Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

MENOS LIBROS, MÁS POETISAS

Las letras griegas tras diez años de crisis
Silvia Cruz Lapeña

En 2017 un 43.80% de los griegos reconoció que no lee. Las encuestas indicaban que en Grecia aumenta el número de lectores, pero también que los nuevos lo hacen por obligación: para pasar exámenes o por trabajo. Esas son las cifras oficiales en un país que ha vivido lo peor de una crisis que ha asolado el mundo entero y que diez años después también ha cambiado radicalmente el sector editorial de la cuna, no sólo de la democracia, también de la poesía occidental. Hace tres años, el Gobierno griego se cargó el Centro Nacional del Libro y lo único que se mantiene intacto es el IVA reducido (6%) y el estancamiento del e-book (1% de las ventas), que los expertos atribuyen al precio de los dispositivos.

Un paseo por varias librerías de Salónica y Atenas confirman que, como en España, no son los lugares favoritos de los griegos. En una visita de más de dos horas a Kardamitsa, tienda ubicada en la capital, que también es editorial y ofrece títulos nuevos y de segunda mano a buen precio, entraron dos personas y sólo una compró un libro. Sólo es una anécdota pero los testimonios de libreros, autores y agentes confirman que el panorama ha variado mucho y que, aunque en algunos casos puede ser la puerta a cambios necesarios, el giro no ha sido para mejor en términos generales.

Los números lo confirman: antes de la recesión, Grecia vivió un pequeño «boom» editorial. Si en 1990 se imprimían 3.000 nuevos títulos, en el año 2000 se publicaron más de 7.000 y más de 10.000 en 2008. Pero en 2012 la cifra se situó de nuevo en 7.000. Se editaba poco y se vendía aún menos. Por eso, en 2014, el Gobierno eliminó su Ley de Precio Fijo y permitió descuentos a voluntad del tendero. Las excepciones son los libros de ficción (lo que más se vende) y los infantiles (los primeros que sufrieron la caída de las ventas), que pueden rebajarse como máximo un 10%. 

 

«En una visita de más de dos horas a Kardamitsa, tienda ubicada en la capital, entraron dos personas y sólo una compró un libro»

+
 

Hasta aquí algunos números. Vayamos al pulso: en Vivliovardia venden libros y souvenirs. Tienen una buena selección de títulos en inglés junto a tazas y otros recuerdos con el nombre de la ciudad de Salónica estampado. «Los vendemos desde hace dos años para que cuadren los números», explica Konstantina, que trabaja desde hace 15 en esta tienda ubicada en la céntrica Plaza Aristóteles. El caso de Vivliovardia es un ejemplo de que las librerías han tenido que adaptarse. Y no sólo las pequeñas: en 2011 FNAC cerró todas sus tiendas en Grecia y dos cadenas nacionales como Eleftheroudakis y Papasotiriou, las más potentes en venta de libros, también lo han pasado mal. La primera tenía 31 tiendas en 2009 y sólo 3 en 2015. La segunda cerró todos los centros que le quedaban en 2016.

Las pequeñas echan la persiana o buscan formas de sobrevivir. Fue el caso de Hestia, librería con 120 años de historia en Atenas que cerró en 2013, pero volvió a abrir en otro local en 2014. Evangelia Avloniti, directora de la agencia literaria Ersilia, informa de algo que también se ve en España: «Están proliferando pequeñas tiendas que se esmeran en dar un servicio más personalizado.»

Al preguntarle a Konstantina por el libro que más vende en su local se dirige hacia un ejemplar que tiene el nombre de la autora, Lena Mantá, impreso en letras enormes. Es el tipo de libro que más se ha vendido durante la crisis. Lo llaman «literatura rosa» porque los compran mujeres de entre 20 y 50 años, pero no necesariamente hablan de historias románticas. A Konstantina no le gusta esa denominación. «Es despectiva y quizás no pasarán a la historia de la Literatura, pero han impedido que cerremos», dice la librera, que prefiere referirse a ellos como «libros de playa» y destaca los 80.000 ejemplares que se imprimen en primeras tiradas cuando lo habitual en Grecia es hacerlas de 500 a 2.000.

«En 2011, las novelas griegas superaron a las traducidas: 507 frente a 455», explica Socrates Kabouropoulos, ex jefe de la oficina del Centro Nacional del Libro, en su informe de 2015. Para este experto, no sólo los costes de traducción y derechos explican el auge de la ficción griega: «También es porque se usa la literatura como medio de reafirmar las nociones de identidad cultural, de identificarse y escapar de la dura realidad de la crisis.» 

La escritora Fotini Tsalikoglou lo explica de otra manera: «Cuando te arrebatan tus certezas, te ves obligado a mirar tu existencia, la individual y la colectiva, de otro modo.» Su última novela, The secret sister (La hermana secreta), ha sido traducida al inglés y narra la historia de los Argyriou, una familia griega de principios del siglo pasado. Su autora la describe como una alegoría de las luchas que ha habido en Grecia durante el siglo XX y es un éxito. Tsalikoglou cree saber porque sus compatriotas pasaron de colocar libros sobre política, economía y la Unión Europea entre los más vendidos al inicio de la crisis a decantarse por la ficción escrita en casa: «La gente necesita una narrativa de su pasado.»

 

«Por eso reclama que se pague al escritor por su trabajo y le disgusta que la situación económica haya llevado a algunos compañeros a pagar para que les publiquen»

+

«Para comprobar lo que dice, no hay más que dar una vuelta por Ano Poli, la vieja ciudad de Salónica ubicada en lo alto de un cerro»

+
 

La situación para los sellos también es complicada. La Feria del Libro de Salónica que se celebra en el mes de mayo estuvo a punto de suspenderse en 2016 después de que en 2013 el Ministerio de Cultura cerrara el Centro Nacional del Libro. Ahora, la organización del evento más importante del sector editorial está en manos de la Fundación Helénica para la Cultura. Para Evangelia Avloniti «se salvó la feria pero sigue faltando una institución que desarrolle la política nacional de promoción del libro.» La novelista Angela Dimitrakaki incide en esa idea: «Uno de los problemas del sector editorial en Grecia es la falta de apoyo estatal y de infraestructuras.» 

Los sellos registraron sus peores cifras en 2015, cuando el Gobierno de Alexis Tsipras ordenó el control de capitales y el cierre de bancos tras el referéndum que dio un «no» a las condiciones del rescate que imponía la Troika. Según la revista literaria O Anagnostis, la facturación de las editoriales cayó, sólo en ese mes, hasta un 90%. 

Pero las editoriales también cometen fallos. Para Dimitrakaki falta una crítica griega constructiva e imaginativa, pero también que los sellos apuesten por la calidad «en lugar de refugiarse en la cantidad.» En eso trabajan precisamente Kichli, Antipodes, Key Books o Ropi, algunas de las casas editoras que aparecieron en plena crisis y que se han convertido en la esperanza de un sector que entre 2011 y 2012 vio cerrar a los tres grandes sellos editoriales. «Ahora hay algunas medianas y muchas pequeñas», explica Avloniti, lo que demuestra que toda la jerarquía editorial en Grecia ha cambiado de arriba abajo. 

En cuanto a las condiciones de los autores, Dimitrakaki explica que sólo unos pocos «escritores serios» pueden vivir de su escritura, situación que se ha agravado con la crisis. Especifica que con «serios» no se refiere a los «escriben para vender, historias románticas con algo de Historia», es decir, los que según libreras como Konstantina salvan sus tiendas del cierre, sino a los que «aportan algo a la Literatura.» Ella ha publicado ya siete títulos, pero vive de su trabajo como profesora universitaria. Otros colegas, asegura, lo hacen como periodistas o traductores. A ella le gustaría que hubiera un contexto socioeconómico en el que pudiera aplicarse el enfoque marxista de la creatividad. «Poder ser creador, pescador y crítico, por ejemplo. Pero no estamos en ese punto.» Por eso reclama que se pague al escritor por su trabajo y le disgusta que la situación económica haya llevado a algunos compañeros a pagar para que les publiquen. 

Pero siempre hay quien está en peores condiciones, recuerda la agente Evangelia Avloniti: «Son los traductores. No sólo son los que están peor remunerados, sino que como autónomos están pagando impuestos cada vez más altos.»

 

«Precisamente en ese grupo de autores que viven en precario están los poetas, que en Grecia se han multiplicado con la crisis»

+

Precisamente en ese grupo de autores que viven en precario están los poetas, que en Grecia se han multiplicado con la crisis. Una buena muestra está recogida en un libro que publicó la editorial Penguin en 2016: Austericity Measures (Medidas de austeridad), compilado y comentado por Karen Van Dyck, profesora de Literatura Griega en la Universidad de Columbia. Los autores son en su mayoría jóvenes que dominan al menos dos idiomas y que no sólo se autoeditan sino que a veces también muestran sus poemas gratis en blogs y foros de Internet. 

«Aún cerrando librerías y con unos editores que no tienen claro si tendrán suministros de papel, los poetas siguen publicando», dice la experta en el prólogo donde destaca que las calles, las paredes y hasta los bares griegos se han convertido en los escenarios donde estos escritores han dejado también su pena, su protesta o su ira en forma de rima. Para comprobar lo que dice, no hay más que dar una vuelta por Ano Poli, la vieja ciudad de Salónica ubicada en lo alto de un cerro. Allí no hay muro sin eslogan, ni esquina sin una estrofa tatuada. Subir y bajar al barrio es una buena forma de entender lo que cuenta Van Dyck sobre los altavoces que se han inventado unas generaciones que han crecido con tasas de paro del 27%, sin recursos y en medio de un mar de lenguas, porque la segunda que dominan no siempre es el inglés: muchas veces es el búlgaro, el serbio o el árabe.

Anna Griva es un ejemplo. Y Phoebe Gianissi. También Eftychia Panayiotou. Porque la mayoría son chicas: «Las desigualdades generadas por la crisis han puesto de manifiesto otras que ya existían», opina Van Diyck sobre el hecho de que haya hoy «más mujeres que nunca escribiendo en Grecia.» No todas tocan abiertamente asuntos políticos, pero todas se sienten activistas. Y muchas reflejan un miedo que tardará en evaporarse. Así lo expresa Griva en Ways to Avoid Sadness (Formas de evitar la tristeza):

 

Ten cuidado donde pisas.

Si eres mujer, ten cuidado con tu vientre,

y de la manzana de Adán en la garganta, si eres hombre. 

Y si aún eres niño,

encuentra un camino al final

en el que puedas morir sin dolor 

y sin necesidad de parecer 

hombre o mujer.

 

Y para acabar, del verso al dato: sobre la venta de libros de poesía no ha sido posible obtener datos actualizados que den cuenta del fenómeno, pero sí hay uno sobre la edición de versos: de 444 nuevos títulos en 2008 se pasó a 547 en 2012 y según informa Socrates Kabouropoulos, la cifra sigue subiendo.

Silvia Cruz Lapeña
Silvia Cruz Lapeña

(Barcelona, España, 1978) Periodista. Ha publicado noticias, reportajes, crónicas y entrevistas en medios como El País Semanal, El Mundo, La Vanguardia, Ctxt o Letras Libres. Actualmente trabaja en Vanity Fair. Es autora de Crónica jonda (Libros del KO, 2017), libro en el que narra el viaje que hizo recorriendo los festivales de flamenco más importantes. Cuando alguien le pregunta por qué escribe sobre esta música, hace suya la máxima que empleaba Manuel Alcántara cuando le preguntaban «por qué el boxeo»: no era porque le gustara, es que le apasionaba. Lo que gusta da placer. Lo que apasiona, interroga. Le pasa igual con su oficio.