Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

MONTES DE ANAGA: EL MUNDO ANTIGUO

Aquí se agachó Humboldt (IV)
Ander Izagirre

En esta serie de Ander Izagirre encontraremos algunas caminatas por la isla de Tenerife para creernos un poco Alexander von Humboldt: Puerto de La Cruz, La Orotava, el Teide y Anaga. Y al final del camino, Fidelina Gallardo, ventera de Roque Bermejo.

 

Pide una cerveza sin alcohol, porque está de servicio. Es el policía de Anaga, el que patrulla esta comarca de montañas abruptas, bosques, barrancos y costa desierta, en la punta norte de Tenerife. El policía tiene cuarenta y tantos, es fibroso, enérgico, pelo canoso cortado a cepillo, lleva todo el día patrullando solo y tiene ganas de hablar. En la taberna solo estamos el camarero, un vecino, el policía y yo.

 

—Fíjate en los pueblos —me dice—. Están construidos en la crestas de los montes. Aquí todo son barrancos, casi no hay tierra cultivable, por eso hacen las casas en la punta de las rocas y dejan las laderas más suaves para plantar. Aquí los conflictos siempre son por límites. Vecinos que discuten por un metro de terreno. Es que eso te da la vida. Y siempre tenemos líos así.

 

Bebe media cerveza de un trago. Empieza con otra historia. Por la pausa y la media sonrisa, da la impresión de que ahora viene la buena.

 

—Aquí también pasó lo del Maso, lo del Brujo –dice, y se calla otro poco.

—¿El Brujo?

 

El Brujo, el Maso: Dámaso Rodríguez, antiguo legionario, mirón, violador y asesino. Le gustaba espiar a las parejas que se iban en coche a rincones apartados de Anaga para darse el lote, conocía los lugares más habituales de esas escapadas amorosas. En 1981 se acercó al coche de una pareja, sacó una pistola, mató de un tiro al chico, pegó y violó a la chica, se llevó el coche con la chica y el cadáver del chico hasta otra zona, los dejó allí y desapareció.

 

—La gente de la zona sabía en qué andaba el Maso —cuenta el policía—. Lo detuvieron, la chica lo reconoció y lo condenaron a un montón de años. Pero en 1991 un juez le dio un permiso de tres días, salió y no volvió.

 

Una semana después de que Rodríguez saliera de la cárcel, apareció el cadáver de un turista alemán en el bosque. Al día siguiente apareció el cadáver de la mujer del turista, también alemana, que había sido violada. La Guardia Civil buscó a Dámaso Rodríguez por las montañas de Anaga, pero el antiguo legionario conocía palmo a palmo los senderos, los barrancos, las cuevas en las que dormía, y siempre se escabullía. Los habitantes de algunas casas aisladas en la montaña escucharon a alguien que merodeaba cerca. En otras casas denunciaron pequeños robos de comida y ropa. Luego aparecían restos de esa comida y de esas ropas en cuevas y chabolas que el Maso iba utilizando. Durante una temporada incluso se cerró la escuela, para que los niños no anduvieran por los caminos de la comarca.

 

—El Maso estuvo cosa de un mes escapado. Al final lo pillaron en una casa, en Solís. Era una casa en el monte, la familia no vivía allí. Pero un día fueron, vieron que la puerta estaba forzada y que dentro andaba alguien. Se marcharon echando leches y llamaron a la Guardia Civil. Esos días todo el mundo andaba acojonado. Vinieron los guardias, rodearon la casa y el Maso se lió a tiros. Al final se mató con una escopeta. Lo encontraron tumbado en la cama de una habitación.

 

El policía termina la cerveza.

 

—Pero bueno, esto es una zona muy tranquila.

 

El vecino, que ha callado todo el rato, dice que en aquellos días de la fuga del Maso él se llevaba siempre la escopeta en el coche, cuando tenía que conducir por el monte.

 

—Hombre, sí que hay que tener cuidado con los ladrones —sigue el policía—... Se esconden en el bosque, cerca de los miradores de las carreteras, porque allí los turistas dejan el coche, salen a sacar unas fotos o a dar un paseo. Entonces bajan rápido, abren el coche, roban lo que pillan y vuelan. Si paras en algún mirador, no dejes nada en el coche. Y cuidado con las carreteras, que son muy estrechas, ya has visto cómo bajan por los barrancos, son peligrosas. Cuando llueve, caen muchas piedras, tenemos que andar limpiando. Pero bueno, como se ve que son carreteras tan peligrosas, la gente conduce con mucho cuidado y casi nunca tenemos accidentes. Esta zona es muy tranquila, yo estoy muchísimo más tranquilo aquí que cuando trabajaba en Santa Cruz.

 

Anaga, a solo veinte kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, es un mundo remoto, tranquilo y muy viejo.

Antes de que existiera la isla de Tenerife, del océano emergieron tres islotes volcánicos. Uno de ellos se corresponde con el actual territorio de Anaga, que empezó a brotar hace nueve millones de años y siguió creciendo de erupción en erupción hasta hace cuatro millones. La mitad norte de aquella isla de Anaga se fracturó, sufrió grandes desprendimientos y desapareció entre las aguas. La mitad sur se unió a la naciente isla de Tenerife: es el actual macizo de Anaga.

Erosionada durante millones de años, aquella vieja montaña volcánica está ahora en el puro esqueleto: es una sucesión de crestas muy afiladas y barrancos muy profundos, como si los vientos y las lluvias le hubieran disuelto las carnes. En las cuevas de la zona encontraron momias guanches. Los humanos se instalaron en el fondo de esas vaguadas, donde se acumula la poca tierra estable y fértil, donde los colonos castellanos plantaron cañas de azúcar y donde ahora se cultivan viñedos. Desperdigadas entre barrancos, también permanecen algunas aldeas remotas.

A veces no es fácil verlas. Desde el mar, los vientos alisios traen un manto permanente de nubes que trepa por la montaña y riega, en las alturas, un bosque extraño: la laurisilva. Es otra reliquia, un bosque espeso, antiguo, de hace millones de años. En estas laderas volcánicas crecen laureles, fayas, acebiños, palos blancos, tejos, las rocas están tapizadas de musgos, helechos y lianas. Hace veinte millones de años estas selvas nubosas y templadas cubrían media Europa y el norte de África, pero las glaciaciones acabaron con ellas, y solo quedan restos en algunas islas atlánticas como las Canarias, en algunos parajes de América del Sur y África del Sur.

Humboldt se lo perdió. Dio un paseo breve por estas montañas para recolectar plantas pero no quedó satisfecho: «La sequía y el polvo han destruido la vegetación». Es una pena, porque el macizo de Anaga presume de la mayor biodiversidad, la mayor concentración de especies por kilómetro cuadrado de toda Europa (sí: se incluyen en Europa) y la Unesco le dio el título de reserva de la biosfera en junio de 2015.

La pequeña carretera que recorre el lomo de los montes de Anaga termina en el pueblo de Chamorga. Allí hay una ermita, hay un bar que sirve carne de cabra, papas con mojo y vino local, hay dragos y hay una obligación: la de calzarse las botas si se quiere avanzar. Se acabó el asfalto y empiezan los senderos.

Chamorga es una puerta a dos planetas muy distintos.

Hacia arriba, donde las nubes se enredan en la montaña, se extiende el bosque empapado y caliente de la laurisilva. Un sendero hipnótico sube por la penumbra, con chorros de luz aquí y allá, que encienden destellos en el musgo, la hojarasca, los troncos plateados. En el Cabezo del Tejo se abre un mirador panorámico sobre la costa de Almáciga y Taganana. Es un litoral negro, batido por la espuma y el salitre, una costa erizada de crestas, torres, pitones, cuchillas y roques, como una mandíbula abierta con sus colmillos listos para atacar cualquier amenaza que llegue del océano. Todas esas prominencias son restos del magma que se enfrió lentamente en el interior de chimeneas volcánicas y que cuajó en un material más resistente a la erosión, es material más duro que el resto de la montaña, son picos que quedaron desnudos y afilados cuando el viento y la lluvia retiraron las tierras más blandas que los envolvían.

De Chamorga hacia abajo, donde las nubes aún no cuajan, se extiende una costa árida. Hay que ponerse suculento. Es decir: acumular agua y nutrientes para resistir la sequía. Para eso están el bar Casa Álvaro —cuando está abierto— o la fuente del pueblo. Un camino sube primero hacia el monte Tafada, en cuyas laderas resecas crecen precisamente las plantas suculentas, aquellas que desarrollan hojas muy gruesas para almacenar agua y resistirse a la evaporación: los cardones con forma de candelabro, las greenovias con sus rosetas verdes, las chumberas, los aloes, algún drago. Desde la pequeña cumbre de Tafada, en la que hay una casa en ruinas, el camino baja en picado hacia el mar y ofrece vistas sobre dos islotes, otros dos restos de material volcánico más duro: el Roque de Tierra —una pirámide rocosa de 180 metros de altitud- y el Roque de Fuera -parece un saurio de piedra, con la cabeza y el lomo fuera del agua—.

En la cumbre de Tafada se situaban los atalayeros, para encender fuegos y orientar a los barcos que bordeaban esta punta noreste de Tenerife. Más abajo está el faro de Anaga, construido en 1861, dirigido siempre por un hombre y alimentado siempre por las mujeres: ellas cruzaban las montañas y bajaban los barrancos hasta la costa, transportando sobre sus cabezas las vasijas de aceite de oliva con las que encendían el faro, luego vinieron las garrafas de parafina y las de petróleo. Y el camino baja todavía más, a la cala de Roque Bermejo, donde los pescadores establecieron una minúscula colonia de supervivencia. Aquí se refugiaban cuando había reboso: mar de fondo con oleaje. Construyeron un pequeño muelle, unas casetas, y algunos se instalaron aquí definitivamente, en esta cala, en el fondo de un barranco, alejados de cualquier camino terrestre.

Ahora la aldea de Roque Bermejo es un puñado de casetas de colores que parecen dados lanzados desde la montaña, que fueron rodando barranco abajo hasta pararse en el borde del mar. En la parte alta hay varias casas descalabradas, bancales devorados por el matorral y una ermita en cuyo interior se apilan sacos, tablas y tejas. Aquí no llega ninguna carretera, solo el sendero que baja del monte Tafada y del faro de Anaga, y el otro sendero que baja por el barranco.

Es, al primer vistazo, un pueblo abandonado.

Pero cerca de la playa me encuentro con una casa recién pintada de blanco y azul, parece una villa egea. Tiene una placa solar. Y a la puerta se asoma una señora con blusa verde, falda negra y sombrero de paja. Me da los buenos días, le doy los buenos días.

 

—Ah, usted no es alemán.

 

En Roque Bermejo las personas suelen ser de dos tipos: los de Roque Bermejo y los alemanes que a veces pasan caminando.

La mujer se llama Fidelina Gallardo y tiene 78 años. Me invita a pasar al interior de la casa, a un cuarto sombrío, fresco, que tiene una mesa con mantel de hule, un frigorífico y un mostrador. Detrás del mostrador hay una estantería con paquetes de galletas, latas de refrescos, cerveza, vino, ron, aceite, tabaco, latas de conservas, plátanos y papel higiénico. Fidelina es la ventera de Roque Bermejo. Compro un refresco y unas galletas.

 

—Usted tampoco es alemana.

—No, no. Yo me casé con un pescador de Roque Bermejo y me vine a vivir aquí. Me casé con 23, tengo 78, eche las cuentas.

 

Fidelina nació en una cueva de la montaña de Las Bodegas, a pocos kilómetros de aquí, cerca de la Punta de Anaga. Con ocho años cuidaba las cabras de la familia, alguna vaca. La siguiente muesca en su biografía es la boda.

 

—Me casé con 23, me vine con el marido a Roque Bermejo y nos pusimos a vivir en casa de la suegra, en una habitación, entonces no había otra manera.

 

Tuvieron dos hijos, a la primera le dio el pecho dos años porque no tenía casi nada más para darle.

 

—Antes era todo miseria. Yo subía con el pescado a los pueblos para cambiarlos por papas. Mi suegra nos daba alguna gallina. Así vivíamos, era la pena negra. Ahora la gente gana mil euros, tiene casa, tiene coche, se compra toda la ropa que quiere. Yo solo tenía un vestido, lo lavaba, lo cosía, y siempre con el mismo. Me hubiera gustado ser joven ahora, tienen todo lo que quieren. Me dan un poco de envidia, pues sí.

 

Fidelina tiene fotos antiguas en la pared. Se ven algunos hombres junto a un bote de pesca.

 

—Aquí la gente pescaba pero sobre todo vivía del bosque. Subían al bosque y hacían carbón, sacaban madera, hacían varas de brezo, de haya, de acebiño. Las varas las vendían como tomateras. Este puerto era sobre todo para eso: para sacar el carbón y la madera, para llevarla a otros pueblos, a Santa Cruz. Se pescaba, pero sobre todo se sacaba madera. Entonces no había carreteras. Era mucho más difícil ir por tierra a Santa Cruz que por mar. Mis hijos se criaron aquí. En las huertas teníamos papas, lentejas, habas, trigo, cebada, de eso comíamos. De eso y de las cabras y las vacas y de algo que se pescaba. Si la niña se me ponía mala y si había reboso, no podíamos salir por mar. Me la echaba así, al hombro, y subía por el monte. Eran cuatro o cinco horas hasta Igueste de San Andrés. Allí ya había médico. Ahora la carretera llega hasta Chamorga, pero yo ya estoy mayor y subir allá me cuesta dos horas.

 

Fidelina y su marido juntaron un poco de dinero y se marcharon a la ciudad.

 

—En Roque Bermejo los niños no iban a la escuela. Por eso, cuando ya tenían siete, ocho años, compramos un piso en San Andrés y nos fuimos allá, para llevarlos a la escuela. San Andrés está cerca de Santa Cruz, ¿lo conoce? Pero seguíamos viniendo al Roque, y así seguimos. Venimos mi marido y yo, pasamos una temporada aquí, otra en San Andrés. Algunos otros también vienen, pasan aquí unos días, unas ocho o diez personas. El Antonio es el único que vive siempre aquí, trabajando en las huertas. A veces vienen unos alemanes muy buenos. Son amigos. Una vez invitaron a mi marido a Alemania, le pagaron el avión y todo. Vienen y hacemos parrandas con ellos, nos gusta mucho la parranda. En la casa tenemos cuatro guitarras y un laúd.

 

Fidelina enseña las fotos enmarcadas en la pared. Aparece un grupo de gente tocando la guitarra, bailando, cenando en una terraza. En otra foto aparece ella, con unos sesenta años, caminando con dos cajas de cervezas sobre la cabeza.

Le pido permiso para sacarle una foto en la puerta de la venta. Recela un poco.

 

—No será usted inspector, ¿verdad?

 

Las cuatro o cinco casas más cercanas a la playa están bien pintadas y cuidadas. Se escuchan voces. En la arena negra, justo debajo una ventana, alguien ha colocado piedras que forman las letras “te kiero” dentro de un corazón. Un chico y una chica de veintipocos se bañan en la cala, su perro les mira desde la orilla. Un señor da una mano de pintura azul a una chalupa. Otro pone una olla al fuego, en una cocina con las ventanas abiertas al mar. Fidelina sale con una cesta a llevarle el almuerzo a su marido, que está pescando en el bote, y cuenta que la ermita la están rehabilitando. Hace treinta años que no se celebra una misa, desde que murió el último cura que venía, el siguiente ya no quería venir hasta aquí. Pero antaño en esa ermita se casaban las parejas. Y ahora la van a arreglar, dice.

El camino de regreso a Chamorga sube por el barranco de Roque Bermejo. En algunos puntos las rocas aparecen pulidas y brillantes por las pisadas: es el camino abierto por los pasos de los vecinos, arriba y abajo, durante tantos años. Es el camino camino por el que subía Fidelina con 28 años y su niña enferma a hombros, el camino por el que aún sube Fidelina con 78, para salir hacia el resto del mundo.

Ander Izagirre
Ander Izagirre

Ha publicado crónicas sobre las víctimas de la violencia en Colombia, los supervivientes de Chernóbil, los porteadores de la cordillera del Karakórum, las niñas que trabajan en las minas de Bolivia, los campesinos que se rebelan contra la Mafia en Sicilia, los ciclistas que se dopaban con bacalao, también sobre su vuelta a España en vespa. En 2015 fue galardonado con el Premio Europeo de Prensa y en 2017 recibió el Premio Euskadi de Literatura 2017.

 
 

En Twitter: @anderiza