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EL PÉNDULO

De Pale
Alba Muñoz

El día que atraparon a Radovan Karadzic yo estaba en Sarajevo. Formaba parte de un grupo de universitarios que se habían desplazado hasta Bosnia para investigar sobre un proceso de paz que solo había traído fango y estancamiento. La noticia nos sacudió la mañana del 22 de julio: habían encontrado al carnicero. Recuerdo que corrí hasta el quiosco, compré el periódico Oslobodenje y lo sostuve con las dos manos. Imaginé una de esas escenas en blanco y negro en la que hombres escuálidos agitan el titular que anuncia el fin de una gran guerra. La portada mostraba dos fotografías. A la izquierda, Karadzic trajeado en una imagen de los noventa. A la derecha, un curandero new age con una tupida barba blanca y un moño anudado en lo alto de la cabeza. El que llegó a ser el hombre más buscado del mundo, artífice del último genocidio perpetrado en suelo europeo, había permanecido oculto durante más de una década dedicándose a sus dos pasiones: la medicina natural y la poesía. 

Entonces se me ocurrió. Vámonos a Pale, propuse a mi amigo Ferran. El pueblo natal de Karadzic se encontraba a tan solo veinte minutos de la capital. Me di cuenta de que era una oportunidad para escribir la crónica que podía darme a conocer. Llegué a imaginar que aquello podía cambiar el rumbo de mi vida. Tenía 22 años y acababa de salir de la facultad. 

Cuando llegamos a Pale las calles estaban húmedas y vacías, y fue en medio de aquel silencio cuando nos dimos cuenta de que no teníamos ningún plan. 

Entramos en una taberna en la que varios hombres corpulentos fumaban con la mirada fija en un pequeño televisor, con la mirada fija en Karadzic. Entre sus dedos los cigarros parecían cerillas. Al fondo, en la trastienda, parecía desarrollarse una reunión bajo una luz ocre. Nuestra llegada la interrumpió. Varios hombres se asomaron tras la cortina de cuentas y empezaron a hablar entre susurros. Ferran y yo no teníamos ninguna coartada. De pronto, la del líder detenido parecía la única pregunta que no había que hacer. Pedimos dos chupitos de rakia para tratar de calmarnos y tramar una escapatoria. De pronto me fijé en que Ferran tenía la mirada perdida y no parpadeaba. Me giré sobre mi asiento y vi que un hombre con una gran barba blanca había entrado en la taberna. Llevaba un bolso cruzado en el pecho del que sobresalían plantas secas. El camarero se nos acercó y lo señaló: «Pedidle que os haga el visak». El visak era el péndulo. Lo utilizaban los videntes, místicos y curanderos balcánicos. 

Minutos después, el doble de Radovan Karadzic sostenía un peso de plomo sobre la palma de mi mano sudada. Pregunté sobre un chico del que estaba enamorada y el péndulo empezó a moverse en círculos cada vez más veloces. No recuerdo cuál fue el diagnóstico del herborista porque solo podía concentrarme en su cara, su expresión afable detrás de los cristales oscuros de sus gafas. Quería saber si conocía al asesino. Tal vez habían ido a buscar plantas medicinales juntos por los caminos que rodeaban Pale. 

Durante sus años como fugitivo, Karadzic había cultivado plantas en el balcón de su piso de Nuevo Belgrado. De joven estudió medicina y durante un tiempo ejerció como psiquiatra de un equipo de baloncesto de Sarajevo. Al parecer, los jugadores aún recuerdan las terapias motivacionales que el líder serbio organizaba en habitaciones a oscuras, en las que les pedía que cerraran los ojos y se imaginaran como abejorros que zumban de flor en flor. Sobre todo, conocía las historias que mujeres bosnias me habían contado sobre Karadzic, como la que contaba que había preparado unos brebajes especiales para los Tigres de Arkan, el grupo paramilitar serbio más temido durante la guerra. Las mujeres decían que aquella sustancia era una droga que volvió a aquellos hombres insensibles, y que por eso fueron capaces de hacer estallar bebés musulmanes contra la pared. 

Había viajado hasta Bosnia para investigar sobre las consecuencias de los acuerdos de paz, pero lo que realmente me atraía eran los niveles de locura fratricida que se habían alcanzado en aquel país diminuto. Quería aproximarme a la Historia con mayúscula, a uno de esos momentos en los que el ser humano se muestra en carne viva y lanza una advertencia cuyo eco dura para siempre.

El herborista nos hizo un gesto y salimos de la taberna. Le acompañamos hasta el final de la calle mayor de Pale, justo donde empezaba el bosque. Allí estaba su cabaña. En el interior había cientos de frascos etiquetados con letras cirílicas. Almacenaban líquidos amarillos, rojos, marrones. El hombre también elaboraba pequeños cestos de flores secas y los vendía como souvenir. Nos regaló uno a cada uno y nos invitó a seguirle montaña arriba. 

Llegamos a una estación de esquí que en verano funcionaba como cafetería. A Ferran y a mí la caminata nos tranquilizó. Terminamos haciéndonos fotos con el herborista y olvidamos hacerle preguntas. Solo cuando traté de divisar Sarajevo desde aquella cima recordé el asedio a la ciudad que las fuerzas serbias habían orquestado quince años atrás. Recordé el vídeo en el que Karadzic guiaba al escritor ruso Eduard Limónov por los puestos elevados de sus tropas. Le mostraba los cañones, las ametralladoras, y le contaba que los bosnios musulmanes eran los herederos de los ocupantes turcos. «Proponen dividir Bosnia en ocho cantones», «¿Ve cuántas mezquitas hay?». Al final del vídeo, Limónov aprovechaba la ocasión para probar puntería contra las calles de Sarajevo. 

Nos marchamos de Pale sin ninguna declaración, sin un relato consistente. Solo teníamos una anécdota inquietante con la que no parecía que fuéramos a llegar a ninguna conclusión. Durante los años siguientes estuve atenta a las noticias y efemérides. Buscaba una oportunidad para contar esta vivencia, pero poco a poco fue macerando y quedándose en el recuerdo mitificado de una reportera novata. 

Hace dos semanas el tribunal de la Haya condenó a Radovan Karadzic a cadena perpetua por el genocidio de Srebrenica. Sin embargo, no ha sido esta noticia la que me ha impulsado a escribir. A sacar, por fin, esta pequeña historia de la chistera. 

Recuerdo que hace once años me asombraba la tranquilidad con la que Karadzic explicaba la ofensiva militar, los motivos para la guerra. Sus argumentos eran sencillos y estaban llenos de un odio reposado: «¿Ve cuántas mezquitas hay?». Para mí aquel hombre culto, bien vestido y de apariencia respetable encarnaba un tipo de locura que no volvería a repetirse, una monstruosidad ligada al pasado. Con la noticia de su condena revisé algunos vídeos de la época y me di cuenta de que hoy su locura ya no me estremece, no me evoca nada con mayúsculas, ni me aterra. No me induce a pensar porque la siento cerca. Veo esta locura en los políticos de ultraderecha que hoy nos acechan con naturalidad: poseen la misma forma ligera de decir palabras que pesan y aplastan, palabras que en cualquier momento pueden empezar a girar y a girar con velocidad. Pensé que tendría que haberle preguntado sobre esto al péndulo, aunque es posible que el propio péndulo fuera la respuesta que buscaba. 

Alba Muñoz
Alba Muñoz

(Barcelona, 1985) es periodista. Fue redactora y editora en PlayGround y hoy colabora con El País y ElDiario.es, entre otros. Actualmente reside en Johannesburgo, Sudáfrica, donde se dedica al reporterismo y a la literatura.