Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

CUENTOS CHINOS

Desiertos en Mongolia y Almería
J. M. Valderrama

El profesor Wang fuma como un carretero. Termina un cigarrillo y enciende otro, casi siempre sonriente, tras la cortina de humo. Es un buen tipo. Al menos hasta donde yo conozco. Y eso que el profesor Wang me recordaba, de entrada, a uno de esos personajes siniestros de las novelas de Dashiell Hammett ambientadas en los bajos fondos del barrio chino de San Francisco. Porque el profesor Wang es chino, pero chino chino.

No así su joven acompañante, el doctor Gao, que, aunque de nacionalidad china, tiene rasgos mongoles. Es oriundo de la denominada Mongolia Interior, ese «pedacito» de Mongolia —un millón doscientos mil kilómetros cuadrados, dos veces y media España— que se terminó de anexionar China allá por 1947.

En estos territorios esteparios han tenido lugar graves episodios de desertificación debido a un drástico cambio en el uso del suelo que la región no ha podido digerir. Esa es la razón de que el profesor Wang —que sigue quemando cigarrillos— y su equipo, es decir, Gao, hayan tenido la amabilidad de visitarnos. Participamos en el proyecto Dragón, un nombre oportuno, cuyo objetivo es promover colaboraciones entre investigadores que se dedican a esto de combatir la desertificación.

Estamos en Almería, en el Instituto donde tiene su sede la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA), parte del Centro Superior de Investigaciones Científicas español. El sureste de la península ibérica es un escenario idóneo para hablar sobre desertificación y desiertos. Y la idea para estos días es recorrer parte de la provincia de la mano de unos cuantos investigadores que llevan años, décadas, estudiando esta problemática: mostraremos a nuestros colegas asiáticos parte de los experimentos que hay en marcha, les explicaremos las metodologías que empleamos y verán casos de desertificación histórica y actual.

«Desertificación, según la definición consensuada por las Naciones Unidas: la degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas.»

La frase aparece en una de las primeras diapositivas que proyectamos en la sala de juntas del Instituto, un moderno edificio claramente infrautilizado; apenas hay despachos con las persianas levantadas. Muchos postdoc han emigrado y los que quedamos tenemos los días contados.

Gao toma apuntes; hay unas cuántas cosas relevantes en esa definición. La primera es el ámbito al que se refiere: son zonas con déficit hídrico y por tanto el agua es el factor limitante. Sin embargo se excluyen los territorios hiperáridos. Este es un dato importante: la desertificación no ocurre ni ha ocurrido nunca en los desiertos. Eso es un cuento chino, les decimos tras aclararles que un cuento chino es una historia falsa. Estamos a punto de comenzar un conflicto diplomático, pero la carcajada de Wang desactiva cualquier posibilidad de encono.

En el Sáhara o Atacama, en efecto, la degradación, la falta de vegetación y de suelos fértiles se explica por algo muy sencillo: no llueve. Esto impide que se establezcan poblaciones y por tanto que haya actividades humanas, desactivando la definición de marras, puesto que la causa es meramente climática.

Al profesor Wang todo esto le parece muy bien. Pero no estaría mal una pausa para echar un cigarrito. Antes de salir a la calle sacamos unos cuantos cafés de la máquina. Por cuarenta céntimos una maquinita rellena un vaso de plástico de un líquido alquitranado. Bajamos al vestíbulo principal. Los pasillos del centro desangelados. Desde luego, el gobierno va consiguiendo sus propósitos y la imagen de austeridad que proyectamos —rayando lo miserable— es indiscutible. Gao se embucha tres mejunjes de esos que ha fabricado el dispensador sin parpadear. Todavía no se ha hecho al cambio horario.

El humo asciende en espirales. Con Wang de por medio no deja de oler a novela negra. Aprovechamos la pausa para situar a nuestros invitados y hacerles un boceto del recorrido que tenemos en mente. Almería vive de cara al mar y está rodeada de montañas. Potentes relieves que se encaraman con facilidad hasta los dos mil metros. Sierra Alhamilla es el borde meridional del Desierto de Tabernas. Más allá, al fondo, en un día claro como el que tenemos, se ve Filabres, la cadena montañosa que lo limita por el Norte. Al Oeste aparece la sierra de Gádor, que cruzaremos de Sur a Norte para observar las consecuencias de los episodios de degradación que ocurrieron en el pasado: lo que se conoce como «desertificación heredada», en contraposición con los procesos que operan en la actualidad.

 

La mancha blanca de los invernaderos de la industria agrícola almeriense se extiende desde el píe de Gádor hasta el mar Mediterráneo.

+
 

La desertificación contemporánea, la activa, tiene como protagonista en esta región a los acuíferos costeros. O más concretamente a la mancha de plástico que se ha extendido por el pie de monte que separa los relieves del mar: el Campo de Dalías y el Campo de Níjar. Una mancha de plástico compuesta de kilómetros de invernaderos que impulsan la rica industria de producción de fruta y verdura almeriense. El caso nos viene al pelo para aclarar otro concepto encerrado en la definición: «degradación de la tierra» es una traducción de «land degradation», y su significado es más amplio que el de «tierra». Sería más bien territorio, y por tanto cabe incluir en él las aguas subterráneas. Porque otro cuento chino que circula consiste en asociar desertificación con erosión, lo cual es una simplificación muy grosera. En todo caso la erosión es un síntoma de la desertificación.

Para finalizar nuestro recorrido cruzaremos el Andarax, un río intermitente que la mayor parte del año es un cauce seco pese a los aportes de Sierra Nevada. El río es sangrado una y mil veces para regar los extensos naranjales que dan un tono exótico al ocre dominante; recuerda a los oasis de Marruecos, un reguero verde encajado en taludes de arenisca. Y Andarax atraviesa el paisaje acarcavado del desierto de Tabernas, que será la última parada de nuestro pequeño periplo con los colegas chinos.

Cuando rematamos la charla y le cedemos la palabra a Wang, nos cuenta la realidad de Mongolia y nos seduce con la posibilidad de un viaje a Oriente. Conocemos parte de la historia, novelada por Jiang Rong (seudónimo del escritor chino Lü Jiamin) en Tótem lobo y detallada en un tono más formal en varios artículos científicos. 

El problema allí consiste en el desmantelamiento de unas tercas estepas cubiertas de una vegetación adaptada a la aridez y los crudos inviernos. Tradicionalmente, estos espacios —vastos, infinitos— han sido utilizados por un pastoreo nómada, discontinuo, que dejaba tiempos muertos para la regeneración herbácea. El gobierno chino, en el afán productivista de finales de los 60, vio en esas planicies interminables un lugar perfecto para replicar, multiplicado por diez, el esquema productivo que tan bien funcionaba en las zonas húmedas del país.

Primero desapareció la cubierta vegetal. Luego el suelo fértil. Se movilizaron los depósitos de loess —sedimentos eólicos— y las dunas fósiles. Del pastizal se ha pasado al erial y los campos de dunas.

«Yes», asiente Wang viendo nuestros rostros compungidos. «A disaster

El resultado es la devastación más absoluta. El ejemplo de lo que no se debe hacer. Los nuevos asentamientos agrícolas se caracterizan por su intensidad: cultivos permanentes y cargas ganaderas muy por encima de las que históricamente se han registrado en la región.

Dicen que el saber no ocupa lugar, pero los dos todoterrenos van cargados hasta los topes de científicos sabelotodo y no cabe un alfiler. Ponemos proa hacia la Sierra de Gádor, que, como todas las sierras costeras del sureste peninsular, tenía en tiempos una compacta cubierta vegetal de encinas, aderezadas con robles y alcornoques. El bosque se fraguó aprovechando el pico de humedad ocurrido durante la pequeña Edad del Hielo, allá por el año 1600. Aunque las condiciones de aridez se fueron imponiendo poco a poco, el bosque se pudo mantener: la bóveda arbórea proveía sombra y frescor, permitiendo la germinación de las bellotas.

El aspecto desolado que presenta en la actualidad no se explica únicamente por la llegada del clima semiárido. La desaparición de los quercus no ha sido cuestión de «mala suerte»; ese es otro de los tópicos asociados a la desertificación. Aunque las variaciones climáticas hayan podido acentuar el proceso de degradación, la mano del hombre ha tenido que ver con ello.

Hasta principios del siglo XIX, el bosque se utilizaba para diversos fines —leña para calentarse y cocinar— pero siempre con una intensidad baja. La trashumancia atravesaba la sierra y se instalaba en ella durante los tórridos veranos, aprovechando sus pastos de altura.

Entonces empezó a extraerse plomo de las entrañas de la sierra. Probablemente la existencia del mineral era algo conocido por la población local, pero la novedad que propició el cambio de uso fue la irrupción de un boyante negocio: el plomo se pagaba bien en los mercados internacionales. Las primeras minas eran muy rudimentarias. Excavadas a pico y pala, aún hoy se detectan en el paisaje pequeñas graveras que las delatan. Son el preludio de peligrosos agujeros, donde las piedras resuenan, al tirarlas, en su viaje hacia el centro de la Tierra. Estas explotaciones familiares requerían esparto y leña para fundir el metal. Comenzaron a abrirse notorios claros en el frondoso bosque.

 

Ruínas de las minas del Marchal, en Gádor.

+
 

La pujanza del mercado desató la fiebre del plomo. Aquello no era Alaska, pero el sector fue clave para España; tanto que sirvió para equilibrar la balanza de pagos del país. Las precarias minas se convirtieron en verdaderas factorías que daban trabajo a mucha gente. La comarca se convirtió en un polo de atracción. El combustible para fundir el plomo estaba muy a mano. Al albor de la riqueza, la presión demográfica fue creciendo. En consecuencia, el bosque fue talado sin piedad. Las laderas que rodeaban a los núcleos de población fueron desmontadas y abancaladas.

Cuando la cotización del plomo se derrumbó, los ingleses, que habían alentado el negocio, llevaron sus inversiones a sectores y regiones más rentables. Gádor salió muy malparada de aquella época de dinero fácil. El suelo quedó sin la protección que le daban los árboles. Las lluvias —que tienden a ser torrenciales en esta zona— lo arrastraron con facilidad. Ya no había sombra ni humedad para que prosperasen las bellotas. Por no haber, no había ni bellotas. Se intentaron repoblaciones con pino carrasco (P. halepensis) y pino salgareño (P. nigra). Los ejemplares son pequeños, bastante hacen con el suelo que ha quedado. Prosperan las genistas, algunos lentiscos y retamas, aunque el matorral dominante es, sin duda, el esparto.

Nuestros invitados asienten a estas explicaciones, más o menos teóricas, más o menos lejanas. Yo tomo algunas notas para después poderlo contar. Y de repente uno de los investigadores de la EEZA hace un ejercicio detectivesco que logra sorprenderme. A la vista de una roca, dice: «Esta es la prueba de la erosión tan enorme que ha ocurrido en este lugar». El silencio que se hace no es más que el preludio necesario para exponer su razonamiento. 

El anónimo pedrusco es un afloramiento de roca madre, completamente karstificado. Sí, la palabrita se las trae. La karstificación es un proceso de erosión química de las rocas calizas. Con humedad suficiente, el agua diluye el carbonato cálcico y va agujereando el material. Es imposible que este proceso de disolución ocurra en la superficie, dadas las condiciones de aridez de la zona. Sin embargo, las rocas enterradas sí son susceptibles de ser disueltas, pues la tierra que las rodea retiene la humedad y posibilita el proceso. La aparición de rocas karstificadas en superficie solo puede significar una cosa: que la tierra que las cubría ha desaparecido.

 

Ejemplo de roca karstificada en la Sierra de Gádor.

+

A la degradación física le sigue el abandono. Es decir, que a la desertificación le sigue la desertización. (La RAE contempla ambos términos, pero usar «desertificación», traducción directa del inglés «desertification», nos permite establecer esta diferencia.) En una tierra sin opciones la gente emigra. Gran parte de los habitantes de Gádor encontraron su oportunidad en un nuevo negocio: los invernaderos del Campo de Dalías. El milagro almeriense, como se ha dado a conocer, fue un cóctel con varios ingredientes: es la zona de Europa con más horas de luz al año; irrumpió una nueva forma de cultivar, el enarenado, que daba grandes resultados combinada con los invernaderos (ofrecen protección contra el viento); y, por último, las técnicas de perforación y bombeo para explotar las aguas subterráneas comenzaban a ser asequibles a todos los bolsillos. Dalías sacó partido de una tierra hasta entonces estéril y barrida por vientos impenitentes.

Año tras año, el modelo agrícola mega-intensivo almeriense ha ido a la vanguardia de las técnicas de cultivo y su éxito se ha exportado a diversas regiones del mundo; para empezar a la vecina Níjar. Pero, a pesar de los cuentos —más cuentos chinos— que se escuchan sobre el eficaz aprovechamiento de las aguas, hay algo claro: año tras año el nivel del acuífero en el que se sostiene todo el sistema ha ido bajando. Hay dos consecuencias. La primera es que los costes de bombeo son mayores, pero esto se resuelve con más dinero, que el propio negocio genera. La segunda es más delicada. Al disminuir las reservas de agua dulce, se rompe el equilibrio con el agua del mar, que trata de entrar a tierra, y las reservas subterráneas de agua continental comienzan a salinizarse. La entrada de la cuña salina es proporcional al volumen de agua extraído.

Este proceso de degradación está activo en estos momentos. Es un proceso de desertificación galopante. A priori hay dos soluciones: dejar de sacar agua, decisión poco popular, o inyectar agua dulce para contrarrestar la entrada de agua salada. Lo cual, en el fondo, es un transvase en toda regla.

Terminamos de atravesar Gádor. En las zonas más altas, donde la precipitación anual puede alcanzar los 800 milímetros, sobreviven encinares que son un recuerdo de otra época. El abandono de la sierra ha propiciado su regeneración. Sin embargo, pasarán décadas antes de que se recupere el espesor primigenio de suelo fértil. Aunque el aspecto general es más o menos saludable —el suelo está casi en su totalidad cubierto por matorral—, el lugar está lejos de ser el tupido bosque de antaño.

«¿Y ahora vamos a ver el desierto de verdad?», quiere saber Gao. Eso es otro cuento chino, respondo, aunque el cartel de la autovía lo dice bien claro: «Desierto de Tabernas». Pero esto no es un desierto. El singular aspecto del paraje de Tabernas responde a otras razones. Hace unos miles de años una serie de movimientos tectónicos provocaron la elevación de Sierra Alhamilla. Al reorganizarse la red hidrográfica, en una época mucho más lluviosa, se produjo una fuerte erosión remontante. Las margas y yesos, recubiertos por una coraza mucho más dura, formada por calizas, posibilitaron la formación de las cárcavas. De no existir tal capa, las laderas se hubiesen erosionado hasta alcanzar su perfil de equilibrio.

 

Tabernas, más que un desierto, un espectacular paisaje erosivo.

+
 

Tabernas es una geoforma, un paradigma de badland, literalmente «malas tierras». En efecto, la escabrosa topografía siempre dificultó su explotación. Quizás su uso más productivo fue servir como decorado de una larga colección de películas, incluyendo los famosos spaghetti westerns o las aventuras de Indiana Jones. Tabernas es un monumento geológico, y uno de los espacios de mayor valor científico y didáctico para el estudio y comprensión de los fenómenos naturales de erosión.

Después de una larga jornada encontramos refugio en un modesto restaurante de Rioja, un pueblecito de la vega del Andarax. Allí empieza una ronda de brindis interminable. Wang toma el mando de las operaciones y nos hace ver que eso de «¡Salud!» está bien, pero se puede mejorar. Por lo visto la versión china («¡Campei!») implica un brindis personalizado, en el que Wang va dedicando un pequeño discurso a cada integrante de la excursión, agradeciendo el interés y la compañía. Como puede fácilmente deducirse, sus palabras se van volviendo más y más farragosas a medida que corre la ronda. Alzamos nuestros vasos, esperando que el proyecto Dragón, que ha servido para conocernos, se enhebre con otros y podamos visitar la lejana Mongolia: ¡Campei!

J. M. Valderrama
J. M. Valderrama

Doctor Ingeniero Agrónomo, colaborador del Departamento de Desertificación y Geoecología de la EEZA. Combina su actividad científica con la escritura y es autor de la colección de relatos Días de nada y rosas y Altitud en vena, relato de una expedición al Himalaya en busca de linces y leopardos de las nieves.