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EL JAPÓN DE LOS GEKIGAS

El manga clásico dibuja su país
Fran García

En colaboración con

 
 
 
 

¿Podemos entender Japón desde el prisma de sus mangas para adultos? ¿Qué retratos de sí mismos han confeccionado los autores japoneses de su propio entorno, de su presente y pasado? A través del manga creado para un público adulto, el denominado Gekiga, viajamos al Japón de los últimos setenta años. El punto de partida es la traumática Segunda Guerra Mundial y la prolongada posguerra, pero siempre con un vistazo puesto a la cultura antropológica japonesa y a la configuración de la sociedad desde un prisma religioso. Para ello utilizaremos a un puñado de maestros manga y a un determinado grupo de obras maestras; trabajos que marcan por sí mismos un canon creativo sobre el noveno arte nipón.

La posguerra en Japón fue un periodo de reflexión y reconstrucción; la dura asimilación del terrible golpe sufrido por una sociedad tan militarizada como la nipona. Los salvajes bombardeos de la aviación estadounidense, culminados por la ignominia nuclear de Hiroshima y Nagasaki, y la capitulación final, fueron un epílogo que permanece en la memoria de un pueblo que días más tarde comenzó una larga y penosa posguerra de la que salió plenamente a comienzos de los años sesenta, con una asombrosa transformación industrial y tecnológica. En el mundo del manga, esta época de posguerra marca las bases de sus grandes trabajos, el nacimiento del manga moderno, la etapa en la que los gekigas se hicieron adultos y maduraron sus trabajos hasta alcanzar las obras maestras que han llegado hasta nuestros días. 

El manga propició un elemento de entretenimiento y diversión a una población exhausta de la guerra e imbuida en la escasez de productos y servicios de la posguerra. La abundancia de publicaciones propició la proliferación de mangakas, el surgimiento de una importante industria y la definitiva consagración del manga como fenómeno social. Su éxito fue inmediato y su expansión fulgurante. Muchos de los niños y adolescentes que empezaron leyendo manga en los años cincuenta se convirtieron en lectores de manga para adultos en los sesenta. Esa secuencia generacional explica parte de la culminación del manga en Japón, su constante presencia en casi todas las casas niponas, con lectores que abarcan todas las edades. 

En la actualidad, el 40 % del mercado editorial japonés corresponde al manga. Mientras en el mercado europeo han desaparecido las publicaciones semanales y casi la totalidad de las quincenales y mensuales, en Japón la tradición de los semanarios Shonen dedicados al público infantil y/o juvenil siguen teniendo una evidente fuerza. Por otra parte, no existe ningún país que tenga un grado de especialidad tan afinado como el manga japonés. Un espectro que resulta demasiado amplio y que abarca no solo todas las edades, también tiene temáticas muy definidas según los gustos lectores. Sin extenderme en esto, podemos encontrar temática Shoujo dirigida al público femenino, Shounen para preadolescentes, Komodoro para niños, Shonen para los adolescentes, Spokon con temática deportiva, Mecha con robots —estilo Mazinger Z— o Gore con violencia explícita salvaje, por poner algunos ejemplos.

Dejando a un lado todas estas especialidades que me obligarían a escribir un ensayo en vez de un artículo, y obviando la parte tecnológica de Katsuhiro Otomo o el terror gótico de Suehiro Maruo, sí que me resulta interesante comenzar por los totalitarismos surgidos en el siglo XX, y por los mangas creados sobre esta oscura época de la humanidad.

El pueblo nipón, educado en el patriotismo ya desde la cuna, protegido por la divinidad de su propio emperador, militarizado hasta un punto en el que se creían invencibles, recibió el más duro golpe en la Segunda Guerra Mundial. Eso no solo les supuso una cura de humildad severa, también les obligó a una serie de reflexiones necesarias respecto a su cultura guerrera procedente de su sistema feudal. La posguerra, que incluyó un tutelaje de ocho años por parte del ejército de Estados Unidos como fuerza de ocupación, sumado a una corriente generalista de expiación de las culpas propias, les llevó a un estado de derrota sociológica más fuerte que la propia militar. La obligada mirada al ombligo del país repercutió en un saneamiento social de inversión sobre el militarismo, fijando su mirada en todo aquello que les había llevado a un cruenta y desgarradora guerra mundial. En definitiva, tuvieron que sumergirse en las génesis y desarrollos de los totalitarismos fascistas como medida primaria para evitar futuras involuciones políticas.

Algunas de las obras más destacadas sobre los totalitarismos tienen a Hitler como personaje angular de las mismas. En el terreno del noveno arte, y más en concreto en el manga japonés que nos ocupa, convendría señalar Hitler: Una novela gráfica (Astiberri, 2017), como una de las cúspides del maestro Shigeru Mizuki, su despiadado retrato del odio en estado puro.

 
 

¿Cómo desentrañar la oscura complejidad de un monstruo humano como Adolf Hitler? A esa pregunta le dedica Mizuki (Osaka, 1922- † Tokio, 2015) todo un libro biográfico sobre Hitler, cargado de respuestas sociológicas. Más allá de su poder persuasivo y de su significativa oratoria hacia las masas, de su carácter xenófobo y su rabia descontrolada hacia las potencias ganadoras de la Primera Guerra Mundial, Mizuki centra buena parte de la obra en el periplo político de un líder, en principio minúsculo, que sortea muchas veces las reiteradas ocasiones en las que su partido —y él mismo— están a punto de desaparecer. Hubo tantas posibilidades de que Hitler no empezara o continuara su carrera hacia el poder —cárcel, prohibición y disolución del partido, atentados—, que parece que Mizuki estuviera hablando de una especie de Hydra con seis cabezas. De alguna u otra forma, incluida la suerte, Hitler y sus secuaces fueron capaces de sobrevivir durante muchos años a un formato que en apariencia estaba condenado a la residualidad o a su total desaparición.

Adolf (Planeta DeAgostini, edición integral 2013) del maestro Osamu Tezuka (Toyonaka, 1928- † Tokio, 1989) es otra de las obras imprescindibles sobre los totalitarismos. Publicada originalmente entre los años 1982 y 1985 en la revista Shukan Bhunshun —es importante recordar que la gran mayoría de obras de ésta época se publicaban en series y por tanto son muy extensas— y editada en la actualidad en un solo volumen, Adolf es la obra más sugerente y original de todo este periodo, con un Tezuka que había alcanzado la notoriedad del gremio y cuya prodigiosa técnica iban a marcar una época del manga. La historia de tres hombres que se llaman Adolf, uno de ellas judío-japonés, otro germano-japonés y el tercero, el mismísimo Adolf Hitler, dentro de los avatares que ocuparon el proceso previo y la Segunda Guerra Mundial, se convierte en un alegato pacifista y anti-totalitarista de primera magnitud. Bajo su envoltorio de thriller, con una trama excelente que orbita alrededor de unos documentos sobre Hitler que pueden llegar a causar el fin del nacionalsocialismo, Adolf es un relato que te atrapa sin solución desde la primera página, y en él encontramos una fuerte animadversión del autor hacia las tiranías y los fascismos.

Otro de los aspectos más interesantes de este tipo de obras es configurar el proceso de transformación de las sociedades bajo el yugo de formatos dictatoriales. Tanto en Alemania como en Japón —y esto puede valer para otros países y épocas— se produjo una inversión social derivada de la propaganda procedente, tanto de las instituciones fascistas, como de los medios de comunicación que tuvieron que colaborar con el poder para no desaparecer. Ese salto al vacío va acompañado de una fuerte represión política, el uso partidista de las fuerzas de seguridad y el ejército, y finalmente, en la creación de un sistema que impone miedo a los no adeptos. Adolf no escapa a la observancia de este manual del totalitarismo, tanto en los personajes principales como Adolf Kaufmann, el niño alemán nacido en Japón, con un buen amigo judío, que lucha enconadamente por no transformarse en eso que odia, pero acaba en una escuela de las Juventudes Hitlerianas; y de igual forma en los personajes secundarios y la sociedad japonesa que circunda toda la trama.

En el plano estrictamente bélico sobre la Segunda Guerra Mundial encontramos una pieza desgarradora: Operación Muerte (Astiberri, 2010) de Sigheru Mizuki (Osaka, 1922 - † Tokio, 2015). Este maestro del manga combatió en la segunda guerra mundial y trasladó su nauseabundo pesar a las viñetas en este manga impactante que narra el homicidio continuado que los mandos nipones ejercían sobre sus hombres en una apuesta de ataques suicidas sobre las tropas estadounidenses. Un trabajo que ajusta las cuentas al superviviente Mizuki con sus mandos y con la estupidez de la guerra, y que conecta al autor japonés con Jaques Tardi (La Guerra de las Trincheras) o Humphrey Cobb (Senderos de Gloria). 

 
 

Hay autores que han consagrado al bombardeo nuclear, a este infausto momento de la humanidad —más bien, inhumanidad—toda o casi toda su obra manga. Es el caso de Keiji Nazakawa (Hiroshima, 1939 –2012) y su Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (DeBolsillo, 2015) la espeluznante historia del primer ataque nuclear. El relato de un superviviente de ocho años es en realidad el propio relato de Nakazawa. El mangaka pudo salir ileso y morir de viejo gracias a que, de manera casual, se encontraba fuera del radio más peligroso de la bomba en esos momentos. Resulta interesante la parte previa a la caída de la bomba porque el autor nos muestra el carácter militarista e imperialista de la sociedad nipona de la época. De hecho, el niño protagonista, Gen Nakaoka, ha sido educado en el pacifismo por su padre, un artesano humilde que le ha transmitido los valores de la no violencia, en contra del pensamiento dominante. Aún con la firme posición del padre, el niño recibe un constante adoctrinamiento social de nacionalismo, estando dispuesto a defender a su país y honrar a su familia. Pese al horror que envuelve a Gen después de la caída de la bomba, el muchacho recoge buena parte del carácter estoico japonés. Aunque este desastre está provocado por la mano humana, los japoneses están forjados en un carácter sereno y disciplinado derivado de la impotencia y la resignación de convivir con una naturaleza tan agresiva. Japón se encuentra expuesta, en el día a día, a terremotos, tsunamis, volcanes, tifones e inundaciones monzónicas. De toda esta suerte de catástrofes naturales se nutre buena parte de la resignada cultura japonesa, la que pervive y convive de manera constante en relación con la poderosa y destructora naturaleza. 

No obstante, el horror de Pies descalzos proviene del propio ser humano y nos encontramos con un relato nuevo para los japoneses, sobrecogidos por una devastación casi total. Hay tanto horror en las imágenes de Nakazawa que su lectura no se digiere fácil y deja un hondo poso de pesadumbre, al igual que una feroz crítica al Japón militarista, el ejército Yanqui y, en definitiva, las guerras en general.

Si existe un pueblo que sepa de primera mano la envergadura de los desastres provocados en la Segunda Guerra Mundial, éste es sin lugar a dudas el pueblo nipón. La gran mayoría de los maestros mangakas de las islas no combatieron en defensa de los ideales imperialistas del sanguinario ejército japonés —salvo Shigeru Mizuki—, pero sufrieron en sus carnes la devastadora época de hambruna de la posguerra, desabastecidos de productos básicos. Esa época oscura de calamidades coincide con el nacimiento o la infancia de buena parte de los autores Gekigas, marcados por las penurias de un país derrotado y desolado.

Uno de los más destacados en el ámbito del pesimismo y el desaliento fue Yoshiharo Tsuge (Tokio, 1937). Aunque no estén centrados específicamente en la posguerra, ni se traten de obras autobiográficas al uso, trabajos como El hombre sin talento o La mujer de al lado —ambas publicadas en España por Gallo Nero— reflejan como pocas la intrínseca unión entre obra, autor y país. El hombre sin talento fue publicada en Japón en 1985 y algunos años más tarde se convirtió en una de las piezas maestras del manga. Pese a que el autor llegó a trabajar en el estudio de Shigeru Mizuki, la vida de Tsuge es un compendio bastante descorazonador sobre la derrota social y el nihilismo personal. Narra la vida de un autor manga —un alter ego del propio Tsuge— de escaso éxito, depresivo, que intenta desaparecer de su propio arte como creador y, de paso, desaparecer de todo lo que le rodea. Su periplo abarca desde trabajos alimenticios–mecánico de cámaras fotográficas —a puramente inútiles vendedor de piedras ornamentales—, que se cobija en un puesto comercial campestre en una de las laderas del río Tame, que separa geográficamente a Tokio de Kawasaki.

 
 

Además de una ruinosa experiencia vital, Tsuge reflexiona sobre el choque entre la tradición japonesa y el empuje de los tiempos modernos; también en el anhelo hacia una naturaleza que va desapareciendo ante la industrialización salvaje de las grandes ciudades que la rodean —tema que lo conecta con Jiro Taniguchi—; al igual que la melancólica visión del pasado nipón, una perdida tanto social como histórica situada en un punto de no retorno. Como si la milenaria cultura proveniente del Confucionismo, el Budismo o el Sintoísmo, caracterizada por la pobreza como engrandecimiento del espíritu, la humildad como metodología social o el yo empequeñecido frente a la imparable fuerza de la naturaleza, estuvieran en peligro o en aras de desaparecer. Pero si Tsuge comparte algunas obsesiones con Taniguchi, quizá sea el propio arte, el hecho de haber sido autor manga, el que surge en la cúspide del relato final como apunta en el epílogo de éste manga el especialista Álvaro Pons. En el relato, un librero —también rayano en la indigencia— y su mujer le instan a seguir con el manga, pero el personaje niega que sea un buen autor, o un autor a secas, para finalmente negar el arte como tal. El verdadero arte, se encontraría para Tsuge, en las piedras ornamentales o en los pájaros que moran la naturaleza.

Tsuge acabó abandonando el manga. Fue una elección propia enmarcada en una vida repleta de escasos momentos de normalidad, llena de devastación personal, y marcado por una posguerra cargada de dificultades. De ese país roto, agujereado por los brutales bombardeos de la aviación estadounidense, surge también parte del espíritu creativo de otro autor cuya obra causa también una honda impresión, Yoshihiro Tatsumi.

En el año 1956 Tatsumi (Osaka, 1935- †Tokio, 2015) creó el Estudio Gekiga —nombre procedente de la unión de Geki (drama) y Ga (dibujo)—, como estandarte del cómic para adultos. Tatsumi perfiló una tipología inhabitual de manga, alejada de la línea adolescente imperante. A partir de entonces, Tatsumi se empleó a fondo en infinidad de historias cortas que en Europa se han publicado recopiladas en varios números: Infierno, Goodbye (La Cúpula, 2004) o Venga, saca las joyas o La Gran Revelación (Ponent Mon, 2004). Este autor es un compendio de la cara b de la sociedad japonesa de los años sesenta y setenta, la que despegó económicamente en esta época, con una nómina de personajes imbuidos en la pesadumbre y el malestar vital que alcanza cotas jamás vistas en ningún otro autor nipón: Jubilados que rechazan los convencionalismos matrimoniales cuando ya es demasiado tarde, ex soldados imperiales que desearían haber muerto en la guerra porque desprecian en lo que se convirtieron en su vida civil, voyeurs que obligan a sus mujeres a prostituirse, matrimonios rotos por falta de dinero o moralidad, mendicidad propiciada por un sistema productivo en el que muchos ya no tienen cabida. Todos ellos derrotados por la sociedad, desencajados de un mundo que les ha dado la espalda. Pero Tatsumi siempre es capaz de generar un discurso con cierto grado de estoicismo, el propio del carácter japonés. Es decir, puede que la partida personal esté perdida, pero sus personajes —excepto los que se suicidan, algo también muy japonés— caminan sus miserias con cierta dignidad; asumen, aunque no de buen grado, que la cosa ha acabado para ellos. Puede que el Gekiga de Tatsumi no resulte agradable, con ese catálogo de seres torturados que no pueden escapar a su triste existencia, pero su lectura es una de las obligadas para todo aquel que quiera acercarse al manga para adultos.

Como en muchas otras creaciones de autores manga, el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki está presente en la obra de Tatsumi. En concreto, en su pieza Infierno, donde un soldado nipón es mandado por sus superiores a cubrir fotográficamente los desastres causados por las bombas atómicas lanzadas por el gobierno de Harry S. Truman. La fotografía que el soldado realiza de la sombra de un hijo que masajea a su madre, sombra que se ha quedado impregnada en una pared a causa de la exposición de luz de la bomba, es el punto de partida de una historia increíble que saca a la luz la escasez moral de algunos de los personajes que suelen surcar las páginas de sus historias. El retrato de una sombra del que salen retratadas las otras sombras: las miserias humanas. 

Quizá para entender la obra del tan excelente como prolífico Jiro Taniguchi (Tottori, 1947-† Tokyo, 2017) sea preciso trasladarnos al comienzo de la industrialización de la Era Meiji (1896-1912). El proceso, que se asemejó al formato industrial europeo, provocó unas consecuencias a medio y largo plazo que impactaron en la geografía social de Japón. Las ciudades niponas empezaron a crecer de manera descontrolada y las fábricas se situaron cerca de la mano obrera que en masa llegaba del sector primario. Los pueblos empezaron a perder su mano de obra, que sumado al de por sí ya deficitario porcentaje de suelo agrícola —13%— disponible en las islas, derivó en un encarecimiento de los productos agrícolas de gran demanda en las ciudades. El desarrollo industrial no fue acompañado de un desarrollo urbanístico. De ahí que muchas ciudades y barrios japoneses sean un laberinto difícilmente transitable. Por otra parte nace la «lucha de clases en las ciudades» y comienza la reubicación social según hablemos de burguesía, clase obrera o clase media. 

 
 

Después de la Segunda Guerra Mundial y de una época desesperanzadora para el pueblo nipón, como ya hemos visto antes, surgió una segunda revolución empresarial, la tecnológica, que al igual que la primera, condujo a la sociedad a un sinsentido productivo y unos métodos laborales que, aún hoy en día, causan asombro y cierto terror en los países con un mes de vacaciones. 

Jiro Taniguchi conoció a fondo la época Meiji gracias a su trabajo en los siete volúmenes de La época de Bochan (Ponent Mon, 2005), con guion de Natsuo Sekikawa, donde acentúa la crisis de identidad cultural japonesa. Por otra parte, Taniguchi no sentía un gran apego por las grandes ciudades niponas, superpobladas y, en cierta medida, deshumanizadas. Pero vivió en Tokio durante buena parte de su vida, así que el mangaka creó casi toda su obra como una especie de antítesis de lo que realmente apreciaba, de lo que afectivamente le era importante: la naturaleza y el humanismo; temas que Taniguchi supo trasladar a su obra. 

A lo largo de la fructífera e inigualable obra de Taniguchi, los tres temas que siempre subyacen en sus trabajos son: la naturaleza y la relación del ser humano con ella, la perdida de los valores culturales japoneses ante la expansión económica proveniente de occidente y, finalmente, una melancólica visión de un pasado —personal y nacional— que ya no regresará jamás. Taniguchi fundamentó y, en la gran mayoría de casos, fusionó toda esta temática, de manera que quedó interrelacionada, con amplios conocimientos de ornitología y etnobotánica, con el ser humano como paradoja final. Un creador de emociones ilustradas, de captación y difusión de los sentidos, como El olmo del Cáucaso (Ponent Mon, 2004) un manga de relatos basados en las novelas de Ryuchiro Utsumi que incide precisamente en una visión del ser humano dual, compuesta por la esencia interior y su íntima relación con el exterior. Quizá el montañismo alcance en sus obras la exacerbación de la naturaleza salvaje, un estado que solo unas pocas personas comprenden y aman, como es el caso de los dos volúmenes de El Sabueso (Ponent Mon, 2014) la historia de un trampero que se dedica a buscar perros perdidos por la montaña, o la imprescindible La Montaña Mágica (Ponent Mon, 2009) un retrato de la adolescencia desde un prisma fantástico, tan triste como hermoso.

En El Rastreador (Ponent Mon, 2006), Taniguchi nos propone otra historia sintoísta, de agradecimiento a la naturaleza. Shiga es un experto montañero que debe bajar a Tokio para encontrar a Megumi, la hija adolescente del amor de su vida y de su mejor amigo, muerto al intentar coronar una cumbre del Himalaya. De esta forma, Taniguchi nos propone los contrastes entre el Tao –buscarse a sí mismo en la montaña- como orden en la vida, con el desorden y la deshumanización de la gran ciudad. Así, el barrio de Shibuya, con sus karaokes, discotecas y diversión desbordante publicitada en un océano de neón, es reflejado como un lugar peligroso en el que encontramos prostitución adolescente y bandas de pandilleros juveniles. Si la maldad existe en Shibuya, la montaña representa la bondad y la pureza moral.

La montaña es un tema recurrente en Taniguchi; además hay una gran raigambre montañera en Japón con sus propios Alpes, que parten por la mitad la isla grande de Honshu, la isla donde se ubica Tokio. Hay dos obras puramente alpinistas en su obra, K (Otakuland, 2005) con guion de Shiro Tosaki y La Cumbre de los Dioses (Ponent Mon, 2005) con guion de Yumemakura Baku. Un material en el que se nos obsequia con amplias dosis de épica y amistad. En ambas obras, cuyo imponente telón de fondo es la cadena montañosa del Himalaya, los personajes, montañeros de primer nivel, están destinados a protagonizar hazañas emocionantes y representan el arquetipo de personas nobles y fuertes tan del gusto del autor.

Otro de los epicentros en la temática de Taniguchi es la nostalgia del pasado, una visión cargada de melancolía que tiene en Barrio Lejano su cúspide narrativa, la absoluta obra maestra del genio de Tottori. En El almanaque de mi padre (Planeta DeAgostini, 2002) Taniguchi ya había utilizado elementos personales para dar vida a un relato sobre el regreso del personaje principal a su pueblo natal, averiguando elementos del pasado matrimonial de sus padres que afectan a su presente. Pero es en Barrio Lejano (Ponent Mon, 2016. Edición integral), donde Taniguchi riza el rizo, sirviéndose de una argucia del género fantástico para proponer el relato definitivo sobre las afectaciones familiares que trascienden al tiempo.

Circunstancias no naturales hacen que Nakamura, un hombre de negocios de mediana edad, que ha formado familia y se ha asentado en Tokio, regrese al mundo de la preadolescencia en su ciudad natal. De esta forma, podrá indagar en las relaciones de sus progenitores y descubrir los secretos que marcaron su vida en la infancia real. Se produce en Barrio Lejano una pirueta argumental cuya caída hace añicos los procesos cognitivos del Nakamura adulto, transformando las realidades que afloran en el presente y que se descubren en el Nakamura niño. Desde esta perspectiva, la historia familiar, la añorada vida en el pueblo, la melancolía más pura, la infancia como lugar mágico frente al mundo incomprensible de los adultos, conforman un todo que resume la trayectoria de Nakamura y, de paso, permite al propio Taniguchi, al artista, al hombre, al adulto, rendir un homenaje a su propio pasado que, aunque parece distante, siempre está presente.

 
 

Puesto a recrear una historia puramente Taniguchi, sin recurrir al pretérito, sin duda que El Caminante (Ponent Mon, 2016) conforma una mirada a todo aquello que más le agrada; un elogio de la lentitud; la sencilla historia de un hombre que deambula en largos paseos por una ciudad a la que ha llegado para trabajar. Acompañado por un perro, al que recoge abandonado en la misma, El Caminante observa como todo fluye a su alrededor, descubriendo barrios, jardines y personas que directa o indirectamente aportan trazos de vida que le complementan y enriquecen en lo personal. El Caminante, así como buena parte de la obra de estos Gekigas, refleja un aspecto del carácter nacional nipón: el de «una pasión sosegada» (shimeyaka na gekijo). Un pueblo disciplinado que con su vida austera se comporta siempre con fidelidad a la autoridad, dedicación al trabajo, gran cortesía en sus relaciones sociales, y con la exigencia de no expresar las emociones personales.

Si antes destacaba la enorme versatilidad editorial del manga para publicar colecciones según edades, gustos e incluso orientaciones sexuales, ahora me gustaría resaltar el manga surgido desde la gastronomía. De facto, la mejor guía de la cocina japonesa es un manga: Oishinbo, que viene publicando regularmente Norma en nuestro país. Publicado, hasta la fecha, en siete volúmenes, Oishinbo es un completo recorrido por los muchos y variados manjares nipones, amén de ofrecer una visión cultural nipona a través de su gastronomía. Los personajes de Oishinbo —vocablo que surge de la fusión de dos palabras japonesas y cuya traducción sería el gourmet francés— se dedican a la búsqueda de un menú definitivo, conformado por platos tradicionales japoneses, las técnicas para prepararlos y los mejores lugares donde disfrutar de los mismos. Para digerir mejor semejante cantidad de información didáctica, los autores, el guionista Tetsu Kariya y el dibujante Akira Hanasaki se sirven de un humor costumbrista acompañado de una exageración gestual tan popular en las creaciones manga y anime japonesas. En Izakaya nos hablan de tapas, los aperitivos japoneses; al Sake, la espiritosa bebida alcohólica producida del arroz, le dedican un volumen completo, al igual que otro volumen a las verduras.

Pero no hay dudas que el Sushi y el Sashimi son los que más se han popularizado fuera de Japón. Es decir, las múltiples combinaciones entre el arroz, las algas y el pescado en el caso del Sushi; o el arte de cortar, preparar y servir el pescado fresco en el caso del Sashimi. De las influencias chinas, existe otro volumen dedicado al Ramen —sopa de fideos—, así como las empanadillas Gyoza, que forman una pata fundamental de la gastronomía nipona.

El Gourmet solitario (Astiberri, 2010) y su continuación, Paseos de Gourmet solitario (Astiberri, 2016) son otras de esas pequeñas-grandes obras de Jiro Taniguchi en colaboración con el escritor Masayuki Kusumi. Además de rendir homenaje a los grandes platos de su país, desde una simple sopa en una tasca hasta un elaborado menú de Tokio, el protagonista, Goro Inokashira, nos introduce en otra serie de platos menos conocidos, recetas locales o regionales de las distintas ciudades y distritos que visita, muchas veces por su trabajo. Mangas deliciosos que conviene leer con el buche lleno, si uno no quiere que le rujan las tripas.

Las nuevas generaciones niponas tienen en Inio Asano a uno de los autores que mejor reflejan sus inquietudes y formas de vida. El barrio de la luz (Norma, 2017), El fin del mundo y Antes del amanecer (Norma, 2016) son mangas que nos explican el mundo adolescente en Japón. La Universidad, la emancipación, el trabajo, el amor; temas que orbitan toda la obra de Asano alrededor de este periodo de la vida del adolescente japonés. Solanin (Norma cómics, 2014) es un trabajo sobre la vida, ilusiones y desesperanzas de unos jóvenes emancipados en el Tokio de nuestros días. Meiko es una joven que comparte relación y piso con Taneda. Ella decide irse de su empresa porque ésta no le llena su vida y necesita nuevas expectativas sobre su horizonte vital. Ahora bien, ha dado el paso sin tener nada claro lo que quiere sobre su vida. Solanin —llevada al cine por Takahiro Miki— refleja buena parte del espectro juvenil nipón a través de personajes tipo que funcionan como baremo del resto: rebeldía de unos frente al conformismo de otros; búsqueda de identidades laborales y personales propios frente a la indiferencia laboral. Asano compone un fresco paradójico de personajes y, de paso, introduce otros debates, como la comparativa entre la gran ciudad, a la que le atribuye una diversión a modo de espejismo, frente a la ciudad media o pequeña japonesa, donde todo parece que cobra un sentido, como mínimo de pertenencia.

Existen varias obras que hablan sobre el propio mundo del manga, sobre los propios gegikas. Una de las más interesantes es sin duda Una vida errante (Astiberri, reedición 2017) de Yoshihiro Tatsumi. Este extenso trabajo es, en sí mismo, parte de la historia fundacional del manga clásico, y a su vez, es la autobiografía del propio Mizuki y de su familia. Como en muchas cosas de la vida, no solo el talento sirve como detonante definitivo de un artista, y esta obra de Tatsumi es buena prueba de ello. Al talento hay que sumarle una poderosa fuerza interna para perseverar y, por supuesto, toneladas de trabajo. En un contexto duro, como el de la posguerra, con los problemas personales propios de la vida, y con una feroz competencia en un ámbito artístico y profesional que explota delante de las narices de Tatsumi, Una vida errante, no sólo resume el día a día del autor, sus fracasos, éxitos y expectativas; además, nos regala el proceso social, económico y cultural de Japón desde la posguerra hasta su época de modernización.

 
 

¿Qué es lo que separa al éxito del fracaso? Sin duda que Yoshiharu Tsuge fue el paradigma a esta pregunta, una cuestión que quedó reflejada en treinta años como dibujante manga; en al menos, un puñado de trabajos reconocidos por la crítica. Pero también se quedó colgado de su propia profesión, y de la vida propia, ya que no pudo ganarse la vida con garantías creando sus propias historias, y las zancadillas que sufrió de la industria manga, y el escaso reconocimiento profesional, marcaron el devenir de su triste existencia. Tsuge siempre tuvo presente su profesión en sus historias; sus propios trabajos contienen casi siempre una carga autobiográfica. En La mujer de al lado (Gallo Nero, 2017), Tsuge se transforma en Tsube —en Japón es norma llamarse por el apellido—, un alter ego hastiado de que el manga no le dé de comer y que tiene que dedicarse al estraperlo del arroz —sí, arroz— trayéndolo en camión desde la zona arrocera del río Tone, un área agrícola muy fértil al norte de Tokio, hasta la capital nipona, sorteando los estrictos controles policiales. Esta práctica fue habitual durante más de una década y la fomentaron los propios productores de arroz, que de esta manera vendían sus productos sin pagar impuestos. Sus personajes, dibujantes de manga, están siempre sin un duro, al borde de la indigencia misma y deben sobrevivir trabajando en lo que les va surgiendo, como un puesto de Yakisoba —tallarines con soja—para recuperar un dinero perdido en el juego.

En sus historias siempre hay alguna referencia al manga, como la revista juvenil Tsukai Book, donde debutó Tsuge, en un relato de un joven que trabaja de un taller de platería; o también la referencia explícita a su álbum El diablo de la máscara roja (1955, inédito en España) en el anteriormente citado El hombre sin talento. El mundo de perdedores de Tsuge, de precariedad diaria, esconde, no obstante, un pequeño alegato a la vida sencilla de personas, trabajos y barrios, una querencia por admirar lo que le rodeaba y en lo que se había convertido. Acabó reconociendo un desprecio por el manga: «me daba vergüenza ganarme la vida con miserables mangas por encargo», «me alejé de la profesión porque no tenía ninguna motivación», para abandonarlo de manera definitiva como rechazo a sí mismo.

Si el baremo sexual de un país se midiese por el volumen de cómics eróticos o directamente porno que se publican mensualmente, Japón estaría en lo más alto de cualquier estadística y, a buen seguro, se habría convertido en el destino favorito del turismo sexual, desplazando a Tailandia del ranking mundial. Pero esto no es así.

Mientras en el mundo del cómic europeo y norteamericano las publicaciones eróticas han desaparecido casi en su totalidad de las librerías, Japón sigue disfrutando de una larga trayectoria de manga erótico, denominado Hentai, hasta el punto de que algunas de sus obsesiones eróticas más primigenias poseen sus propias especialidades bien definidas. Esto nos permite conocer de primera mano los elementos que distinguen los deseos sexuales públicos de los ciudadanos japoneses.

Parece elemental que el deseo sobre lo improbable se esconda en cada una de las personas que con sus compras alimentan la publicación en masa de estos productos. Miss 130 es una de las grandes fantasías del ciudadano japonés lector de manga; un deseo que solo puede satisfacerse en las páginas en blanco y negro ideadas por Chiyoji Tomo (Kanagawo, 1950), el seudónimo de Susumu Tsutsumi. El disfraz autoral debe perdonársele cuando se conoce, que además de creador de hentai, Susumu fue un reputado especialista de una técnica pictórica tradicional conocida como nihon-ga. Publicado en España por La Cúpula, Miss 130 es uno de los mangas más vendidos de Japón y un icono gráfico, al igual que Excesos de Hachurui, sobre la gigantomastia.

Pero si realmente queremos pulsar la emoción erótica del japonés de a pie, entonces estamos obligados a citar el estilo hentai más popular del país: las adolescentes vestidas como colegialas con minifaldas de volantes. ¿Cómo ha alcanzado tal magnitud sociocultural una ficción erótica de éste tipo? Difícil respuesta, sin duda. Quizá solo sea un continuo regreso a esa edad tan efervescente del ser humano, el despertar sexual, el primer amor, las zozobras de la inmadurez, los patinazos amorosos y la creación de unas identidades que les sirvan para el futuro. Podría ser también que hablásemos del reverso de la moneda del carácter social japonés. Si nos consta que el pueblo japonés es muy trabajador, recatado en sus convenciones sociales, serio —con las ambigüedades que produce el uso de la palabra seriedad—, educados en el respeto al prójimo e introspectivos, quizá la lectura del universo femenino adolescente a través del manga sea su cara desconocida. Es decir, una sociedad donde tienen cabida el desprejuicio, la irreverencia y cierto cachondeo.

 
 

Entre los autores reputados que han dedicado parte de su obra a este tipo de manga erótico podemos encontrar a Masakazu Katsura (Shadow Lady, Strawberry 100%) o la autora Kayono, una mangaka de Osakacon una amplísima carrera en el género Shoujo

No solo el hentai proporciona erotismo o sexo explícito a raudales; existe en el manga un amplio abanico de trabajos en los cuales la picaresca erótica hace su acto de presencia. Un par de ejemplos: Peach del maestro U-jin desarrollada en una escuela de inglés y donde la comedia erótica es el centro del discurso; e incluso Dragon Ball de Akira Toriyama del que recordamos al personaje de Kame Sennin, el maestro de artes marciales de Son Gokü, siempre con un elevado grado de lascivia, 

Pero, ¿qué ocurre con el manga LGBTI y los movimientos de libertad sexual en Japón? 

Según el último informe de Human Rights Watch efectuado en las escuelas de secundaria de Japón, el buylling o acoso escolar a estudiantes declarados gais o lesbianas ha ido en aumento en los últimos años. Pese a que la libertad sexual no está prohibida, los derechos del colectivo siguen cercenados. En una sociedad donde la moralidad es siempre social, no de conciencia, parece evidente que la orientación sexual se esconde bajo el paraguas del individuo para evitar ser señalado o discriminado socialmente. La homofobia moral de la sociedad japonesa sigue siendo la gran piedra en el camino del colectivo LGTBI. Para dar visibilidad al movimiento se celebran desfiles del «Orgullo Gay» en distintas grandes ciudades de Japón. Son Parades modestas, pero absolutamente necesarias para dar visibilizar la libertad sexual. En Tokio se celebra una que pisa los barrios de Shibuya y Shinjuku, y es precisamente en éste último donde se puede encontrar material manga LGTBI, el denominado Yaoi. En este sentido, fueron las autoras niponas las que abrieron la lata a partir de 1970, con una serie de títulos emblemáticos como La Rosa de Versalles de Riyoko Ikeda o Raqueta de Oro de Sumika Yamamoto. Casi cincuenta años más tarde, el lesbianismo en el manga —denominado Shojo-ai– posee un catálogo mucho más completo y abierto que el manga homosexual —Shonen-ai—. 

Realmente hace falta mucho más que la lectura de manga para analizar la sociedad japonesa; pero a grandes rasgos, todo lo derivado del confucionismo y el budismo, por una parte, y de su manera social de entender la vergüenza, la ética y la moral derivada de los actos inaceptables de su cultura antropológica, vendrían a darnos una gran pincelada de su carácter histórico. 

Cuando la armonía de grupo –el denominado Ra —se rompe a causa de los deslices de alguno de sus miembros, —prostitución, corrupción empresarial, robo, infidelidad conyugal o incluso el mero hecho de haber sido despedido del trabajo o haber perdido la casa por no poder pagar la hipoteca— la vida puede cambiar radicalmente para el infractor o el caído en desgracia. Es habitual entonces que entre en escena la desaparición voluntaria e incluso el suicidio. Con una población de casi 130 millones de personas, desaparecer a otra ciudad, inclusive en la propia —imaginemos la desmesura de Tokio, por ejemplo— o largarse a alguna de las otras cuatro grandes islas niponas, para empezar de cero es algo habitual en su formato social. Cerca de ocho mil personas desaparecen todos los años en Japón, huyendo de su desgracia personal, pero sobre todo, social.

Los conceptos de sumisión y obediencia han evolucionado con las nuevas generaciones, pero siguen estando muy enraizados en la cultura japonesa. Es imposible entender esto sin repasar su historia milenaria y tener bien en cuenta que mientras en Europa, primero el Renacimiento y posteriormente la Ilustración, plasmaron una huella de humanismo y bellas artes, en Japón aún perduraba el más longevo sistema feudal, con las características de fidelidad y disciplina como eje de su férreo sistema socio-económico. Ése sistema, además guerrero y militarizado, le dio la espalda al mundo conocido por entonces, cerrando su cultura a la permeabilización de otros modelos ajenos. Ya como país único, ese estilo guerrero y la obediencia debida, unidos al descubrimiento del exterior y de las posibilidades de adquirirlo por la fuerza, concluyeron en una escalada militar sin precedentes. Del ostracismo al imperialismo en unos pocos pasos.

Su brutal derrota en la Segunda Guerra Mundial transformó Japón en muchos sentidos, pero esa fidelidad a la jerarquía —empresarial, social, política— se quedó como un ineludible poso de su carácter nacional. Dicho esto, me parece razonable introducir otros reversos a esta moneda, como por ejemplo, los signos de humildad y pobreza que podemos observar en el ritual del Té o a la entrada de un templo; el elevado concepto de gratitud y hospitalidad que atesoran; su paciencia infinita ante la adversidad; la empatía hacia sus semejantes.

La desolación de Yoshihiro Tatsumi, la apasionada visión melancólica y naturalista de Jiro Taniguchi, el horror de los conflictos bélicos de Shigeru Mizuki, la tristeza estoica de Yoshiharo Tsuge, las nuevas generaciones niponas plasmadas por Inao Asane, permiten un serio acercamiento al Japón actual, y de paso, nos dan acceso a los maestros gekigas del manga. 

 

Imagen de cabecera, detalle de la portada «Barrio Lejano» de Jiro Taniguchi

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.