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EL ETERNO EXTRAVÍO

El caso del Dr. Livingstone
Rodrigo Blanco Calderón
 

La desactivación del mito del eterno retorno esclareció el camino para una visión más compleja del viaje como experiencia —vivida o literaria, es igual—. Es el extravío, y no el regreso, la etapa decisiva de los viajes. Volver sin haber sentido el riesgo de la deriva es una mengua parecida, o peor, a la permanencia en un mismo punto.

En Tierra de los hombres, Saint-Exúpery da un giro a la relación habitual que se establece entre el viajero y el mundo. Son los demás, la Penélope que teje y espera, los amigos y familiares angustiados, quienes en realidad se extravían cuando se borran las huellas del viajero. Éste, a pesar de lo brumosas que puedan tornarse las coordenadas, sabe siempre dónde está.

Así imagino al Dr. David Livingstone, en Ujiji, África Central, la tarde del 10 de noviembre de 1871, al escuchar la frase ya célebre con que Henry Morton Stanley lo saludó: «Dr. Livingstone, I presume?» Lo imagino perplejo ante la desazón de ese mundo moderno que ha enviado a un periodista, atravesando cientos de millas de naturaleza inhóspita, sólo para encontrarlo.

How I found Livingstone (1871) se titula el diario, también crónica de viaje, que escribió Stanley desde el momento mismo en que recibió el encargo por parte de James Gordon Bennett Jr., el joven director del New York Herald. Mr. Bennett debería figurar entre los principales mecenas del periodismo de investigación. Ante las dudas expresadas por Stanley con respecto a la misión —la posibilidad cierta de que Livingstone, de quien no se tenía noticia desde 1865, estuviera muerto y el alto costo de la empresa— Mr. Bennett sólo respondió «FIND LIVINGSTONE!».

La manera en que Stanley caracterizó la tarea de encontrar al mítico explorador definió una noción del viaje propiamente moderna: esa en la que el relato es el objetivo y la justificación de la experiencia. «It is an Icarian flight of journalism, I confess», dice Stanley. El periodista, como un Ícaro empujado por un Dédalo ambicioso, se lanza al abismo de lo incierto —que para la mentalidad victoriana era el continente africano—, con la finalidad de hallar una buena historia.

Lo que encuentra después de meses de travesía es distinto a lo que los rumores y las sospechas indicaban: el Dr. Livingstone no está muerto, no es un misántropo que se ha convertido en un salvaje, ni se ha juntado con una princesa africana para fundar su propio reino. En otras palabras, el Dr. Livinstone no es un Mr. Kurtz. Aunque el juego de opuestos que se establece entre ambos personajes, uno real y otro literario, es tan exacto que la influencia que uno pudo ejercer sobre el otro —Livingstone, Kurtz, Stanley, Conrad— es evidente.

Si Kurtz, en El corazón de las tinieblas, encarna la caída del hombre ante las fuerzas del mal, el Dr. Livingstone personifica un descenso menos vistoso pero igualmente dramático: el de una vida dedicada por completo a la exploración y a la bondad. Livingstone es un buen cristiano con una voluntad de hierro. Un pioneer pero sin el afán de lucro ni el deseo de explotar o esclavizar al Otro. Casi se pudiera afirmar que es un santo, si no fuera porque su posibilidad de trascender está cifrada en la tierra.

En los últimos años de su vida, Livingstone sólo trató de probar una teoría: que la corriente grandiosa del Lualaba era la fuente del Nilo. Stanley lo encuentra en un etapa de reveses, enfermedades, pobreza y desesperación. Apenas unas cien millas lo han separado de la Verdad, pero el grupo de expedicionarios que lo acompañaba se negó a dar un paso más.

El mecanismo —no ya los móviles— de la obsesión en el Dr. Livingstone permite la comparación con otro importante personaje literario: el Capitán Ahab. Si el viaje y el arte son formas sublimadas, terrestres, de lo trascendente, si cabe la comparación entre los grandes viajeros y los grandes artistas, se debería decir que Ahab es, entonces, un poeta. La caza de la ballena en un contexto variable —el mundo—, que sólo sirve como plataforma o excusa, es equiparable a la búsqueda incansable de la forma siempre elusiva en las aguas del lenguaje. El Dr. Livingstone, en cambio, obsesionado con hallar la cabecera del Nilo, encarna la eterna ambición por los orígenes, por el principio de lo que fluye, el río-tiempo, que es patrimonio de los narradores.

Prueba de esta afinidad íntima son los viajes y los libros de viajes que el tándem Livingstone-Stanley ha propiciado. El corazón de las tinieblas, como insinué antes, obtiene su esquema a contraluz de la experiencia de Stanley. Conrad vuelve ciertos todos los rumores acerca de Livingstone, los conecta con sus propias vivencias como marino mercante en un río y en un territorio que marcará con las huellas de su personal obsesión: El Congo.

Roger Casement, el gran nacionalista y filántropo irlandés, tendrá en las hazañas del Dr. Livingstone y en la odisea programada de Stanley un primer acicate para su fascinación por África. Será uno de los principales alicientes de su vocación por la aventura. Después vendrá el tiempo de contrastar la lectura con la realidad, de entender que los viajes de la literatura y los de la vida quizás no son tan iguales como los mentan. Será la época de su cruce con un joven Conrad quien ya tiene noticia de las incursiones particulares de Casement, del desarrollo de su propia leyenda.

La cadena de llamados se extiende hasta el propio Mario Vargas Llosa, quien, a su vez, en El sueño del Celta, parte tras la pista de Roger Casement.

Se podría decir que los viajes y los libros que se escriben sobre viajes activan un juego de espejos donde las ilusiones tienen más valor que las certezas. No importa tanto la fijeza de la imagen como la multiplicación infinita de las opciones; la bifurcación constante de los senderos porque en su fuero más secreto el ser humano así lo necesita.

«Un ser extraviado sale en busca de otro ser extraviado», dice un verso de Rafael Cadenas. Un ser que unas veces es un río, otras veces una ballena, y otras, incluso, un hombre. La comunión de reinos tiene en el propio apellido del Dr. Livingstone —en su decisión de morir en el continente africano, de vivir allí para siempre como viven las piedras— una última y aleccionadora consistencia.

 

Foto de cabecera (CC Internet Archive Book Images)

Rodrigo Blanco Calderón
Rodrigo Blanco Calderón

Caracas, 1981. Escritor, editor y profesor universitario. Ha publicado los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los Invencibles (2007) y Las rayas (2011). Por sus cuentos ha recibido diversos reconocimientos dentro y fuera de Venezuela. Actualmente, realiza estudios doctorales de Lingüística y Literatura en la Universidad París XIII. The Night es su primera novela.

 
 

Fotografía (c) Roberto Mata