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LA BOCA ABIERTA DE LA POSVERDAD

Una postal de Italia
Martín Caparrós

«Postales» es la serie de artículos de Martín Caparrós en Altaïr Magazine. En ella repasa las fotografías que ha tomado en sus viajes como reportero. Es un punto de partida para escribir con libertad y hacer un periodismo que reflexiona sobre el mundo y contra el público, con honestidad y hondura.

 

La cola, esta mañana, se desborda de chinos. Es marzo, temporada baja, pero en Roma los turistas no se toman vacaciones —y en estos días los chinos son mayoría abrumadora. A veces pienso que el gobierno chino fomenta el turismo de los suyos para que nos vayamos acostumbrando: para que nos resulte cada vez más natural ver que se quedan con el mundo. La cola, en cualquier caso, se desborda de chinos que se ríen nerviosos como se ríen los chinos y esperan su turno para pasar la prueba. Adelante, al final de la cola, los espera la Bocca.

La Bocca della Verità es una de las farsas con más rating de ese país de farsas gloriosas que es Italia. La Bocca es una máscara de mármol, una cara redonda de un metro de diámetro pegada a un muro a la entrada de una iglesia de mil años, en medio de lo que fue, hace dos mil, el mercado de ganado de Roma. La Bocca es de aquellos tiempos: dicen que era la tapa de un desagüe en un templo de Hércules, y parece ser la cara de un dios que llamaban Océano. Pero lo que le dio la fama es un mito reciente, no más de cuatro o cinco siglos: que si quien mete la mano en esa boca ha mentido, la Bocca se la muerde. La primera vez que la ví, en los setentas, la Bocca estaba sola, casi abandonada: de tanto en tanto una persona se acercaba, miraba a todos lados y —furtiva, vergonzante— le metía la mano; esta mañana la cola de chinos tiene una cuadra y todos pasan, uno tras otro, y meten. Lo hacen, faltaba más, para la foto; lo hacen, también, porque quién sabe.

Son graciosos: no creen pero creen. Todos saben que no es cierto: todos saben que la Bocca nunca mordió una mano, que es de piedra, que las piedras no muerden y, sin embargo, en el momento en que meten la suya sus caras tienen ese raro rictus de suspenso y miedito. Son, creo, la mejor puesta en escena de la superstición que he visto en mucho tiempo.

 

(c) Martín Caparrós.

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La superstición —que algunos llaman religión— es eso: saber que algo no puede ser y no creerlo, y creerlo sin embargo. Imaginar por ejemplo que una boca de piedra puede morderte o que un señor puede resucitar o hacer resucitar o caminar sobre las aguas o una señora concebir con un soplo o parir siendo virgen o esas cosas. Saber que es falso pero creer que es cierto: durante mucho tiempo lo llamaron superstición; ahora lo llaman «posverdad».

La palabrita está por todos lados, y ya cansa. A veces es así: una palabra que no estaba aparece de pronto, se vuelve la cantinela de un momento, la canción del verano. Y, a veces, viene una institución supuestamente venerable y la sanciona: el Diccionario Oxford dice que «posverdad» es la palabra del año del año que pasó.

Un nombre nuevo para algo tan viejo: la dizque posverdad tiene una tradición tan antigua en nuestra civilización que resulta curioso que ahora se sorprendan tanto. Siempre nos gustó que nos contaran historias increíbles que queríamos creer. La gran diferencia es que ahora te las cuentan sobre temas menores: no es lo mismo convencerte de que Obama no nació en los Estados Unidos que afirmar que un dios inventó el mundo hace 5777 años; no es lo mismo publicar que Hillary Clinton explota criaturas que sostener que tenemos un alma inmortal que se va a pasar la eternidad en un resort lleno de ángeles. Son momentos, magnitudes, diferencias.

Mientras, indiferentes, los chinos siguen pasando, se ríen nerviosos —como se ríen los chinos—, saben que la Bocca no los va a morder pero temen que los muerda, se hacen la foto que justifica todo. Yo, desde un rincón, hago lo mismo: sé que no los va a morder, espero que los muerda, hago la foto. La única verdad —me digo— es que, pronto, si el mundo sigue así, si los Estados Unidos siguen suicidándose, si Europa se desarma en tonterías, todos seremos chinos, sus risitas nerviosas. ¿O eso también será una posverdad, un mito, una tontera?

Martín Caparrós
Martín Caparrós
Buenos Aires, 1957. Estudió historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y de cocina, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo, recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Herralde de Novela y el Premio Rey de España. Es autor de relatos como A quien corresponda, Los Living y Comí; también de libros de viaje como El interior, y de crónicas como Una luna y Contra el cambio, El hambre y Lacrónica. Su último libro es Echeverría.