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PARÍS

Ultraturismos III
Mar Padilla

Hoy es un día de suerte. Esta noche tocan los Limboos en el Super Sonic, un club en una calle a dos pasos de la plaza de la Bastille. Está lleno hasta los topes, y el público jadea en cuanto oye los primeros acordes de Crazy Rumba. A golpe de cencerro, la orden dictatorial de Daniela, batería del grupo, es: «¡todos a bailar!» Después tomamos las últimas cervezas en Le Rey, un café de la rue de la Roquette abierto toda la noche. Son las tantas, pero por la calle circulan personas con cara de recién aterrizadas. Van y vienen con maletas que brincan entre adoquines. Son peregrinos en busca de ese halo de luz que desprenden cinco letras: P-A-R-Í-S. Como antes la economía de guerra, o la economía colonialista, la economía del turismo empapa desde hace más de un siglo la marcha de la ciudad. No en vano es uno de los destinos turísticos del mundo, donde el 20% de los pisos ya se alquilan por días a turistas que llegan por decenas de millones cada año. La torre Eiffel —19 veces pintada a mano su estructura metálica, metáfora sin freno, dijo alguien— representa a la ciudad como lo que es: una de las obras artificiales de más enjundia edificadas en el planeta Tierra. Todos queremos creer que París no ha desaparecido del todo víctima de su propia marca registrada, y que la ciudad turística es solo una identidad más en las capas infinitas que conforman la urbe.

Hasta hace casi dos siglos, antes de ser capital del lujo y lo chic, en París había calles con nombres como Mierdosa, Cagadero o Pelo de Coño. Era un lugar pestilente, roído por el cólera y el tifus que acogía a todo tipo de personas, de cualquier lugar y condición. Eran ellos, en su infinita variedad y viveza, la verdadera constitución de la ciudad. La llegada de barón Haussman echó abajo todo eso. Funcionario municipal de alto rango, sin estudios de urbanismo ni arquitectura, parisino hasta la médula, el barón obtuvo el permiso de Napoleón III para arrasar barrios enteros. Demolió casi 20 000 casas, y la gente lo llamó Atila. Decían que estaba poseído por el culte de l´axe (la religión de la línea recta). Abrió y aireó el corazón podrido de los viejos barrios, y otorgó una nueva identidad reinventada a su ciudad. En un ejercicio de poder de verdadero impacto, la mayoría de las espacios que los turistas asociamos con la apariencia de París son en realidad obra de Haussman, como por ejemplo los Campos Elíseos, la gran plaza del Hotel de Ville, o la red de doce avenidas que irradian desde el Arco del Triunfo. Como afirmó jocosamente el historiador Réné Héron de Villefosse: «su trabajo causó más daño que cien bombardeos».

Hablando de bombas, el escritor Josep Pla tenía una curiosa teoría. Afirmaba que todas las guerras europeas han girado alrededor de Francia, a causa de la obsesión de las supuestas fronteras naturales del país heredadas de la Galia Romana, que eran el mar Atlántico, los Pirineos, los Alpes y el Rin. Tradicionalmente, en las tierras del este se han vivido constantes disputas entre el gallo francés y el águila alemana. Este enfrentamiento animal es el motor de la historia moderna de Europa, y ha costado al continente millones de muertos. Paseando cerca del Arco de Triunfo, una piensa que esta ciudad es el espejismo de Europa. Pero no sabemos si Europa todavía existe, o si se rompió en mil pedazos cuando en agosto de 2015 encontraron 71 personas de origen sirio muertas —una niña de dos años y tres niños de tres, ocho y diez años, ocho mujeres y 59 hombres—, asfixiados, escondidos en un camión, en la autopista A4, junto al lago Neusiedl, en Austria. 

Albert Londres, periodista francés, decía: «nuestro oficio no consiste en dar placer, como tampoco perjudicar a nadie; no consiste en estar a favor o en contra de algo, sino colocar nuestra pluma sobre la herida». En una libreta apuntamos en rojo que París ha sido muchas, muchas veces la capital del dolor. Sus aflicciones son múltiples, pensamos al pasar junto a la sala Bataclán, donde el 13 de noviembre de 2015 murieron asesinadas 90 personas mientras asistían a un concierto de Eagles of Death Metal. Pero la vida es obstinada. Al poco, recordamos que más de 40 años atrás en la misma sala tocaron también los New York Dolls, y ese destello de la memoria nos consuela frente al nº 50 del boulevard Voltaire. Fue la noche del 23 de diciembre de 1973, y Radio Luxembourg grabó la actuación. Ahora, tanto tiempo después, escuchas el disco y asombran los gritos y las risas eternas de la gente, la energía de la batería de Jerry Nolan y los berreos simiescos de toda la banda cuando tocan Stranded in the jungle. «C’est si bonne, c’est si bonne!!», chilla Dave Johansen, echando besos al público, mientras casi oyes el aliento entrecortado de Johnny Thunders, detrás, incontenibles los dedos, empujando a empellones las primeras notas de la siguiente canción. 

Los New York Dolls eran unos habituales de la ciudad. Tal vez les gustaba el dinero contante y sonante, la heroína de calidad, o los aires de libertad. No lo sabemos. El caso es que la banda neoyorkina aquí se sentía en casa. Como tantas personas en el mundo, por otra parte. Es esta una ciudad áspera, pero su fama de acogedora le precede por las décadas de las décadas. Quizás es porque la urbe es un fortín de adustez, adulto, sin tonterías, donde uno puede lamerse heridas de toda calaña sin ser interrogado. Mujeres y hombres de cualquier parte del mundo, refugiados, revolucionarios o artistas, son legión los que han buscado amparo entre sus más de 6 000 calles. 

En Montmatre, somos muchos los turistas que observamos asombrados las redondeces sensuales, casi orientales, de la iglesia de Sacre Coeur. Hace poco más de un siglo este era un barrio pobre, casi subversivo, entonces a años luz del centro de la ciudad. Acogía a gente de los márgenes, buscavidas y artistas desastrados. Algunos de ellos formaron un grupo protodadaísta llamado Los Incoherentes, y una vez presentaron un cuadro, puro lienzo blanco, que bautizaron con el nombre de Primera comunión de jóvenes anémicas en un clima nevado. Después, a principios del siglo XX, llegaron otros artistas también jóvenes, al margen del sistema. Eran Pablo Picasso y compañía. Se extendió su obra y su fama, y el grupo atrajo a cientos de personas al barrio, en lo que sin duda se trata de uno de los ejemplos más tempranos de una vanguardia artística allanando el camino al comercio y a una futura gentrificación, según explica Luc Sante en su libro El populacho de París. Como ahora los hípsters patanegra, además de subir los precios de alquiler, Picasso y su banda marcaron también tendencia en el vestir. Compraban ropa barata en alguno de los mercados de segundo mano de la ciudad, y una fotografía del pintor malagueño con una camiseta de marinero a rayas hizo el resto. En París parece casi obligado, especialmente para las chicas, lucir una camiseta igual.

Tras horas de caminar, una siente un amago de desmayo ante tanta belleza. Pero al final es solo hambre. Desde la terraza del restaurante Louis Phillipe se puede ver la parte de atrás de Notre Dame, el culo sucio de la catedral. Como una prostituta decrépita, explotada hasta la saciedad, fue la falta de limpieza y cariño lo que la entregó al fuego. «Honremos el bosque quemado y la piedra oscura. Hagamos de sus ruinas un monumento punk, el último de un mundo que acaba y el primero de otro mundo que comienza», escribió el pensador Paul B. Preciado al ver las llamas desde el puente de l´Archevêque. En el Louis Phillipe, tras un plato de pato con salsa de cerezas y vino tinto, el cuerpo aplaude, feliz y contento. Varo, un amigo que hace mucho tiempo fue el batería de la banda Doctor Explosion, tiene una expresión exacta para esa sensación: VIVA COMER! Qué cultivada la gastronomía francesa, que sacia apetitos voraces. A la hora de los postres casi se nos aparece el espíritu de un parisino de nacimiento —Charles Baudelaire— que se adelantó a un parisino de adopción —Michel Foucault— a la hora de dibujar el mapa cruel de la vida civilizada. El rey de los poetas escribió:

 

A la montaña he subido, satisfecho el corazón.

En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:

un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión. 

te amo, capital infame. 

 

De la emoción, de las risas, alguien está a punto de escalar hasta del tejado del restaurante y gritar los versos a los cuatro vientos. Pero están a punto de cerrar y el camarero trae la cuenta. Después, ya es domingo. Un ventanal, entre la cama y el callejón de Chapon, nos muestra un día radiante, como venido del espacio exterior. Con todo el tiempo del mundo nos preparamos para echarnos a la calle a deambular otra vez sin descanso. De repente, una se imagina a Michel Houellebecq desperezándose en otra cama, esta con sábanas de seda, muy parisinas, muy caras, un punto hediondas por el uso. Igual está cerca de aquí, maldiciendo la llegada de un nuevo día. «Necesitamos aventura y erotismo, porque necesitamos repetirnos que la vida es maravillosa y excitante; pero está claro que tenemos nuestras dudas», dijo una vez este escritor. 

Maravillosa o no, lo cierto es que fue Paris quién inventó el concepto de ciudad moderna, real e infinita. Un espacio abierto de piernas, palpitante. La capital de algunas de las corrientes literarias y tendencias artísticas más rompedoras del planeta. Una ciudad que es, también, capital y último refugio de los verdaderos burgueses. Por la tarde, en una acera de la rue de Temple tropezamos con tres bolsones llenos de libros. Alguien ha desmantelado un piso y ha decidido dejar sus lecturas en manos anónimas. Varios flaneurs de pacotilla abrimos impacientes las bolsas. Asombrados, asistimos a transustanciación de los tópicos del París más intelectual y pudiente: los libros son ensayos sobre psiquiatría, movimientos humanitarios y sexo. Ni una mala novela negra que echarse al coleto, y eso que en esta ciudad adoran las historias mugrientas.

Seguimos el paseo. Llegamos a los puestos de libros a orillas del Sena. Entre las revistas de segunda mano buscamos en vano ejemplares de Scandale, Stop Police o Détective, un tabloide de la década de los 40 que triunfó nada más nacer porque supo alimentar la pasión por el crimen y la miseria por parte de burgueses, tenderos y matones por igual. En Détective escribían Jean Cocteau y el joven Simenon, por ejemplo. Es Eric Sante, otra vez, quien nos explica que son muchos los habitantes de esta ciudad que, literariamente hablando, viven entregados al «consumo epicúreo de lo sórdido», llevados por la «obsesión fatalista por las mentalidades y los comportamientos extremos y predestinados». Con todos sus inconvenientes, Sante afirma que en esta ciudad el pasado era vivo y salvaje y que, en comparación, el presente está domesticado. Depende de los barrios, pienso yo. 

«Cuando era niña, cuando era adolescente, los libros me salvaron de la desesperación: eso me convenció de que la cultura era el valor más alto», leemos en un cartel ilustrado con la cara de Simone de Beauvoir. Nos perdemos río abajo pensando que el nombre de la autora —Si-mone de-beau-voir— es más bello que su frase. El caso es que por una causa o por otra, París es uno de los personajes principales –y hasta no hace tanto tiempo, protagonista absoluto— en el teatro del mundo. Ciudad pétrea, blanca, sus calles han vivido revoluciones, luchas y manifestaciones. Escenas de guerra, enfrentamientos y deportaciones. Hay algo granítico, casi mefistofélico en el ambiente de la ciudad. Hace muchos años corría el rumor de que François Miterrand se afilaba los colmillos para tener una apariencia más cruel. Oliver Miterrand, sobrino del mandatario francés, dijo en una entrevista que el rumor era cierto. «Le daban ferocidad y se los rebajó, sí», apuntó.

Como en todos los episodios históricos de peso, la capital francesa también tuvo su dosis de protagonismo en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, pensar en París y pensar en la entrada de las tropas nazis por los Campos Elíseos es una única secuencia. La capitulación de esta ciudad es un misterio. Fue agotamiento, cobardía, o el miedo a ver devastadas sus maravillas lo que frenó a los parisinos de defender lo que era suyo?  Cuando, en 1944, las fuerzas aliadas marcharon para liberar la ciudad y Adolf Hitler dio órdenes de demoler París, fue el gobernador militar alemán Dietrich von Choltitz, quizás convencido por el cónsul sueco Raoul Nordling, quien rehusó obedecer.  El país de la libertad se rindió a la fuerza de la esvástica en pocas semanas. En cualquier caso, la de Europa es una historia aterradora. Demasiados enfrentamientos para un continente tan pequeño, que apenas ocupa el 7% de la superficie en el planeta. «La idea de la Unión Europea surge de esa experiencia de violencia y destrucción como fueron las guerras entre los países europeos», nos recuerda la socióloga holandesa Saskia Sassen. 

Se hace tarde. Nos sentamos a descansar en el café Les Philosophes. Ciudad admirada hasta la saciedad, en París el voyeurismo se practica desde las mesas de las terrazas de los cafés, donde todos se miran unos a otros abiertamente. Leemos en algún lado que el primer café de París fue Le Procope. Loabrió en 1686 un siciliano llamado Francesco Procopio dei Coltellien la rue de l´Ancienne Comédie, y sigue abierto más de 350 años después. Entre sus mesas, entre periódicos y helados, Voltaire se tomaba diariamente decenas de tazas de tan exótica bebida negra mientras conspiraba sobre el futuro, un joven y pobre Napoleón Bonaparte dejaba su sombrero en prenda por falta de dinero, y Benjamin Franklin barruntaba las primeras líneas de la Constitución Americana. Menudo establecimiento! El negocio de los cafés se multiplicó hasta la saciedad, modernizando, de paso, la fisonomía y las formas de la vieja Europa. La chispa de la cafeína encendió conversaciones, ideas, vanidades y revoluciones. Es desde la mesa de un café donde se socializan, por vez primera, actos antes íntimos como conversar, leer, escribir. Y tratar de pensar, más allá del blanco o el negro, del sí o el no, del arriba o abajo. El poeta Milton decía que es mejor ser rey en el infierno que esclavo en el cielo y el situacionista Guy Debord afirmaba que es mejor ser pobre en París que rico en cualquier otra parte. Un duelo constante, triste, este del pensamiento binario, base y cisma de la civilización occidental.

No podemos más. Dejamos la ciudad sin límites antes de seguir tratando de aprehenderla, inútilmente, y tirarnos al Sena de cabeza. En busca de una parada de metro, vemos que el lujo de un escaparate de relojes en la avenida Montaigne es devastador en la mirada de una mujer desarrapada. Como todas las grandes ciudades situadas en la liga de las campeonas del mundo, en este siglo XXI París te acoge, sí, pero en condiciones casi inhumanas. A no ser que tengas mucho, mucho dinero. Antes de volar de vuelta a casa nos viene a la cabeza un último apunte francés, pero del sur, de Marius Jacob. Nos dice que el derecho a vivir no debe ser mendigado, debe tomarse.

 

Imagen de cabecera, CC Juanedc

Mar Padilla
Mar Padilla

Periodista barcelonesa. Ex miembro de Las Vegas Crypt, una de las bandas de punk rock más malas de la ciudad. Viajera por ilusión y por desesperación, a partes iguales.