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EL RETO DE AMAR DIFERENTE

Marc Serena y la lucha LGTB en África
Marina Hernández
Paty Godoy

«Lo peor que te puede pasar en el mundo es que te persigan por amar», explica  Marc Serena. Después del inesperado éxito en Asia de su libro La vuelta de los 25, el autor nos presenta un viaje por la geografía humana de las principales ciudades de África en su ¡Esto no es africano! En este acercamiento al universo LGBT encontramos, ante todo, una historia de valentía.

 

En 2009, en un auditorio de la ciudad de Oxford, la escritora nigeriana Chimamanda Adichie interpelaba a las conciencias más reduccionistas de Occidente con su idea del «peligro de una sola historia». La reflexión sigue la estela trazada por Chinua Achebe y, en breves palabras, viene a decir que en todas partes tendemos a aceptar una única versión de lo que es un país, una persona o una idea. Lo creemos sin preguntar(nos) si, del otro lado, la realidad se ve de diferente forma; sin la autocrítica necesaria para entender que un lugar no se puede explicar con una sola voz y con una sola mirada. 

Asumiendo que África no es un país, sino un continente gigante que a menudo se esconde tras la imagen de «lo negro», «el hambre», «la guerra» y otros estereotipos, Marc Serena (Manresa, 1983) plantea un viaje desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo dando voz a los más perseguidos de África: el colectivo LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales). Quince historias para hablar de una misma realidad. Quince voces que se juegan la vida para luchar por sus derechos y, también, contra esa única visión sesgada de lo que significa ser homosexual y ser africano al mismo tiempo.

 
 

No se consideran ilegales, sin embargo, las violaciones correctivas en Sudáfrica o Uganda, las mutilaciones genitales femeninas generalizadas en toda la franja subsahariana, ni tampoco la privación de ayuda médica a un enfermo de sida. Hasta la muerte, si es necesario. La cárcel y la exclusión social están a la orden del día. Incluso para el que pasa desapercibido ante las autoridades, el futuro augura escarceos con la prostitución para poder sobrevivir y, por tanto, muchas veces, el riesgo de contraer sida y otras enfermedades de transmisión sexual que, por no reconocerse el peligro, se dejan sin tratar. Y el resultado es un descontrolable ascenso que cada año mata al 75% de las víctimas de sida del mundo. Esta es la historia oficial: las estadísticas no mienten, aunque no sean más que estadísticas. Es sencillo hablar de fenómenos como la cárcel o la muerte, pero sufrirlos es otra cosa. Y más si la razón de la tortura o el encierro es el amor. Hagamos algo, entonces, para que los números de víctimas o de exiliados no parezcan realidades vacías: vamos a ponerles nombre.

Guirane es senegalés. Una tarde, a la salida de la escuela, unos hombres forzaron la cerradura del lugar donde se encontraba con un grupo de amigos y les empezaron a pegar, acusándoles de ser homosexuales. Su rostro salió en todos los periódicos y televisiones del país: su familia no tardó en enterarse y repudiarle. En los años que siguieron a aquella tarde, Guirane pasó de la cárcel a la calle, donde practicó la prostitución y contrajo el sida. La homofobia le impide hablar y buscar apoyo en las asociaciones adonde acude. Guirane está solo.

Mindelo, Cabo Verde. Tchinda es un hombre, pero es una mujer.  Tiene un cuerpo esbelto, calza tacones, y fue la ganadora del primer Festival Miss Gay de Mindelo. No tiene miedo de salir a la calle: «¡Nos ama todo el mundo!», exclaman las chicas. En Cabo Verde, frente a las costas de Senegal, las mujeres han conseguido una igualdad de derechos —se encuentra en el puesto 102 en la clasificación de los Derechos Humanos— y gracias a esto, las mujeres trans también gozan del respeto que merecen.

 
 
 

Infografía: Bárbara M. Díez

 

Son solo dos ejemplos de lo que pueden diferenciarse dos realidades paralelas a solo 652 kilómetros de agua de distancia (los que hay entre Praia, capital de Cabo Verde, y Dakar, capital de Senegal). De hecho, no hace falta salir de una misma ciudad para encontrar estas «islas de tolerancia» de las que habla Serena. Emprendemos camino al norte: Orán, una de las grandes ciudades de un país que se define como árabe, amazigh («hombre libre», etimológicamente) y musulmán, Argelia. A las afueras, todas las noches, se encienden las luces de los cabarets de música raï donde la homosexualidad encuentra un agujero ante la ley que la condena y donde las mujeres son bien admitidas y beben alcohol sin reservas. En uno de ellos hoy canta Hourari Mazouzi: tiene veintisiete años y ha publicado veinticinco discos. Es toda una estrella, pero tiene que actuar en los cabarets del barrio de Ain El Turk. La razón es simple: «no esconde su amor por otros hombres».

«No hay ninguna persona que viva en Marruecos que haya dicho públicamente que es homosexual», explica Serena, y es por esta razón que ni siquiera las asociaciones internacionales se manifiestan en la lucha por los derechos de los homosexuales en los países del Magreb. La religión, por supuesto, es una razón, pero no es concluyente: muchas veces es el peso de la tradición y —peor aún— la influencia de los medios de comunicación en la opinión pública los que degeneran la imagen de los homosexuales y nutren el odio hacia ellos. Los índices de audiencia mandan: si lo que el pueblo quiere es carnaza, se la daremos. En las páginas de los periódicos, listas de nombres de sospechosos de ser gays. El estigma está servido para todos ellos: exilio, tortura, cárcel o, en el mejor de los casos, solo exclusión social. El homosexual se ha demonizado hasta el punto de no pertenecer a lo natural. Otra vez nos encontramos ante el mismo fenómeno: el peligro de una sola historia.

Sin embargo, frente a los periódicos y los gobiernos («¿Los homosexuales? Son peores que los cerdos y los perros. Nunca le diría a mi perro que es gay porque se ofendería», dijo el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, en 2012), hay redes de ayuda que están surgiendo y hermanándose a través de todo el continente para salvar a las víctimas de la represión y el odio social. Así es como Serena contactaba con los protagonistas de ¡Esto no es africano!. A estas redes —que son «subterráneas e ilegales»— no se accede llamando a los teléfonos de información. Es más: quien quiera llegar hasta ellas ha de ganarse, primero, la confianza de alguno de sus miembros. No siempre fue fácil: algunos de sus contactos desaparecieron por el camino, algunas veces a causa del miedo a esas leyes que son «solo la punta del iceberg»; otras, al propio miedo a aceptarse a uno mismo.

 
 

La cárcel y la exclusión social están a la orden del día, el futuro augura escarceos con la prostitución para poder sobrevivir

No quedan tan lejos, sin embargo, los años en los que los escritores e intelectuales norteamericanos acudían a los países norteafricanos para vivir con libertad su condición sexual. El caso de Paul Bowles es el más conocido de entre todas las peregrinaciones que encontraron en Tánger un lugar donde escapar de la represión sexual estadounidense. En palabras del beat William Burroughs, hace sesenta años, Tánger era «uno de los pocos lugares que aún quedan en el mundo donde en la medida que no cometes un atraco, empleas la violencia ni asumes abiertamente una conducta antisocial puedes hacer exactamente lo que quieres. Es el santuario de la No Interferencia». Hoy, en Marruecos, la homosexualidad es un tema tabú. Los años de postcolonialismo dejaron en este lugar y en muchos otros una rémora implacable: para luchar contra el libre albedrío europeo y todo lo que restaba de los años en que Marruecos fue protectorado francés, las autoridades reforzaron sus políticas de control social e instituyeron el odio al diferente. Los homosexuales fueron llamados impíos. Del clima distendido (se ha llegado a llamar «de burdel») de algunas ciudades norteafricanas no queda ni la triste sombra de la literatura en las librerías.

Mohamed Chukri es tal vez el escritor más conocido de todos en lo que a Norte de África se refiere. Su caso es paradigmático: su obra cumbre, El pan desnudo (conocida en español también como El pan a secas) se publicó en inglés en 1973, en la traducción de su amigo Paul Bowles —del que luego escribiría una ácida crítica en Paul Bowles. El recluso de Tánger—, pero no vio la luz en su tierra, Marruecos, hasta el año 2000. Durante diecisiete años había encabezado la lista de libros prohibidos en Marruecos (o eso se dice; lo cierto es que  ningún editor quiso arriesgarse a publicar una obra que iba a conmocionar la opinión pública). Para entonces ya se había editado en más de cuarenta idiomas. En esta autobiografía parcial, Chukri profundiza en su propia infancia y adolescencia, asumiendo su homosexualidad y relatando no solo su primeras experiencias sexuales sino también la violencia extrema que se vivía en su casa. La obra es una maravillosa guía de las calles de Tánger y Tetuán en los años del hambre en el Rif.

El último de los autores marroquíes en escapar de la censura —publicando en Francia sus obras— ha sido Abdelá Taia, que es, por cierto, una de las referencias del autor de ¡Esto no es africano! Después de Chukri, Taia se ha convertido en el nuevo representante de una generación de autores que están abandonando sus propios países para defender una identidad que en su tierra les está negada. En su obra El ejército de salvación, publicada en español por Alberdania, Taia investiga, como Chukri, en su propia adolescencia, sin censurar los episodios en los que mantiene relaciones sexuales con hombres. En 2013 el mismo Taia presentó la película homónima en los cines europeos y americanos.

Lo que queda claro, después de leer los relatos de ¡Esto no es africano! es que cuando hablamos de LGBT en África, el miedo es uno de los denominadores comunes; el otro, la esperanza. Una realidad que para los de fuera está velada pero que Marc Serena nos presenta con valentía. ¿Su objetivo? Hacernos saber que todavía hay gente que lucha y que vive sintiéndose diferente. Una lección de aquellos que aman a quienes está prohibido y lo hacen con conciencia de saber quiénes son. 

Marina Hernández
Marina Hernández

(Madrid, 1989) Es periodista y escritora. Ha sido becada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Imparte talleres de escritura y edita diarios íntimos de mujeres en Índigo Editoras.

 
 
Paty Godoy
Paty Godoy
Reportera y videoperiodista mexicana. Es la corresponsal en España del periódico Excélsior de México. Le apasiona el universo audiovisual y sus maravillosas posibilidades de narrar lo humano. Colabora con la productora norteamericana Story Hunter y ha dirigido el DocuWeb Farselona (www.farselona.com)
 
 

En Vimeo: patygodoy // En Twiter: @patygodoy_