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DESPUÉS DE LA GUERRA

La desazón de la paz
Mar Romero

Cuando sopla el viento, se levanta el polvo en Pondores y caen los frutos del totumo, grandes como pelotas de fútbol. El totumo es un árbol que se eleva sobre la explanada y da la única sombra amplia del pueblo cuando cae en picado el sol del mediodía. Sin embargo, los habitantes de Pondores suelen refugiarse bajo los emparrados que sembraron cuando llegaron, y que ahora se han convertido en un pequeño dosel verde que los protege del calor. Todo el verde que hay en Pondores se ve trabajado, fruto del esfuerzo de la savia y de las raíces en la árida tierra de la Guajira, Colombia. El totumo ya estaba ahí antes de que Pondores se construyera. El nuevo verde del pueblo es la prueba y señal de que ahí viven ahora aquellos que solían dormir todas las noches preparados para huir al sonido de los bombarderos.

Elisa era radista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más longeva de América Latina. Se hizo guerrillera a los 23 años, y ahora, a sus 55, ha pintado de verde las paredes de su casa. Es una casa prefabricada, que se convierte en un horno al mediodía. Es pequeña, «un cajón», dice Elisa, pero ella se ha preocupado por equiparla con todo lo que hace que una casa sea una casa. Vive ahí desde diciembre de 2016, cuando las FARC se concentraron en distintos puntos de todo Colombia para iniciar el proceso de paz que llevaría a su desaparición como guerrilla. 

Ella llegó con su Frente, el 59, marchando, aún con el fusil al hombro y las botas calzadas. Pondores era «puro polvero», recuerda sentada cerca del totumo. Aún no se habían alzado las casas donde se suponían que tenían que dormir esa misma noche, a pesar del compromiso del gobierno colombiano de tener las viviendas preparadas a tiempo. «Hasta nos alegramos de que no hubiera nada cuando vimos esa cosa pelada y ese sol, porque nosotros de una vez nos encampamentamos, hicimos caletas en los alrededores, como dormíamos en el monte», cuenta Elisa. Dormir bajo un techo la inquietaba.

Les tocó levantar las casas a ellos mismos. En Bogotá sonaban las campanas de la paz, que ocupaba las portadas de todos los diarios del mundo. «Las FARC dejan las armas». Pero el primer gusto de la paz en la boca de Elisa y sus compañeros fue el del cemento. Dormían como guerrilleros, en un campamento, pero durante el día construían las casas en las que empezarían su vida civil. Elisa recuerda que «parecían hormiguitas, los guerrilleros», «tirando mezcla de cemento, trabajando, echando el piso». «Yo no trabajé, pero Tatiana sí», dice. Tatiana escucha el relato de su amiga sentada a su lado. No habla tanto como Elisa, pero cuando lo hace se expresa con una voz dulce: «como mujeres berracas, luchadoras, nos le medimos a lo que sea, a tumbar árboles, a hacer cemento, a cortar leña». Su cuerpo lo corrobora: tiene la espalda ancha y los brazos fuertes. 

Con esos brazos, junto con los de sus compañeros, alzaron Pondores. No es un campamento: hay flores en los balcones y niños que persiguen perros en el descampado. Tampoco es un pueblo: las casas son prefabricadas y al espacio que queda entre ellas no se le puede llamar calle. Técnicamente, es un Espacio Temporal de Reincorporación y Capacitación (ETCR). Cuando las FARC y el Gobierno firmaron el acuerdo de paz, establecieron que los guerrilleros harían allí la transición de su vida militar a la civil. Esa parte del proceso tenía que durar seis meses.

Han pasado dos años y medio. El antiguo Frente 59 sigue viviendo en el Espacio Temporal. Al menos, parte del Frente: los que no quisieron matar la incertidumbre sembrando plantas fueron a buscarse la vida a otro lugar. Quedan alrededor de 120 exguerrilleros en Pondores, aproximadamente la mitad de los que llegaron en 2016. «Es muy difícil. ¿Y ahora qué hago aquí? ¿Por dónde comienzo?», se pregunta Tatiana. Ella y Elisa se encuentran en los baños comunes a las cuatro de la mañana, porque las casas no tienen baños individuales. «No me he podido acostumbrar a dormir hasta tarde, yo siento que me tengo que alistar, tengo que estar lista». La pregunta es inevitable: ¿para qué? «¡Para la vida!», contesta la exguerrillera. 

Tatiana tiene razón. La vida no siempre es fácil en Pondores. Los exguerrilleros reciben por parte del Gobierno casi un salario mínimo durante dos años, algo más de 200 euros mensuales. Con eso, deben organizar su economía día a día, además de acondicionar sus casas y comprar una cama, una nevera, una mesa. Estas cosas, que todo adulto conoce, son extrañas para los antiguos combatientes: la guerrilla se encargaba de proporcionarles todo lo necesario. Currucu no logra acostumbrarse a eso. Es uno de los exguerrilleros de más edad de Pondores. No sabe hablar sin contar una historia, y sentado en la cama de su casa, frente a un ventilador que amortigua el calor del mediodía, recuerda cómo se dedicaba a hablar con la tropa que tenía a su cargo para saber qué les faltaba. «Había siete mujeres, que necesitaban de a dos cucos y brasieres (ropa interior) cada una», cuenta, «y le decía al comandante superior: ‘Camarada, la tropa que tengo necesita tal y cual». Ahora no tiene a quién acudir cuando le falta ropa, zapatos o medicamentos. «Ese capital que nos dan no nos alcanza a nosotros. Necesito un par de zapatos y me toca comprarlos, pero no me alcanza, si compro los zapatos no compro la camisilla», lamenta. 

Elisa sufre sobre todo por la salud. «Yo por ejemplo tomo dos clases de pastillas, no tenía de qué preocuparme porque cuando me faltaba un cartón ya me estaban preguntando el nombre de las pastillas para mandarme más. Ahora yo tengo que buscar a ver cómo me compro mis pastillas. En el monte, la verdad, nosotros nos enfermábamos y no nos preocupábamos». Currucu sufre más por la seguridad. El excombatiente jura que se sentía más protegido en la guerrilla que ahora. Al fin y al cabo, dice, ahí siempre había alguien montando guardia durante las noches, y en últimas él tenía su fusil: «yo sabía que le metía el dedo y treinta tiros se iban. Esa era mi vida». Su miedo no es del todo sin fundamento, ya que, desde la firma de los acuerdos de paz, han asesinado a más de cien exguerrilleros.

No lo dicen con estas palabras, pero parece que se sienten abandonados, varados en algún lugar de la línea temporal de la Historia. «Nosotros teníamos [como objetivo] la toma de poder político para el pueblo, el objetivo de hacer la revolución. Ahora está uno que no sabe ni cómo», dice Currucu. Bajo el influjo de una paz en una calma chicha alarmante, abrumados por la incertidumbre, echan de menos las certezas de la guerrilla. Tatiana echa de menos vivir en la montaña, bañarse «en esos pozos y caños enormes», dormir al aire libre. «Aquí todo es encerrado», dice. 

A Elisa le cuesta ponerse triste. Cuando piensa en qué echa de menos, se enfada. «Yo a veces tengo rabia y pienso que si estuviéramos en el monte, las cosas serían diferentes». Empieza a hablar deprisa pero sin titubear: «me siento decepcionada. A veces culpamos a los jefes. Decimos que ellos no se amarraron bien los pantalones. (...) Confiamos en los jefes, que no iban a hacer nada contra nosotros, porque ellos sufrieron con nosotros, pelearon con nosotros. Pero fueron demasiado sensibles, y culpamos a un Estado que no cumplió, a un Gobierno poco serio». Quizás nunca antes ha contado estas cosas a alguien que no sea exguerrillero como ella. Las FARC han reiterado constantemente su compromiso con el acuerdo de paz. Pero Elisa a veces se exaspera. «Yo te digo una cosa», y coge aire, «si nosotros no hubiéramos entregado las armas hasta que no nos hubieran cumplido con todo, las cosas serían diferentes. Mientras estuvimos con las armas aquí la comida no nos faltaba, la logística, todo nos llegaba por bastante. Nos quitaron las armas y adiós. Ahora comemos las migajas que ellos nos quieran mandar».

Ni Tatiana, ni Elisa, ni Currucu, esconden que entregaron sus armas a regañadientes. Lo hicieron por convicción, por compromiso, y porque eran las órdenes. Los fusiles y las municiones fueron parte del atrezzo indispensable que dejó ocho millones de víctimas, de las cuales un millón de muertes, en el conflicto armado colombiano. Sin embargo, para ellos significaban más cosas. Cuando Tatiana vio cómo se llevaban los contenedores donde yacían sus armas, lo primero que pensó fue que «en la guerrilla, a veces moría un compañero rescatando un fusil, rescatando un proyectil». «En ese momento a mí se me vino el recuerdo de los compañeros que murieron en combate», agrega. Su fusil, el que entregó, era el de un fallecido comandante suyo. «Yo lo cuidé durante quince años, yo heredé su fusil ¿cómo voy a entregarlo?». A Currucu se le quedan cortas las palabras al recordar ese momento. «Cuando lo entregué, me sentí muy mal, porque entonces ya no… ¡Quedé así!», y abre mucho los ojos, y extiende las palmas de las manos hacia adelante, vacías.

Desde entonces, cada antiguo combatiente ha buscado qué hacer con sus manos. En Pondores, algunos empezaron una ebanistería, otros un taller de confecciones de ropa. Todos completan su educación básica, interrumpida en sus juventudes por la guerra. Hay quien se ha ido a estudiar fuera. Tatiana, Elisa y Currucu, con diez compañeros más, han impulsado un proyecto de turismo para dar a conocer el monte que recuerdan tan bien, para mostrar cómo era la guerrilla y cómo avanza el proceso de paz. Recuperan la sonrisa cuando hablan de eso. Lo han levantado de la nada, ni siquiera se publicitan a través de Internet, pero, desde el año y medio que funciona el proyecto, han recibido a unas 200 personas, tanto colombianas como extranjeras. Tienen ganas de contar su historia por primera vez, y tienen miedo de caer en el olvido. Por eso decidieron dedicar su vida como civiles a esto. A Tatiana le gusta, le gusta más que fabricar o construir. Ya echó suficiente machete en la guerrilla. Le permite «conocer a más gente», de muchas partes del mundo. Es algo que antes era prácticamente imposible. Elisa también reconoce que hay cosas positivas en la paz. Lo primero que menciona es la familia. Estuvo 32 años, todos los que estuvo en la guerrilla, sin verla. De hecho, ni siquiera la mencionó durante esas tres décadas. «Yo sabía que si averiguaban quién era mi familia, los mataban», sentencia. Por eso, cuando sus mismos compañeros de guerrilla le preguntaban si tenía hermanos, o madre, o hijos, ella lo tenía claro: «Yo no tengo hermanos, no tengo nada. Yo no tuve nada». 

Ahora tiene hermanos, pero no tiene fusil. Tiene una cama, pero no tiene plata. No tiene guerra, pero tiene nostalgia. Como todos en Pondores, Elisa exorcita la añoranza con pequeños actos de resistencia. Mantiene su horario militar y no se baña en las duchas. Al atardecer, en una especie de piscina que queda algo apartada de las casas, los exguerrilleros se bañan juntos, en ropa interior, tirándose baldes de agua por encima. Así lo hacían en la guerrilla. Pero quizás el acto de resistencia más grande es que Elisa no se llama Elisa, y Tatiana no se llama Tatiana: sus nombres originales son Marina Ángel y Luz Dary. Sin embargo, no han soltado el nombre que eligieron cuando decidieron unirse a las FARC. Pareciera como si la vida civil no lo mereciera. Entregaron el fusil, pero se quedaron con su nombre. 

Mar Romero
Mar Romero

Barcelona, 1994. Periodista freelance en Colombia. Por ahora, sin más epítetos a añadir. Colabora con el canal en español de France 24, El Orden Mundial y el Diari Ara