Arte secuestrado es un libro extraordinario, no solo por las piezas que examina —los mármoles del Partenón, los tesoros de Magdala y los restos del príncipe etíope Alemayehu, el busto de Nefertiti, los bronces de Benín, esculturas de dioses, armas (krises) y hasta un hombre prehistórico de Java, además del célebre Penacho de Moctezuma—, sino por su capacidad para articular, con rigor y claridad, una constelación de cuestiones políticas, históricas, culturales e ideológicas que atraviesan de lleno el debate contemporáneo sobre el patrimonio. Entre ellas destaca una cuestión central: la decolonización, entendida no solo como un proceso histórico ya clausurado, sino como una transformación profunda —aún en curso— de las estructuras mentales, culturales y epistémicas heredadas del colonialismo.

En ese marco se inscribe la cuestión, hoy ineludible, de la decolonización de los museos. Una de sus posibles estrategias —aunque no la única— es la restitución de bienes culturales a los pueblos y territorios de los que fueron sustraídos, apropiados o extraídos en contextos de dominación. Lejos de proponer soluciones simples o respuestas automáticas, el libro abre un abanico de preguntas complejas: ¿a quién debe restituirse una obra?, ¿cómo hacerlo cuando se trata de piezas extremadamente frágiles?, ¿dónde deben ser conservadas y exhibidas?, ¿qué ocurre cuando esos objetos han sido incorporados durante décadas —o incluso siglos— a la identidad simbólica de los museos que los albergan? Cada pieza constituye un caso singular, y es precisamente en ese espacio de tensiones donde se sitúa la investigación de Titi y Fach Gómez.

La decolonización, entendida no solo como un proceso histórico ya clausurado, sino como una transformación profunda —aún en curso— de las estructuras mentales, culturales y epistémicas heredadas del colonialismo

Conviene subrayar que este trabajo se asienta sobre un sólido sustrato jurídico. Catharine Titi y Katia Fach Gómez son juristas, investigadoras y profesoras de Derecho internacional, y ese saber especializado constituye la base del rigor y la minuciosidad con los que se ha abordado la investigación de cada uno de los casos analizados. Sin embargo, lejos de encerrarse en un registro estrictamente técnico, las autoras optan deliberadamente por el relato, la narración y el ensayo como estrategias de divulgación crítica. Esta elección formal no supone una renuncia a la precisión conceptual ni al análisis jurídico, sino una apuesta consciente por hacer accesible un conocimiento complejo y necesario, ampliando el debate sobre la restitución patrimonial y la decolonización de los museos más allá del ámbito académico especializado e interpelando directamente a la sociedad en su conjunto.

El libro interpela de forma directa a la ciudadanía. Obliga a reflexionar sobre valores, identidades colectivas y memorias compartidas; sobre lo que hemos sido, lo que somos y lo que queremos —o no— seguir siendo. Y lo hace a través del arte, entendido no como un mero objeto estético, sino como un dispositivo de poder, de memoria y de conflicto, capaz de vehicular relatos, silencios y legitimaciones.

Nos encontramos, así, ante un arte en disputa. En términos bourdieusianos, el arte se inscribe en un campo: un espacio social atravesado por relaciones de poder, de dominación y de lucha en torno a un capital cultural. Arte secuestrado analiza disputas patrimoniales, jurídicas y simbólicas: conflictos en torno a la titularidad, la posesión, la exhibición y el relato. Se trata de objetos cargados de significados históricos, religiosos, identitarios y emocionales, relevantes tanto para las culturas y pueblos que los crearon como para los países, museos y ciudades que los han conservado, estudiado y exhibido durante largo tiempo.

Este libro obliga a reflexionar sobre valores, identidades colectivas y memorias compartidas

A lo largo de sus páginas aparecen de manera reiterada términos incómodos —secuestro, retención, expolio, saqueo, botín, engaño, expediciones punitivas— que remiten a una violencia histórica concreta. Detrás de estas piezas hay sangre, muertes, desplazamientos forzados y suicidios colectivos. Son el resultado de políticas coloniales y extractivistas que, con distintos ropajes, continúan proyectándose en el presente. Todo ello se sostuvo, además, en principios supuestamente civilizadores, ilustrados y universalistas que legitimaron la consolidación, a partir del siglo XVIII, de la institución museística moderna y, en particular, del ideal del museo universal, heredero de los antiguos gabinetes de curiosidades. Una institución normativa, investida de autoridad científica y cultural, orientada a preservar, clasificar, exhibir y producir conocimiento, pero cuya genealogía colonial el libro invita a revisar críticamente.

Desde esta perspectiva, Arte secuestrado obliga a mirar de otro modo los museos universales y los relatos que los rodean. Resulta especialmente revelador el contraste entre el análisis del libro y determinados discursos mediáticos contemporáneos. Basta pensar en recientes informaciones sobre la restauración del Museo de Pérgamo de Berlín, centradas en el progreso técnico, la excelencia científica y la pulcritud arquitectónica, sin apenas aludir al origen de las piezas ni a los pueblos de los que fueron extraídas. Que en ese museo se exhiba, por ejemplo, la cúpula de la torre de las Damas de la Alhambra de Granada —una de las piezas reclamadas en el Parlamento de Andalucía— ilustra de forma elocuente ese silencio mediático que también construye relato. Uno de los principales méritos del libro es, precisamente, romperlo.

Detrás de estas piezas hay sangre, muertes, desplazamientos forzados y suicidios colectivos

Además, Arte secuestrado puede leerse como un conjunto de crónicas de viaje. Las autoras combinan con solvencia narración y ensayo. Conducen al lector a distintos territorios y comunidades a través de la biografía de los objetos. El recorrido lleva a Grecia, Egipto, Bali, Java o la Nueva España…, y permite vislumbrar el poder simbólico de las expediciones a África del siglo XIX que, como apuntó Martín Caparrós en su crónica africana Pole Pole, “para el público occidental de 1870 […] eran tan emocionantes como lo fueron para el de 1970 los viajes a la luna, solo que mucho más difíciles: sobre el África nadie sabía nada”. En esa tradición de la crónica se inscriben las historias humanas que atraviesan el libro, como la del príncipe Alemayehu, junto a la revelación de la maestría de los artesanos de Benín, el valor sagrado del tabot o la delicadeza del arte plumario mesoamericano.

No abundan, en el ámbito hispánico, las crónicas de arte que conjuguen investigación, relato y reflexión crítica, más allá de las de María Gainza o de algunos títulos ya clásicos norteamericanos como La palabra pintada y ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, de Tom Wolfe, o El rescate del arte ruso, de John McPhee. También por esta vía, Arte secuestrado se revela como una aportación singular y necesaria: un libro que no solo informa, sino que transforma la mirada del lector y lo sitúa ante los dilemas éticos, políticos y culturales que atraviesan hoy nuestros museos.


Arte Secuestrado

(Península, 2026)

De Catharine Titi y Katia Fach Gómez