperativa aumentó y, con ello, las ganancias; con la mejora económica también llegaron los primeros conflictos y el grupo terminó por desintegrarse. Al horno que habían construido —un horno demasiado grande, que lograban llenar cada tres o cuatro meses— tocó la misma suerte: serrucho a la mano, los integrantes de la cooperativa lo dividieron en partes. Con los pedazos restantes, Rita construyó su propio horno y hasta le puso nombre: David, el pequeño que lucharía contra la codicia del primer horno —el colosal Goliat— que a duras penas les había dado con qué comer. 

 

—Cuando nos separamos me quedé pensando en todo lo que había aguantado por la falta de lo que ahora se llamaría «equidad de género». Por años había trabajado como ellos pero sin ser considerada de la misma manera. Fue así que nació la idea de un grupo por y para mujeres, en donde todas fuéramos iguales.

—Para mí lo más fuerte es meterlos a la bolsa.

 

Rosalva acaba de colocar once rostros en una superficie de gravilla fina y ahora se queda mirándolos, pensativa. Esta especie de pequeño conjunto de máscaras mortuorias, da vértigo. Desde cada figura se desprende un aliento fantasmal que pica a quien las mira: es como el eco de mil gritos escuchados desde lejos. Los oyes, pero demasiado tarde.

 

—Si el clima es húmedo, es un problema trabajar el barro. Por eso tenemos que guardar los rostros en bolsitas de plástico y cuando hay un poco más de sol los sacamos y los trabajamos —añade la joven. —Así es como se trabaja, pero para mí meterlos en una bolsa es muy simbólico porque así es como encontraron a muchas mujeres: en bolsas de plástico, destazadas, mutiladas. 

 

Muchas de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez compartían rasgos parecidos. Ahora, en las facciones semejantes de cada una de estas piezas de barro, lo absurdo de tantas muertes se amplifica. La de Juárez es una cuenta que cuesta trabajo llevar: más de 700 víctimas en un estado, Chihuahua, que apenas en septiembre de 2017 ha tipificado el feminicidio como delito. 

 

Ahora cuentan con alrededor de 270 rostros

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Desde aquel primer día de 2002 a la fecha, las Mujeres Alfareras de Tláhuac no han dejado de moldear rostros. Cada vez que sus recursos —a menudo escasos— se lo permiten, apartan un poco de barro para dar forma a una nueva pieza. Ahora cuentan con alrededor de 270 que, juntas, conforman «Rostros del olvido», una exposición que las artesanas han presentado en diferentes espacios: museos, universidades, eventos organizados para celebrar el 8 de marzo. Cada pieza es única: no se vende ni se separa de las demás.

 

—En el museo regional de Tláhuac la expo ya estuvo cuatro veces y siempre impacta mucho. Lo más fuerte fue ver como un encargado delegacional salía llorando. Lo mismo le pasa a muchas mujeres y jóvenes…—Rosalva se interrumpe, sus ojos enardecidos buscan el piso. 

 

A las Mujeres Alfareras les hubiera gustado poder sacar un rostro de barro para cada mujer, cada uno con su nombre y apellido: el exceso de crímenes las rebasó.  Con los años, los feminicidios no se han detenido: según los datos presentados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, entre 2007 y 2016, 22 482 mujeres fueron asesinadas; hasta septiembre del 2017, el número de mujeres asesinadas era ya de 1 297, además de otras 3 000 reportadas como desaparecidas. Los casos, en su mayoría, no son investigados a fondo; muchos ni siquiera llegan a ser tipificados como feminicidios. El gobierno mexicano no ha hecho grandes esfuerzos para erradicar algo que va al alza: torpeza y complicidad de las autoridades,  carencias en los códigos penales, inculpación de las mismas víctimas, y la falta frecuente de una perspectiva de género en las investigaciones, siguen favoreciendo la impunidad. 

 

—Esto ya huele a exterminio —afirma Rita Reséndiz.  

 

Su mirada se afila. Lo que siente es enojo, sobre todo. Es su carácter rebelde, asegura, lo que le valió el apodo de «la luchadora» cuando, aun siendo una niña, se le aventó encima a un chico que siempre le quería pegar. Han pasado quince años desde que comenzó a moldear rostros de mujeres asesinadas. Nada ha mejorado. Cuando empezó con el primero, dice, todavía tenía la esperanza de que en algún momento todo esto parara.

Desde aquel día, cuando la voz de una madre cortó el aire en el taller de Mar del Frío, Ciudad Juárez ha dejado de ser el único emblema de los feminicidios. En los años, a esta ciudad fronteriza se han sumado otros focos rojos como el Estado de México, Guerrero, Jalisco. También la Ciudad de México —que por mucho tiempo ha sido presentada como una burbuja segura con respecto al resto del país— se ha convertido en una zona de alto riesgo para las mujeres. Otro limbo más, en donde cada caso de feminicidio lucha contra el miedo de verse enterrado por el siguiente. 

El número 250 de Mar del Frío funciona como una pequeña guarida en donde se construye memoria con tenacidad. Recordar. De estos tiempos parece ser una acción casi de otro planeta y quizás sea un poco así ya que el taller está empotrado en un barrio que se llama Selene, la hija de titanes y diosa de la luna en la mitología griega. 

Para Rita y sus compañeras esto no es casual. La luna, símbolo de lo femenino por excelencia, está presente hasta en el nombre del barrio para cobijar sus historias y su trabajo. Su colonia, dicen entre risas, fue diseñada por una mujer de la zona y por eso está hecha con orden, calles espaciosas, amables. 

Es tarde. Rita comienza a liberar a los perritos que aguardan en el patio. Rosalva prepara los envoltorios, uno por uno toma los rostros y los guarda con delicadeza. Cada uno deja su huella impresa en la gravilla gris. 

Caterina Morbiato
Caterina Morbiato

Antropóloga y periodista. Nació en una ciudad del húmedo noroeste italiano y desde hace cinco años ha hecho de México su casa. Colabora con medios italianos y mexicanos, escribiendo sobre todo de temas sociales. Le tiene cariño a un proverbio amado por el maestro Sergio González Rodríguez: «Lee lo anotado en rojo si quieres entender lo escrito en negro».