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CORRIENDO CON KENIANOS EN MONTERREY

¿Por qué rechazar a unos deportistas exitosos?
Leonardo González

Sus ingresos dependen de cruzar la meta antes que nadie y romper el listón con sus cuerpos. Por eso ellos corren más rápido que los demás, sin importar de cuánto sea el monto del premio, dónde sea la carrera o la cantidad de participantes. En maratones y medios maratones, 5k y 10k, siempre que una carrera tenga un premio en efectivo, ellos seguramente correrán. Viven a las carreras, pero también viven de ellas. Desde Zacatecas viajan por el país a bordo de autobuses —preferentemente Omnibus— y semana a semana buscan competencias en las cuales participar y ganar. Destacan por una delgadez marcada, su negra piel y un entrecortado español de acento africano.

La comunidad deportiva regia (gentilicio de Monterrey) reconoce a los corredores kenianos, ya que cada que vienen es casi un hecho que estarán parados en el podio de ganadores. Por esta misma razón muchos organizadores de eventos han ido relegándolos, poniendo trabas en los reglamentos y bajando el monto de los premios. Aun así, a base de ganar carreras, los kenianos siguen cosechando amigos aquí. 

Una pequeña casa de dos pisos, color gris y techo de lámina. Ahí está, como perdida entre las demás. Rodeada de hoteles y muy cerca de la central de autobuses, la puerta de este hogar parece escondida, ajena al movimiento de los grandes camiones y autos que pasan segundo a segundo frente a ella. Un perro triste descansa bajo un Grand Marquis blanco de los años 80. Ahí, en la esquina, se encuentra Luis Lozano, enfundado en su fluorescente camisa deportiva mientras espera paciente la llegada de alguien. Este corredor regiomontano proporciona un lugar en dónde dormir a los kenianos que vienen a Monterrey a ganar carreras.

Luis vive con su mamá, una ancianita que disfruta pasando el tiempo en una mecedora sobre la banqueta, platicando con los vecinos o simplemente «tomando el fresco» del insano clima regio. Su casa es la posada gratuita de todo aquel que viene a Monterrey a competir en carreras de alto nivel, un espacio ideal para los corredores que llegan de paso y no quieren gastar mucho.

El pasillo de entrada luce abarrotado de lavadoras, abanicos, bicicletas, estéreos y un montón de objetos que parece que hace mucho tiempo dejaron de servir. Un olor característico impregna y enrarece el aire a medida que se avanza por este pequeño túnel que da hacia la casa. Decenas de cotorros y periquitos de amor pululan en sus jaulas. Se podría decir que algunas de estas aves se divierten molestando al pequeño perro chihuahua que las vigila nerviosamente; graznan al unísono mientras el can corre, se pone como loco y les ladra una y otra vez. Luis pasa de largo, acostumbrado, y entra a una pequeña sala.

A Luis Lozano también se le conoce en el mundillo de los corredores como «Pinos». Así lo llaman por haber nacido en la ciudad de Pinos, Zacatecas. Dice que cumplió 52 años en marzo, pero aparenta muchos menos. Delgado, de piel morena y bigote fino, Pinos muestra orgulloso una camiseta llena de firmas que cuelga al centro de su pequeña sala de estar. Habla tan rápido que a veces las palabras se le atascan en la boca. Su acento zacatecano característico dista mucho del casi grito sistemático del regio. Repite las cosas y a veces se va por las ramas; platica de muchos temas a la vez: describe las carreras, su relación con los corredores, y así, uno a uno, con aparente dificultad para recordar o pronunciar los nombres, comienza a enumerar a los kenianos y kenianas que se han quedado a descansar en su casa.

Saca una pequeña libreta en la que guarda celosamente los nombres y números de teléfono de los corredores que conoce. La usa porque todavía no le sabe bien a eso de apuntar los números en su agenda del celular. Ahí tiene anotados a todos los importantes, sus amistades de las carreras y los foráneos que vienen a correr a Monterrey. Los recita. Tiene una pequeña historia de cada uno. Cuenta sus costumbres y lo que le dijeron. Así se enteró de que las mujeres en Kenia pueden ser cambiadas por unos pocos animales de granja y de los más de 10 kilómetros diarios que tienen que recorrer miles de niños para llegar a sus escuelas. Con algunos kenianos batallaba para comunicarse, ya que no hablan español y el inglés de Pinos, según lo admite él mismo, es bastante rudimentario. Aun así, siempre había formas de hacerse entender, de traspasar la barrera lingüística y hablar de lo que tienen en común: el deporte.

Bob Onyancha tiene 31 años y corre desde los 10. Vive en la ciudad de Zacatecas desde hace tiempo y está contento de haber venido a México. Sus mejores marcas las ha corrido en la ciudad de Monterrey: 30:03 en 10 kilómetros de ruta en el 2009 y 1:08:31 en el medio maratón del 2010. Comenzó a correr porque era la única forma de salir de su país, y llegó a México porque supo que acá había oportunidades para crecer. Habla bien el español, aunque se le dificulta a momentos. Bob es de los pocos kenianos que siguen participando en las carreras de Monterrey.

Piel negra y pelo a rapa, espigado, de nariz chata, un poco más robusto que los demás kenianos. En el 2007 se desmayó después de ganar el maratón de Mazatlán. Maneja con facilidad la tecnología y la utiliza para monitorear las próximas carreras. No participa en redes sociales, pero se le encuentra en WhatsApp. Ha ganado más de un centenar de carreras, alcanzando premios importantes en toda la república.

Aunque le gusta la ciudad de Monterrey, ya casi no corre en las carreras que se realizan acá. Escasean los premios atractivos y, peor aún, en muchas ocasiones los organizadores revelan el premio después de la carrera. Casi nunca se premia con efectivo y se le dificulta vender rápido una televisión u otros premios en especie. Las tarjetas con dinero electrónico en Innovasport las aprovecha para comprar equipo deportivo. Si le va bien, cada año regresa a su país, aunque el boleto de avión es muy caro; necesita ganar buenas carreras para costearlo. Así sucede con muchos kenianos: ahorran de manera casi religiosa hasta el último céntimo para regresar a mediados de noviembre a su país.

Bob conoció a Pinos un día que llegó a dormir a su casa. De hecho, Bob fue de los primeros en aprovechar la hospitalidad de este corredor regio. Llegó un sábado por la noche a Monterrey. Le habían recomendado contactar a Pinos para ahorrarse el dinero del hotel. Al otro día corrieron una carrera, no se acuerda cuál. Bob ganó un buen monto; entonces todavía daban buenos premios. Así comenzó una relación fundada en el deporte, más allá de las barreras culturales, religiosas y lingüísticas.

Con cierto desasosiego y en voz baja, Pinos desmiente el mito del fuerte olor de los africanos. 

 
 

—No es que huelan mal, lo que pasa es que la mayoría de la gente convive con ellos después de entrenar o correr una carrera. 

 
 

Dice que por lo general ellos son muy limpios. Con una sonrisa y un poco avergonzado, recuerda que durante el corto lapso que vivió con ellos en Zacatecas, al terminar exhausto los entrenamientos diarios y querer descansar, los kenianos eran los que lo obligaban a bañarse.

Saca 50 céntimos kenianos y los muestra con orgullo. Las paredes de su casa están decoradas, casi tapizadas con recortes de periódicos de sus glorias de antaño y fotografías en las que aparece abrazado por kenianos y locales después de una carrera. Tiene sus recuerdos siempre a la mano, y señala las fotos mientras habla de ellos.

En el 2010, con el fin de mejorar su nivel competitivo, viajó a Zacatecas a entrenar con los kenianos, quienes lo recibieron del mismo modo que él los recibe. Cuando estuvo allá, experimentó día a día y a su manera el duro entrenamiento y la escueta forma de vivir de los kenianos. Terminaba exhausto tras horas de arduo entrenamiento y muchos kilómetros recorridos al lado de estos especialistas en correr. Basta con ver los records mundiales de las competencias atléticas de resistencia como 5k y 10k: los kenianos son los reyes, dominan y poseen la mayoría de los records.

El periodista Adharanand Finn dice en el libro Correr con los keniatas que uno de los factores que determina el éxito del deportista keniano es cómo pisa al correr. Finn explica que, a diferencia de los demás competidores, ellos corren apoyando primero la almohadilla del pie en vez del talón. Otros expertos atribuyen este éxito a un buen scouting y detección de talento, a su genética o a una dieta rica en carbohidratos. El secreto de su éxito radica en ese entrenamiento feroz que practican a diario. No se dedican a otra cosa; correr es su vida y toda ella la dedican a esta disciplina.

 
 
 

Despiertan temprano, se alistan y vestidos con sus ropas deportivas comienzan el recorrido a las ocho de la mañana en punto. El grupo es pequeño, no más de cuatro o cinco corredores que entrenan arduamente. Corren alrededor de 30 kilómetros en la mañana, se bañan, toman sus alimentos y vuelven a correr otros 10 más tarde. Corren aproximadamente 200 kilómetros por semana. A diferencia de la mayoría de los corredores regiomontanos, que tienen trabajos en los cuales ocuparse todo el día, el keniano dedica todo su tiempo y esfuerzo a correr. Luis quedaba extenuado a diario cuando entrenaba junto a estos hombres y mujeres africanos, y debido al cansancio no podía hacer más que acoplarse a sus rígidas costumbres.

En Kenia, cuatro de cada cinco personas son cristianos. La mayoría de estos atletas son de ferviente filiación religiosa. Ellos compaginan las normas de su religión con el rigor de su vocación deportiva, logrando excelentes resultados. Mucho entrenamiento, mucho descanso y una dieta balanceada, sin excesos, enfocándose únicamente en su profesión. Pinos recuerda con extrañeza que la dieta de este grupo de africanos, comparada con lo que se come en México, puede ser bastante raquítica para tan fuerte entrenamiento. En la mañana, antes de correr, toman un té, en la tarde comen un pan con poca carne y en la noche su tradicional ugali, platillo que consiste en una masa de harina de maíz hervida, adicionada con carne de res o pollo.

El Poblano ve con despreocupación el entrenamiento de decenas de niños y adolescentes en la cancha de atletismo de Ciudad Deportiva. Si uno lo conoce, se le puede distinguir a varios de metros de distancia. Su vestimenta deportiva resalta por el fluorescente color amarillo que recuerda al que se usa para resaltar textos escolares. Parado junto a la puerta de malla, saluda a un montón de gente que entra y sale de este espacio acondicionado para el entrenamiento de cientos de muchachos que buscan sobresalir en alguna disciplina atlética.

Ismael León es un tipo menudo de baja estatura. Tiene 39 años bien disimulados. Nació en Puebla, pero llegó a Monterrey en 1992, siendo aún adolescente, para estudiar la licenciatura en Administración de Empresas. Como los kenianos, él también ha dependido toda su vida del deporte. De hecho los comprende; sabe lo que es correr para vivir. Corrió durante toda su etapa universitaria para pagarse la carrera y otros gastos, después vivió de correr, justo como la comunidad keniana que reside en México.

Aunque ahora tiene una nueva pareja, todavía hospeda a unos cuantos kenianos cuando vienen a correr a la ciudad. El ambiente deportivo que envuelve su vida le permite guardar una buena relación con algunos de ellos. Kibet Cherop y Benjamin Kitimo son de quienes más se acuerda. Ismael no se siente intimidado por estos corredores. Afirma poder vencerlos en cualquier momento, siempre y cuando haya entrenado adecuadamente. Cree que, con esfuerzo, cualquier persona puede llegar a lo más alto, así que descarta que el físico o la genética aventajen a estos hombres y mujeres del este de África.

El vasto espacio que ocupa Ciudad Deportiva es aprovechado al máximo por decenas de deportistas de todas las edades; está dedicado a ellos y se nota el sentido de permanencia que le atribuyen. Aquí se practican disciplinas como el softbol, caminata, futbol, halterofilia, beisbol y atletismo. Los deportistas conviven hermanados por la actividad física, y cientos de personas dispuestas a prepararse en un deporte entrenan arduamente, algunos con más reserva que otros. Parece el espacio ideal para el Poblano.

La primera vez que el Poblano tuvo contacto con corredores kenianos fue cuando competía en carreras organizadas en Estados Unidos. Después algunos de ellos fueron ingresando al país porque aquí había oportunidades para hacer dinero. El Poblano está al pendiente y ve con preocupación cómo poco a poco se ha ido relegando a los corredores kenianos que llegan a México, pues dice que cada vez es más complicado traerlos a vivir acá.

De pronto, otro tema parece tomar importancia. El nivel de la población atlética de Nuevo León está bajando drásticamente y el Poblano hace énfasis en ello. La ciudad está siendo aquejada o beneficiada, según se vea, por la moda de correr, un boom de carreras en las que se está primando el aspecto social y deportivo. Además hay una falta de proyectos de fondo en los que se forme a corredores y una carencia de entrenadores capacitados. Esta explosión de eventos deportivos ha traído como consecuencia la baja en el número de buenos corredores.

Trotime es una de las empresas que da servicio a quien desea organizar una carrera en el norte del país. Con sede en Monterrey, organizan más de 90 carreras al año. Es un negocio floreciente en este nuevo boom de las carreras; tiene más de nueve años brindando servicio y ahora vive sus mejores momentos. Hace más o menos tres años, las carreras comenzaron a llamar la atención del grueso de la sociedad regiomontana, así que de un momento a otro cobraron un auge sin precedentes. Los eventos se duplicaron y la participación aumentó de manera importante.

Fernando Galindo, director de Trotime, enfatiza el papel de las empresas y grupos en la promoción de las carreras como medio para mejorar la salud, la unión familiar y una vida sana. El auge de las empresas «socialmente responsables» ha contribuido directamente al de las carreras. Además están las otras, las carreras de moda, como Spartan Race, Color Run, carreras de zombies, en color neón, de obstáculos, etcétera. La moda por las carreras de tópicos no cesa, son el hit del socialité regiomontano.

Los eventos deportivos de este tipo han aumentado en todos los municipios del área metropolitana de Monterrey, tanto que Ugo Ruíz, alcalde de San Pedro, canceló en 2013 6 de las 23 carreras programadas en el municipio debido a las quejas de los vecinos, según publicó Grupo Reforma. A pesar de esto, 45 de las 90 peticiones de carreras fueron autorizadas para el 2014. Ese año, el municipio de San Pedro sólo tuvo siete domingos libres de carrera.

Fernando Galindo es un hombre entrado en los cuarenta, padre de tres hijas. Viste una playera deportiva negra y un pantalón de mezclilla. Es organizador de eventos deportivos, pero no se ve como el típico corredor. Es más bien alto y rollizo, de apariencia bonachona, frente amplia y nariz chata; camina con paso firme y aparenta sinceridad al hablar. 

Trotime, además de organizar carreras, también patrocina corredores locales, nacionales e internacionales. Aunque por lo general prefieren a los locales, en ocasiones han apoyado a los kenianos. Galindo tiene en su celular los números de varios de ellos. De hecho, cuando buscan información acerca de carreras se comunican con él por WhatsApp.

Galindo es cauteloso al hablar del sentir del corredor local respecto a los extranjeros. Dice que el keniano trae un entrenamiento superior que puede motivar al local para que dé lo mejor de sí, pero como en la mayoría de las carreras que corren se llevan toda la bolsa, es natural que poco a poco se esté limitando su participación. No se puede excluir totalmente a los corredores extranjeros, pero Galindo admite que se están implementando ciertas reglas con el fin de darle mayor oportunidad a los mexicanos; reglas como permitir sólo un ganador extranjero y dar premios en especie o bolsas menos jugosas para desanimarlos a venir.

Desde hace varios años, ver correr a los kenianos en Monterrey es todo un espectáculo. Es imposible no reconocerlos. Van siempre en la punta, sacándole varios metros de ventaja al grueso de los competidores. El número de la camisa contrasta con su negra piel mientras corren rítmicamente. Zancada a zancada y con paso firme se alejan del punto de partida y se acercan a sus familias en aquel lejano país del Este africano.

Así se enfrascan en una competencia donde hombres y mujeres de paso poderoso, seguidos por cuatro o cinco aguerridos corredores locales y nacionales, sudan bajo el incipiente sol del horizonte, corriendo hombro a hombro sobre el asfalto, cruzando la meta y rompiendo el listón con su abdomen ante la mirada entusiasta de cientos de personas, familiares, amigos, espectadores. Desde el podio, los kenianos sostienen los premios. Parecen recordar que necesitan obtener el primer lugar en cada carrera; es su manera de vivir, y perder no entra en las posibilidades. Cada carrera es una pequeña inversión en la que el corredor requiere recuperar con creces para subsistir y mandar dinero a su familia.

En Monterrey, poco a poco el espectáculo ha ido cambiando. El mensaje es diferente ahora: los ganadores de premios ya no son los atletas y la carrera es una moda, una pose. Cada carrera organizada a beneficio es bonita y altruista, pero frustra a quienes viven corriendo. Las que organizan empresas, las carreras de zombies, las de colores, las épicas y demás modas excluyen a hombres y mujeres que por los altos costos y recompensas pobres ven cada vez más difícil dedicarse de lleno al atletismo.

A medida que disminuye la posibilidad de ganarse la vida en las carreras de Monterrey, los corredores profesionales van desapareciendo domingo a domingo, carrera a carrera, más aun los kenianos, pues la mayoría sólo conoce de primeros lugares y metas como medio de subsistencia. Así, se aleja gradualmente la posibilidad de ver correr a estos hombres y mujeres, casi siempre a la cabeza, con su paso, su nivel y su hambre de ganar. El éxodo de los kenianos se torna evidente y cada vez más anecdótico en la ciudad de Monterrey. 

 

ILUSTRACIONES DE BÁRBARA M. DÍEZ

 

Crónica publicada en colaboración con El Barrio Antiguo de Monterrey.

Leonardo González
Leonardo González
En vísperas de su graduación, entró en la publicación mexicana El Barrio Antiguo. Nacido en el municipio de Tamaulipas, se mudó a Monterrey para estudiar administración, pero siempre le atrajo el mundo del periodismo. Escribe para diferentes cabeceras de del panorama mexicano.