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EL DETECTIVE

La Cuba de Leonardo Padura
Jon Lee Anderson
 

A mediados de 2013, la embajada española en La Habana organizó una reunión para celebrar la situación de la literatura en Cuba. El evento, realizado en el Palacio Velasco Sarrá, un edificio neocolonial en los confines de La Habana Vieja, fue un dechado de cautela. Fidel Castro había cerrado el centro cultural de la embajada en 2003 temiendo que estuviera alentando la subversión y recién se comenzaban a reinstalar sus programas. El embajador describió la velada como parte del «clásico trabajo diplomático que necesitábamos para adaptarnos a la realidad cubana».

El momento culminante fue la charla de Leonardo Padura Fuentes, un hombre bajo, oscuro, de contextura sólida con una barba entrecana y la mirada inescrutable de un sagaz cura de campaña. Padura es una figura poco común en la Cuba contemporánea: un novelista, periodista y crítico social que ha evadido la condena del gobernante Partido Comunista. Es más conocido como autor de media docena de novelas policiales que han cautivado a fervorosos seguidores tanto dentro como fuera de la isla. Padura no es un disidente a la manera de Solzhenitsyn pero tampoco alguien que sólo quiere entretener. Para los intelectuales cubanos y para su clase profesional, un nuevo libro de Padura es tanto una novela como un documento, una manera de comprender la realidad cubana. Aunque habla cautelosamente en público, en privado reconoce que «la gente cree que lo que digo es la medida de lo que puede o no puede decirse en Cuba». El año pasado recibió el Premio Nacional de Literatura del país, un tributo tanto a sus logros literarios como a su cintura política.

La reunión de la embajada había arrastrado a trescientos atentos escuchas y, de acuerdo a un diplomático en las audiencias, un puñado de escoltas del gobierno. Padura habló fundamentalmente de la disciplina de ser un escritor y cuando se acercó al tema de la censura hizo un delicado pasodoble. «En la actualidad no existe una política sobre lo que debe o no publicarse» dijo a la multitud. «Creo que se ha abierto suficiente espacio para publicar casi cualquier cosa en Cuba». Pero también sugirió que dos décadas de rígido control habían dejado sus consecuencias: «Pienso que el lector cubano ha crecido sin darse cuenta de lo que sus ciudadanos escriben; de lo que los autores cubanos están publicando hoy mismo en el mundo».

Con el paso de las décadas los cubanos aprendieron a expresarse en forma camuflada, resaltando palabras con un movimiento de cejas, un dilatar de ojos o un fruncir de labios. El gesto universalmente entendido es imitar a un hombre que se acaricia la barba: Fidel, cuyo nombre no se menciona. Durante los años de Castro casi todos los escritos que criticaban al gobierno venían de fuera del país, de extranjeros y, más aún, del constante flujo de exiliados.

Muchos de los pares de Padura han huido del país. Uno de ellos, Eliseo Alberto, escapó en 1990 a México donde escribió Informe contra mí mismo, una biografía que revelaba que el apartado de seguridad estatal cubano había tratado de reclutarlo para que informara sobre su propio padre. Otros, como el poeta y periodista Raúl Rivero, fueron a prisión por criticar al gobierno. (Rivero también escapó luego de haber sido liberado.) Padura se ha quedado, tal vez constituyéndose así como el principal cronista de la isla. «He guardado una relación especial con la realidad cubana», me dijo durante una reciente entrevista. «Vivo en un barrio del cual conozco todos los códigos de existencia, que he dominado luego de muchos años.»

En la embajada Padura habló sobre su libro más ambicioso, El hombre que amaba a los perros, un relato de ficción sobre León Trotsky y su asesino Ramón Mercader, que vivió sus últimos días en Cuba luego de veinte años en una prisión mexicana. Durante medio siglo, la Cuba oficial ha considerado a Trotsky como lo hacían los soviéticos: un traidor con justicia arrojado al basurero de la historia. El trato de Padura a Trotsky es muy compasivo y su relato sobre la vida de Mercader revela el horroroso legado del estalinismo que por décadas equivalió a una religión estatal en Cuba. Esa visión no es controvertida en buena parte del mundo pero en Cuba resulta radical. La bloguera disidente Yoani Sánchez escribió en una crítica: «Hay libros —les advierto— que abren los ojos, tanto que ya nunca podremos volver a dormir en paz». En el escenario, Padura reconoció que frecuentemente había sufrido de ansiedad política: «Cada vez que termino una novela me digo: "Ésta es la que no van a dejar de publicar"».

Más tarde le pregunté a Padura qué era lo que le había preocupado sobre El hombre que amaba a los perros y me dijo «Todo me preocupaba». Es la clase de cosa que Padura dice a menudo: una señal de que es un libre pensador crítico pero respetuoso. «No tengo militancia, ni con el partido ni con la disidencia», me dijo. «Me meto tan profundamente en Cuba que puedo expresar lo que es Cuba y no me he ido de Cuba porque soy un escritor cubano y no puedo ser ninguna otra cosa.»

En los últimos dos años el presidente Raúl Castro, quien oficialmente sucedió a su hermano mayor enfermo en 2008, inició reformas económicas significativas. Muchos cubanos están esperanzados en que le siga también una transformación cultural. En la embajada Padura estaba junto a Pedro Juan Gutiérrez, el autor de La trilogía sucia de La Habana, una escabrosa farsa sobre los barrios más sórdidos de la ciudad: él es admirado en Europa y América Latina como el «Bukowski cubano», pero rara vez publicado en su tierra. Me dijo que los intelectuales habían considerado el premio a Padura como signo de una nueva apertura. «Todos lo han interpretado como un reconocimiento a un escritor interesante —quien desde la perspectiva de la novela policial ha cuestionado aspectos de la sociedad en la que vive— y de respeto a un intelectual de valor.» Otros creen que el régimen tolera a Padura por razones más cínicas: como goza de un devoto público internacional censurarlo tendría un costo político. Y mientras sea visto como un autor que escribe con franqueza, el régimen puede usarlo como demostración de su tolerancia. Un viejo integrante del séquito de Castro me dijo: «Padura es una persona inteligente que entiende los límites. El disenso abierto es un acto grave en Cuba, y no lo ha cometido. Va tan lejos como piensa que puede hacerlo. En cierto sentido, hay una clase de pacto implícito entre él y el régimen. El mero hecho de que se defina a sí mismo como patriota —un escritor cubano que vive en Cuba, con todo lo que eso significa— es un mensaje claro al régimen de que no constituye una amenaza».

Al comienzo de la novela de Padura Adiós, Hemingway, de 2005, el héroe, gran bebedor, ex detective sin ningún peso y escritor frustrado Mario Conde visita Cojímar, un pueblo portuario cerca de La Habana. Recuerda un día de 1960 cuando era pequeño y su abuelo Rufino lo llevó a tomar un helado después de asistir a una riña de gallos en un pueblo cercano. Rufino señaló a un viejo de barba saltando a la playa desde una bella lancha de pesca de casco negro y le dijo: «Ese es Hemingway, el escritor americano. A él también le gustan las riñas de gallos».

Hemingway, que se parecía en algo a Santa Claus pero rodeado de un halo de tristeza, abrazó a otro hombre en el muelle y a zancadas se metió en un brillante Chrysler negro que lo estaba esperando. Antes de partir, miró a Mario y a su abuelo y pareció que los saludaba.

«Adiós, Hemingway», gritó el niño, recibiendo de vuelta una sonrisa. Años después, Conde se enteró de que Hemingway acaba de realizar su último viaje por un tramo de mar que había amado como pocos lugares en el mundo: comprendió que el escritor americano no lo había saludado a él, «un minúsculo insecto posado sobre el malecón de Cojímar», sino a «varias de las cosas más importantes de su vida».

En sus novelas más recientes, Padura utiliza a menudo una figura histórica (Trotsky, Hemingway) para criticar el presente. Hemingway es un héroe para muchos de los cubanos de mayor edad: por su imagen de macho, por su amor a la isla y por su supuesto afecto por la revolución. Padura me contó: «Cuando empecé a escribir, Hemingway me dio vuelta, por su forma de escribir y por su forma de vivir». Pero se fue desencantando por el comportamiento de Hemingway en la Guerra Civil Española, sintiendo que había sido demasiado complaciente con los excesos de la izquierda. «Su cinismo me pareció imperdonable y no lo olvidé», dijo. Hemingway vino a Cuba en 1939 y permaneció en la guerra de guerrillas que llevó a Castro al poder en 1959. Al año siguiente Fidel ganó el torneo de pesca anual de pez espada en honor a Hemingway. Una fotografía de ese día muestra a los dos sonriendo mientras «Papá» le entrega una gran copa de plata a Castro; sigue siendo un gran favorito de la Cuba oficial. Pero para el momento en que Castro declaró la «naturaleza socialista» de su revolución, durante la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, Hemingway se había ido de Cuba para recibir un tratamiento en la clínica Mayo y dos meses después ya se había retirado a su cabaña de Idaho donde se suicidó.

Los cubanos nunca supieron con certeza si Hemingway había abandonado la isla arrepentido o aliviado. En la crónica de ficción de Padura, Hemingway deja atrás una pista. Tres décadas después de su partida se descubre un esqueleto humano en la gallera de los terrenos de Finca Vigía, en lo alto de una colina cercana a Cojímar y la policía convoca a Conde de su retiro para que la ayude en la investigación. Los restos son los de un agente del FBI enviado para vigilar a Hemingway, y la policía sospecha que Hemingway cometió el asesinato y lo ocultó. Conde, el escritor frustrado, es incapaz de permanecer imparcial. Adora a Hemingway; antes de unirse a la policía se había arrodillado ante su fotografía y juró utilizar sus aventuras como material de ficción. Buscando entre los despojos de la vida del escritor, Conde reclama excitado uno de sus trofeos: un par de bragas de Ava Gardner.

En una visita a Cojímar poco meses atrás, Padura se sentó conmigo sobre unos escalones que llevaban desde el rompeolas al agua. Cada tarde, hombres y niños se juntan en el viejo muelle de concreto a pescar, con las piernas colgando del borde. A lo largo de la estrecha bahía una ribera de corales se aleja por un manglar hacia unos matorrales que siguen hasta los descuidados bloques de apartamentos de Alamar, una ciudad al estilo de las de los trabajadores soviéticos. Para los residentes de Cojímar, como para muchos cubanos, las reformas económicas todavía constituyen una abstracción. Esa avasallante tarde de calor no pasaban barcos ni botes de pesca ni gente nadando. En un diminuto parque que ignoraba al muelle los hombres se sentaban a la sombra, prendidos a sus cervezas. Atravesando la ruta un pequeño monumento blanco contenía un busto de bronce de Hemingway mirando hacia el mar. Excepto por los animados pescadores, Cojímar parecía un teatro al aire libre en el que el show había terminado hace tiempo.

En la década del 80 Castro estableció otro monumento, la «Marina Hemingway», en los bordes occidentales de La Habana, para atraer turistas adinerados con yates. El héroe de Padura odia el lugar: «Para que los ricos y hermosos burgueses del mundo y ningún zaparrastroso cubano de la isla (por la simple condición de ser cubano y todavía vivir en la isla) disfrutaran de yates, playas, bebidas, comidas, putas complacientes y mucho sol». Las calles de La Habana son todavía peor, lo inverso a un paraíso de trabajadores, donde los ciudadanos que pululan están «atrapados por una ansiedad que se liberaba a través de gritos, gestos violentos, miradas insidiosas». En un momento Conde ve un par de muchachas prostituyéndose. Cerca, unos chicos adiestran un perro de pelea, y un hombre negro usando fantasía de santería y cadenas de oro pateaba la llanta pinchada de un ruinoso Oldsmobile de 1954. Padura escribe que la ciudad «entraba en erupción y sus nubes de humo enviaban señales de alarma». En un momento de reflexión, Conde se da cuenta de que «era la caricatura de un cabrón detective privado en un país sin detectives ni privados, o sea, una mala metáfora de una extraña realidad». Como la Los Ángeles de Raymond Chandler, La Habana de Padura es una geografía de fracasos humanos: las calles sucias, ascensores que no andan, acomodados que gozan del buen escocés y autos ostentosos mientras el resto pasa hambre. Los detalles son reconocidos de inmediato por cualquiera que viva allí. Lo que Padura hace es encontrar una manera políticamente aceptable de admitir lo obvio.

Para lectores con cierta sensibilidad política, Adiós, Hemingway es un réquiem por los fracasos de la Revolución. Pero las feas escenas de Padura sobre La Habana son ambiguas: pueden ser leídas como una condena a la economía revolucionaria de Fidel o como una crítica al desarrollo del naciente capitalismo. Y, lo que es crucial, no pone a Hemingway en contra de la revolución. Ha escrito sobre su investigación histórica para la novela, incluyendo los archivos desclasificados del FBI, los que, señaló, tienen quince páginas que el gobierno de los Estados Unidos todavía no ha revelado «por razones de defensa nacional». Al final del libro, Conde concluye que el agente del FBI murió en una confrontación armada con Hemingway y dos leales acólitos; Hemingway escapó para evitar mayores problemas con la justicia estadounidense. Con ello implica que el gran escritor amaba Cuba —incluso la Cuba de Fidel— y se fue sólo porque los agentes del imperialismo lo forzaron. 

Las calles de La Habana están nuevamente atestadas de autos particulares: Buicks, Chryslers y Studebakers de la era de Eisenhower que la gente pinta de colores brillantes y utiliza como taxis. Los cubanos actualmente tienen permitido poseer pequeños negocios —de reparaciones, peluquerías, cafés— y comprar y vender propiedades. En los distritos residenciales, algunas pocas casas están recién pintadas evidenciando la prosperidad que lentamente se extiende a los pocos locales que han entrado en el mercado inmobiliario. La gente ha convertido en cafés y restaurantes los cuartos delanteros de sus casas y las plantas bajas de los edificios de apartamentos.

Pero pocos de estos nuevos emprendimientos ofrecen algo más que café, que se mantiene caliente en termos, y muchos carecen de clientes. Ante la heladería estatal Coppelia, la gente hace largas y lentas colas. La ciudad se parece bastante a la que vi la última vez en 2008, abandonada, ruinosa y con mucha necesidad de pintura. Personas de edad están sentadas, apáticas, en umbrales y parques y, como siempre, cubanos en remera y chancletas llevan sus pertenencias en bolsas de plástico. La gente tiene más alternativas, pero La Habana sigue siendo una ciudad decadente de eterna escasez donde los habitantes pasan gran parte de sus vidas tratando de satisfacer sus necesidades básicas: resolviendo, como dicen los cubanos. Cuando viví allí, entre 1993 y 1995, todos, incluso los miembros del Partido, estaban comprometidos en algún chanchullo; desde vender cigarros o medicinas robadas de las fábricas estatales a comprar ilegalmente vegetales o carne de las granjas en el mercado negro. En ese sentido, algunas de las «reformas» de Raúl Castro solamente han sacado a la luz lo que la mayoría de los cubanos estaba haciendo en secreto.

Tras unos pocos días en La Habana me di cuenta de que había algo diferente. Durante décadas la revolución de Fidel mantenía una presencia eterna que exhortaba. Ahora había enmudecido. En el Malecón, el paseo junto al mar, la U.S Interest Section, la misión de-facto estadounidense está emplazada en un edificio modernista que es oficialmente la Embajada suiza. En 2006, después de que el encargado de asuntos estadounidenses instalara una pizarra digital con boletines de noticias no censurados, Fidel erigió una maraña de más de cien banderas negras afuera y construyó una glorieta de hormigón donde se hacían las manifestaciones antiestadounidenses. Ahora, los mástiles están desnudos y la glorieta vacía.

Alrededor de La Habana vi sólo unos pocos de los viejos y ampulosos carteles publicitarios y los que habían quedado se han ido descascarando y rompiendo. La icónica pancarta que colgaba sobre un túnel de mucho tráfico para anunciar la meta de «Socialismo o Muerte» había sido quitada. Una nueva postulaba, increíblemente: «Los Cambios en Cuba buscan Más Socialismo». Otra valerosamente proponía: «El Partido es Inmortal».

En un famoso discurso en junio de 1961 Fidel Castro definió un sendero para los intelectuales cubanos: «Dentro de la revolución, todo, fuera de ella, nada». En las décadas intermedias el aparato cultural del Estado ha sido controlado por media docena de leales a Castro, que fueron aflojando o ajustando las estructuras de acuerdo a las circunstancias del país, su propio gusto y sobre todo sus interpretaciones de los caprichos de Castro. Desde los 80, Casa de las Américas —la institución cultural preeminente— ha sido dirigida por el poeta Roberto Fernández Retamar, quien también milita en el Consejo de Estado gobernante. El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos que vigila el negocio del cine fue conducido por décadas por Alfredo Guevara, otro amigo de Castro de toda la vida.

El efecto ha sido atrofiante, al punto de que Cuba tiene una escena literaria en la que se entremezclan una pequeña multitud de actores, artistas, música y arquitectos que han aprendido cómo adaptarse a las restricciones del sistema. Un puñado ha logrado florecer, los cantores melódicos de la Nueva Trova como Pablo Milanés y miembros de bandas populares como Los Van Van; actores como Jorge Perugorría y Mirtha Ibarra. Pero la apertura que crearon tiende a ser cultural, no política, y muchos de ellos oscilan como polillas atrapadas alrededor de las distintas oficinas culturales. Para los escritores, la agencia central es la Unión de Escritores y Artistas de Cuba o UNEAC, con varias casas editoriales incluyendo la Unión editorial que ha publicado la mayor parte de las obras de Padura.

Una vez por año el Instituto Cubano del Libro realiza la Feria del Libro de La Habana donde se exhiben y venden obras autorizadas. Las pocas librerías de La Habana están en su mayoría dedicadas a lo obviamente permisible (historias de Cuba, los poemas de José Martí). Cada negocio parece tener una estantería abocada al pensamiento de Fidel sobre el mundo: Capitalismo en crisis, Obama y el Imperio, Mis primeros años. Cuba dejó de importar la mayor parte de los libros del occidente capitalista en los 60 y así, Pedro Juan Gutiérrez me dijo: «Casi nadie conoce la obra de John Cheever, Raymond Carver, Richard Ford, Michel Houellebecq, Marguerite Duras y un largo etcétera. Significa que los lectores equivalen prácticamente a iletrados».

Los libros de Padura han sido distribuidos en Cuba y él ha sido prolífico. Además de las novelas sobre Trotsky y Hemingway y sus otros cinco libros de Conde (Paisajes de otoño, Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y La neblina de ayer) ha publicado otras tres novelas, dos colecciones de cuentos, cinco antologías de periodismo, estudios críticos sobre Alejo Carpentier y del poeta José María Heredia, un libro sobre los más grandes músicos de salsa del Caribe y otro sobre las estrellas del béisbol cubano. Su última novela, Herejes, publicada en España en otoño de 2013, es una narración que abarca un siglo de viajes de una pintura de Rembrandt, con apariciones de Conde.

En la Plaza de Armas, en el viejo barrio cercano al puerto, visité un mercado al aire libre de libros usados donde abundaban los de o sobre el Che Guevara junto a pósters reimpresos de los días de triunfo revolucionario de los 60, todos claramente dirigidos a los turistas. No había nada de escritores emigrados como Reinaldo Arenas o Guillermo Cabrera Infante. Cuando pregunté acerca de libros de Pedro Juan Gutiérrez obtuve miradas vacías de la mayor parte de los vendedores. Finalmente uno me alcanzó un par de delgados volúmenes que había metido directamente bajo una pila de otros libros. Los libros de Padura, al contrario, estaban por todos lados. 

Padura vive en Mantilla, donde La Habana se sumerge en el campo en un maremágnum de negocios autopartistas, pequeñas granjas y modestas casas al borde del camino. No es un lugar conveniente para vivir; el viaje hasta el centro lleva al menos treinta minutos y la calle frente a la casa es ancha y ruidosa por el tráfico. Pero Padura nació en esa casa y creció en ella y su madre todavía vive en la planta baja (su padre murió en septiembre). Después de que Padura se casara con su esposa, Lucía, a la que conoció en 1978, comenzó a construir el apartamento del segundo piso donde los dos han vivido desde entonces.

Su hogar es espacioso y lleno de luz, con una cocina bien situada y balcones que miran a la vecindad; la mesa del living tiene un mantel con un estampado en seda de la tapa de una edición alemana de una de las novelas de Padura. La casa está meticulosamente limpia —síntoma evidente de la naturaleza fastidiosa de Padura—. Cuando lo visité me recomendó repetidamente ir a «lavarme la cara» y luego, cuando le obedecí, llamó a Lucía para que me trajera una toalla limpia.

Padura es fornido y de apariencia fuerte, con un corte de pelo medio al rape y el comportamiento de alguien acostumbrado a vivir en los suburbios pasados de moda de su ciudad. Tiene el tipo de fanfarrón cubano, bebe (antes ron, ahora vino tinto), fuma cigarrillos negros y maldice con exuberancia, pero es también cauteloso. Lucía, una mujer tímida con una media sonrisa perpetua, lo acompaña a todas partes y él le dedica todos sus libros «con amor y escualidez». No tienen hijos y centran su energía en un decrépito cuzco salchicha llamado Chorizo que yacía como un juguete blando sobre el brillante piso de baldosas. Padura lo mimoseaba constantemente, llevándolo afuera a una terraza donde podía orinar y trayéndolo de vuelta. «Tiene dieciséis años, imagina», dijo Padura. «Bien arriba de nuestros cien.»

Padura me dijo que no podía imaginarse viviendo en otra parte. «Todo comenzó desde aquí, desde esta casa, desde este barrio», explicó. Su bisabuelo estableció un almacén general en Mantilla y la familia nunca se apartó de allí. Su madre y su padre construyeron la casa en 1954 y él nació al año siguiente. «En mi casa no había libros. Mis padres tenían un bajo nivel cultural» dijo Padura sin censurarse; era la declaración de un hecho.

En los primeros años de la revolución los artistas cubanos gozaban de libertad aparentemente sin límites. Pero hacia el final de los 60 los dogmáticos del Partido Comunista se alinearon cada vez más con la Unión Soviética y comenzaron a perseguir intelectuales que mostraban «tendencias contrarrevolucionarias». Escritores como Guillermo Cabrera Infante y Carlos Franqui vieron las señales de advertencia y escaparon al comienzo. Quienes se iban fueron encasillados como traidores o «gusanos» —el epíteto de Fidel Castro para los cubanos que emigraban a los Estados Unidos— y tenían prohibido regresar. Los que permanecieron en la isla fueron perseguidos, particularmente los homosexuales que eran vistos como «decadentes» y por lo tanto políticamente sospechosos. Después de un duro presidio el escritor gay Reinaldo Arenas se fue a Estados Unidos en 1980, durante el éxodo de Mariel.

El episodio distintivo de ese desalentador período se centró en el poeta Heberto Padilla. En 1968 Padilla publicó un libro de poemas llamado Fuera de juego y ganó un premio patrocinado por el Estado. Casi inmediatamente, empero, el gobierno denunció al libro como contrarrevolucionario y accedió a permitir la publicación sólo después de que se añadiera un prólogo que dejara clara la opinión oficial sobre el libro. Tres años después, Padilla montó una lectura de un nuevo poema, llamado Provocaciones y fue arrestado por la seguridad del Estado por «actividades subversivas». Fue mantenido en prisión durante un mes y luego forzado a aparecer ante sus pares en UNEAC para expresar su remordimiento. En un discurso servil Padilla dijo: «Nunca me cansaré mientras viva de arrepentirme de esos actos innombrables y desvergonzados. Esta es una experiencia insustituible que ha dividido mi vida en dos: el hombre que era y el hombre que seré». Los tiempos que siguieron fueron de miedo y coacción, conocidos entre los escritores e intelectuales como los Cinco Años Grises. La elección entre un exilio forzado y el trauma del ostracismo en la patria fue lo suficientemente fuerte como para silenciar a la mayor parte de ellos por el resto de sus carreras. 

 

Retrato de Leonardo Padura (Carac3, CC By-Sa 2.0)

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Padura pertenece a la que él se refirió como la Generación Oculta: los cubanos que se hicieron adultos después de los peores espasmos de la revolución pero antes de la caída del comunismo. Como muchos de sus pares, se crió creyendo en la visión de Fidel de un futuro socialista; en los veranos cortaba caña de azúcar con las brigadas escolares organizadas por el Partido. De niño, soñaba con convertirse en un jugador de béisbol. «Estaba desbordante de pasión, conocimiento del juego, habilidad, inteligencia y velocidad», contó. «Pero tendría que haber sido unos treinta centímetros más alto.» Decidió convertirse en periodista deportivo pero cuando entró en la Universidad de La Habana en 1975 no había cursos de Periodismo. «La planificación socialista había decidido que había demasiado periodistas», dijo Padura. En su lugar, estudió Filología, centrándose en la literatura hispanoamericana. Al final resultó una ventaja, dijo: «Pude estudiar periodismo sin estar contaminado por los vicios académicos». En 1980, después de graduarse, comenzó a trabajar de reportero para El caimán barbudo, el suplemento literario mensual de Juventud Rebelde, el diario de la Juventud Comunista. A diferencia de Gramma, el «órgano oficial» del Partido, los medios de la juventud en Cuba a veces se apartan de las historias aprobadas; cuando en los 90 surgió la prostitución se atrevieron a señalarla. Padura pasó mucho tiempo escribiendo sobre rasgos desatendidos de la vida e historia cubanas: el barrio chino de La Habana, la dinastía del ron de Bacardí, el surgimiento y caída de un notorio proxeneta en 1910 durante los años posteriores a la independencia. Del «caso Padilla», como se conoció, no se hablaba mucho, dijo Padura, «pero todavía había mucha presión sobre lo que se podía o no podía decirse y había un miembro del Ministerio del Interior que leía nuestro trabajo y nos llamaba al orden si nos salíamos de línea».

Después de tres años, Padura escribió un artículo que mencionaba a un hombre que había sido oficialmente colocado en las listas negras. Fue sancionado por «problemas ideológicos» y mandado a trabajar en la parte principal de Juventud Rebelde. No lo recuerda como un castigo; tenía el apoyo de sus editores para trabajar en las historias que le interesaban y pulió su oficio. «Tuve suerte», me dijo, «porque allí me convertí en un verdadero periodista, me hice famoso, aprendí a escribir narrativa».

En ese momento Cuba estaba involucrada en la guerra de Angola, enviando miles de tropas «internacionalistas» para luchar en una de las más violentas campañas relacionadas con la Guerra Fría. Cuando Padura estaba cerca de los 30 años, se anotó como voluntario para pasar un año allí como corresponsal de noticias y lo recuerda como una época extraña de miedo y nostalgia. Ayudó a inspirar algunos de los primeros cuentos publicados: reflexiones sobre la fe revolucionaria, los distintos tipos de exilio, y la soledad.

En 1989, mientras Padura estaba en Juventud Rebelde, el bloque soviético comenzó a desintegrarse, cancelando los generosos créditos económicos y favorables relaciones comerciales que habían mantenido a flote a Cuba por tres décadas. Estados Unidos, que venía sosteniendo un embargo contra Cuba, extremó las restricciones. El agosto siguiente Castro anunció su plan para mantener a raya el desastre, el «Período Especial en Tiempos de Paz», que fue el comienzo de casi una década de empinada adversidad para muchos cubanos a medida que la economía se encogía hasta casi la nada. Debido a la falta de combustible las bicicletas reemplazaron a los autos y los bueyes a los tractores. Muchos cubanos pasaron hambre. Un miembro del partido me confesó que su familia a veces tenía poco más que agua con azúcar para cenar. La violencia, el robo y la prostitución florecieron y hubo revueltas en los vecindarios pobres. En 1994 cerca de cincuenta mil cubanos escaparon en botes improvisados en un esfuerzo por llegar a los Estados Unidos. Zoé Valdés, una ex funcionaría de cultura, escribió una novela sobre ese período cuyo título —La nada cotidiana— resumía el sentimiento muy extendido de desesperación. Poco después escapó a Paris.

Los que se quedaron hicieron lo mejor que pudieron para campear los cambios en la economía. El gobierno introdujo el «peso convertible» para competir con el dólar estadounidense que era común en el turismo y el mercado negro. La nueva moneda era mucho más valiosa que el peso regular y los que tuvieron acceso a ella prosperaron. El efecto fue una economía invertida surrealista en la que los doctores pasaban hambre mientras los artistas callejeros y mucamas de hotel —así como los escritores y artistas que vendían y actuaban en el exterior— podían permitirse comer carne con el arroz y los porotos.

En 1990 Padura se convirtió en editor de La Gaceta de Cuba, una publicación de la UNEAC, y se quedó allí durante cinco años. «A menos que trabajaras para un organismo oficial, realmente no se podía trabajar en esa época», recuerda. «El Estado, antes omnipresente, no podía siquiera asegurarle comida a la gente. Yo aproveché ese cambio.» La Gaceta dejó de publicarse durante dos años, dejándolo con un modesto estipendio, pero sin responsabilidades reales. «Escribía y escribía», dijo. «Casi todos pensaban en irse de Cuba, pero yo decidí quedarme y desde 1990 a 1995 trabajé como un loco.» Leyó vorazmente, con predilección escritores de habla hispana: Manuel Vázquez Montalbán y Paco Ignacio Taibo II, y los norteamericanos del siglo veinte: Fitzgerald, Faulkner, McCullers, Roth. «Nadie sabe contar una historia mejor que los novelistas americanos», comentó. Atribuye a John Updike el inspirarle su mayor logro de esos años, la creación de Mario Conde. Con Conde, dijo, había tratado de hacer en Cuba lo que Rabbit Angstrom había hecho para la sociedad americana. «Esas novelas expresan un desencanto con un proyecto social —la Revolución— que, aunque pueda ser algo hermoso, ha sido algo… ardua.»

Cuando Padura comenzó a escribir, las novelas policiales eran tremendamente populares en Cuba; constituían casi el 40 por ciento de los libros publicados allí y algunos títulos llegaban a vender doscientos mil ejemplares en pocos días. Pero, como mucho arte de la época, eran lo que Padura ha descrito como «un panfleto de propaganda oficial sin valor literario». En 1972 el Ministerio del Interior había anunciado una competencia para desarrollar el género en Cuba: «Los trabajos a presentar serán temas policiales y deberán tener un carácter didáctico, sirviendo al mismo tiempo como estímulo para la prevención y vigilancia sobre todas las actividades antisociales». Los héroes debían ser adalides del pueblo, tan rectos que se contenían para no decir palabrotas.

Padura quería que la ficción contemplara «los mayores problemas de la sociedad: la corrupción, la represión, la hipocresía, la erosión ideológica, el oportunismo, la pobreza». Escribir policiales, dijo, era «una manera de entrar y tocar el lado oscuro». Mario Conde es un borracho con amigos disolutos y un tenue compromiso con su trabajo en el departamento de policía. Pero tiene atractivo físico y ojo para las mujeres, ron y comida y es un desalentado idealista dado a contemplar las cuestiones insolubles de la vida: todo lo cual lo hace identificable para los cubanos como Rabbit Angstrom lo fuera para los norteamericanos de los suburbios. «Conde muchas veces pensaba como yo, actuaba como yo lo hubiera hecho», me dijo Padura. Conde ama a Hemingway y desea convertirse en jugador de béisbol; nació el mismo año que Padura y trabajó de reportero durante un tiempo.

Padura gozaba del buen favor de los comités de publicaciones, por haber publicado libros intachables sobre béisbol y músicos de salsa. Pero cuando terminó el primer libro de Conde, Pasado Perfecto, en 1990, le rechazaron la publicación. (En el libro, un amigo de Conde canaliza sus frustraciones: «Hablando de eso, dame un cigarro. ¿Tu crees que así alguien pueda escribir? No jodas, que a uno se le quitan las ganas de escribir y hasta de vivir, pero bueno, lo que importa al final es no rendirse, aunque a veces uno se canse y se rinda un poquito.»)

La única opción de Padura fue un editor extranjero, lo que, como explicó un escritor cubano, «nos da la protección aquí», y también aumenta las posibilidades de que un libro salga en Cuba, Padura se las arregló para que su libro fuera publicado por la editorial de la Universidad de Guadalajara, y cuando regresó con los ejemplares de la primera edición la gente le dijo que adoraba a Conde. El personaje, se dio cuenta, constituía «un reflejo de los problemas y las frustraciones de mi generación».

Para esa época los escritores cubanos encontraron un nuevo adalid: Abel Prieto, que era el presidente de UNEAC y luego Ministro de Cultura. Prieto era un miembro del Partido que se levantaba en las reuniones para condenar a los disidentes, pero también se daba cuenta de que el país había perdido mucho capital intelectual. Convenció a Castro de que permitiera que los intelectuales pudieran salir y entrar más libremente y, mientras no rompieran políticamente con el sistema, conservar sus ganancias en el extranjero.

En 1993 la segunda novela de Padura sobre Conde, Vientos de cuaresma, ganó un premio UNEAC que garantizaba la publicación y Prieto comenzó a presionar para que el primer libro, rechazado, se publicara también. Aunque al principio no había suficiente papel, se lanzó el siguiente año en pequeñas ediciones que se agotaron en pocos días. Padura comenzó a pensar las novelas de Conde como una serie: cuatro libros que acompañaron las estaciones de 1989, el año en que cayó el Muro de Berlín. Con cada libro, me dijo Lucía, «él tensaba la cuerdo un poco más para ver cuán lejos podía ir». Los libros se habían vuelto más audaces y escabrosos a medida que él cobraba confianza. El primero es una historia relativamente contenida de la corrupción oficial; el segundo es sobre una joven maestra con «un prístino historial ideológico», quien, luego de ser hallada muerta, resulta haber llevado una licenciosa doble vida de sexo y drogas.

Su tercera novela, Máscaras, toma el tema de la represión a los intelectuales y los homosexuales en la década de los 70. Conde, suspendido por la fuerza, investiga el asesinato de un travesti que es encontrado muerto en un parque de La Habana usando un vestido rojo. El sospechoso principal es Alberto Marqués, un viejo autor de teatro gay, a quien Padura, imitando el lenguaje del Partido, acusa de una paródica lista de vicios: «Homosexual de vasta experiencia predatoria, políticamente no comprometido e ideológicamente desviado… protector de maricones disolutos, un hombre de cuestionables asociaciones filosóficas, rebosante de prejuicios pequeñoburgueses y clasistas». A medida que la investigación se profundiza, sin embargo, Conde se vuelve compasivo con Marqués, quien, pese a sufrir la represión, «la tomó como un hombre y se quedó aquí en la isla». También resulta intrigado por el submundo gay de La Habana. El tratamiento del sexo que hace Padura suele ser más sugestivo que explícito —como la mayor parte de las sociedades revolucionarias, Cuba tiene una marcada veta de represión mojigata— pero en una escena escandalosa, Conde tiene sexo con una mujer que sospecha es transexual.

Para Padura, escribir sobre la persecución de los homosexuales «era como bucear en una piscina sin mirar», dice. Pero mostró un instinto infalible hacia los cambios políticos. Prieto, junto a otros ministros de cultura, había empezado a rehabilitar a los escritores homosexuales tales como José Lezama Lima y Virgilio Piñera, que murieron ambos a fines de los 70; sus obras fueron reeditadas y a Lezama Lima le otorgaron un premio póstumo. Un viejo amigo de Castro, Alfredo Guevara, director del Instituto de Cine, colaboró en la filmación de Fresa y Chocolate, en la que un militante de la Juventud Comunista y un homosexual se hacen amigos.

La apuesta de Padura dio sus frutos. «El 13 de enero de 1986, Dios estiró su dedo y me tocó», dijo. «Me dijeron que había ganado el premio Café Gijón», un galardón literario español que llegó con un estipendio de alrededor de dieciséis mil dólares. En una época en que el cubano común hacía seis dólares por mes, era una fortuna. Poco después la editorial española Tusquets ofreció publicarle los libros. «Cuando pasó eso, Lucía me dijo "desde este momento eres un escritor"», contó Padura. De repente habitaba en la pequeña comunidad de creativos que se habían hecho una reputación en el exterior mientras seguían teniendo el favor del régimen. Lucía y él se compraron un Subaru azul y comenzaron a viajar al extranjero con creciente frecuencia. Cuando estuve allí habían regresado recientemente de un tour literario en Argentina y Chile e iban a partir pronto para Grecia y España.

Con el orgullo de un muchacho pueblerino que llegó, Padura destacó sus logros. «He sido traducido a veinte idiomas y me han dado más premios, el Officier des Arts et des Lettres del gobierno francés», señaló un estante con recuerdos, «y el año pasado el Consejo Español de Ministros me dio la ciudadanía honoraria española por mis méritos literarios». Varias novelas de Padura han sido adaptadas para películas extranjeras y telenovelas, Lucía es coescritora en los guiones.  

Una noche fui con Padura a una fiesta en Guanabacoa, un pequeño pueblo al este de La Habana, una reunión de actores, escritores y artistas. Un hombre llamado David Mateo me contó que era el editor de una revista digital de arte, lo que parecía inimaginable. Varios años atrás, el régimen contrató a la compañía de telecomunicaciones de Venezuela, de propiedad estatal, para tender un cable de alta velocidad hacia Cuba, pero el proyecto todavía está sin terminar, y estar online es terriblemente lento y costoso. En La Habana me mantuve al corriente de las noticias yendo a un café de Internet en un hotel turístico y pagando cifras exorbitantes; para un cubano común la hora de acceso a Internet equivale a un salario de una semana. En cualquier caso la mayor parte de los cubanos tiene permitido el acceso a la intranet de la isla, que el gobierno filtra y controla. Los colaboradores de Mateo le mandaban despachos por e-mail y él contestaba como mejor podía. La revista era compaginada en el exterior. Mateo no tenía idea de su aspecto.

Cuando Padura era un joven reportero, si alguien escribía algo que disgustaba al Partido era asignado a otro diario o a una granja de trabajo. Hoy la censura trabaja más sutilmente. Las pocas publicaciones que se permiten algo de flexibilidad tienen poca tirada y distribución limitada e incluso ellas deben someterse a supervisión. Un cronista de una prominente revista me dijo que cada número se manda a los supervisores del gobierno: «Pueden sugerir cambios en el contenido y hasta vetar la publicación de los artículos». Para los escritores que están fuera del sistema, las instituciones culturales son remotas y misteriosas: hay sólo un sentido arraigado de que ciertas cosas son apropiadas y otras no. «Todo es muy delicado, muy discreto», me dijo Pedro Juan Gutiérrez. «No puedes ir echando chispas porque no hay nadie en una oficina, detrás un escritorio, contestando algo. Si no les gustas, no les gustas.»

Cuando le pregunté a Padura si alguna vez sus novelas habían sido censuradas, me respondió: «Afortunadamente no». Pero señaló que El hombre que amaba a los perros, su novela sobre Trotsky, había sido publicada en una edición muy pequeña permitiéndole imprimir sólo alrededor de dos mil ejemplares en el mercado cubano. Cuando fue presentada, en la Feria del libro de La Habana, el salón estaba colmado con fans de Padura, y otros esperando afuera para poder entrar. Los medios estatales no informaron sobre el acto y apenas mencionaron el libro. 

En periodismo y en ficción, Padura siempre regresa una y otra vez al Período Especial y la represión de lo 70 como manera de ajustar cuentas con los fracasos más graves de la Revolución y el silencio cómplice de su generación. En agosto de 2012, en el centésimo aniversario del nacimiento de Virgilio Piñera, Padura publicó un artículo titulado «Recordar es siempre mejor que olvidar». Sin mencionar directamente la homosexualidad de Piñera, critica: «Y en más de una ocasión, en tiempos incluso bien diferentes, pagó una cuota —a veces elevadísima— de marginación y desprecio por haber escrito como lo hacía, por haber vivido como había elegido».

Sin embargo, los Castro no son mencionados en el artículo ni en la mayor parte de los escritos periodísticos de Padura. En el propio artículo él da una pista de su reticencia: «Los poderosos de entonces veían a personas como yo apenas como si fuéramos hormigas que pasaban y a las que con su poder podían aplastar. Pero para quienes teníamos el papel de hormiga es más difícil olvidar el tamaño de la bota que nos podía pulverizar. Y mucho más difícil olvidar el miedo al que éramos sometidos».

Incluso en sus libros de ficción Padura alude a Fidel solamente con una mención histórica. En La novela de mi vida imagina la vida en la Cuba del siglo XIX del poeta José María Heredia, que se convirtió en héroe nacional y exiliado por su abierta crítica al gobierno colonial español. En un momento el héroe habla con el todopoderoso gobernador español sobre la represión política en la isla: «Sé que se me acusa de reprimir la actividad política de la isla, pero créame que lo hago para evitar males mayores. Este país tiene sobre sí los ojos de Estados Unidos y de Inglaterra. Y si se abre la brecha, sería el fin. Si para conservar esta isla como española hay que acallar los reclamos políticos de unos cuentos, pues los acallamos. De los males, el menor. Eso es política y es realismo». Cuando el gobernador habló de la realpolitik nadie podía confundirse sobre quien estaba realmente hablando. «Heredia está en un diálogo constante con el presente», explicó Padura. «Es una novela sobre los efectos del poder sobre las vidas de los individuos y sobre la literatura desde la perspectiva de la Cuba contemporánea, y cualquier lector puede ver claramente eso.» No mucho después de que el libro apareciera, en 2002, la seguridad estatal de Castro arrestó a alrededor de setenta y cinco disidentes, incluyendo veintinueve periodistas «independientes» que fueron mandados a prisión bajo cargos de traición.

Padura dice que es «consciente de cierta responsabilidad» por comunicar la realidad de la vida en Cuba y no siempre se siente tranquilo. En un ensayo de 2011, titulado «Yo quisiera ser Paul Auster», Padura escribió irónicamente sobre la carga de sus sentimientos: «Auster nunca es interrogado sobre la posible dirección que esté tomando la economía americana» o «por qué siguió viviendo en su país durante los horribles años del gobierno de George W. Bush».

Padura bromea con que cada vez que está en un tour literario en el exterior «la gente viene y no me dice lo bien que escribo, sino qué valiente soy al escribir lo que escribo en Cuba». Para algunos de sus pares, sin embargo, él es demasiado cauteloso en su crítica. Patricio Fernández, un prominente editor chileno y también autor me dijo: «Para vivir en la isla como escritor es necesario convertirse en malabarista y firmar una especie de acuerdo sicológico en el que el escritor promete no hacer ruido». Otro escritor cubano dijo: «Sus libros se venden como pan caliente y sin embargo son livianos y suaves».

Pero nadie más ha conseguido ese equilibrio de provocación y reafirmación. Pedro Juan Gutiérrez elude escrupulosamente la política en sus libros. En su lugar, escribe casi exclusivamente sobre sexo —un sexo exuberante, sórdido, sin limitaciones— mientras cuenta la vida desordenada y promiscua de un hombre llamado Pedro Juan que vive en un edificio de apartamentos derruido en una sórdida calle de La Habana céntrica, donde Gutiérrez también vive. Aunque Gutiérrez ha vendido muy bien en el plano internacional, durante décadas muchos de sus libros no se conseguían en Cuba. En los años recientes, un par de delgados volúmenes de ficción, menos explícitos que los libros de «La Habana sucia», fueron discretamente publicados. Gutiérrez me dijo hace poco: «Pienso que hay un verdadero deseo de flexibilizar en algo el interés por lo que hacen los intelectuales». Muchos autores jóvenes, dijo, están «escribiendo sobre lo que realmente les interesa, y poniendo todo en duda».

Una de ellas es Wendy Guerra, una mujer inteligente e intensa de poco más de cuarenta años. En 2006, la novela de Guerra Todos se van se publicó y fue aclamada en España; en 2010 recibió uno de los premios culturales más apreciados de Francia, el Chevalier de l’ Ordre des Arts et des Lettres. Todos se van es una sutilmente velada autobiografía de una joven que se siente traicionada por una sucesión de hombres en un país machista, y oprimida por el conformismo de la revolución. Guerra me dijo que trata a Padura con el afecto de una hermana menor y que a menudo les pide consejos a él y a Lucía, pero que a ella no la publican en Cuba. «Una de las formas que tiene el sistema socialista cubano para descalificarte ha sido siempre que tu nombre no exista», dijo. «Mis premios no son conocidos en la prensa. No aparezco en los diarios y no tengo acceso a los medios.» Estaba decidida a quedarse en La Habana y seguir escribiendo, pero se sentía invisible ante sus pares. «A veces la gente me ve en la calle y me pregunta: "Wendy, ¿cuándo te vas a ir del país?" Hay un dicho: quien ya no es nombrado cesa de existir. Vivo en una isla in exilio. Me exiliaron sin hacerme abandonar mi país», dijo.

Padura es más directo en su visión sobre el periodismo. «En la prensa oficial ha habido pocos cambios, realmente», dijo. «Y es lógico. Si la prensa pertenece al gobierno y al Partido, ¿sería realista que esa prensa fuera a criticar al gobierno y al Partido?» Granma sigue siendo la misma torpe y aburrida propaganda de siempre. Durante mi visita, mientras manifestantes turcos denunciaban a su primer ministro en la plaza Taksim, la primera página de Granma recordaba a sus lectores que esa tarde en la televisión estatal habría una discusión sobre los ideales del Che Guevara.

Una mañana, Padura me invitó a una charla que iba a dar a los estudiantes de periodismo de la Universidad de La Habana. Mientras nos subíamos al Subaru me contó que el programa de periodismo seguía siendo el hijastro de la Academia cubana. «Se pasan cambiando a los chicos de salones de clase, mandándolos de un salón a otro», dijo. Sacó una hoja de papel. «Tengo la última dirección, donde espero encontrarlos.» Finalmente, en una calle trasera cerca de la Plaza de la Revolución, nos encontramos con un pequeño grupo de estudiantes en la entrada del edificio de la facultad. Con ellos estaba su profesor, un engolado hombre llamado Rafael Grillo. Sonriendo le dijo a Padura: «Realmente viniste. Pensé que no lo harías».

Como siempre, Padura estaba vestido informalmente: una remera de color gris, pantalones beige y zapatos deportivos. Llevaba en la mano una riñonera al estilo turista con su dinero y documentos dentro. En la clase, alrededor de treinta estudiantes estaban esperando y cuando Padura comenzó a hablar, algunos de ellos sacaron fotos con sus teléfonos. Padura describió la necesidad de mayor acceso a Internet como su pesadilla particular y se quejó de que tenía que recibir las noticias a través de un amigo extranjero que le mandaba correos electrónicos doce veces al día manteniéndolo al tanto. Recientemente, el gobierno había anunciado que pensaba abrir cafés de Internet en toda la isla. «Si es como dicen sería increíblemente importante», dijo a los estudiantes. «Sería la primera vez que el gobierno reconoce que no puede tener el monopolio de la información.» Padura reclamaba al gobierno aliviar las restricciones a los periodistas, un cambio que consideraba «más importante que ninguna otra cosa —el Partido, aún el buró político—». Dijo a los estudiantes: «Podrán graduarse de aquí con las mejores intenciones y en seis meses terminar como reporteros de Granma o de la televisión cubana». Hizo una mueca. «Y ustedes saben lo que eso significa.»

Para los cubanos, una discusión tan abierta sobre la libertad de prensa no tenía precedentes. Los disidentes políticos que llevan a cabo protestas públicas son generalmente detenidos y a veces golpeados, por policías o por patotas oficialistas. Sin embargo, comienza a aparecer un reconocimiento oficial creciente de que la prensa estatal debe abrirse. En un reciente discurso, Raúl Castro acusó a los medios de ser «excesivamente estridentes y formales», y de «no entrar en debates» (pese a que colaboró a silenciarlos por décadas). De hecho, después de que Padura hablara, un desenvuelto joven de la concurrencia señaló que la crítica que Padura había hecho de la prensa simplemente era un eco de las manifestaciones del propio Castro. Padura sólo reiteró su argumento de que se estaba ante un «innegable vacío» de los medios cubanos. Mencionó a Yoani Sánchez, la bloguera disidente a quien el gobierno le había recientemente permitido viajar al exterior después de años de negarle el permiso. «Convirtieron a Yoani en gran personalidad porque no la dejaban viajar, y ¿qué pasó? Salió, volvió y eso es todo.» Padura, inmutable, se respondió: «La cosecha de bananas de Cuba no creo que haya sido afectada». Los estudiantes se rieron nerviosamente. Padura tenía razón, por supuesto: un cubano que se basara en la prensa local nunca se hubiera enterado de que Sánchez había retornado a La Habana: o aún, tal vez, de que ella existiera. 

Los críticos de Padura desearían que fuera más atrevido pero eso significaría una vida en el exilio, una condición a la que Padura se ha referido como «una condena terrible». Irónicamente, algunos de los cubanos exiliados hicieron sus mejores obras después de abandonar la isla. Cabrera Infante escribió su obra maestra Tres tristes tigres en Londres; Arenas escribió una autobiografía, Antes que anochezca, mientras vivía en Nueva York. Pero la vida en el exilio puede ser estéril. En una entrevista inédita con la escritora Ann Tashi Slater, de 1983, Arenas habla del desplazamiento: «Todo aquel que vive fuera de su contexto es siempre una especie de fantasma porque estoy aquí pero al mismo tiempo recuerdo a una persona que caminaba por esas calles que está allí, y esa persona soy yo mismo. Así que a veces realmente no sé si estoy aquí o allí. Y a veces la nostalgia por estar allí es mayor que la necesidad de quedarme aquí».

Lo peor de todo, tal vez, es el ejemplo de Heberto Padilla. Liberado de la prisión pero apartado por la Cuba oficial, Padilla arañó una vida como traductor y se le prohibió dejar la isla hasta 1980, cuando el senador Edward Kennedy le aseguró un permiso para emigrar. Se asentó en los Estados Unidos, escribió una autobiografía conmovedora, Autoretrato del otro y encontró trabajo en la enseñanza pero nunca pudo volver a Cuba. Murió en Alabama en 2000, después de veinte años de exilio.

Cuando la era de los Castro se haya sosegado, Padura podría muy bien contarse entre los pocos artistas que trabajaron hasta el final. Como muchos de sus compatriotas, se lo distingue en particular por su habilidad para sobrevivir. Wendy Guerra me dijo: «El premio de Padura fue una necesidad histórica de parte de esas oficinas que montan guardia sobre las palabras. Él es el padre de Mario Conde, ese personaje perseguido por doctores e ingenieros, la primera personalidad capaz de emerger en la ficción popular cubana en cincuenta años de revolución».

Pero Guerra sugirió que había otra razón para la relativa libertad de Padura. «Los jefes no leen», dijo. «Solo están tratando de evitar ser señalados internacionalmente y piensan que es mejor publicarnos, que meterse en problemas por algo que piensan no tiene importancia.» Si Guerra está en lo cierto, cualquier apertura del gobierno se basa en cálculos prácticos; la cultura es secundaria. A una hora al Este de Cojímar, un pozo de petróleo chino está emplazado junto al camino y, al Oeste, una reciente vasta instalación portuaria está siendo construida por Brasil. En el otrora exclusivo Varadero, veraneantes de Rusia y Argelia se unen a los demás que buscan vacaciones baratas en la playa y al final de la península un prístino bosque ha sido reemplazado por hoteles turísticos en construcción. Donde alguna vez Fidel prohibía el golf, inversores extranjeros han conseguido permiso para construir exclusivos campos, rodeados de condominios y shopping centers. Mientras tanto, en La Habana, vi por primera vez indigentes: con ropas raídas, algunos claramente enfermos mentales, hurgando en los tachos de basura o deambulando sin propósito.

Es como si con sus «cambios», el Estado cubano hubiera ya comenzado a retroceder y los nuevos valores, como en muchas otras partes del mundo, son un sálvese quien pueda. En El hombre que amaba a los perros, Padura escribe: «Todos aquellos años, decía, habían sido vividos en vano desde el instante en que la Utopía fue traicionada y, peor aún, convertida en la estafa de los mejores anhelos de los humanos. El sueño estrictamente teórico y tan atractivo de la igualdad posible se había trocado en la mayor pesadilla autoritaria de la historia, cuando se aplicó a la realidad, entendida, con razón (más en este caso), como el único criterio de la verdad. Marx dixit». Cuando le pregunté recientemente si la Revolución había terminado, esquivó la pregunta, hablando vagamente de la institucionalización de las ideas socialistas, del pragmatismo y de las etapas del cambio social. Pero en la tarde que fuimos a Cojímar fue más directo. «Cuba está atrapada entre dos visiones eternamente opuestas», dijo. «Una es que es un paraíso socialista; la otra que es un infierno comunista. En realidad no es ni un paraíso ni un infierno, más bien un purgatorio, donde algunos de nosotros tenemos la posibilidad de salvación.» 

 
CON NUESTRO AGRADECIMIENTO A LA REVISTA ROCKET
 

TRADUCCIÓN DE AMANDA BEATRIZ PÉREZ

EN LA CABECERA, PANORAMA DE LA HABANA DEL FOTÓGRAFO GUILLAUME BAVIERE

Jon Lee Anderson
Jon Lee Anderson

Jon Lee Anderson es un periodista especializado en temas políticos, conflictos y guerras de la prestigiosa revista norteamericana The New Yorker. Aunque vive en Gran Bretaña, es un viajero constante que ha desarrollado un estilo propio en su trabajo periodístico y en sus perfiles de personajes como Fidel Castro, el Che Guevara, Augusto Pinochet, el rey Juan Carlos I de España y Saddam Hussein. Ha publicado libros como: Che Guevara. Una vida revolucionaria; El dictador, los demonios y otras crónicas; La caída de Bagdad y La herencia colonial y otras maldiciones.