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PAISAJE CON CASTILLO

y vampiro
Rodrigo Fresán

Recuerda (porque ciertos comienzos acaban resultando inolvidables y se imponen más allá de todo final, inicios arrancando una y otra vez, como en un loop de memoria recurrente) que empieza así:

Un 3 de mayo a finales del siglo XIX, el agente de bienes raíces y pasante de procurador Jonathan Harker escribe en Bistritz —en su diario y con modales taquigráficos— que partió de Munich a las ocho de la noche y llegó a la mañana siguiente a Viena.

Y él viaja junto a Harker y al mismo tiempo; aunque lo haga tantos años después y tan lejos de allí. Porque él tiene entonces unos ocho años de edad y más o menos unos tres años de lector. Vive y obra en esa época maravillosa en la que se es joven y se es un lector joven y por delante queda toda la vida por leer y todos los libros por vivir.

Y leer es como viajar y nunca el efecto es más claro y poderoso en este sentido que cuando una novela comienza con un viaje.

Y la novela se titula Drácula y es de 1897 es el primer libro que él lee en —así lo anuncia la contraportada, en rotundas mayúsculas, porque hasta entonces el libro había sido editado con cortes varios— «PRIMERA VERSIÓN COMPLETA» y, detalle importante, sin ilustraciones. (Aunque la edición carece de ese apéndice que es el relato Dracula's Guest, publicado de forma póstuma, 1914, pero suponiéndose capítulo extirpado del manuscrito original con otro viajero, sin apellido, siendo seducido durante la embrujada Noche de Walpurgis, por una vampírica y licantrópica Condesa Dolingen de Gratz).

Y él empieza a leerlo en la casa de sus —como los escribiría/recordaría después—«findemundistas abuelos del verano». Los padres de su madre: una pareja de émigrés rusos, al sur del sur, en Canciones Tristes, donde han abierto la primera librería y distribuidora de periódicos. (Los padres de su padre viven en la capital y son también rusos y jugadores profesionales de blackjack por los casinos del mundo y, a diferencia de los padres de su madre, no dejan de moverse.) Él y su hermana Penélope pasan las vacaciones allí, casi donde acaba el mapa de su hoy inexistente país de origen, junto a su tío. Su tío que no es exactamente su tío sino —como dicen sus padres— un «tío adoptivo». Su tío que «tiene problemas» aunque sería más acertado decir que son los problemas quienes tienen a su tío y lo poseen. Su tío que odia a Canciones Tristes en particular y que odia a la Patagonia en general y que se define como «pat-agónico». Su Tío Hey Walrus quien alguna vez trabajó con The Beatles y quien —día atrás, en la capital, en una de esas salidas nocturnas entrando y saliendo de librerías que no cierran hasta casi el amanecer cuando los vampiros lectores vuelven a sus lechos luego de haber chupado toda esa tinta, junto a las estanterías, leyendo de parados aquello que no pueden comprar y que a veces roban— le ha regalado Drácula de Bram Stoker a él y Cumbres borrascosas de Emily Brontë a Penélope. Cumbres borrascosas comienza con un viajero que llega y Drácula con un viajero que sale. Drácula empieza con un viaje; y él lo lee viajando hacia la casa de sus abuelos, en Canciones Tristes, durante un largo viaje en tren lento.

Y podría argumentarse (lo pensará varias décadas después, ya escritor además de lector; en realidad excritor luego de haber sido escritor y nextcritor, porque ahora ya no escribe sino que tan solo piensa en lo que podría llegar a escribir pero nunca llega a eso) que toda trayectoria de novela se apoya sobre dos impulsos temáticos básicos: el quedarse en familia o el salir de viaje. Y en que muchas veces se parte a la aventura por la única necesidad de dejar atrás y bien lejos al propio clan, mientras que en otras ocasiones se sale de casa sólo para tener la oportunidad de volver junto a ellos.

Dentro de este esquema —ya se sabe y como bien postuló Lev Tolstoy— hay familias felices y tristes causantes de odiseas tormentosas o de paseos plácidos. Y también figura y abunda la familia loca que te vuelve loco o que, genéticamente, te hace enloquecedor. Su caso, sin ir más lejos.

Y en ocasiones, como en Drácula, se construye una casi alucinada familia nueva en base a desconocidos pero reconociéndose en un objetivo común y, en ocasiones, mucho más poderoso que el apellido y la sangre. Así, en Drácula, Jonathan Harker y Wilhelmina «Mina» Murray Harker y Lucy Westenra y Arthur Holmwood y John Seward y Quincey Morris y Abraham Van Helsing (esa cruza de Sigmund Freud con Sherlock Holmes) se unen para combatir y derrotar al monstruo que, si se lo piensa un poco, es como si los adoptase a todos ellos. Drácula como un padre terrible pero indispensable que les da a todos ellos —tan aburridos hasta entonces en sus victorianas y monótonas vidas— una razón de ser y de pertenecer y de sentirse tan unidos. Una causa común y un sentimiento compartido: la persecución de ese noble decadente y centroeuropeo que, después de todo, lo único que quiere es invertir en propiedades en Londres (en el Whitechapel de Jack El Destripador y en el distrito teatral Picadilly Circus donde años más tarde una obra sobre su vida y muerte convocará multitudes); de tanto en tanto alimentarse sin llamar la atención; y dejar atrás su ruinoso castillo en los Cárpatos y a esas tres hermanas locas o sedientas «novias» que no lo dejan descansar en paz.

Y él lee todo eso y avanza y con cada página que pasa siente como atrás van quedando Sandokán y D'Artagnan y Nemo y tantos otros en versiones «aligeradas» para facilitar su digestión por las pupilas de niños, de clásicos por siempre juveniles de la colección Peter Pan. Volverá a encontrar a todos ellos en películas, supone; pero ya nunca en letras negras sobre papel blanco. Y, sí, lo que más le atrajo de la novela de Stoker fue —bajo el título en letras sangrantes y de estética muy pop— fue, ya se dijo, la leyenda PRIMERA VERSIÓN COMPLETA.

Sí: de pronto él es adulto, de pronto viaja solo.

De pronto, con Harker —quien pasa por «Buda-Peshta» y comenta los puentes del Danubio y hace noche en el Hotel Royal de Klausemburg, donde le sirven pollo con pimentón o paprika hendl y pide la receta «para mi querida Mina», y desayuna mamaliga impletata, y más recetas para Mina—, él también sale rumbo hacia lo desconocido. Hacia todos esos libros que, a partir de ahora, serán tal y como los escribió un adulto y no especialmente manipulados para la comprensión de injusta y arbitrariamente subestimadas mentes infantiles.

Y allí Harker duerme mal. Comida pesada o —en algún lado entre el sueño ligero y el pesado insomnio— un perro ladra toda la noche bajo su ventana. (Y podría escribirse —de hecho lo escribe, en alguna revista gastronómica en las que colaboró o colaborará durante su próxima juventud ya pasada— un tratado sobre la indigestión y su relación con el género terrorífico: porque Stoker crea a Drácula luego de una cena tardía a base de cangrejos muy fuertemente condimentados y al despertar de la pesadilla que le provoca una excesiva y tardía cena de cangrejos muy condimentados despertándose entre alaridos y anotando al despertar que «Un hombre joven sale en una excursión. Ve a varias muchachas y una de ellas intenta besarlo no en los labios sino en el cuello. Viejo Conde irrumpe —rabia y furia diabólica—y exclama: "Este hombre me pertenece. Es mío"». Y, otra vez, la parte soñada deviniendo en parte inventada a partir de la parte inmediatamente recordada. Mientras que H. P. Lovecraft imagina por primera vez al tentacular y gelatinoso ancestral dios Cthulhu, aseguran, después de una intoxicación con mariscos).

Luego, Harker se apresura a llegar a la estación y «más de una hora en mi compartimiento, antes de que el tren se pusiera en marcha. Por lo visto, cuanto más se interna uno en Oriente, menos puntualidad tienen los ferrocarriles. ¿Qué ocurrirá, pues, en China?», se pregunta Harker mientras mira planos sin comprenderlos, buscando la situación de su noble cliente y de su morada y no es sencillo. Región salvaje e indómita que se resiste a ser puesta en mapa. Punto suspensivo la frontera de tres estados —Transilvania, Moldavia y Bucovina, en los Cárpatos— y Bisritz como único sitio más o menos encontrable y desde allí viajar en diligencia. 

Y él busca y encuentra un atlas en casa de sus abuelos y va marcando todos esos nombres y subraya algunos párrafos en Drácula («Las mujeres eran bonitas cuando se las miraba desde lejos, pues la mayoría eran tan gordas que carecían de talle») porque sí, se adentra en esa nueva era y época y edad en la que él, de pronto, se descubre mirando por la calle a chicas de un modo en que no las miraba antes, cuando ni siquiera las miraba, y se pregunta si no se estará despertando dentro de sí algún tipo de pulsión vampírica o al menos sedienta y...

Harker en Bistritz, en la posada La Corona de Oro (recomendada por el propio Conde, quien le ha dejado allí una carta donde se lee «Duerma bien esta noche» y le anticipa que su carruaje lo esperará en los altos del Borgo para conducirlo al castillo) y allí todos fingen no comprender su alemán y no lo miran a los ojos y, cuando les pregunta si conocen a Drácula, se persignan sin pausa como si se espantaran moscas o, mejor, mosquitos. Horas después, cuando Harker se dispone a continuar viaje, la posadera, «con voz alterada», exclama: «¿Tiene que ir verdaderamente allá? ¡Oh, pobre joven! ¿De veras tiene que ir allá..? ¿Sabe a qué día estamos?
 Cuatro de mayo. Es la víspera de San Jorge. ¿Ignora usted que esta noche, cuando den las doce, todos los maleficios reinarán sobre la Tierra? ¿No sabe acaso a quién va a visitar y adónde va?». Y la mujer cae de rodillas y le ruega que no vaya y le entrega crucifijo; pero Harker, anglicano, considera tales objetos como «reliquias idólatras». La mujer insiste «por el amor de vuestra madre» y Harker, incómodo, accede a colgarlo de su cuello. Y sube al carruaje mientras los locales pronuncian palabras que Harker encuentra en su diccionario de viaje: «Vi que ordog significaba "Satanás"; pokol, "infierno"; stregocia, "bruja"; vrolok vlkoslak, algo semejante a "vampiro" u "hombre-lobo", en dos dialectos distintos. (Debo interrogar al Conde acerca de estas supersticiones)». Y todos los despiden haciéndose la señal de la cruz.

Viaje agitado, malos caminos, curvas peligrosas, digestión pesada (Harker ha masticado un «filete de bandido, es decir, unos pedazos de tocino acompañados de cebollas, buey y paprika, todo enrollado en unos bastoncitos y asado sobre las llamas directamente, como se hace en Londres con los despojos. Bebí mediasch dorado, vino que cosquillea ligeramente en la lengua, sin que su gusto sea desagradable en absoluto. Solo tomé dos vasos»). Pero el paisaje lo distrae. Bosques y colinas y selvas y aldeas y los Cárpatos al fondo de todo. Y al caer el sol otro mundo parece levantarse mientras el coche sube por el Paso del Borgo. Y extrañas fosforescencias a ambos lados del camino y los otros pasajeros de la diligencia le obsequian a Harker cosas como rosas silvestres secas y dientes de ajo e insisten con eso de dibujar cruces en el aire con las puntas de sus dedos temblorosos. «Todo era nuevo para mí», piensa con letras Harker. 

Y todo no es tan nuevo para él, viajando con Harker: porque ya ha visto la versión cinematográfica de Drácula con Bela Lugosi en la que Harker no es Harker sino Renfield (el mismo actor que también será el jorobado Fritz en Frankenstein con Boris Karloff y está claro que hay una categoría interpretativa que es la de secundario terrorífico, piensa).  

Al llegar al cruce del Borgo, no hay ningún coche del Conde esperando. Todos dicen que mejor irse de allí ya mismo y le recomiendan a Harker seguir con ellos hasta Bucovina y volver por la mañana y... Pero de pronto, entre la niebla, surge una calesa tirada por cuatro caballos espléndidos «de un color tan negro como el carbón» conducida por «un individuo de aventajada estatura, provisto de una larga barba oscura y tocado con un amplio sombrero negro que le ocultaba las facciones». Aun así, rostro duro y sonrisa de labios muy rojos y dientes afilados y voz poderosa que ordena apurarse a transferir el equipaje de un coche al otro. Y uno de los pasajeros cita un verso de Bürger en un alemán que Harker traduce: «Denn die Todten reiten schnell...» o «Ya que los muertos van de prisa...». Y Harker sube al carruaje enviado por el Conde y mira hacia atrás y contempla como todos lo saludan con una mano y se persignan con la otra mientras el cochero le comenta que hace mal tiempo y que bajo el asiento hay una ardiente botella de slivovitz y la sensación de galopar siempre en línea recta pero pasando siempre por el mismo sitio, como en esas proyecciones de fondo en las películas en blanco y negro.

Y él, entonces, leyendo y viajando, piensa: «¡Por fin! ¡Este seguro que es Drácula!». Y medianoche. Y los perros aullando en las granjas fundiéndose con los aullidos de esos lobos que consideran a los perros traidores a su causa, cobardes domesticados y cómodos. Y un túnel de árboles y el viento y medianoche y un ascenso interminable por desfiladero afilados.

Y por fin el castillo en ruinas.

Y Harker aguardando junto a su equipaje junto a los portales y, de pronto, sonido de cerrojos al descorrerse y allí, «un caballero anciano, recién afeitado, excepto por el bigote blanquecino, ataviado de negro de pies a cabeza, sin la menor nota de color en parte alguna» quien, «con un acento inglés impecable, aunque provisto de un extraño tono», dice: «¡Sea bienvenido a mi morada! ¡Entre en el castillo por su propia voluntad! Entre sin temor y deje aquí parte de la felicidad que lleva consigo. Sí, soy el conde Drácula, y le doy la bienvenida a mi casa, señor Harker. Entre, entre. La noche es fría, y ciertamente, usted necesitará descansar, y comer algo...».

A partir de entonces —a diferencia de lo que solía ocurrir en los panorámicos y siempre tan al aire libre libros de Salgari y de Verne y de Dumas y de Dickens y de London— todo es interior. El castillo se convierte en escenario y personaje y protagonista.

El castillo es de Drácula y Drácula es del castillo.

Y Drácula le sirve a Harker un buen y muy tardío lunch. Y Drácula no dice eso que suele decir en las películas en cuanto a que no come y «no bebo... vino». Y explica que es así «pues ya he comido y nunca ceno» y los lobos no dejan aullar en el valle. Y el Conde se pone poético y epifánico y feroz —y sí dice algo que va a decir en las películas— con un «¡Óigalos! ¡Son los hijos de la noche! ¡Sus aullidos son como música para mis oídos!». Y a Harker todo eso le suena un poco raro y Drácula prosigue: «¡Ah, amigo mío! Los hombres de la ciudad como usted jamás podrán experimentar los sentimientos que agitan a un buen cazador». Y Harker se retira a su dormitorio y duerme inquieto. Y se despierta más inquieto aún. Pero se tranquiliza cuando encuentra, para su sorpresa, una biblioteca bien alimentada en una de las recámaras del castillo. «¡Qué agradable sorpresa! Allí había un buen número de libros ingleses, en varias estanterías, así como colecciones de revistas y periódicos. Una mesa situada en el centro de la estancia se hallaba también atestada de revistas y diarios ingleses, aunque ningún ejemplar era de fecha reciente. Los libros, por su parte, trataban de los más diversos temas: historia, geografía, política, economía política, botánica, geología, derecho... y todos se referían a Inglaterra, a la vida y a las costumbres inglesas», apuntará. Y allí hay muchas guías de turismo (las mismas que utilizó Stoker —quien en sus viajes por Europa lo más al Este que llegó fue a Viena— inspirándose para su Transilvania en la muy británica y nebulosa Whitby, a orillas del Mar del Norte, y nada es casual: en Whitby se filmarían varias versiones de Drácula. Allí, Stoker comenzó a escribir su novela en la última década del siglo XIX y, en la biblioteca local, descubrió el ensayo An Account of the Principalities of Wallachia and Moldavia y, en sus páginas, encontró por primera vez el nombre Drácula, «que significa diablo en dialecto moldavo».  

Sí: Stoker lee mucho sobre Drácula y Drácula lee mucho y a él no le extraña que los vampiros lean. Porque leer y escribir tiene algo de vampírico. Sangre o tinta, da igual, y muchos años después verá otra película con vampiros cansados de serlo pero poseedores del envidiable don de agotar libros en cuestión de minutos, pasando las yemas de sus dedos por las páginas, como si las acariciaran, veloces, en una especie de braille que, a no olvidarlo, antes se llamó écriture nocturne y fue creado con fines militares a pedido de Napoleón Bonaparte para que sus tropas pudiesen decodificar códigos de batalla a oscuras y en la profundidad de sus trincheras como tumbas. Y entonces él imaginará a los vampiros confinados en la tregua de sus ataúdes, en los largos días de verano. Leyendo en sombras cómo Drácula le comenta a Harker «Me alegro de que haya entrado usted en esta biblioteca, ya que estoy convencido de que aquí hallará cosas muy interesantes. Esos libros siempre han sido para mí amigos preciados; y desde hace unos años, es decir desde que tuve la idea de trasladarme a Londres, me han procurado horas de verdadero placer. Me han ayudado, en efecto, a conocer su bello y magnífico país; y conocer Inglaterra es amarla. Me gustaría poder pasearme entre la muchedumbre de las calles londinenses, esas viejas calles de una capital tan imponente; perderme entre la multitud de hombres y mujeres, compartir la existencia de su pueblo y de cuanto sufre y goza... ¡hasta la misma muerte! Mas, ¡ay!, hasta ahora solo conozco su lengua gracias a estos libros».

Y después le dice: «Puede usted recorrer todo el castillo, si tal es su deseo, excepto las habitaciones cuya puerta encuentre cerrada con llave, en las que, como es de suponer, usted no deseará entrar. Existe una razón para que todo esté como está, y si usted lo viese como yo, si supiese todo lo que yo sé, tal vez lo comprendería mejor...Nos hallamos en Transilvania, y Transilvania no es Inglaterra. Nuestros usos y costumbres no son los de allí, por lo que muchas cosas le parecerán insólitas».

A partir de entonces, sí, hay cosas que a Harker le parecen muy insólitas: fuegos fatuos, gritos en la noche, vampiras voluptuosas arrojándose primero sobre él y luego sobre una bolsa que parece contener a un bebé sollozante, una madre aullando de dolor y pidiendo que le devuelvan a su hijo, manadas de lobos entrando y saliendo por los portales, Drácula casi en éxtasis al contemplar como se corta al afeitarse y enfurecido al descubrir el pequeño crucifijo que arroja por la ventana y reptando por las paredes de un castillo al que cuesta trazarle un plano preciso porque noche a noche parece cambiar y contraerse para sólo poder expandirse horas más tarde. Para Harker, la morada de Drácula no es un palacio de la memoria sino un castillo de la amnesia: todo lo que le ha sucedido en la vida a Harker antes de llegar allí comienza a desdibujarse. Y, como en una fiebre, Drácula —a quien el pasante de procurador y turista e invitado finalmente descubre durmiendo en su ataúd— no deja de desaparecer durante el día para reaparecer al caer el sol. Y Drácula no deja de hablar de las maravillas de la cosmopolita Londres que lo espera (aunque no por eso se privará de viajar con varios cajones de tierra de su patria), mientras Harker apunta en su diario «Puertas, puertas..., puertas por todas partes, y todas cerradas con llave y cerrojos. Es imposible salir de aquí, salvo tal vez por los ventanales de los altos muros. El castillo es una verdadera cárcel... ¡y yo un prisionero!... Quisiera salir de aquí (salir sano y salvo), o no haber venido jamás. Es que mis nervios estén excitados por las largas veladas nocturnas; pero si fuese eso solo... Tal vez podría soportar mejor esta existencia si hablara con alguien más, porque, aparte del Conde, en el castillo no hay nadie en absoluto. Y si he de expresar mis verdaderos pensamientos, creo que soy el único ser viviente del castillo. ¡Gran Dios! ¡Dios misericordioso! ¡Haz que conserve la calma, ya que si esta me abandona, será remplazada por la locura! Sí, si puedo exponer los hechos tal como son; ello me ayudará quizá a sufrirlos con más paciencia, a refrenar mi imaginación. De lo contrario, me veo perdido. Los hechos, tal como son, o al menos, tal como creo que son...».   

Y él leyó todo eso —lo recuerda como si fuese ahora— en un tren de los que ya no existen. Un tren que pasa y que es parte del pasado. Un tren donde no resuenan los teléfonos portátiles como si fuesen murciélagos mordiendo orejas y donde son muchos los que leen o conversan entre ellos en voz baja o duermen. Un tren en el que muchos de sus pasajeros parecen vestidos con las telas de esa ya en desuso expresión: parece «vestidos de domingo» por los días en que el domingo aún era un día importante y diferente a los demás y el viajar era un acontecimiento poco común, una fiesta en la que se agudizaban los sentidos como se saca punta a un lápiz con el que escribir todo lo que sucede o deja de suceder en un viaje, en un tren. Un tren rumbo al sur, a sus vacaciones, lejos de sus padres de costumbres vampíricas (duermen de día, festejan de noche) donde lo esperan los vientos sin límites, los aullidos de lobos (marinos) junto al mar y a los acantilados, las misas de sus abuelos y, Canciones Tristes bien podría ser el escenario perfecto para «una de terror». Y él entonces pensando en que Jesucristo es, a su manera, un vampiro: un no muerto inmortal que viene a poseer a todos diciéndoles que beban de su sangre. Pero, también —y ya razonando como el escritor que alguna vez será, como el nextcritor que ya es— diciéndose que, a lo largo de toda la novela, Bram Stoker se las arregla para provocar terror manteniendo al agente de este terror, al sangriento y sanguíneo Conde en cuestión, lejos de la vista del lector durante la mayor parte de la larga novela. Como Dios en el Antiguo Testamento, el Conde aparece durante los primeros cuatro capítulos del libro, en el diario de Jonathan Harker, para desaparecer casi por completo durante las siguientes trescientas páginas y volver a ser visible en apenas seis breves oportunidades hasta su final en un paso entre los Cárpatos, el final del libro. El verdadero y admirable logro de Stoker es ese trompe-l’oeil sediento de vida ajena, omnipresente y, sin embargo, casi invisible. Una sombra que —cuando ya es demasiado tarde para denunciarla a las autoridades— sólo puede ser descrita como lo que es: como una sombra dentro de una sombra dentro de una sombra.

Y ahora Tío Hey Walrus —quien dentro de unas noches le jugará la más pesada de las bromas en lo que hace a Drácula y a su obsesión con el libro; y él décadas después escribirá un cuento acerca de todo eso y hasta llegará a escribir un prólogo a la novela de Stoker en los tiempos que escribía prólogos con una compulsión casi evangélica— le avisa que ya falta poco para llegar; pero a él le falta tanto por leer y cierra el libro en el momento en que Harker escribe las últimas líneas de su journal castillesco y transilvano y se dispone a intentar la fuga que intuye más suicida que exitosa: «Trataré de deslizarme por el muro, hasta donde no me he atrevido jamás, y cogeré algunas monedas de oro... que más adelante podrán servirme. Es absolutamente preciso que abandone este lugar espantoso. Entonces, ¡regresaré junto a los míos! El primer tren, el más rápido, me conducirá velozmente lejos de este sitio maldito, lejos de esta tierra siniestra, donde el demonio y sus criaturas viven como si fuesen de este mundo. Felizmente, la misericordia de Dios es preferible a la muerte bajo los colmillos de esos monstruos, y el precipicio es alto y escarpado. Allá abajo, un hombre puede dormir... como un hombre. ¡Adiós a todos! ¡Adiós, Mina!»

Y a él nada le interesa menos que despedirse. Él quiere seguir allí, viajando. Harker regresará a Transilvania junto a sus amigos, tras los pasos del Conde cada vez más asustado por esta banda de obsesos que no le dan un respiro aunque él ya no respire exactamente. Y con ellos también viaja él. Y, ahí, el final de Drácula y el fin de Drácula. No es una mala conclusión, pero sí es un desenlace un tanto decepcionante. Apenas un puñado de líneas en las que el Conde es fulminado de una puñalada y decapitado de un golpe de machete. Su cuerpo se convierte en polvo y el sol se pone e ilumina las ruinas del castillo transilvano (en la primera versión del manuscrito, mucho más épica, con el último aliento del vampiro el castillo se derrumbaba en un cataclismo entre agónico y extático, demostrando que estaban unidos hasta que la muerte los separase; pero los editores le dijeron a Stoker que lo quitase para no complicar de más una posible secuela). Luego, lo único que se añade es una nota final en la que Jonathan Harker nos informa del nacimiento de su hijo, de los respectivos matrimonios de Seward y de Holmwood y final feliz pero, sospecha él, todos han sido de algún modo vampirizados y en las noches de luna llena no podrán sino recordar y añorar el cuánto más vivos estaban cuando vivía Drácula, cuando —como él entonces, recuerda ahora— tenía todo el viaje por delante. 

 

 Imagen de cabecera, CC Tullio Saba

Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

Nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Es autor de libros como Historia argentina, Vidas de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington, El fondo del cielo, La parte inventada (Best Translated Book Award 2018, USA) y La parte soñada. En 2017 Fresán recibió en Francia el Prix Roger Caillois a toda su obra.